Hemeroteca :: 01/09/2009
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Opinión (Editorial)

José I. Ñudi

Última actualización 25/08/2009@13:42:07 GMT+1
Este verano y hasta finales de julio, habían ardido en España más de 75.000 hectáreas en múltiples y grandes incendios forestales, falleciendo once personas por culpa de los mismos, la mayoría profesionales que intentaban apagarlos.

Esto rompe de nuevo la tendencia a la baja de los dos últimos años, aunque la media de hectáreas quemadas cada año en el último decenio superó las cien mil.

Y tras la llamas, consustanciales a nuestros veranos y a nuestros montes, vienen las explicaciones y justificaciones de nuestros gobernantes y las acusaciones de los políticos opositores, las organizaciones ecologistas y las asociaciones agrícolas, ganaderas e incluso cinegéticas.

Cada cual da su versión de los hechos y las posibles soluciones a un problema complejo, los incendios forestales que, como digo, forma parte de la historia de nuestro país.

Quienes mejor conocen el campo porque sencillamente lo viven diariamente y lo consideran un recurso natural renovable, proponen como principal estrategia de lucha la prevención, o sea, la limpieza del monte. Para ellos los incendios se apagan en invierno. Saben que un monte limpio no se va a quemar por mucho empeño que ponga un pirómano, llegue cualquier negligencia –que termina llegando– o venga una tormenta eléctrica, que también forma parte de la historia del mundo. Además, saben por experiencia que la vida es más rica y variada en los ecosistemas mosaico que en miles de hectáreas cerradas de pinos o eucaliptos, por ejemplo, que arden –y se regeneran, todo hay que decirlo– con mucha facilidad.

Por otro lado, los grupos conservacionistas, que en temas medioambientales suelen erigirse en portavoces de la sociedad, abordan el problema de los incendios desde otra perspectiva. Para empezar, el incendio forestal lo han demonizado, es el mayor desastre que puede pasar en el medio ambiente, cayendo en una visión estática y limitada del problema y contagiando esta percepción al resto de la sociedad. El monte, sea cual sea, es sagrado, tiene derecho a su expansión y es el fuego provocado por el hombre su cruento destructor. Parece como si les doliera pedir que se desbroce, que se entresaque, que se hagan amplios cortafuegos.

Por eso, a la hora de proponer soluciones, en vez de ir a la raíz del problema –la prevención, la limpieza del monte–, proponen incrementar las penas a los pirómanos, prohibir transitar por los montes en verano y en cierto modo justifican esa tremenda inversión destinada a la extinción en detrimento de la prevención.

Si hasta la llegada del verano se invirtiese mucho más en la prevención desbrozando las zonas aledañas de las carreteras y de tantas y tantas “urbanizaciones rurales” comidas por la maleza, creando generosos cortafuegos en lugares estratégicos y ayudando a los propietarios de fincas a costear desbroces selectivos, se crearía mucho más empleo rural, aumentaría la biodiversidad y descenderían drásticamente los grandes incendios forestales. Se trata de mover el dinero de otra manera para obtener más beneficios económicos, sociales y medioambientales.

De todas formas también debemos asumir que, se haga lo que se haga, el monte seguirá quemándose, y que por ello no se acaba el mundo. Reconforta ver cómo el monte mediterráneo renace de sus cenizas y en poco tiempo vuelve a estar listo, si nadie lo remedia, para que vuelva el fuego. Y esto es lo que hay que evitar en la medida de lo posible.
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