Reportajes
Adiós, querido Rafael
Última actualización 25/08/2009@13:52:22 GMT+1
Fue sin duda uno de los funcionarios con más poder cinegético hasta que las autonomías se quedaron, en 1984, con las competencias de caza. Pero siempre fue justo, equilibrado y servicial, con una admirable vocación de servicio público. Cazador, muy buena persona y técnicamente muy bien preparado, éstas podían ser sus credenciales.
Texto: José Ignacio Ñudi
Fotos: Alberto Nevado
Conocí a Rafael en un año convulso para la caza en España, en 1989, cuando el ICONA, que ahora pasa a llamarse Dirección General de Conservación de la Naturaleza, aprueba la Ley de Espacios Naturales y el famoso decreto 1095. Ya nada iba a ser como antes. Yo acababa de aterrizar, con 21 añitos, en la revista Caza-Tiradores, hoy extinta.
Rafael llevaba ya mucho tiempo en el ICONA. Entró en este organismo a principios de los 70 como jefe de la Sección de Caza. Antes, a principios de los 60, Jaime de Foxá lo convenció, al parecer en una montería, para que fuera su secretario en el recién inaugurado Servicio Nacional de Pesca Fluvial y Caza y no se fuera a Estados Unidos, como tenía previsto, a hacer un curso de inventariación forestal por fotogrametría aérea. Acababa de terminar la carrera de ingeniero de montes y tenía por delante un futuro muy prometedor. Sin embargo, la afición le pudo, las palabras de Foxá seguro que le sonaron a cantos de sirena y se quedó. Al año Foxá deja su cargo y a él, que estuvo un año sin cobrar porque “no había un duro”, lo mandan a Santander como jefe de la delegación del Servicio de Pesca Fluvial y Caza en Asturias y Cantabria. En esos años escribe un magnífico libro sobre los osos pardos.
Cuando en 1984 las autonomías “se llevan” las competencias cinegéticas dejan a Rafael sin cometido específico. Pudo en este momento subirse al carro de la ultraconservación que se puso de moda en el nuevo ICONA, máxime cuando sabía como nadie bregar en los foros internacionales, pero consideró, porque tampoco era ambicioso, que su obligación era seguir defendiendo la caza y los cazadores. Y así lo hizo. Se quedó sin misión específica, pero en la práctica se convirtió en el único asesor cinegético que quedó en el ICONA y sobre todo en un magnífico coordinador, en materia de caza y pesca, entre el gobierno central y las autonomías, que falta hacía y que hoy, más que nunca, todos echamos de menos. De hecho, gracias a Rafael, la Dirección General de Conservación de la Naturaleza siguió publicando todos los años una magnífica guía de vedas de caza y pesca que nos ahorraba mucho tiempo –y errores– a las distintas revistas de caza y que servía a todas las autonomías para saber, por lo menos, qué estaba haciendo el vecino.
Momentos muy duros. Como decía, en 1989, el ICONA ya había perdido cinco años antes sus competencias en materia de caza, pero ahora sacaba una ley de carácter estatal y un decreto, el 1095, que recortaba la actividad cinegética en muchos aspectos –se prohibió la cetrería, la contrapasa, el hurón, la caza en época de celo– y se extralimitó en sus competencias, tanto es así que cinco años después el Contitucional anuló el citado decreto.
Fue muy duro para Rafael este momento. Había sido y era de facto el mayor experto en caza que tenía el ICONA, y sin embargo le dieron de lado porque sus nuevos jefes sabían que no iba a aceptar muchas de las propuestas que querían imponer a la gente del campo y especialmente a los cazadores.
Lo intentaron ningunear, pero no lo lograron del todo. De hecho fue él quien instó a las autonomías a que recurrieran el decreto 1095 y fue él quien salvó la caza de la perdiz con reclamo metiendo en la citada ley, a última hora y con calzador, la Disposición Adicional Séptima. Una vez más sirvió a la causa, aunque se dejó bastantes pelos en la gatera y muchos de sus nuevos compañeros no le perdonaron jamás esta maniobra en defensa de la caza y los cazadores.
En 1992 es nombrado Secretario General de la Junta Nacional de Homologación de Trofeos de Caza, cargo que desempeñó con entrega y eficacia hasta su jubilación en el 2002, publicando ese mismo año el libro “50 años de Homologación de Trofeos de Caza mayor en España”.
También fue durante muchos años en la Escuela de Montes, la que actualmente dirige su hermano Antonio, profesor de la asignatura caza.
Sus ideas sobre la caza y la naturaleza. El mismo año que se jubiló lo entrevisté en su casa, donde hizo un repaso de su vida profesional y abordó muchas cuestiones cinegéticas de actualidad. Se lo merecía. Fue mi particular homenaje para este entrañable cordobés que nunca perdió su acento y que siempre te atendía con cariño y eficacia.
En la entrevista reconoció que en los últimos años la caza se satanizó en el antiguo ICONA –no digamos en los últimos tiempos–; defendió, como ingeniero de montes, que “la naturaleza está para gestionarla, para aprovecharla con fines lícitos y permitir que siga existiendo”; que varios directores generales del organismo al que dedicó su vida “se dejaron arrastrar hacia reglamentaciones contrarias a la caza sin ningún apoyo técnico, científico ni biológico”; que habría que prohibir tocar cualquier especie en peligro de extinción como linces, águilas imperiales u osos pardos: “Cuando se produce una baja de estos animales emblemáticos y sale a la luz, los científicos sueltan su discurso y a los pocos días todo se olvida; eso es lo indignante”, dijo.
En cuanto a la Junta Nacional de Homologación, cuyos entresijos conocía como nadie, dijo: “Cualquier Junta de este tipo siempre debe ser ajena a intereses particulares relacionados con los trofeos”.
Quizá mucha gente no lo sabe, pero Rafael fue quien aconsejó en su día prohibir cazar con el .22 porque a principios de los 70 se furtiveaba en exceso con él. Se arrepiente en parte de aquella decisión que ha convertido a España en uno de los pocos países europeos en los que no se puede cazar con este magnífico calibre. “Si pudiera volvería a autorizarlo, pero con condiciones”, me reconoció.
Consideraba muy negativa la falta de entendimiento entre conservacionistas y cazadores, un desencuentro, a su parecer, difícil de superar porque “a los cazadores no se le dan argumentos suficientes para que se sacrifiquen y terminan pensando que lo que quieren los conservacionistas es prohibir cuantas más cosas mejor”.
No obstante creía que el futuro de la caza debe pasar por ese respetuoso entendimiento entre ambos colectivos: “El cazador puede sacrificarse las veces que haga falta, pero hay que justificarle ese sacrificio, no imponérselo por la fuerza como se está haciendo”.
Y termino con otra frase suya que resume su actitud ante la caza y lo que desgraciadamente está pasando: “Mi filosofía no es la defensa fanática de la caza, sino que entiendo que desde la caza se pueden conservar los ecosistemas. Los cazadores fuimos pioneros en todo lo que se denominó después protección de la fauna, pero hay gente que lo desconoce o trata de ignorarlo”.
La Federación Española de Caza le distinguió con su máximo galardón, el premio Carlos III, sin duda una de las personas que más lo ha merecido.
Querido Rafael, los que te conocimos seguiremos luchando por defender y dignificar la caza como tú lo hiciste, y serás sin duda uno de nuestros referentes.
Ahora descansa en paz.