No es fácil cazar un corzo medalla en una reserva española y un oro es francamente difícil. En mi experiencia personal, de seis corzos que he cazado en una reserva regional de caza (RRC), sólo dos han sido medallas CIC, el de Riaño, con 109,5 puntos, y el segundo de Urbión, con 105,5. Tras la igualación de nuestros baremos a los internacionales hace dos años, el mínimo CIC para obtener bronce son hoy 105 puntos y plata 115. Por tanto, el que fue plata cuando se cazó, hoy hubiera sido también bronce, como el otro.
Como es natural, no siempre que sale uno de caza vuelve con un trofeo excepcional. Como es sabido, en la puntuación fiscal de las reservas el valor que prima es la longitud de la cuerna –total, puntas anteriores, puntas posteriores y altura–, amén del perímetro de la roseta, mientras que en la puntuación CIC lo decisivo es el volumen y el peso. Debido al clima riguroso de nuestras sierras y a la escasez de siembras de cereal en el interior de las reservas, los corzos suelen dar en ellas buenas longitudes, pero menor grosor del deseable. Dicho de otro modo, dan puntos fiscales, pero menos puntos CIC. Ocurre entonces que, pese a la supresión de la antigua mención “oro, plata o bronce”, aneja a la puntuación fiscal correspondiente para evitar equívocos, el cazador paga una factura elevada aunque al homologar finalmente el trofeo no obtenga una medalla CIC. Puesto que el proceso no tiene marcha atrás, ¿no sería más conveniente hervir y descarnar el cráneo –como se hace por ejemplo en Hungría– para permitir una medición “en verde” conforme a los criterios de homologación mayoritarios y aproximar lo más posible la factura a la categoría del trofeo según el baremo CIC?
Salen caros. Puede que mi percepción resulte equivocada al no tener una estadística más amplia. La tesis según la cual el corzo de reserva da más puntos fiscales que CIC, podría no ser una regla general, pues seis corzos de tres reservas (Riaño, Demanda y Urbión) no proporcionan una base estadística suficiente para sentarla.
No obstante, si se extrapolaran mis datos a un porcentaje, supondrían que en un 83 por ciento de los casos, el corzo de reserva española daría más puntos fiscales que puntos CIC. Quizá yo haya tenido mala suerte, pero mi única excepción fue el de Riaño –que dio 108,42 fiscales, por 109,5 CIC–, pareciéndome entonces un plata a buen precio: 444€, más la cuota de entrada y el precio del permiso.
Los corzos de la Demanda y Urbión son bonitos de trazado, pero –en mi experiencia al menos– suelen estar faltos de peso. Quizá dependa de los cuarteles en los que he cazado, pues es probablemente un problema de alimentación, menos rica en los territorios situados a mayor altitud, que podría mitigarse introduciendo alguna siembra para la caza o algún otro suplemento alimenticio en los cuarteles más altos de cada reserva.
Otro factor desfavorable es el incremento en la población de venado, que se come los brotes que antes ramoneaba el corzo. Quizá por eso Jaime –el celador mayor de Urbión– suele decir lacónicamente: “Antes había corzos buenos en Alcarama” (antiguo coto social que se incorporó a la reserva años después de su creación). El caso es que las últimas cuotas “complementarias” que he abonado en Urbión han sido de 890€, 935€ y 675€, respectivamente, correspondientes a 118,25; 119,10; y 111,20 puntos fiscales, y sólo el primero de los tres fue bronce raspado (105,5 CIC). Luego, en líneas generales, puede decirse que sale caro un corzo en una reserva española.
En una reserva regional de Caza (RRC) el precio total se descompone en tres conceptos que se llaman cuota de entrada, precio del permiso y cuota complementaria. En Urbión, por ejemplo, la cuota de entrada actual es de 250€. Los precios del permiso varían mucho, dado que se puja “a la llana”, esto es, a mano alzada, partiendo de un precio de salida que, en 2009, ha sido de 700€.
Pese a la crisis, los permisos se han adjudicado entre los 700 y los 1.400€ en los cuarteles que tienen fama de poseer más densidad y mejores trofeos. Por tanto, el cazador ha pagado entre 1.000 y 1.650€ antes de empezar a cazar. Luego habrá que añadir a esa cifra la cuota complementaria, con lo cual, un corzo “fiscalmente” bueno puede costar entre 1.900 y 2.700€, dependiendo de lo que se haya pujado por el permiso.
El celador siempre tiene razón. Pero el cazador podría tener la mala suerte de, o bien volver bolo habiendo fallado y no habiendo podido tirar a otra pieza durante los días del permiso –a mí me pasó en la riojana reserva de Cameros hace once años y no he vuelto–, o bien haber dejado herido un ejemplar que da sangre y –tras fracasar en el cobro– ver cómo el celador, aplicando el reglamento, escribe “ejemplar herido y no cobrado” y lo manda de regreso a su casa, haciéndole abonar –además– la cuota complementaria mínima, actualmente 250€ .
Sin embargo, estoy convencido de que una decisión tan dura es muy poco frecuente y que sólo es tomada cuando el guarda llega a la convicción de que no hay más remedio. Y desde luego, jamás lo hace sin haber intentado cobrar al herido durante todo el día. Es raro, pero se corre ese riesgo.
En cambio, cazando en una finca privada –aunque cobren una cantidad por el perdido– siempre darían al cazador otra oportunidad. Los directores de las reservas castellanas son plenamente conscientes de que “la competencia no perdona” y no se dedican precisamente a estimular la inflexibilidad de sus celadores. Pero aquí la regla básica no es “el cliente siempre tiene razón”, sino por el contrario, “el celador siempre tiene razón”. En el monte, sus decisiones son inapelables. Y es que la finalidad conservacionista prevalece sobre la conveniencia de tener contentos tanto a los cazadores como a los Ayuntamientos vendedores de los permisos que se subastan.
Visto lo cual, más vale tener la primera experiencia en un lugar donde los corzos estén más baratos. Pero en Hungría tirar corzos de los que entran en un paquete –todos excepto los muy grandes– es algo tan fácil que el cazador ni siquiera se pone nervioso. En cambio, recechar corzos en una sierra española es otra historia. Por eso, quizá sea mejor empezar en Galicia –Andrés Torrico
www.circulodecazadores.com los ofertaba este año a 600€ en Lugo– o en cualquier otra de nuestras comunidades autónomas norteñas, en las que la falta de una alimentación selecta provoca –en general– que el corzo tenga un trofeo poco cotizado.
Pero me gusta cazar en nuestras reservas. Quizá alguien se pregunte por qué me gusta cazar en nuestras reservas pese a todo lo anteriormente dicho. No es que sea amante del riesgo. Lo asumo porque cazar animales libres en grandes espacios abiertos, sin cercas ni pesebres, con buenos guías conocedores de su terreno y de lo que puede dar de sí la población del mismo, y usando el land rover lo menos posible, es una gozada. Es cazar de verdad. Se ve bastante caza, pero se buscan los animales más viejos, dejando prosperar a los jóvenes, porque es lo mejor para el cazador y para la especie.
Lo ideal sería tener un coto corcero, pero yo vivo demasiado lejos de las zonas donde abunda el corzo para compartir una finca de la cual disfrutarían mis socios mucho más que yo. Así que, aunque sea una vez al año, me doy el capricho de cazar en una reserva castellano-leonesa. ¡Y ojalá me dure!