Reportajes
Texto: José Luis Martínez Foto de apertura: Ramón Arambarri
Última actualización 23/12/2009@09:28:35 GMT+1
De patirrojas de las de verdad y de apasionados cazadores de perdices trata este artículo,
escrito por un veterano perdicero al que las perdices “le quitaron el sueño” desde el primer día que las vio.
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A veces, mientras espero que acuda la inspiración, no encuentro motivos para enrollarme sobre perdices; no encuentro motivos yo, que me he pasado la vida corriendo tras ellas. Debe ser que estoy acostumbrado tan sólo a la específica costumbre de avistarlas, seguirlas y abatirlas; el subconsciente no es capaz de transmitir la infinidad de circunstancias o aspectos que permiten escribir sin repetir lo comentado por tantos y tantos fanáticos de la especie protagonista. Manifesté en todo momento y lugar que “la perdiz lo tiene todo”, sentencia defendible por todos los que encontramos en la caza de tan singular especie la misteriosa magia que no percibimos en otras.
Es posible que la intención que me ocupa se disperse, cual cabra desorientada, por terrenos indeseados. Me he dicho esta mañana: tengo que escribir algo sobre perdices y lo voy a hacer, sin previa intención, organización ni mandato. A ver qué sale.
El perdicero se hace. La perdiz lo tiene todo, no lo duden. Díganme, si no, que otra especie es capaz de entusiasmar como ésta; si hasta las de granja –cada vez más colonizadoras– con sus peculiares minusvalías, estimulan la pasión de miles de aficionados a la escopeta. A propósito: de perdices granjeras prefiero no hablar, siempre me llevé mal con ellas; sólo comento en esta revista las de verdad, las genuinas, las que cazaron mis antepasados; las otras, con todos los respetos, no están hechas para mí, lo sé porque también las conozco; qué cazador, por la razón que sea, no ha dedicado alguna jornada a tal entretenimiento.
La comparación entre la auténtica y la imitada es tan odiosa que no merece la pena entrar en valoraciones. Intentaré encontrar la cabra desorientada que se escapó por el monte.
A mí, las perdices me quitaron el sueño desde el primer día que las vi: precisamente cuando era chaval gocé de las primeras sensaciones contemplando su gallardía al apeonar y su cromatismo especialmente afín con los paisajes castellanos; me cautivaron a simple vista. Después, cuando empecé a cazarlas, se multiplicó más aún mi admiración porque, sobre todo al principio, me parecía que gozaban de protección divina al verlas tan esquivas y costosas de abatir. Fallaba demasiado. Por aquel entonces nunca vi pájaro tan endemoniado. Y cuando lograba matar alguna, ya pueden imaginar, tras colgarla en la percha, mirándola de reojo mientras caminaba se apoderaba de mí cierta sensación de orgullo; estado psicológico que determinó mi desprecio a las otras especies menores y mayores. Había nacido un perdicero.
Obsesos compulsivos. Reconozco que los apasionados de la “roja” somos unos obsesos compulsivos; no cambiamos perdices hispanas por leones angoleños ni a la de tres. ¿No les parece obsesión?
Las perdices, aparte de quitarme el sueño también me quitaron del tabaco: siendo fumador empedernido, cuando empecé a cazarlas, me cansaba en cuanto subía cuatro cerros. Acudí a la consulta del Dr. Guisande, en Soria. Tras plantearle mi problema preguntó: “¿Fuma usted?” Escuchó la contestación y resolvió de inmediato: “Deje el tabaco”. Pudo más la afición que el vicio. Abandoné los pitillos y en cosa de un mes bajaba y subía laderas sin problema, aguantando bien la jornada completa. Desde entonces, 1968, no he vuelto a fumar.
Qué tiempos, qué locura. Pero a los humanos siempre parece faltarnos algo: en aquellos lejanos inicios perdiceros, aparte de desconocer las tretas defensivas de las patirrojas y tirar mal, gozaba de juventud. Hoy, he aprendido con el paso de los años el costumbrismo del pájaro en cuestión y tiro más o menos bien, sin embargo mis piernas carecen del vigor que exhibían en aquellos felices tiempos. No es que esté paralítico, no, pero ni mi estado mental, dominado por la desilusión, ni mis músculos gozan de total salud.
¿Voy a hablar de mí o de perdices?, me pregunto en esta encrucijada. Es inevitable separar perdiz y perdicero. A partir de ahora procuraré atrapar la famosa cabra que huyó hacia el monte.
Cuando está a punto de consumirse el tiempo de todo cazador perdicero, tal como sucede con otros aspectos de la vida, se goza más con el recuerdo que con las realidades presentes, hasta tal extremo que el futuro se difumina hasta casi desaparecer. En mi caso, con 64 abriles, gozo más del ayer que del hoy. No he olvidado las grandes caminatas llevadas a cavo, ni las felices jornadas, ni las hazañas memorables por su rareza o espectacularidad: cazar desde la madrugada hasta el atardecer con un simple desayuno, corriendo más que andando, sin descansar ni un solo segundo. Pasados tantos años me parece imposible tanta locura.
Recuerdo un concreto derroche de facultades físicas cazando con mi primo Javier en los términos de Nolay y Nomparedes, entonces terrenos libres. Como era un día de cierre de temporada aprovechamos al máximo el tiempo de tan especial jornada. Al atardecer caminábamos como los borrachos, dando tumbos; las piernas apenas podían sustentar el cuerpo. “Las perdices os van a matar”, soltó –como tantas veces lo había hecho– tío Aurelio al vernos entrar en casa. Creo que dábamos pena. No obstante siempre pendían de la canana sendas perchas con cuatro o seis pájaros; silvestre adorno que, permítanme, se me antoja corona laureada; no es para menos.
Lo más difícil es dar con ellas. Puede parecer extraño pero, antes como ahora, resultaba costoso superar la media docena; la captura cotidiana se movía entre tres y cinco, si bien, algunos días en la temporada se conseguía la decena, incluso la docena. Estas últimas hay que considerarlas capturas excepcionales. Y en las jornadas aciagas, que también acontecieron, volvíamos vacíos o medio vacíos.
Mi primo Javier me acerca a los años más ilusionantes de mi vida. Tan buen agricultor como cazador, cuya especialidad fueron las patirrojas, en compañía de su inseparable Víctor Sarasqueta del 12 me enseñó los secretos de la Sierra de Boñices, páramo soriano que se transformó poco a poco en el terreno favorito de mis andanzas. En aquellas duras jornadas, si pasaban dos o tres horas sin ver pluma, Javier siempre me animaba con la misma frase: “Lo difícil es dar con ellas”, me repetía machaconamente. Luego, una vez localizadas, comenzaba el baile, la moral se restablecía enseguida y cada cual las buscaba por cuenta propia cuando se desperdigaban. Mi primo era nativo del pago que cazábamos, en consecuencia, conocía el careo de las perdices mejor que ellas mismas; pero no del todo. Recuerdo que solíamos perder de vista la bandada de “La Fuente” en cuanto daba dos vuelos. Tras pisteos inútiles en jornadas consecutivas no había manera de reencontrarlas. Al cabo de unas semanas fue Javier quien destapó el secreto: descubrió que se metían en unos cerretes insospechados, alejados de la sierra. Desde entonces, cuando piso tan concreto terreno no puedo evitar el recuerdo de mi viejo compañero de fatigas: cuarenta años después, el bando de “la Fuente”, en los días benignos, sigue repitiendo sus movimientos casi de forma matemática.
No menos grato es el recuerdo que guardo de mis salidas con dos veteranos perdiceros, algo mayores que yo, Antonio de Miguel y Alfonso Gómez, al inicio de los setenta. ¡Cómo pasan los años! En su compañía pateé los mejores cazaderos de la provincia y aprendí a soportar una jornada completa desde que sale el sol hasta que se pone. Había días en los que conseguíamos perchas deslumbrantes, creo que históricas.
Un día para el recuerdo. El encuentro con estos colegas no fue casual. Antonio de Miguel regentaba una armería de la capital numantina a la que yo solía acudir para comprar cartuchos, donde, curiosamente, adquirí la primera y la última escopeta. Un día me invitó a cazar y el dúo “Antonio-Alfonso” acabó siendo trío.
En aquella primera jornada compartida con Antonio sucedió algo insólito, ninguno de los dos lo hemos olvidado: no recuerdo en toda mi vida como cazador de perdices lograr una percha tan urgente: en veinte minutos me colgué seis perdices, ni yo me lo creía.
Término de Castilfrío, en Tierras Altas. Al poco rato de iniciar la andadura levanté el bando y me quedé con una; las vi aterrizar en un cerro y, corriendo para no dar tiempo a que apeonaran, al asomarme al mismo volaron agrupadas y logré un cómodo doblete; dispersado el grupo, intuyendo el aterrizaje de las fugitivas, me acerqué a una barranquera de la que salieron varias y de nuevo descolgué dos; mientras el perro me traía una de ellas preferí no perder tiempo en cobrar la segunda porque me encontraba muy cerca de un cotarro solitario donde se había posado una, me acerqué, saltó y la abatí; volví a cobrar la del segundo doblete, encontrándola el perro en un santiamén. Al reencontrarme con Antonio no daba crédito a lo que veía. Seis perdices conseguidas en menos que canta un gallo. “¡Así se cazan las perdices, sí señor!”, exclamó mi amigo visiblemente emocionado. Recuerdo alguna proeza particular; como la narrada, ninguna.
Esta fue la carta de presentación que me permitió cazar con tan formidables perdiceros, cuyo estilo de búsqueda distaba mucho del mío: mientras ellos cazaban en mano, reposadamente, yo campeaba a mi aire, corriendo más que andando. Ambos compañeros, aunque lentos, poseían unos perros magníficos, conocían bien el terreno que pisaban y tiraban muy bien. Tampoco olvido las alubias estofadas con pata de cerdo, oreja y morcilla, guisadas por las “parientas” de mis compadres –yo estaba soltero– que consumíamos con deleite; y entre cucharada y trago de vino, la inefable conversación.
Polvo, sudor y hierro. La jornada más dura compartida con estos compañeros aconteció en Carrascosa, Caracena y Fresno de Caracena –tres términos recorridos en una tacada–, entorno cien por cien medieval donde, según el Cantar del mío Cid, Rodrigo Díaz de Vivar descansó una noche con sus huestes, camino del exilio, en la confluencia de los ríos Tiermes y Caracena. En estos paisajes no es necesario imaginar para transportarse al medievo, está presente; por otra parte, la perdiz roja guarda estrecha afinidad con el medio.
En la jornada a la que me refiero, de esas que se graban para siempre, atravesábamos el casco urbano de Caracena para cazar unas laderas próximas a esta localidad. Al pasar por una de las calles, el único ser humano que vimos, un lugareño de edad avanzada que permanecía sentado, como somnoliento, en un poyo, cambió bruscamente el semblante al vernos aparecer con las perchas de perdices, cansinos y resudados; creo que le parecimos fantasmas. El hombre no abrió la boca hasta el momento en que nuestros perros atacaron a unas gallinas que andaban sueltas por la calle dejándolas malheridas. El hombre, como es lógico, protestó corajudamente, y nosotros, agarrando cada uno su correspondiente ayudante, por si acaso y cumpliendo el objetivo, salimos de Caracena a toda prisa para alcanzar los serrijones más próximos donde reiniciamos la cazata. Era un día soleado, muy caluroso; alejados de la aldea, divisando sus tejados, sus casas vacías y el inmenso horizonte donde se recortaba un castillo, cansado recordé a Manuel Machado: “Polvo, sudor y hierro ....”
Fueron, sin duda, los años más felices de mi vida cinegética. Sin embargo, en el momento presente, sin caer en el pesimismo, cosa que puede parecer, con 64 abriles cumplidos, los remos de esta barca empiezan a fallar, condicionando así la ilusión. Para remate, padezco una cofosis total del oído izquierdo con la consiguiente pérdida de orientación; no puedo percibir la procedencia de los sonidos. Resumiendo: las perdices que me salen fuera de la vista, a la derecha, izquierda o por detrás, aunque salten a poca distancia, suelen salvar la vida. Oigo el zurrido del aleteo: si sale –supongamos– a mi lado izquierdo suelo mirar al derecho –el de mi oído sano– y luego atrás; cuando vuelvo la vista hacia el costado izquierdo la perdiz anda ya por los cerros de Úbeda, contratiempo que me sucede con demasiada frecuencia.
Así lo dejo. Pretendía hablar más de perdices que de personas, pero me ha salido la cuenta al revés. Intuí al principio de la narración que no encontraría la cabra que se fue al monte; otro día será.