Hemeroteca :: 01/08/2009
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Perros de caza

Una raza, una pasión

Última actualización 24/07/2009@07:40:47 GMT+1
Un bello y curioso relato en el que la autora narra a Gastón, su teckel actual, las anécdotas y lances que ha vivido a lo largo del tiempo con perros de esta raza. Con este recurso desvela al lector el comportamiento y carácter inteligente de este incansable y valiente perro de rastro, así como las precauciones que sus dueños deben adoptar para evitar que se pierdan o resulten heridos.
Texto y fotos: Nuria Jareño
Vocal del Teckel Club de España

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Para mí es imposible hablar de teckels sin que una pequeña sonrisa aparezca espontáneamente en mi cara. Es una raza que engancha de tal forma a sus propietarios que, una vez que convives con uno, es imposible vivir sin ellos a tu lado. “Un teckel en tu vida, un teckel para siempre”, ¿verdad Gastón? Hoy tengo que escribir sobre vosotros, te voy a contar una historia, verás cómo hoy es más agradable y divertido para ti. Túmbate a mis pies como siempre y escucha atento todo lo que te voy a relatar:
Hace ya muchos años mi marido Ramón aportó a nuestro matrimonio un perro. Era un pointer llamado Pistón. Fue mi mejor comensal en mis inicios culinarios, pues probaba las comidas saladas, quemadas… ¡Cuántas vomitonas tuve que recoger! Su trágica muerte creo que en cierta manera nos marcó, empezaron a venir los niños, colegios, deportes, trabajo... y no teníamos tiempo para plantearnos tener otro perro.
Pero llegó el día que mis hijos, perreros como sus padres, pidieron un perro. Así comenzó un verdadero quebradero de cabeza para elegir la raza adecuada. Mi marido quería un perro de caza; a mis hijos les daba igual con tal que fuera perro, y yo, como buena ama de casa, lo quería pequeño, sin babas, sin pelos...
Buscando llegamos al teckel; leí todos los libros que pude encontrar de la raza y pensamos que era adecuado para nosotros. Recuerdo perfectamente el día que fuimos a recogerlo al criadero Valpedrosa, en la Robla (León), las caritas de emoción de mis dos hijos. De repente apareció una bolita corriendo y con las orejas volando a saludarnos e, inmediatamente, con una habilidad prodigiosa, se comió la piruleta que tenía en la mano mi hijo. En el criadero le llamaban “el marchoso” y mis hijos le llamaron Hunter.
Marchoso y también “manitas”. La crianza del “marchoso”, sin duda alguna, fue marchosa... Su primera hazaña consistió en tirarse a una charca en enero a 0 ºC, con apenas cuatro meses, hacerse unos larguitos y salir tan feliz, aunque por supuesto sólo cuando él lo decidió. La escalada también se le daba bien, pues todas las mañanas aparecía en la encimera de la cocina devorando las sobras del desayuno. No logramos averiguar cómo lo hacía pero lo repetía todos los días. Era también todo un “manitas” en el bricolage.
En aquel tiempo ni nos planteábamos ni sabíamos nada de pruebas de trabajo caninas. Todos los días lo llevábamos al campo para cansarlo, algo imposible, y jugábamos al escondite: mis hijos se escondían y él debía buscarlos por el olfato.
Los paseos eran normales salvo cuando aparecía un gato: en ese momento empezaba a latir y a correr detrás del gato y se formaba tal barullo que la gente acudía a ayudarme porque pensaban que algo grave ocurría. Yo, muerta de vergüenza, era arrastrada por un cachorro detrás de un gato. Era mi compañero y el de mis hijos, pero su amo, el jefe, era Ramón, mi marido, él –Hunter– lo eligió de este modo.
Recuerdo un día en el patio del colegio de mis hijos que, en un momento en que me despisté, zas, mató un pajarito y nos lo trajo, ofreciéndonos su regalo con esos ojillos de “gitano de Carmona”. Fue, como decía mi hermano, una verdadera tragedia porque los niños del colegio lloraban por el pobre pajarito que “el marchoso” se cargó en un plis plas.
Luego llegó su momento, el gran momento, ese momento que todos los teckels deben o deberían tener: descubrió la caza.
La primera vez que vio un jabalí, que había abatido nuestro amigo Gaspar en una espera, aquel cachorrito dulce, inquieto y cariñoso, se trasformó en un voraz asesino: lo mordió, lo zarandeó, se subió encima de él... era de su propiedad y no permitía que nadie se acercara. La verdad, quedé perpleja al contemplar aquella escena: mi “marchosillo” era una especie de diablo, con aquellas barbas llenas de sangre, enseñando los dientes.
En estas lides su maestro fue Express, un magnífico teckel de pelo duro propiedad de nuestro amigo Juan Ignacio Contreras. Desde el primer momento aceptó su condición de alumno hasta convertirse en un dúo inseparable.
Recuerdo días estupendos en los que soltaban a los dos teckel con las rehalas de Toñín de Valdemanco, entrando mi marido y sus amigos con los perros en los ganchitos que organizaban en Retiendas. Express era terriblemente valiente y participaba en los agarres, como si de un mastín se tratara. Recuerdo cómo alguna vez hubo que coserlo, eso sí, por las manos de algún famoso cirujano del grupo.
Cuando Juan Ignacio avisaba que iba a pistear un jabalí, tras una noche de espera de alguno de los socios de nuestro grupo Monteros del Sonsaz, inmediatamente Ramón y Hunter se unían a la expedición y el dúo de teckels comenzaba su actuación. Era un espectáculo ver a los dos rastreando sangre, pues formaban un equipo de efectividad impresionante: Express era una máquina hasta llegar a la res y Hunter denunciaba a viva voz dónde la habían encontrado, ya que tenía la cualidad innata de ladrar a muerto.
Velentía desmedida. Jamás hubo pelea entre ellos. Aceptaron cada cual su rango, algo raro en los teckels, ya que suelen ser bastante macarras, sobre todos si el rival es más grande y corpulento. Toma nota Gastón de esto, que tú eres también bastante imprudente y te atreves con cualquiera sin medir tus fuerzas y las consecuencias no son buenas.
En Valdesotos –reserva de Sonsaz–, Jaime, su alcalde, nos había invitado a un ganchito de guarros. Acabamos de desayunar y sortear y nos preparábamos para salir con las armadas. Hunter iba atraillado al pie de Ramón, como siempre, aunque ya estaba bastante excitado por el ambiente. Se acercó a ellos un mastín de la rehala del pueblo, afortunadamente de lo más manso; entonces Ramón cometió la gran imprudencia de acariciarlo y, Hunter, que vio cómo su amo le hacía arrumacos a otro perro, no dudó en tirarse al muslo izquierdo del mastín, agarrándolo fuertemente en la mordida y creando un escaso segundo de duda y estupefacción en el mastín, que no entendía cómo aquel enano se atrevía a atacarle. Este segundo fue suficiente para que Ramón, en un acto reflejo, sujetara al mastín por el collar, justo cuando se volvía, “chillando a todo chillar”, para partir de un bocado al insensato que le estaba mordiendo, nada menos que en su pueblo, en ¡su territorio!
El espectáculo fue tremendo y ahora resulta hasta gracioso. El teckel que no soltaba aunque los perreros y yo tirábamos de él; el mastín chillando e intentando librarse del perro al que zarandeaba por los aires prendido por la boca en su muslo, y Ramón, arrastrado por la fuerza del mastín, por el suelo e intentando que la boca del animal no llegara a Hunter.
Al final, como es lógico, el mastín mordió a Ramón y Hunter salió del percance sacando pecho y más chulo que nunca, de lo más crecido. Menos mal que entre nuestros amigos hay médicos y fue Miguel Munilla, quien, con los archiperres de coser de los perreros, le dio varios puntos en la mano, sentados en un banco de la plaza del pueblo. Antes de empezar a cazar ya habíamos tenido un agarre y “una avería” con los perros. Aquel incidente quedó grabado en la memoria de todos como el “agarre de la plaza de Valdesotos”.
Hunter dedujo de todo aquello que él había ganado y desde entonces teníamos que tener mucho cuidado en los monterías cuando entraban las rehalas al puesto, ya que se tiraba a todo perro que tuviera a su alcance. Consideraba el puesto su territorio y allí no entraba nadie. Esto también les pasa a muchos compañeros con sus teckels, así que ¡cuidado!
¿Te has enterado Gastón de lo que os puede ocurrir por inconscientes?, ¡sois unos inconscientes! Sí, no me mires con cara de no haber roto un plato… ya sé que son pequeños defectillos que tenéis por estar metidos en un cuerpo pequeño siendo perros grandes, que fuisteis creados como vuestro nombre indica (Daschund), para sacar de las madrigueras a los tejones. Pero de todas maneras no hay derecho a que seáis la mayoría tan macarras con otros perros.
Rastreador incansable. Por cierto Gas, ¿has visto los trofeos que tenemos en las paredes de casa? Sí hombre, ésos a los que tratas de llegar a base de saltos cuando los limpio. Habrás observado que en un corzo aparece el nombre de Hunter. La explicación es sencilla. Se trata de un corzo cobrado en Retiendas –Reserva de Sonsaz– hace unos años, al que Ramón, tras abatirlo, no dudó en adjudicarlo a tu antecesor ya que fue Hunter el verdadero cazador y protagonista de este lance. Comenzó tras un tiro fallido de Ramón a media mañana, estando a la espera del paso de un corzo a su encame y al que sólo le rompió la pata delantera izquierda. Puesto el perro al rastro, no tardó demasiado en dar con él y lo volvió a levantar, llevándose otros dos tiros a la carrera que no tocaron pelo, con el correspondiente cabreo del guarda Pepe, de mi hijo Ramón y de mi marido.
El perro, incansable, continúo tras el rastro y logró de nuevo levantar al corzo otras dos veces más. En cada levantada el pobre corzo se llevaba sus correspondientes tiros, pero tampoco sin abatirlo. Al final, tras más de cuatro kilómetros de pisteo y cerca de tres horas, con siete tiros encima, un calor insoportable, el perro agotado con la lengua llegándole al suelo, con la última bala que le quedaba, Ramón pudo abatir este corzo de las siete vidas.
Obviamente no tuvo valor de adjudicarse el trofeo como propio y es por eso que la tablilla correspondiente está a nombre de Hunter, que fue quien se lo había currado de verdad. Sí, por supuesto, tú también quieres una tablilla con tu nombre... pues ya sabes lo que tienes que hacer, trabajártelo igual, querido Gas.
raza sin par. Por entonces ya se empezaba a hablar de pruebas de trabajo para teckels y por tanto me hice socia del Club. Para introducirme más en el ambiente, comencé a llevar a Hunter a las exposiciones caninas. ¡Ojo!, tan sólo cuando en el fin de semana no había caza. Recuerdo los ensayos en el pasillo de casa: perro a la izquierda, parada, pasillo arriba, pasillo abajo... y también recuerdo, por fin, la llegada del gran día de la prueba. Acudíamos toda la familia a comernos el ring con toda la ilusión del mundo. Tengo que decir a favor de Hunter que siempre fue excelente en sus calificaciones, pero el comentario del juez siempre era el mismo: “A este perro le falta ring”, y la verdad, no sólo a él, también le faltaba a su conductora ya que me ponía de los nervios en cuanto pisaba la moqueta.
Comprobado que éste no era su destino ni vocación y que el Club, en aquel tiempo, era un grupo muy cerrado, abandonamos el mundo de las exposiciones. De todas formas, sigo pensando y recomendando a todo propietario de un perro que, por lo menos una vez en su vida, lo presente a la exposición monográfica de su raza para que sea juzgado morfológicamente por un juez especialista y más aún si piensa cruzarlo algún día.
En este aspecto creo que hay que ser muy serio y tener conciencia de lo que se hace cuando se cruza un perro, estudiar bien a los progenitores, siempre tratando de mejorar la raza o por lo menos de no empeorarla. De acuerdo, de acuerdo, no protestes Gastón. En esta materia tú eres el especialista. ¡Cómo te gusta exhibirte, tío!, por eso has llegado a lo que eres, todo un campeón, pero debes comprender que a Hunter no le gustaban nada los rings.
Nada de tonterías en su educación. Ya sé que lo que realmente os divierte es la caza, en cuanto veis la mochila, el rifle y demás achiperres no podéis ni dormir no vaya a ser que os olvidemos. Pero tal fue la afición de tu antecesor que cuando llegaba la veda, a finales de febrero, se deprimía tanto que aullaba como un lobo y no se quería mover. Alarmados por esta actitud, acudimos al veterinario y le recetaron ansiolíticos, puede parecer una exageración pero es totalmente verdad.
Considero que el teckel no es un perro para cualquier persona. La gente los encuentra pequeños, muy simpáticos, adorables y estas apreciaciones llevan muchas veces a confusiones y errores de planteamiento. Al teckel hay que tratarlo con mucha seriedad, como si se tratara de un pastor alemán por ejemplo, ya que posee una gran personalidad –casi humana– y siempre trata de imponerse y ser el jefe de la manada. Por tanto, recomiendo nada de tonterías en su educación, que deberá ser muy estricta en todas las fases de su crecimiento. Debemos darle pruebas muy evidentes de que mandamos nosotros y dónde está situado él en la manada porque, como vulgarmente se dice, “se te puede subir a las barbas” y ten por seguro que lo intentará.
Aunque es un perro ideal para un piso pequeño, por su tamaño, necesita mucho ejercicio y salir al campo y, sobre todo, necesita cazar. Así será un teckel cien por cien.
dejadlo que cace. Hay un dicho que dice: “cada cazador tiene el perro que se merece”. Un teckel con un buen adiestramiento y una educación firme será un magnífico compañero de caza. Hay muchas veces que incluso aventaja al dueño en conocimientos en esta materia. Recuerdo una vez que monteábamos en Judez (Teruel). La jornada había sido durísima por el frío y la nieve y, la verdad, nadie del grupo había cobrado nada.
En la comida, Alfonso Escobar nos relataba su lance tirando un guarro de ladera a ladera en su puesto. Estaba convencido de que lo había fallado pero su mujer insistía en que, al tiro, había notado algo raro en el guarro, así que, aunque apetecía poco, al acabar las judías nos fuimos con nuestros teckels a ver quién tenía razón. Hunter solía ir siempre suelto al pie de Ramón. Mientras cruzábamos un barranco que separaba el puesto del tiro, observamos que Hunter, sin hacer caso a nuestras llamadas, tomaba una dirección contraria a toda lógica y volvía hacia atrás, barranco arriba. Sin hacerle el menor caso nos marchamos para registrar el tiro esperando que el perro volviera. En estas estábamos cuando escuchamos los latidos a parado de Hunter a mas de 500 metros de donde esperábamos encontrar el cochino. Nos llevamos una gran alegría y Alfonso y Ramón emprendieron una loca carrera para ir al remate. Al llegar, precioso espectáculo: perro y cochina –ésta ya en las últimas–, intentando acometerse uno al otro. La felicidad de todo el grupo fue grande y el prestigio de Hunter entre los compañeros me llenó de orgullo como dueña de aquel “peluso” que recogí en la Robla dos años atrás.
Creernos más listos que el perro es algo que estoy comprobando continuamente en las pruebas de rastro que celebra el Teckel Club de España. ¡Cuántos toques de corneta se hubieran ahorrado los jueces si los conductores confiaran más en sus perros!, pero nos empeñamos en seguir el rastro que nosotros pensamos que es el adecuado y allí arrastramos al perro, aunque el teckel le esté indicando a su conductor que se confunde. En fin, creo que es un error muy humano creernos los seres más inteligentes de la creación.
Precauciones en el campo y con la caza. En este momento compruebo como Gastón, mi actual teckel, que permanece siempre a mis pies mientras escribo, me está mirando con cara de disgusto. Sé que está muy molesto pues no estoy hablando nada de sus “hazañas” en este artículo y, la verdad, es que tiene una vida tan plena que necesitaría un libro para contarla. Bueno, no te enojes Gas, voy a contar algo de ti que quizás a alguien le sea de utilidad porque es un hecho que se repite con frecuencia y preocupa a todo dueño de teckel: las escapadas detrás de las piezas o rastros. ¿A que sabes a qué me refiero?, cuando os escapáis y no os encontramos y el corazón se nos sube a la garganta.
Un día que estábamos paseando con Gastón, cuando tenía cuatro meses, por un camino en Retiendas, de repente se nos levantó una corza. A Ramón no se le ocurrió otra cosa que soltarlo para ver cómo respondía el cachorro que, inmediatamente, salió como un loco latiendo detrás de la corza monte arriba. Pasaba el tiempo y el perro no aparecía. Ramón, muy preocupado, se empezó a dar cuenta de la locura que había cometido –¡a ver si de los errores aprende!– .
Afortunadamente se nos ocurrió andar arriba y abajo de un camino que discurría paralelo a la carretera a unos 500 metros y que debería cortar el perro en su regreso si atinaba con la dirección más o menos correcta. No sabéis qué alivio cuando, cerca de una hora después, apareció Gastón andando camino adelante detrás de nuestros pasos. El perro había vuelto por su rastro y había cortado el nuestro, encontrándonos. De este modo Gastón aprendió cómo volver a nosotros tras sus aventuras.
Mucho cuidado con soltar a un cachorro en el campo, no lo debemos hacer hasta estar seguros de que volverá, ya que tienen tal pasión por la caza que fácilmente se puede perder. No cometamos imprudencias, al perro, como a un niño, hay que enseñarle poco a poco.
Por ejemplo, hay que enseñarle también que al jabalí no se le debe entrar a morder por delante, sino siempre por detrás para evitar los puntazos o mordiscos del guarro. En las juntas de carnes podemos aprovechar cuando llevemos al cachorro a morder a las reses para que se cebe en ellas, a golpearle con la jeta del cochino o con los cuernos del venado para que le duela y aprenda dónde está el peligro.
Gastón lo aprendió muy bien: estando monteando en el 1 de Palancares, en la mancha de los Colladillos, en Semillas (Guadalajara), cuando los perros estaban ya de recogida y todos a punto de irnos, vimos cómo un guarro se descolgaba de la cuerda hacia nosotros. Mi hijo Ramón, que entonces tenía 16 años y era quien tiraba, le colocó un tiro cruzado a unos 70 metros que el guarro acusó, aunque no pudimos ver sus efectos por lo cerrado del monte. Al acabar la montería un rato después, Gas, que tenía 6 meses, enseguida dio con él y nos encontramos frente a una guarra mediana, de unos 50 kilos, que tenía la columna rota a media espalda. Tan sólo podía mover las patas delanteras pero estaba muy viva y, aculada contra unas piedras, se defendía de las acometidas del perro fieramente. No había más perros alrededor y el resto de compañeros, que se retiraban de la armada de la cuerda, pararon para ver cómo se resolvía el lance. Ramón le dijo a mi hijo que no tenía más remedio que matarla a cuchillo con la sola ayuda del teckel. Ramón junior y Gastón acosaban a la guarra cada uno por su lado y ésta se revolvía, haciéndoles retroceder tirando mordiscos a diestro y siniestro. Por fin, tras más de diez minutos de pelea y algún revolcón de perro e hijo, mientras Gastón la agarraba por detrás y la guarra se revolvía para embestirle, Ramón junior acertó a clavarle el cuchillo de remate en su sitio y dio fin al noble animal, que se defendió valientemente. Lo más importante de este lance fue que Gastón aprendió claramente por dónde se debe entrar a un jabalí y, por supuesto, “la machada” de mi hijo.
Otro día en Lugo, mientras realizábamos las pruebas de rastro de sangre artificial de nuestro Club de este año, estuve hablando de este tema con mi querido maestro y juez Antoine Ramírez Larraona, comentando sobre la prueba de acoso en cercón de jabalí para teckels. Él me explicaba que, como juez, siempre premiaría más a un perro que atacara al jabalí por detrás, ya que el perro debe demostrar su inteligencia frente a la pieza, puesto que un teckel que entrara a un jabalí por la jeta, sin duda sufriría un grave percance y un perro debe ser valiente pero nunca un inconsciente y este tipo de pruebas deben poder seleccionar los perros para cría también en ese aspecto.
En memoria de un dúo EXCEPCIOnal. No quiero llegar a este momento… Os he hablado del famoso dúo: Express-Hunter. Bien, pues este dúo terminó un día cazando la menor en Alcolea del Pinar Juan Ignacio Contreras, Juan Toquero, Ramón Narváez y Ramón Narváez jr.
Un maldito corzo se llevó tras de sí a los dos compañeros de fatigas. Al cabo de un rato Hunter volvió tras sus pasos como siempre hacía, pero Express tardaba y tardaba… Le buscaron por todos los caminos, le dejaron el morral en el lugar que desapareció, era ya de noche y había que volver a casa. Era un 22 de diciembre y empezó a nevar. Todos los días se iba a la zona de Alcolea a pedir información a guardas, pastores, Guardia Civil, pueblos… pero nada, Express no aparecía y nadie lo había visto.
Fueron unas navidades nevadas y muy tristes para todos, pero por supuesto mucho más para Juan Ignacio y su familia. Cuando ya todos dábamos por robado o muerto a Express, un día cazando en Sigüenza con Segontia, informaron a Juan Ignacio que habían visto un teckel en un rebaño de un pastor, mucho más al norte de la zona. Era el 20 de enero, casi un mes después de su desaparición. Sin pensarlo un momento el dueño cogió el coche y se dirigió a más de 45 kilómetros de donde había desaparecido. Al llegar al lugar encontró a Express recién muerto por el pastor de un garrotazo, porque decidió que no le producía beneficio y encima le tenía que dar de comer. Huelga hacer algún comentario sobre el pastor… Os podéis imaginar el dolor y desazón de todos cuando Juan Ignacio regresó a la junta con Express muerto, ¡qué malísima suerte!
Fijaros la capacidad de sufrimiento de esta raza y su espíritu de supervivencia, soportando casi un mes de vida inhóspita en el campo con nieve, sin comida y desplazándose 45 kilómetros, cruzando carreteras y pueblos para al final caer en manos de semejante personaje –para mí no tiene calificativos– y morir ¡porque le tienen que dar de comer! Qué mezquindad.
Hunter murió un año después atropellado por un coche en el campo, muerte muy frecuente en el teckel. Ni que decir tiene el dolor que me produce hablar de estos hechos. El dúo Express-Hunter tuvo un final trágico, repleto de mala suerte. Sé positivamente, queridos compañeros, que ahora en algún lugar continuáis pisteando rastros juntos y siendo los mejores, como siempre Gastón, haz el favor, deja de darme con la pata. No te inquietes, ya sé que es tarde, que te quieres ir a dormir. Enseguida apago el ordenador.
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  • El teckel

    Últimos comentarios de los lectores (2)

    820 | david - 04/08/2009 @ 12:23:18 (GMT+1)
    Todo lo que dices es verdad a mi me pasa lo mismo pero con mi podenca careta a pesar de mis 15 años me gusta la caza y soy cazador en un pueblo de jaen tener un perro destos al lado tuyo te satisface mucho te caza te cobra y de mas es magnifico.
    819 | Julián R. - 03/08/2009 @ 14:45:31 (GMT+1)
    Es cierto, los momentos que estos personajes nos ofrecen son irrepetibles, más a los que gustamos del campo.
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