Opinión (Editorial)
Última actualización 24/07/2009@07:19:05 GMT+1
José I. Ñudi
Son ya muchas las temporadas de media veda que he disfrutado, principalmente en la mitad sur de la Península y detrás de tórtolas y torcaces, con alguna que otra salida más norteña en busca de codornices que siempre resultó desastrosa.
Hasta muy mayorcito, para mí la media veda siempre llevó aparejada la imagen de la tórtola, por supuesto común, por la que siento auténtica veneración. Primero porque en el pueblo onubense en el que veraneaba con mis abuelos era lo único que había, y no precisamente en grandes cantidades; y en segundo lugar por la pasión que mi abuelo paterno le profesaba y que sin duda me transmitió. Mi abuelo, de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), me hablaba de fabulosas tiradas de tórtolas que hacía en primavera, cuando entraban en la Península, ¡desde la terraza de un chalet! que tenía en la costa sanluqueña. De aquello, como podrán suponer, hace ya muchísimos años, cuando las cosas eran de otra manera, la tórtola abundaba y no eran muchos los cazadores que la perseguían
No sé qué tiene la tórtola, pero su encanto cinegético es indudable. Cuando se abría la media veda, por las tardes, mi abuelo se apostaba en los cercados de los alrededores del pueblo para tirar alguna. Le compensaba aunque a veces ni descargaba la escopeta. Yo creo que era más que nada un ejercicio de nostalgia, una forma de recordar su Sanlúcar del alma y aquellas memorables tiradas. Además, en las tardes agosteñas, después de la siesta, qué mejor que estar sentado bajo una chaparra, con la escopeta a mano, esperando la fugaz y sublime aparición de una tórtola.
Estamos a mediados de los años 70 y, como digo, se veían pocas tórtolas, y casi todas en los alrededores del pueblo, donde únicamente se seguía sembrando algo de cereal. Luego algunos cazadores comenzaron a sembrar con fines cinegéticos y después llegaron los comederos artificiales. Y en fincas en las que hacía años que la tórtola brillaba por su ausencia, la vuelta de grano les hizo volver y criar.
Aunque todo el mundo diga lo contrario, yo creo que ahora hay más tórtolas que en los años 70 y 80, al menos en mi zona, cuando las dehesas dejaron de sembrarse y aún no empezaron a ponerse de moda los comederos. Aunque también somos legión los cazadores que las perseguimos y los comederos se cuentan por miles, con lo cual la tórtola está muy repartida y tocamos a pocas por cabeza. Algo parecido le puede estar pasando a la codorniz
La abundancia o escasez de alimento, si no existen otros factores limitantes, hace que una especie prolifere, se extinga o se busque la vida en otro lugar, cosa que sólo pueden hacer las migratorias. En nuestras manos está, si nuestro coto reúne condiciones, tener algunas tórtolas para saborearlas primero en el puesto y luego en el plato, sublimes en ambos escenarios. Y no hace falta romperse el hombro, pero sí entender su encanto y, por qué no, su fragilidad. Me lo enseñó mi abuelo, que tanto en la abundancia como en la escasez supo disfrutarla en lances tan fugaces como exquisitos.