Hemeroteca :: 01/12/2009
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Reportajes
Última actualización 27/11/2009@11:03:26 GMT+1
Seis colinas y un leopardo
Suena a terrible tópico pero África, para algunos, tiene en verdad una fuerza que nos empuja a desear volver y volver sin remedio. Con ese espíritu e ilusión viajaba hace pocas semanas una vez más a Tanzania, a la reserva de caza de Rungwa, en la parte centro occidental del país. He de anticipar que no pretendo atormentarles con el diario del safari sino tan sólo contar la historia de la caza de un leopardo en aquel lugar.

Luis de la Peña Fernández-Nespral
Como casi siempre en la caza salvaje –por desgracia, cada vez es más necesario adjetivarla– el lance exitoso se puede presentar de inmediato y sin apenas esfuerzo o por el contrario puede llegar después de buscarlo tozudamente a lo largo del tiempo.

El leopardo, que siempre es una pieza codiciada del clásico safari en el África oriental, se nos resistía, unas veces porque no hacía caso de los cebos que colocamos y otras tantas porque al tomarlos no resultaban ser piezas a la altura de nuestra codicia o simplemente no resultaban ser conformes con la normativa aplicable. A este último respecto y a los efectos que aquí interesan, hemos de reseñar que en Tanzania no se pueden cazar hembras de ninguna especie venatoria ni tampoco disparar de noche.

Las cosas comenzaron bien. Al revisar el primer cebo consistente en el remo trasero de una cebra observamos que había sido comido y bien comido por al menos un leopardo. Por las huellas de los alrededores, imaginamos que se trataba de una hembra y un macho. Sea lo que fuera, habían comido algo más de la mitad de aquel jamón.

Pen de Vries, mi cazador profesional, del que más adelante hablaré, me aconsejó sentarnos esa misma tarde a esperar. Nos colocamos en el puesto –siempre son iguales– forrado de pajonales y ramas sobre las 5 de la tarde, de forma que el aguardo duraría como máximo dos horas y quince minutos. Más allá de las 7.15 era prácticamente imposible tirar, al menos sin ayuda de luz artificial, que como hemos adelantado está prohibido. No fue necesario esperar tanto ya que poco antes de las 6.30 apareció como por arte de magia, como un fantasma, un leopardo que para ser una hembra tenía buen tamaño. Disfrutamos de su presencia que siempre es un espectáculo de la naturaleza hasta el ocaso, momento en el cual vino a recogernos el Toyota que, naturalmente, espantó al gato. Durante aquella media hora larga con el leopardo pudimos tomar fotos e incluso Pen grabó un video. Nunca vimos al “marido” que supuestamente la acompañaba.

Como casi todos los cazadores blancos con licencia de Zimbabwe, Pen hace bien su trabajo, tiene aptitudes y hasta actitudes de predador. Aprendí de Pen durante este safari, me gustaba su estrategia en los recechos y no pude evitar bombardearle a preguntas sobre caza africana o sobre su flora y fauna. Pen enseguida captó que el leopardo era una prioridad para mí. Desde que cacé el primero me ha cautivado. Era lo que verdaderamente me interesaba llevarme de Rungwa, el leopardo y la experiencia de su caza. Pen me dijo que no tenía dudas de que alcanzaríamos nuestro objetivo y, con franqueza, le creí a pies juntillas. Pienso que disfruté tanto buscando al leopardo porque me olvidé de cualquier miedo al fracaso. Si algo he aprendido en mis años de cazador es que para cazar hay que desterrar la antipatía al bolo; es muy cierto que no cazamos para matar, aunque la muerte culmine todo lance venatorio. Cazar por la vivencia aunque el trofeo no llegue. ¡Qué ridícula sería nuestra afición si siempre se matara!

Más cebos. Aquella hembra que filmamos siguió acudiendo al cebo durante los días posteriores, sin embargo, llegamos a la conclusión de que el macho, que con toda probabilidad la acompañaba y que entraba de noche, era pequeño.

Nos dedicamos entonces a sembrar el terreno con más cebos, lo cual no es de por sí lo más apasionante, lo realmente divertido es cazar para el leopardo, ora una cebra, un impala o un antílope jeroglífico. A resultas de esta dedicación, otro leopardo se rindió al engaño. Una vez más, pudimos comprobar que se trataba de una pareja siendo esta vez las huellas del macho medianas. Después de preparar el acostumbrado zulo de aguardo, nos sentamos allí una tarde y, entre dos luces, se presentó en el árbol un leopardo. Por más vueltas que le dábamos aquello era una hembra y no cabía más que esperar a ver si aparecía su acompañante. Pronto se nos hizo de noche, no vino el macho y no tuvimos más remedio que llamar al coche y retirarnos. La tarde siguiente nos volvimos a sentar en aquel lugar para ver si el macho llegaba antes, pero esta vez ni macho ni hembra visitaron el cebo mientras había luz.

Cambiamos de cazadero. Al día siguiente, después de comprobar que ningún cebo había sido visitado salvo los dos conocidos, decidimos alejarnos de nuestro cazadero habitual y desplazarnos a un lugar remoto de la concesión que distaba unas cuatro horas y media en coche desde el campamento. Aquel lugar se llamaba Six Hills, que podemos traducir como las Seis Colinas y que prácticamente nadie visitaba dada su lejanía y también su relativa escasez de caza.

Pen no recordaba que allí se hubiera cazado un leopardo en los diez años que él cazaba en este bloque de Rungwa. No obstante, sabía que en años lluviosos, como es el caso de este 2009, brotaba algo de agua en un pequeño manantial.

Muy temprano y cargados con un facochero que había cazado el día anterior que serviría como cebo, iniciamos viaje a aquel valle de las Seis Colinas. Como su nombre indica, se trataba de un lugar montañoso, pintoresco y bastante diferente al resto del cazadero. Apenas vimos caza, salvo varios saltarrocas que allí encontraban un hábitat ideal para vivir. Buscamos el manantial y, con alegría, vimos que había formado una charca de agua clara. Pero lo mejor de todo es que allí había huellas recientes de un leopardo muy grande, enorme.

Los leopardos de estas grandes concesiones que apenas están sometidos a presión cinegética suelen tomar bien los cebos y, sobre todo, son más propensos a acudir con luz. Estos pensamientos mezclados por la probable caza pionera en este lugar y las tremendas huellas del gato, nos hicieron albergar grandes esperanzas.

Enseguida, Pen dispuso la instalación del facochero y se arrastraron sus vísceras por los alrededores para facilitar la entrada de aquel leopardo. Una vez terminados los trabajos iniciamos la vuelta al campamento a donde llegamos con noche cerrada. Después de aquel periplo, estábamos deseando volver a las Seis Colinas al día siguiente para comprobar que habíamos conseguido encelar al leopardo en el cebo. Si así fuera, allí mismo nos pondríamos de espera esa tarde y, con suerte, llegaríamos triunfales al campamento bien entrada la noche. Me dormí dándole vueltas a estos pensamientos y en el desayuno de la mañana estuve comentando todo con Pen que tenía gran confianza en aquel leopardo.

Durante todo el safari, agradecí de mi cazador profesional que hiciera tan suyas como mías las prioridades de caza que me había marcado. Hizo lo indecible por encontrar el leopardo y también el sable, que es también un animal que uno no se cansa de cazar. Para mí la palanca junto con el bongo son los antílopes más bonitos de África.

Ahora se rompe el coche. De nuevo antes del alba emprendimos viaje a las Seis Colinas. De camino, paramos a comprobar si el cebo en el que habíamos esperado sin éxito días atrás seguía tomado. Confirmamos que así era y volvimos a ver las huellas de macho y hembra. El macho, como había anticipado, no pasaba de ser discreto.

Sin darle más importancia, volvimos al Toyota para continuar el largo trayecto que restaba. ¡El hombre propone y Dios dispone! y al llegar al coche los pisteros advirtieron que íbamos dejando un reguero de aceite por el camino y al pararse el vehículo había incluso formado un pequeño charco. Para mayor desgracia, la radio estaba estropeada y no podíamos avisar al campamento para que mandaran otro coche. En estas condiciones, Pen decidió con buen criterio volver al campamento. Desde luego, hubiera sido una temeridad ir a las Seis Colinas con el riesgo de quedarnos allí tirados y totalmente incomunicados.

Los safaris actuales poco tienen que ver con las antiguas expediciones de la edad de oro en la caza africana, de forma que el tiempo es oro y cualquier eventualidad ha de resolverse inmediatamente. Si dispusiéramos de varias semanas más de caza al estilo de los safaris decimonónicos de Scala o Mandas, no hubiera pasado de ser una aventura más. En mi caso, apenas quedaban jornadas de caza y mal que nos pesara no había otra solución cabal. Una vez en el campamento, almorzamos mientras el mecánico reparaba la avería y durante la comida convinimos en cambiar de planes. Era ya imposible llegar a las Seis Colinas por lo que antes que perder la tarde nos pareció sensato aguardar de nuevo en el cebo anterior a ver si, por casualidad, el macho acompañante de la hembra entrara esta vez con luz suficiente para tirar. He de reseñar que a estas alturas sólo me restaban dos días más de caza.

¿Macho o hembra? A media tarde nos instalamos en el zulo conocido, adonde me fui pertrechado del último libro de Juan Luis Oliva de Suelves, Luna llena en Medouné, que ya había comenzado a leer en los aviones y que recomiendo a cualquier aficionado a la literatura de viajes.

Leí durante una hora para después estar controlando el cebo. No quedarían más de quince minutos para poder tirar con la mínima luz cuando surgiendo de la nada vemos, casi al unísono Pen y yo, a un leopardo encaramado en la rama del árbol de marras. Nos pusimos de inmediato a intentar buscar como locos un signo de virilidad del animal.

Estaba echado en la rama con las patas colgando y por más que registramos con los prismáticos sus innombrables, no había forma de saber con certeza si era el macho. Al levantarse pudimos confirmar que se trata del macho, era más grande que su compañera y sus hechuras más recias.

Tengo ahora al leopardo perfectamente de costado y recortado contra un cielo que empieza a dar paso a las estrellas. Apunto cuidadosamente, disparo y cae desplomado. Nos damos un apretón de manos, pero además Pen prefiere abrazarme.

El tiro avisa al Toyota y pronto nos encontramos con los pisteros. Abrazos, felicitaciones, fotos y más fotos. Estoy feliz pero como siempre me pasa, necesitaré más tiempo para rumiar la cacería y disfrutarla en su totalidad, con todo su alcance. Antes de llegar al campamento me instan a disparar una salva y ello da la señal al resto de trabajadores del comienzo del kabubi.

Canciones en swahili que me resultan familiares cada vez que se abate un trofeo importante, bailes y mucha alegría de todos. Hasta Tito, hasta entonces un impertérrito mozo de comedor al más puro estilo colonial, ha perdido los papeles y se ha cebado dándome cachetes en la mejilla. Pen graba en su cámara todo ello para la posteridad.

Cena tardía y ya de noche, con la tranquilidad que al fin encuentro, repaso aquellas vivencias pero no me puedo quitar de la cabeza lo que hubiera ocurrido de haber podido llegar a las Seis Colinas. Por unas cosas u otras, los leopardos grandes lo son por algo y además tienen suerte.

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