Hemeroteca :: 01/09/2009
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Opinión

Tico Medina

Última actualización 25/08/2009@14:28:35 GMT+1
Mi querido don Jaime, le escribo todavía con el resuello en el cuerpo después de la otra noche cuando me llamó por teléfono mi maestro de toda la vida, Alfonso Ussía, para informarme que, por unanimidad, se me había concedido el premio que lleva su nombre, por eso que se llama más o menos el “premio bolero”, y que es más o menos el “toda una vida” escribiendo de caza, y más aún sin haber cazado en toda mi existencia.
Debo decirle, mi querido y admirado don Jaime, que mire usted que uno ha recibido, a lo largo de su puñetera y ajetreada vida, premios más o menos merecidos, pero ninguno, se lo juro, como el suyo, al que siempre sin presentarme me presentaba. Siempre había un alma generosa, y la verdad, mire lo que le digo, don Jaime, que ya me puedo morir tranquilo porque siempre fue usted para mí un referente-preferente en su forma de ser, de estar, don Jaime de Foxá, al que ahora, más que nunca, recuerdo tanto.

Me inyectó la pasión por la caza. Por lo pronto, decirle quiero que fue usted, sin saberlo, quien inyectó en vena mi pasión por la caza y los cazadores, tanto es así que a esta hora no me suena falso el asegurarle que los he tocado a todos, a los mejores desde luego, a lo largo de casi medio siglo de vida, y que incluso esto que aquí hago, en TROFEO, que tanto me ayudó a conseguir este premio, está lleno, entre naif y surrealista, de los cinco sentidos de este arte de la ciencia de la paciencia que es la caza.

Parece que le estoy viendo, don Jaime, sentado a la puerta de su casa, tan fuerte, tan hermosa, tan verdadera, aquella de Sierra Morena, con la caracola encalada sobre la puerta, entre las dos palmeras más guapas que yo había visto en mucho tiempo. Le recuerdo aquel día, antes de bajar a encontrarnos con el Jabalí de piedra de junto al río, envuelto en su capote como de brega, como de lucha, resplandeciente siempre, su rostro color enebro, elegante y discreto, sabio y culto, de los libros, del campo y de la sangre, mi querido don Jaime, siempre a mano aquel libro único que después pude ver, abierto de par en par, en manos de su hijo César, con el que la vida me volvió a encontrar durante años y circunstancias.

Don Jaime, entorno los ojos y le veo ahora mismo llegando, como todas las semanas un día, a aquel garaje que durante tantos años fue estudio de la Televisión Española donde usted tenía su programa semanal. Bien que recuerdo cómo aquella nave detenía quince, veinte minutos, su respiración y su lío para escucharle, cosa que sólo ocurría cuando en otro momento aparecía Félix Rodríguez de la Fuente, al que llevé a la tele, primero en mi programa y después, cómo no, hasta que tuvo su espacio propio, y yo en la mitad de los dos, con el lobo o frente al lobo, aunque yo estaba más con mi corazón cerca de usted que de los demás.

Muchas entrevistas. Y sobre todo, sobre todo, le recuerdo ahora mismo, don Jaime, cuando más allá de la bodega bellísima, de las cubas de barro enterradas, al final estaba la humilde, casi franciscana alcoba, en la que usted, abriendo aquel postiguillo, casi de convento, mostraba, orgulloso y devoto, sólo a muy especiales y cercanas visitas.
– Y allí, al fondo, nuestra Señora de la Cabeza, Patrona de estas sierras.

Le entrevisté no sé cuántas veces, en ocasiones incluso cerca del alto río, truchero, con una caña de pescar en la mano, y le llevé a la tele, y siempre, siempre, su palabra morena, de los soles y las nieblas, fue una luz encendida en la vulgaridad de lo cotidiano.

Me tatué en el libro de mis apuntes frases y pensamientos suyos, comimos aquellos huevos fritos magistrales de su casa de la Sierra, subimos hasta lo alto de aquella loma, que nos cerraba por delante el horizonte y nos asombramos juntos. Usted disfrutaba viendo la sorpresa de los que con usted trepaban por aquella vereda entre jaras hasta los más alto. Tengo su libro, el Solitario, entre lo mejor de mi biblioteca, ya con más de veinte mil lomos, sobre todo porque está dedicado de su estilográfica, don Jaime, cronista mayor de la caza, ahijado directo de don Alfonso el Cinegético, don Jaime, que más de una vez, quizá por la fuerza de la querencia, pedí un sillón de la Española.

Un premio que me da vida. Ahora que ando un poco más aliviado, aunque no es verdad, sobre todo porque el corazón me acaba de dar un buen susto, el regalo del premio que lleva su bautismo me ha venido en vena a hacerlo sonar como una caja de música de taracea granadina.

Que se lo agradezco, tanto a usted, por el nombre, a su hijo César, por su filantropía, y al Club de Monteros, por haberme colado, como un secretario en día grande de caza mayor, junto a los más grandes de la crónica del campo y sus gentes, que lo mejor, lo más grande de cuanto usted escribió, don Jaime, fue la pequeña gran historia del campo y sus gentes a lo largo de toda una vida de amor a la naturaleza, llamada España, don Jaime.

Así que aquí le dejo, si me permite, este abrazo, don Jaime de Foxá, siempre elegante, en el puesto y en la calle, verde que te quiero verde, permítame esta metáfora de Federico, porque es en lo único que soy cazador, de versos de otro, y ya sabe dónde me tiene, ahora más que nunca.
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