Opinión
Última actualización 24/07/2009@07:20:52 GMT+1
Eduardo Coca Vita
Mi amor a los árboles quedó probado en el artículo que publiqué aquí mismo, agosto de 2007, sobre los seres vegetales. Pero, dentro de ellos —y, sin duda, por haber nacido en Jaén y vivido en Ciudad Real—, dispenso un cariño especial a la oliva: como planta y de una en una —«las olivas»—, o en conjunto y como agrupación —«los olivares»—. Además de su gran valor agrícola, está también su papel «forestal», ecológico y medioambiental, al explotarse normalmente de forma muy natural, en armonía con una rica flora y variada fauna, protegidas una y otra por las prácticas tradicionales del régimen extensivo a que se someten la mayoría de los terrenos olivícolas. Los olivares constituyen espacios indispensables para la caza en una gran parte de España peninsular e insular.
Lleva unos años creciendo y creciendo muchísimo este cultivo, pero con otra orientación, casi exclusivamente en zonas afables y aptas para el regadío, pensando en la preparación de suelos llanos, el tratamiento con herbicidas, los abonos foliares y las fumigaciones. Y, por supuesto, con recogida de la aceituna altamente mecanizada. En definitiva, rentabilizando la actividad, desde el laboreo hasta la recolección y el transporte, pasando por el deschuponado y la poda (más el consiguiente reciclado de sus restos orgánicos), así como la extracción y almacenamiento del aceite entre modernas técnicas de eliminación y depuración de alpechines, aunque poco afectan a nuestros fines de ahora estas fases finales, ya propiamente industriales o sanitarias.
Con las nuevas plantaciones desaparece el trazado de amplias y espaciosas calles (‘mantas’ dicen en Viso del Marqués, mi pueblo) flanqueadas por majestuosos ejemplares de gran porte. A veces, más bellos que productivos. Y otras, antes y mejor para contemplarlos y tomar su sombra o retratarlos que para labrarlos y aprovechar el fruto. Pero ahora se tiende a poner plantas de un pie, olivos pequeños, con aire arbustivo más que arbóreo. Y muy juntos, como arropándose unos a otros, casi abrazándose en esa compostura de eterna juventud que dan la frescura y lozanía proporcionadas a tallo y ramas por el agua abundante y los nutrientes. Los conjuntos dejan de ser «olivares» para resultar «huertos de aceituna», «jardines de olivas», «parques del olivo»… Vaya usted a saber el nombre que merezcan. Porque en muchas partes, y cada vez más, se forman en seto continuo jalonado de postes con alambradas que sostienen a las matas en espaldera. Lo mismo que se hace con las cepas en las viñas. Y cogiéndoles la cosecha igual que a las parras, con los mismos artilugios con que se succionan las uvas. Para no creérselo, pues esta nueva tendencia, impuesta por la necesaria reducción de costes, va desplazando a la clásica imagen de las olivas «figuración y paisaje», de escasa competitividad, y que acaban a la larga (o no tan larga) en leña de estufa y caldera, forraje de bioquímica, ascuas de brasero y chimenea, pasto de cabras. Unas aplicaciones que no tendrían que dar con ellas en el suelo a golpe de hacha, hoy motosierra, pues son perfectamente compatibles con su permanencia en pie.
Los árboles grandes, voluminosos, abiertos en tres, cuatro o más pies, añosos y leñosos, de siembra separada en marco bien amplio y guarneciendo laderas de cerros y serranías —los de «la hermosura de los troncos retorcidos» del estremecedor poema de Miguel Hernández—, están llamados al abandono (son hoy bastantes los llegados a ese triste estado). Mas, por poco atractivos que sean para la olivicultura, una política ambiental responsable no debe dejarlos perder. Europa no puede permitir que desaparezcan sus inapreciables beneficios adicionales y complementarios a la producción de aceite, directa o indirectamente relacionados con la caza y el cazador, entre los que anoto unos cuantos: evitación de erosiones, regulación de lluvias, purificación del aire y ajuste del clima, conformación del entorno y de los escenarios rurales, inspiración de poetas y pintores, objetivo fotográfico y estampa cinematográfica, alimento y refugio de dispar fauna silvestre, cinegética y no cinegética, etcétera.