Perros de caza
Alanos
Última actualización 29/09/2009@14:25:17 GMT+1
La selección natural en su medio constituye sin duda el mejor de los escenarios para medir las capacidades de una raza. El “campo”, donde en la mayoría de los casos las condiciones higiénico-sanitarias y de alimentación de los animales son extremas, se muestra implacable con los débiles, y el alano no constituye una excepción. Nuestra raza se ha fraguado sobre la base de una adaptación a los rigores propios de su función, y ello le ha permitido desarrollar una fuerza genética que le proporciona la salud y el vigor requeridos para soportar carencias con estoicidad.
La evolución de los sistemas inmunológicos resistentes es lenta y requiere del sacrificio de los débiles. De ello se encarga el entorno, las condiciones en las que viven los animales y la propia función desarrollada, en consecuencia, sólo los más fuertes y hábiles sobreviven.
Estas son razones suficientes que me permiten afirmar que los atajos en la cría no son buenos, y las prisas mucho menos. Cualquier criador debería plantearse sus objetivos a largo plazo y aliarse con la paciencia, la tenacidad y, en ocasiones, la decepción. Por ello, una de las claves en la cría es la certera elección de los reproductores. ¿Cuántos ejemplares son aptos por sus condiciones para ser sementales? La contestación es sencilla: un número muy reducido.
El hecho de que algunos criadores no contrasten sus reproductores, ni las camadas resultantes, o piensen que poseen un animal formidable por el simple hecho de someterle a una prueba de trabajo en un cercado dando por válido el resultado de tal lance, constituye sin duda un error grave en el proceso de selección y que puede acarrear fatales consecuencias en el futuro para nuestros perros.
Como sabe el buen montero, en los agarres existen multitud de matices que sólo algunos, los avezados en estas lides, son capaces de percibir, y que a la postre son determinantes para establecer qué ejemplares pueden alcanzar la categoría de sobresalientes y, por lo tanto, la de reproductores.
Agarre, pero con cabeza. Es un error conceptual creer que el alano tiene que ser una magnífica máquina de morder, que se agarra de cualquier forma y a cualquier cosa. Nada más lejos de la realidad, de su supervivencia en los agarres –sobre todo en la caza– está directamente relacionada con sus aptitudes psicológicas. ¿Para qué quiere un perrero o rondador un perro que agarre de forma bobalicona llegándole por esta razón la muerte?
El alano, por su ancestral instinto atávico, se lanzará sobre cualquier pieza de caza con coraje y valentía, “por derecho”, que decían los antiguos, sin embargo, esto no significa sin más que ya sirva como reproductor. El perrero, el ganadero o el criador, según los casos, deberá seleccionar para la cría sólo a los animales que sean más aptos y notables, tanto física como psicológicamente, y ello requiere un sólido conocimiento del arte de la venatoria o del mundo de la ganadería.
Muchos de los criadores actuales de esta raza no sabrían elegir a sus reproductores en un agarre, precisamente porque desconocen la propia naturaleza del mismo. Así por ejemplo, un perro que agarra de forma temeraria en la oreja y después se pone al hilo de la trompa de un guarro, será apto para el trabajo pero no para la cría.
En mi opinión sería muy beneficioso para la raza que la selección de los reproductores se efectúe en base al resultado del trabajo, ya sea en el campo o a través de pruebas de trabajo. En definitiva, la selección de esta raza pasa inexorablemente, si no queremos perder la funcionalidad, por un proceso de evaluación de los perros que supone someter a éstos a las exigencias propias de su trabajo.
Lamentablemente lo anterior no está ocurriendo así. En el mejor de los casos, un buen número de criadores testa sus perros con poco o ningún criterio: que agarran, sin más trámite los califica como aptos para la reproducción y eso, como hemos dicho, en el mejor de los casos, que hay otros que ni tan siquiera los someten a prueba alguna.
Pues bien, no nos debiera pasar inadvertido el hecho de que los primeros recuperadores, entre los que ocupan un papel indiscutible Carlos Contera, Agustín del Río, Pedro Céspedes, Carlos Salas, etc., buscaron, encontraron y seleccionaron los pilares de la recuperación “en su lugar de trabajo”, que es donde estos animales demostraron su valía y coraje sereno en incontables ocasiones. El trabajo en el campo es el que ha permitido forjar el carácter y la configuración morfológica de esta brillante estirpe canina, haciéndola insuperable en el desarrollo y desempeño de sus funciones.
Fue precisamente en el campo el lugar donde la raza sobrevivió, donde se encontraron ejemplares suficientemente representativos que, configurando en origen una agrupación racial sólida, permitieron desarrollar un programa de cría y selección que desembocó de forma lenta en el reconocimiento de la utilidad funcional y en la inequívoca seguridad de estar frente al mítico perro ibérico: el perro alano.
Hoy la raza presenta un grado de pureza y homogeneidad más que aceptable. No deberíamos cometer el error de seleccionar nuestros alanos, tal y como ha sucedido con un buen número de razas, en base a matices estéticos que, a través de la hipertipicidad en expresiones y fenotipos, redundan en caracteres que si bien puedan resultar atractivos en el mundo de la cinofilia oficial tales como hocicos muy chatos, masividades corporales, excesos de belfos y pieles, carácter linfático, etc, podrían convertir al ancestral alano, raza polivalente y sana, en una auténtica inutilidad para el trabajo.
Aunque la perfección no exista, estamos obligados a buscarla cada uno dentro de nuestras posibilidades, y eso exige honradez en la selección y paciencia, porque las razas no se crean en espacios cortos de tiempo, y menos las destinadas a funciones propias de un perro de alcance y agarre como es el alano.
Cada criador no puede erigirse en recuperador, queriendo, en una labor de manipulación de las fuentes históricas y de la herencia que ha recibido, determinar el tipo o el carácter del perro con el fin de satisfacer sus gustos personales o comerciales. El alano es lo que es, un perro seleccionado para el cobro del ganado y el agarre de la caza mayor.
La mejor aportación que cualquier criador o aficionado puede hacer a la raza, es respetar esto, en otras palabras, respetar el trabajo de cría y selección de sus predecesores, que con muchos menos medios, y mucho más esfuerzo, consolidaron una raza de la que ellos ahora disfrutan.
Mirar sobre todo cómo agarran. El agarre para cualquier cazador o perrero representa la expectación máxima que el arte de la venatoria le puede brindar por la incertidumbre de no saber si el guarro es grande o chico, si ha herido de gravedad o no a nuestros perros, si hay fuerza para pararlo o, por el contrario, éste se deshará de ellos y no cobraremos la pieza. Si a todo esto se suma la excitación propia que produce entrar a rematar una res agarrada como mandan los cánones y la tradición montera, a cuchillo, se entenderá, aunque sea a duras penas, la belleza grandiosa que despierta la caza practicada desde antiguo en nuestra vieja piel de toro.
Pues bien, para lograr que nuestros alanos se comporten de forma sobresaliente en este momento culminante considero imprescindible, para mejorar la capacidad de trabajo de los perros, salir al campo con ellos, observar si se airean, si tiran de los rastros, cómo se desplazan, ver su comportamiento en las ladras, comprobar si efectivamente cazan o simplemente salen de paseo, analizar su afición y el entusiasmo que muestran, ver lo gregarios que son o no y, sobre todo, en el caso particular de nuestra raza, observar con detenimiento cómo efectúan el agarre, que constituye el acto supremo donde los alanos se despojan de los posibles disfraces y muestran con genio, bravura y total desnudez lo que llevan dentro.
Cuando abriendo el monte nos encontramos a nuestros alanos asidos a las orejas, carrillado o jeta del guarro aún a costa de encontrar la muerte, cuando contemplamos esa salivación en forma de espuma que se escapa por la comisura labial buscando un segundo aire, ese resoplar que se mezcla con el regruñir del puerco que blande su buen par de “tizas” con la intención de herir mortalmente a nuestros perros, o a cualquier cosa que se ponga por delante, no creo que pueda existir lance similar.
Si no se sienten todas estas emociones, y no has visto ni experimentado nada de esto, difícilmente se puede hablar de mejoras en el fenotipo o cosas similares, justificándolas con la excusa de una pretendida funcionalidad. La funcionalidad la da, sin duda, el trabajo, y el que no trabaja sus perros no llegará a conocer sus carencias o virtudes. ¿Cómo se va seleccionar los futuros progenitores si se desconoce la función para la que han sido criados y seleccionados a través de los siglos los alanos?
Para seleccionar un semental es fundamental que el ejemplar en cuestión agarre con endemoniada vehemencia y además que conozca bien su oficio. No se trata sólo de morder y quedarse ahí, la presa es mucho más que eso, pero como dedicaremos el siguiente apartado a ella, concluimos aquí esta breve exposición dedicada al uso del alano en el arte de la venatoria.
La presa. La mordida es un atavismo hereditario, por tanto debemos seleccionar sólo aquellos ejemplares que fijen la mordida en la jeta, carrillada y en las orejas. La mordida en el morro, que será buena para agarrar cochinos y apreciada por el perrero, será descartada sin embargo para sujetar el ganado.
Otro tipo de agarres en patas, glúteos o lomos son poco efectivos y peligrosos para los perros y monteros. Estas mordidas sucias deben quedar eliminadas en el proceso selectivo. Asimismo, habrá que descartar a aquellos ejemplares que suelten, que no mantengan la presa de forma continuada. Otro tanto con aquellos que no entren por “derecho”, o que remoleen buscando ventaja en el agarre.
Además de la presa, los perros deben seleccionarse sobre la base de ciertas características morfológicas necesarias, pues si los perros no poseen una determinada estructura morfológica, difícilmente llegarán a un agarre con garantías. Lo ideal sería una talla de 61 a 63 cm. de altura para los machos y 60 cm. para las hembras. Muy importante es que el animal sea capaz de ventear, si es por alto mejor.
Todo lo que supere los 40 kg. de peso, en el campo sobra. Que acuda a las ladras con prontitud, marcada insensibilidad al dolor y, en el caso del alano, siempre debe guardar un adecuado equilibrio entre alzada, peso y capacidad de parada. Pretender que un alano bata tanto monte como un podenco es desconocer la raza, no es su función, para batir monte están otras razas punteras. El alano sí tiene las herramientas y la necesaria capacidad para enfrentarse a un guarro y sujetarle aún cuando un cochinaco podría perfectamente llevarse dos de estos alanos colgados de las orejas como el que lleva dos zarcillos.
Finalmente, no se consentiría en la práctica de la montería española la participación de perros de diente tan rápidos como los podencos, que en vez de meter la caza en las posturas, la paren en la mancha sin ninguna justificación. En la montería, sólo se justifican los agarres para la defensa de la recova, bien ante el guarraco o ante el navajero más pequeño, bien armado y con mucha movilidad.
Descartar los pendencieros. Otra premisa esencial para la caza con rehala es la capacidad del alano para trabajar con los demás perros. Nuestro alanos deben ser gregarios por naturaleza y descartarse los animales excesivamente pendencieros. Ahora bien, eso no significa que el animal tenga un carácter linfático o que sea de fácil manejo. En la virtud del montero estará el saber socializar a estos animales sin que pierdan ni un ápice de su potencial.
La elección de perros muy chatos, aún con mordidas correctas y, desde luego, la de ejemplares prognatas, constituye un error en el proceso selectivo que hay que evitar a toda costa, pues se tratan de defectos que impiden al alano el correcto desarrollo de sus aptitudes funcionales. Todo lo que reduzcamos de una buena boca de hocico corto, lleno y romo –que no chato–, es directamente proporcional a la pérdida de capacidad de sostener la presa en el animal, el porqué ya lo indicó Iranzo hace siglos en el Tratado de la Montería descubierto por el Duque de Almazán, y podría resumirse en esa expresión de nuestros cazadores y ganaderos de “llenarse la presa”, o sea, que la zona en la que muerde el alano le llena la boca sin posibilidad de una respiración auxiliar por la comisura labial, que es imprescindible para el sostenimiento de la misma.
Esta falta de aire incide de forma claramente negativa en el animal que, al ahogarse, se ve obligado a soltar la presa para respirar y seguidamente volver a morder, con los consiguientes riesgos que conlleva esta maniobra.
Por esta razón mi experiencia viene a decirme que deben descartarse los perros con narices respingonas, hocicos chatos y exceso de belfos que en un agarre tienen más posibilidades de soltar que los ejemplares con bocas con mordida en tijera, tijera invertida o con leves prognatismos.
También es muy importante que sean secos de belfos y que los hocicos, aún siendo romos, sean suficientemente largos. Los perros con estas características morfológicas aseguran una mejor presa que los que presentan los defectos enunciados.
Me permito incluir en este momento una parte del texto original de Iranzo para una mejor comprensión de lo anterior: “...que los alanos livianos son de mayor agarre, porque la presa del alano, algunos que saben poco de este arte piensan que consiste en apretar las quijadas, y no es así, sino en el aliento, y lo pruebo por dos razones: la primera que todos los alanos boquihendidos son más prisueños, que por la grandeza de la boca pueden tener y resollar por ella, y los que la tienen pequeña, por el contrario, se la ocupa la misma presa; la segunda, que si a un alano de firme presa, le tapan las narices teniendo, soltará, y cuando toman dentro del agua, entrándoles en las narices, también dejan, y por tanto los que las tienen muy abiertas, son firmes de tenida (…) la cabeza un poco larga, que no muy corta y partida, y el hocico casi igual, que no sea ahusado …”
Otro factor que incide de forma negativa en el agarre es la falta de kilos en algunos ejemplares, que reduce de forma inevitable su capacidad de parada. En mi opinión, el perro adecuado por guardar la aludida armonía entre talla, peso y longitud es el denominado por este autor en el siglo XV “alano liviano”, es decir, el mediano de longitud, altura y anchura, pues es el que posee un correcto equilibrio entre las tres magnitudes citadas.
El trabajo del alano debe hacerse notar cuando el cochino se acula con la intención de dar leña, y por duro que pueda parecer, para el bien de la rehala, es “preferible” perder un alano a seis u ocho integrantes de la misma. Sin alanos puede ocurrir que nuestra recova no sea capaz de echar de su emplazamiento a un cochino que, confiado en su poder, prefiere dejarse la piel presentando batalla antes que romper al cortadero.
La verdadera función del alano es dar seguridad al resto de la recova aportando su fuerza. Para ello cuenta con un coraje y valentía desmedida y en última instancia, si la situación lo requiere, posee además boca más que suficiente para sujetar y defender el agarre hasta ser auxiliado o muerto por el cochino.
Se entiende, por obvio, que para que un alano agarre tendrá que haber recorrido una distancia, la que sea, hasta llegar a la parada. Esto lo debe ejecutar con suficiencia y para ello se requiere una estructura morfológica de perro galopador cimentada en su tren posterior. El alano debe ser un perro de vientre retraído, alto de grupa, cuartillas largas, pies de liebre, “zancajoso”, como le define en sus “Diálogos de la Montería” Luis Barahona de Soto, en fin, debe poseer una morfología que le permita acceder con prontitud al agarre con la necesaria fuerza para ejecutarlo, culminando así su función de protector de la recova.
El tren posterior del alano es, sin duda, un hecho diferencial y una característica racial que le distingue de otras razas de presa y que le otorga una polivalencia que le permite galopar de forma infatigable sin por ello perder su capacidad de sostener la presa. Por ello, si la selección prima ejemplares con estructuras que se corresponden con las de perros cilíndricos y pesados, la principal virtud de esta raza, su polivalencia como hemos dicho, desaparecerá. Los que como yo pensamos que un agarre viene precedido de un trabajo previo de levantamiento, persecución y acoso de la caza, no concebimos una raza de diente incapaz de seguirle el paso al resto de los perros que conforman la recova.
La necesidad de portar perros de diente con llegada es un hecho irrefutable en la rehala actual, y el alano representa el máximo exponente al respecto. Es obvio que cuando los perros laten y la ladra se distancia, si no poseemos ejemplares con las cualidades descritas, para cuando quieran llegar los “de boca” que llevamos pegados a los zahones, habrá sucedido lo que tuviese que ocurrir sin posibilidad de auxilio por parte de los más capacitados en dichos menesteres.
Cuando alguien dice, “mucha fuerza lleva esa rehala”, habría que preguntarle: ¿con qué piensa que se vacía una mancha? La fuerza en una rehala tendrá que ir compensada en función del trabajo que desarrollan el resto de sus miembros y en eso, sin duda, el que mejor conoce su recova es el perrero.
EL FUTURO. Algunos visionarios dudan que dentro de cincuenta o sesenta años el alano tenga utilidad en el campo, dando por segura la desaparición de las actividades venatorias o ganaderas que hasta ahora han venido justificando su existencia en el mundo rural, lugar natural de la raza y donde estos animales son capaces de desplegar todo el potencial que llevan dentro.
En el campo nadie mantiene mascotas. El cazador o el ganadero tiene a sus alanos, careas, caballos, vacas o cabras porque se sirve de ellos, bien como fuente de vida o para que le auxilien en el desarrollo de determinadas actividades. Las sensibilidades exageradas de algunos urbanitas ignorantes, y sin ningún conocimiento del medio rural y su forma tradicional de vida, sin duda, no benefician nada a la raza. No obstante, la actual existencia de explotaciones de ganado bravo o semibravo y la gestión de prácticas venatorias con una explotación sostenida, permiten albergar esperanzas más que fundadas de que al señor de la ronda le espera un futuro brillante dentro del mundo rural.
Por ello, culpabilizar, como algunos hacen, a los ganaderos y cazadores de la desaparición de la raza no es más que una falacia que esgrimen algunos “criadores”, so pretexto de monopolizar y ubicar al alano dentro del circo de las exposiciones caninas y con ello lucrarse del beneficio de su cría.
A mi entender es ahora, aunque resulte paradójico, cuando la raza se encuentra más amenazada debido a que los criterios de selección con los que se crían los perros destinados a exposiciones caninas difieren notablemente de los utilizados en la selección funcional realizada a través de los siglos por ganaderos y cazadores.
El alano que hoy poseemos aún responde en buena medida a un producto que se caracteriza por su funcionalidad. Sorprendente es que su recuperador inicial y algunos de los que siguieron sus enseñanzas, renuncien al tipo y se hayan apartado de este axioma indiscutible para los amantes de esta raza.
A la gente de campo deberíamos mostrarle el mayor de los respetos, pues precisamente son ellos los que garantizan hoy su supervivencia como hemos explicado. No deberíamos ser tan fariseos y rasgarnos las vestiduras cuando escuchamos que algunos perreros mestizan o bastardean parte de su recova. En efecto, si un perrero tiene una treintena de perros, de los cuales cuatro son alanos, y buscando aquella mejora decide, por poner el caso, cruzar una podenca amastinada con un alano, el resultado será un tres sangres que probablemente dará buenos resultados en la caza.
Lo importante es mostrar a los que manejan la rehala que el alano constituye un valor añadido para su recova del que no puede prescindir. Por ello, lo ideal sería que en cada rehala existieran un par de colleras de alanos, y ¡ojo!, cuando hablamos de perreros no me refiero a esos que parchean sus recovas con los desperdicios que se encuentran o que desechan los demás.
No lo olvidemos, las rehalas son hoy insustituibles para el desarrollo de las actividades venatorias y son éstas a fin de cuentas las que garantizan la supervivencia de la raza.
Los criterios de selección utilizados en la cinofilia oficial, a diferencia de los empleados en el campo, buscan únicamente una pretendida belleza estética que no siempre se consigue –por lo que tiene de subjetivo– y redundan en caracteres hipertípicos que tienden a la espectacularidad, buscando masividades, excesos de pieles y belfos, estructuras óseas pesadas, tallas y volúmenes que convierten a los canes, en la mayoría de los casos, en auténticos inútiles para desempeñar otras funciones que no sean las de dar “cariño”, cuando no mil y un problema de salud, a sus dueños.
De capas y colores. Sin duda alguna, la capa más apreciada desde un punto de vista histórico en el perro alano destinado a la actividad venatoria es el blanco, que, paradojas de la vida, ha sido eliminado del estándar oficial de la raza, y no tanto por razones funcionales, donde el blanco sigue teniendo la misma importancia, sino por cuestiones estéticas y ciertos complejos de algunos criadores que no quieren que sus perros se identifiquen con otras razas afines, en cuya creación la participación del alano ha sido esencial.
Independientemente de las ventajas que los colores claros tienen para el trabajo de campo, la diferenciación racial es tan notoria entre las diferentes razas de agarre, tanto fenotípica como funcionalmente en las pautas de comportamiento, que el manto constituye una cuestión secundaria que no justifica bajo ningún concepto la eliminación de ejemplares con notables cualidades funcionales por el simple hecho de poseer tal o cual capa.
Lo cierto es que la población de pintos, en cuanto a número de ejemplares, es reducida, aún cuando en la primera época se descubrieron ejemplares tricolores con fondo blanco y parches en mayor o menor medida, fundamentalmente en la cabeza y el lomo, color este interesante y tradicional para los que preferimos una diferenciación clara de los perros en el campo frente a las piezas de caza.
Los ejemplares pintos han sufrido injustamente el desprecio en el proceso selectivo, por lo que presupone una estética diferencial, incidiendo mucho más en la selección de capas verdinas en sus diversos tonos, los negros y atigrados, viéndose incluso reducida la población de leonados o bayos.
La radicalización selectiva en cualquier dirección resulta excluyente, pudiendo incidir de forma negativa en la raza ya que antepone criterios personales a los argumentos puramente históricos y a las ventajas que supone para el desempeño de las funciones venatorias.
No existen argumentos de ninguna clase en contra de las selección de alanos con capas pintas, o ¿hay algo más estético que contemplar una suelta de quince o veinte naveños –pintos o urracos– con dos colleras de alanos del mismo color?, y el que dice naveños dice paterneros o campaneros o valduezas con este manto parcheado sobre blanco que inunda el monte de color y vida.
Por mi parte no cederé en el encorsetamiento de las exposiciones y mantendré con mi afijo (La Guadaña) abierta una línea de pintos, aún que sea por puro romanticismo. Sostenido y alentado por las palabra de Alfonso el Onceno, me reafirmo en mi decisión: “Nunca los vi mejores que blancos y bayos”, o de Antonio Covarsí, que siempre los tuvo en su recova, o las palabra de Carlos Contera, que en su magistral articulo de título “Recorrido por la iconografía secreta del alano” afirma: “La capa blanca ha sido una constante en la estirpe de alanos desde épocas remotas”, u otros como Manuel Jaren Nebot y Pedro Luis Martínez que en su articulo “Alano español, una realidad”, nos dicen: “Actualmente tres líneas de sangre producen perros blancos, siempre manchados de atigrados, aunque de este color son muy raros....”, o las afirmaciones del que para mí es, sin duda, el mejor criador que tiene la raza y crisol donde se funden los conocimientos absorbidos de algunos de los padres de la recuperación con sus propias experiencias, siendo bisagra entre el ayer y el mañana, me refiero a Javier Parra, que en su artículo “Reflexiones sobre el alano español” hace la siguiente consideración: “Con predominio de los mantos blancos o por el contrario de los colores sólidos...”, y refiriéndose a los “listos” indica: “O aquellos otros que alzan un determinando color como típico despreciando al resto de capas, y otras muchas barbaridades”.
En fin, que algunos espabilados, con gran afán de protagonismo, parecen querer inculcar al resto su mentalidad de pensamiento único bajo la apariencia de representar la oficialidad, sintiéndose creadores del nuevo alano del siglo XXI sin respetar ni tradición, ni historia ni tan siquiera el trabajo de los primeros que se pusieron manos a la obra para salvar a esta raza de su segura desaparición.