Hemeroteca :: 01/09/2009
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Grandes firmas

Mariano Aguayo Fernández de Córdova www.montear.com

Última actualización 25/08/2009@13:53:45 GMT+1
La escuela de la montería es la cacería de conejos con perretes y escopeta del doce o de doce milímetros, si eres más purista. En Córdoba sólo se puede disfrutar del campo en verano unas horas al amanecer y otras al atardecer, y ambos periodos coinciden con el del movimiento de los conejos en el campo.
Nos reuníamos de noche en cualquier llanete al borde la carretera el variopinto grupo de cazandangas. Hace de eso 40 años. Una escopeta, una canana de cartuchos, un zurrón y una cantimplora. De noche, casi sin vernos ni las caras, se organizaban los ojeos, que eran siempre en los mismos manchones. En el sorteo de las posturas, que hacíamos con unos palitos, decidíamos el orden de los puestos que todos conocíamos. “A ti en la zarza, a ti en el arroyo, a ti en las bocas de arriba...”.

Mi padre me presentaba: “Éste es Marianillo, que tiene buena afición”. Siempre había algún imbécil que te daba o un pellizco o un tirón de pelos, cosa que yo nunca entenderé.

Al amanecer, con las primeras luces, cada uno en su postura; los niños al lado de los padres, con la escopetilla de doce milímetros, nuestros cartuchos del día contados y a esperar. Los primeros conejos, los que salían zorreados, eran para nosotros. Lo importante era darles y salir corriendo antes de que se colaran en las bocas de donde no conseguíamos cobrarlos.

Después, cuando entraban los podencos, como los de mi amigo Manolo Pedrosa, todo era más emocionante, rápido y difícil. Había que aprender a adivinar para dónde echábamos el aire y por dónde nos podían entrar; a correrles la mano; a analizar las claritas en el monte donde íbamos a poder verlos y tirarlos. Era obligado localizar la siguiente postura y respetar los conejos que le entraban al vecino y un sinfín de normas de la caza que se deben aprender a pie de obra.

Después, respetar a los perros, no tirar si existe peligro, saber cobrar y discutir entre señores. Todo se conformaba con la más absoluta naturalidad.

Reunir todos los conejos tirados y, si me apuras, hasta destriparlos, era parte de la cacería. Todo con buen humor y con las únicas prisas de que si el sol se levantaba mucho nos asfixiábamos todos.

El recuento, las bromas y, en el pozo más cercano, hacer los lotes, repartirse la caza y tomar su fresca y deliciosa agua. Agua fresca de pozo en verano, un placer que sólo conoce quien lo haya disfrutado.

Vuelta a Córdoba a media mañana, gazpacho fresquito o salmorejo y siesta, gran siesta.

Esta escuela de caza no viene en los libros, no es un gran arte, es un placer humilde pero al mimso tiempo sublime al alcance de casi todos y que quizás por humilde apenas aparece en los grandes libros de la caza, pero qué pena del niño que, con afición, no la haya disfrutado.

Yo me voy a ir a Osuna este verano con mi cuñado José Domínguez Calle a pasar unos días de conejos con unos cuantos perretes, con mis sobrinos y mis niñas. Lo estamos deseando. Ya les contaré, pero creo que si no disfrutamos de estos ratos, qué pronto se nos va a pasar la vida sin darnos ni cuenta.
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