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Hemeroteca :: 01/09/2009
Opinión
Ramón J. Soria Breña
Última actualización 25/08/2009@14:16:16 GMT+1
Me hace gracia como muchos cazadores tropiezan con frecuencia cuando caminan por la ciudad por cualquier mínima irregularidad, en ese suelo tan civilizado y aparentemente liso, y sin embargo en el campo, por el monte, caminan con soltura entre las piedras casi sin mirar al suelo. En la ciudad el suelo es sólo cemento o asfalto, mientras que en el campo es parte el paisaje. En la ciudad los pies no “piensan” y en el campo estamos obligados a pensar con todo el cuerpo.
El paisaje en el que cazamos es una parte de nuestro atuendo. El paisaje nos viste; el monte, las sendas, las piedras, el viento, el horizonte deben ser nuestras ropas. Esa necesidad se ha convertido en el pretexto perfecto para que las marcas de ropa de caza nos vendan, y nosotros compremos, todo tipo de prendas que simulan hojas secas, robles, cañizo, campo nevado, otoñal, invernal. Pantalones, gorras, chaquetas, calcetines pintados con todos los verdes, pardos, marrones de todos los paisajes del mundo con una perfección hiperrealista. Ya sólo los más discretos van con atuendos monocromáticos y los que no se complican van vestidos con los saldos de ejércitos en días de excursión.
Las marcas lo hacen bien, saben dónde nos duele y qué buscamos los cazadores. La oferta es hoy apabullante, sobre todo gracias a la necesidad del cazador norteamericano de pavos salvajes, al inteligente marketing y a la excusa del regalo cuando su beneficiario es un cazador. Nuestro armario de ropa de caza comienza a ser abultado y caemos en esa moda con gusto, fashion victim, del paisaje. Aunque en el fondo sabemos que toda esa ropa no sirve de mucho y que el secreto está en otra parte.
Ese sigilo elegante. Podemos hablar de la necesidad del mimetismo, pero no se trata de camuflarse, ni de disfrazarse de ropa paramilitar sino de saber respirar, caminar, rozar las ramas, pisar el campo sin hacer ruido, conocer los caminos sin tropezar, entender y saber que el paisaje nos esconde y nos viste de verdad. O que puede llegar a hacerlo.
Eso diferencia a los cazadores de los otros, ese sigilo elegante, ese deseo de lentitud veloz cuando vamos tras el rastro o recechamos o buscamos las vueltas a la pieza ya sea en la montaña o en el llano, el bosque o entre el monte bajo. No se trata de ponerse ropa verde o parda de los pies a la cabeza, se trata de una forma de estar y de entender ese paisaje, de descubrir que de verdad ese paisaje nos abriga o refresca y es cómplice, amigo, hogar. Ni nos pincha, ni nos roza o hiere, ni nos delata.
Los cazadores amamos el paisaje más que a la pieza por cazar, por eso cualquier agresión nos duele, cualquier suceso que lo cambie, rompa o estropee, desde la aniquilación bestial de un incendio a una carretera o una tala o el urbanismo salvaje –yo diría civilizado–.
Esos paisajes de nuestros días de caza forman parte de nuestra alma, de nuestra forma de mirar y de sentir el campo y no hay nada que haga más feliz a un cazador que esos instantes en los que el jabalí o el corzo, el conejo o la perdiz y hasta un zorro no nos ve, no nos descubre, sentimos entonces agradecimiento por el milagro, por la clara sensación de que el paisaje es de verdad nuestro cómplice, aliado y amigo. O tal vez no sea nada de eso, lo que ocurre entonces no es mimetismo ni camuflaje, es que el paisaje también somos nosotros.
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Mimetismo
Últimos comentarios de los lectores (1)
827 | juan antonio de cara - 07/09/2009 @ 22:00:54 (GMT+1)
No soy cazador, soy naturalista y este artículo me parece excelente. Es el amor a la naturaleza y al paisaje, el disfrutar del hecho de estar en el monte o en el campo, practicando nuestra afición de la forma más respetuosa posible hacia el medio, hacia la fauna, hacia la vegetación, hacia los meteoros y hacia los que disfrutan de los mismos lugares de otra forma. Cierto es que hay una tendencia en naturalistas,cazadores, pescadores, excursionistas, escaladores y montañeros a disfrazarse, pero cierto es que el hábito no hace al monje, y curiosamente todos sabemos que los mejores en nuestras respectivas aficiones no necesitan disfrazarse. También sabemos que los pastores, pajareros, leñadores, cazadores, pescadores etc. del mundo rural son gente perfectamente mimética y conocedora del medio y todos sabemos que visten con tonos discretos pero no premeditados o prediseñados.
Muchos saludos a los cazadores que puedan leer estas líneas, respetemos todos el campo y el monte, respetemonos entre nosotros todos los que de diferente forma nos unimos a la naturaleza de forma cósmica siguiendo un instinto atávico y unámonos. Nuestros enemigos comunes son la urbanización masiva, la desertización y erosión, la deforestación y el incendio, la pérdida de biodiversidad y de pureza genética, y toda persona que no se comporte con educación y respeto a la naturaleza. Repito, un artículo excelente, vistamos de forma sencilla siendo lo que somos y estando donde estamos, sin artificios.
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