Hemeroteca :: 01/09/2009
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Perros de caza

Texto y fotos: Juan José García Estévez

Última actualización 26/08/2009@09:03:33 GMT+1
Hace algún tiempo, un amigo mío quería un perro adulto de caza de una determinada raza, y yo conocía un criador, también buen amigo mío, que tenía lo que él necesitaba. Con toda mi buena intención hice de intermediario para que el criador buscase un perro a su medida. Cierto tiempo después me llamó diciendo que tenía una perra con las características que ésta persona quería.


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Efectivamente era la perra perfecta: de la mejor línea genética que había en el momento, con calificaciones altas en varias pruebas de trabajo con diferentes jueces, y poco antes la había tenido otra persona de mi confianza y hablaba excelentemente de ella. Comprador y vendedor quedaron para probar la perra en el campo, trabajando el animal con corrección y efectuándose la transacción sin mayor incidencia.

Pero pasado un tiempo, las cosas no fueron tan bien. La perra no pareció encajar en la nueva perrera, ni cumplir las expectativas que el nuevo dueño tenía sobre el animal. Como tantas veces en la vida, el propietario y el criador tenían dos versiones sobre lo ocurrido, y yo –que estaba en medio– escuché a uno y a otro, y cada uno tenía su parte de razón.

La mente del perro. Pero hay una tercera opinión, que en la mayoría de las ocasiones no se tiene en cuenta, la del perro. Habitualmente –especialmente entre cazadores– nos olvidamos que los perros son animales con una mente de cierta complejidad, como todos los animales que han evolucionado para mantener relaciones sociales dentro de grupos con un orden jerárquico. Pensar que por el hecho de comprar un perro al día siguiente va estar cazado con nosotros… es ser demasiado optimista.

Antonio, “El churri”, que siempre ha tenido muy buenos podencos, era mi compañero de caza durante mi juventud. Por aquellos tiempos tenía una perra llamada Chiquita, un cruce de podenco con terrier, que era realmente una fuera de serie.

Algún día me la llevaba conmigo a cazar, sin su dueño, y en estas circunstancias la perra no trabajaba ni el diez por ciento de lo que hacía normalmente. Parecía inútil. A pesar de que me conocía, a pesar de que cazábamos juntos varias veces por semana, no tenía el mismo comportamiento cuando cazaba conmigo que cuando lo hacía con su dueño.

Y es que no nos damos cuenta de la importancia que para un perro tiene el grupo, y dentro de su grupo el líder, es decir su dueño. En los grupos de cánidos salvajes la muerte o desaparición del líder es un golpe importante del que el grupo tarda tiempo en recuperarse y reestructuraste completamente. Igualmente, un ejemplar que es expulsado de un grupo buscará desesperadamente integrarse en uno nuevo o formar su propia manada –en función de su carácter y dotes de liderazgo–, pero llevará tiempo conseguir este reconocimiento. Pues bien, cuando adquirimos un perro adulto hay que tener en cuenta que pierde a su líder y a su grupo, y que se encuentra en una situación traumática para él.

Tiempo y paciencia. En mi experiencia, y siempre teniendo en cuenta las enormes diferencias entre unos y otros ejemplares, los perros tardan varias semanas, incluso varios meses, en asumir la nueva circunstancia del cambio de propietario y de entrono y en adaptarse a nuevos compañeros caninos. Además, cuanto más edad tiene el animal, el tiempo de adaptación puede ser más largo. Por ello, lleva algún tiempo conseguir que el perro se integre y aflore su carácter y personalidad.

Por mi profesión, veo con mucha frecuencia a perros adultos recogidos de las sociedades protectoras de animales y muchos de ellos siguen un mismo patrón de comportamiento: nada más recogerlos se muestran tímidos y sumisos. Los dueños dicen al principio que son unos perros buenísimos y que se comportan de maravilla, pero pasado un tiempo empiezan a hacer alguna que otra fechoría, a romper objetos en casa cuando se quedan solos, a orinarse o escaparse, etc., para desilusión y un poco de frustración de los nuevos propietarios. Todo ello no es más que la válvula de escape de esa situación nueva y traumática que vive el perro, pero poco a poco se llega a un equilibrio en el que ya se puede ver el carácter del perro y el estatus que ha adquirido.

Un pequeño ejemplo. Hace poco, un amigo me dejó un par de perras en casa, ya que por motivos familiares no podía cuidarlas. Tan sólo le puse una condición para atenderlas, que las perras no ladrasen porque no quería tener problemas con los vecinos en el pequeño pueblo en el que vivo. Me aseguró que no ladraban y que además eran muy buenas. La primera y sucesivas noches que estuvieron en la perrera no pararon de ladrar. Además, cometieron todas las fechorías posibles que a ninguno de mis perros residentes se les habían ocurrido hacer, como romper las mayas y escaparse seguidas del resto de perros, que no dudaron en unirse a la aventura. Pero pasadas unas semanas fueron a mejor y dejaron de ladrar y se comportaron correctamente, tal y como me había indicado mi amigo.

El cambio les había afectado y, como ya he comentado, tardaron varias semanas en mostrarse con su carácter real. Si comparamos este periodo de tiempo, es posiblemente el mismo que necesita un grupo de cánidos salvajes para reestructurarse o el que necesita un individuo para integrarse poco a poco en un nuevo grupo. Por lo tanto, cuando adquirimos un perro adulto, hay que contar con que será necesario darle un cierto tiempo de adaptación y cuanto más amables y comprensivos seamos ante este hecho, más rápidamente conseguiremos que el animal se integre.

Una importante sugerencia. Nunca hay que introducir un perro nuevo en una perrera sin observar unas estrictas medidas de seguridad. Lo ideal es situarlo en una jaula junto a los otros perros para que los pueda ver constantemente, pero de modo que esté a salvo de agresiones. Cuando un perro nuevo llega a una perrera trae un olor diferente que el resto de perros identifican como extraño, y por lo tanto como el de un agresor que invade su territorio. Esta situación se puede prolongar más o menos tiempo, por lo que hay que esperar que vaya cambiando y a que poco a poco encuentre lugar en el grupo. Dependiendo de las razas y el carácter de algunos ejemplares machos, e incluso entre hembras muy dominantes, esto puede ser realmente difícil porque su único objetivo puede ser expulsar al otro y no el llegar a un acuerdo sobre en qué orden jerárquico está cada uno de ellos.
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