Opinión
Eduardo Coca Vita
Última actualización 25/08/2009@14:18:34 GMT+1
Parándome en lo de la utilidad del olivar para el medio y la biodiversidad, añado a lo dicho el mes pasado que desde su suelo a su vuelo se reparte una importante vida animal: zorzales, tordos y estorninos, paloma torcaz y tórtolas; roedores del fruto o de los brotes bajos (“chupones”, “varetas”, “pestugas”..., según lenguaje de cada zona); especies cinegéticas que se comen las hojas y las aceitunas caídas o en la rama, tanto de caza mayor (jabalí y otros ungulados «ramoneadores») como de caza menor (conejo y liebre, el primero con pasión por embocarse a cobijo de viejos tocones en tierra mullida).
En fin, aves simbólicas como la perdiz poseen debilidad por anidar en la broza de sus cavas, y hasta subirse a sus cruces, engullir sus huesos y picar la yerba entre sus peanas (mezclándola, de paso, con hormigas, larvas y saltamontes en la primera edad). Por no hablar del mochuelo, que hasta inspiró el dicho «cada mochuelo a su olivo». Y sin olvidar a la musical cigarra y la abeja hacendosa, entre multiplicidad de sabandijas e insectos olivareros, volantes o rastreros.
El incalculable valor paisajístico del olivar se agiganta en ciertos territorios extensos (no sólo Andalucía, también Extremadura y otras CC. AA., como Madrid, Baleares, La Mancha…), donde los pagos de este singular frutal constituyen, en su infinitud de ringleras —con regular y rígida alineación de estática parada militar por filas y columnas—, una seña de identidad de las tierras y gentes que a ellos ligan la historia de su vida y el ser de su cultura, la razón de su progreso y de su evolución, la identidad «nacional» y la nómina mensual. El aceite de oliva ha enriquecido a muchos clanes burgueses y hasta aristocráticos (incluso a marchantes y hasta a estraperlistas), pero también ha sacado de la pobreza a muchísimas familias humildes. Y, en épocas difíciles, ha mantenido a gente menesterosa con las catas de aceite y sal empapando la miga de un cantero de pan maquilero (de candeal o centeno), con las rebanadas de sartén (‘picatostes’), con la rebusca de aceitunas que no se costeaba recoger del suelo o colgando de olivillos a desmano (‘perdíos’) y con las pringues reutilizadas para untar, freír o guisar en casa de los más pobres.
Hoy las máquinas reemplazan a las varas cortas (de una mano) y a la vara larga (de con las dos), desplazan a los mantones y telones, a las cestas de mimbre del ordeño, a los sacos y costales del acarreo, a los capachos, serijos y espuertas del molino de rulos de piedra cónica y giro circular, implacables machacantes. Y los cánticos sentidos y quejicosos, las coplillas de amores, los lamentos entonados, las críticas maliciosas, las charlas de mágicas recetas para arreglarlo todo…, todas esas voces, susurros y sones de los aceituneros, así como el apaleo (‘vareo’) de un follaje frutero preñado a reventar, todo eso queda ya ahogado y acallado por el chicharrear mecánico de los vibradores, por el zumbido de aspiradoras y envasadoras acopladas al tractor. Un vehículo antes en reposo y mudo desde la llegada a la partida, desde la mañana hasta la tarde. Pero hoy sin dejar de batir su motor entre el sol saliente y el sol poniente, desde el alba a la alborada, desde que los inmigrantes se agarran a las «maquinillas» (“vareadoras” en lengua oficial) hasta que rumanos, ecuatorianos, gambianos o mauritanos dan de mano y las enfundan.
Al coincidir la recogida de la aceituna con la temporada más general del común de las especies de caza, los cazadores somos testigos de todo este nuevo acaecer en los olivares. Y, con no poca nostalgia, recordamos su pasado y el nuestro, mientras esperamos que del pie de una oliva salga la rabona o salte la «patirroja», para revolcar a aquélla entre los líneos o derribar a ésta al remontar las copas.
Lástima de olivos y olivares, a los que el verso de Machado y los de Miguel Hernández los reconocen menos que a España la madre que la alumbró. Pena da pensar que se enmatan, se emboscan, los asfixian las zarzas y se secan y deshojan antes de pudrirse. Hasta los arrancan y caen descuajados, destronados de su sede, besando tierra doblegados y humillados. Y sin ellos España no sería España. Catalana ni manchega, extremeña o balear, mediterránea en general. Pero, sobre todo, no lo sería Andalucía, no lo sería Jaén, no lo serían Martos ni Bailén…, por poner cuatro ejemplos de cientos, miles, millones de tropas de olivas en formación sin cortes ni interrupción. No lo imagino. No me hago a la idea de condenar al olivar marginal, de no salvar su presencia ibérica sin solución de continuidad. Al menos para su función forestal, sin tener que repoblar. Quiero que la onda y el eco de este SOS anticipado y de esta precavida alarma de España lleguen a la UE con tiempo de obrar y echarle una mano al olivo hispano residual. Lo quiero y lo deseo. Mi Castilla La Mancha, entre otras comunidades más, mucho lo agradecerá. Y no menos mi provincia, Ciudad Real. También estaría de enhorabuena el mundo de la caza en general.