Opinión
Eduardo Coca Vita
Última actualización 29/09/2009@14:18:57 GMT+1
La cita de un libro sin estar su título en cursivas (preferente solución académica) ni entre comillas (repuesto de peor resultado), el cambio de una [sensación] “extrema” por otra “externa” y la no acentuación de uno de esos sonoros adjetivos esdrújulos que como el mejor “pájaro” reclaman compañía, me reviven el sufrimiento producido por erratas y lapsus, hasta recordar frases de famosos sobre este íntimo dolor sin tratamiento. Entre otros, Byron (“la menor falta tipográfica me mata; corregid, os lo ruego, si no queréis que me degüelle”) y Ramón Gómez de la Serna, que a las maldiciones divinas de parir la mujer y sudar el hombre añade la de sufrir la errata los escritores.
En verdad que no se me da mal descubrir gazapos, llegando a pensar que hubiera servido para corrector de pruebas. En tiempos no tan pasados, un oficio importante y con prestigio en empresas editoras. Dije también siempre que esto tiene algo de don natural, y que gustosamente lo hubiera cambiado por otros aprovechables en mis aficiones al campo y a la caza, a los toros y al tiempo. Como el de ver las liebres acostadas y encontrar nidos de perdiz; anticipar el curso de la atmósfera; adivinar el recorrido del toro; identificar espárragos entre marañas; etc.
A veces, y sólo por prestar ayuda, he buscado errores en libros de amigos que no me lo encargaron —otros sí me encomiendan la tarea—. Y lo he llegado a hacer en textos de famosos (Delibes, Lázaro Carreter, García Márquez...), trasladando los fallos a sus editores. En el último caso la propia RAE, que reconocía (“Nota al texto” de la esmerada publicación conmemorativa de Cien años de soledad) que “toda edición es, por definición, mejorable”. Asidero al que me agarré para escalar las barbas —con educación, naturalmente— de los santos padres de las letras. Añadiendo la curiosidad de pillar un error en el mismo Diccionario, del que avisé a la Academia, pero ya estaba localizado.
(Me quedaría intranquilo sin aclarar que aludo a lapsus formales o de máquina. No se me ocurre corregir a otro autor ni hacer comentarios a su libre estilo. Y menos a los budas citados. ¿Qué me creería yo?).
Y otra anécdota más. Mi Manual ecológico del conductor de caminos ha llegado a la cuarta edición (con reimpresión de la tercera). Por tratarse de un folleto, habré leído un promedio de no menos de veinte veces cada una de ellas (alrededor de cien repasos entre limpio y sucio, galeradas y pruebas o para recreo personal). Pues bien, hace seis meses vi “córcel”, en vez de “corcel”. Y encima al principio, en la quinta línea de su prefacio. Quedó probado que la mácula se arrastraba desde la primera tirada en 1998. ¡Nueve años pasando los ojos sobre el acento inoportuno sin pillarlo!
Por mi regusto al redactar comprobará el lector que estoy en tema muy querido. Ya dije creerme llamado a ocupar plaza de corrector de algún buen periódico, de un medio con solera o de una imprenta de campanillas. ¡Cuánto lo habría celebrado! Y, sin apenas discurrir, hubiera disfrutado rozando la perfección, acariciando el modelo arquetípico de lo correcto, el prototipo de lo excelentemente hecho. Estar a un paso del “ideal”. Porque no sé qué satisface más, si escribir mucho tras pensar y pensar, o cuidar lo escrito por creadores ajenos para una presentación formal que dé al contenido material el sentido cabal guardado en párrafos y palabras.
Además, las erratas y su enmienda no son cuestión baladí ni exclusivamente una diversión. Cuando quieren ponen cara seria y atacan hasta el drama. Un librito de casi cien páginas le ha dedicado José Esteban —Vituperio (y algún elogio) de la errata—, delicia que recomiendo leer y regalar (Editorial Renacimiento, Madrid 2002), con mi conclusión particular de unas potenciales consecuencias muy elásticas. Desde llevarnos algunas erratas a la jocosidad más gratificante o al mágico mejoramiento de un verso, hasta desembarcar otras en la condena de la editora como responsable civil de su empleado o en el fallecimiento del enfermo que no advierte la barbaridad camuflada en el prospecto farmacéutico. ¡Dios nos libre de una diabólica errata amagada en el manual de nuestra escopeta! No por errar el tiro o fallar la pieza, sino porque nos reviente en las manos.
Y no puedo despedirme sin unas pinceladas de ironía. Una, las tablas de erratas, conocidas desde 1478, que han llegado a ser volúmenes de grosor similar al corregido —y con sus propias fes de erratas como apéndice o apéndices—, fáciles remedios de quienes no ponían atención en el trabajo ni se la prestaban a la función. Otra, los modernos ordenadores, que obran el milagro de hacer del programa corrector de errores un curioso generador de equivocaciones. Fíense y verán lo que les puede salir. Deleguen la tarea en el Word sin preocuparse de más, y sólo esperen a ver por los suelos su crédito de escritores. Antaño se culpaba a los duendes. ¿A quién culpabilizamos hoy? ¡Como para saberlo!