Reportajes
Están cambiando sus hábitos y querencias, pero este año han entrado muchos
Última actualización 23/12/2009@09:27:13 GMT+1
Todo parece indicar que tendremos un buen año de zorzales. Aún así, en este artículo se llama la atención sobre los cambios de hábitats y de hábitos que ha experimentado la especie en los últimos años, achacable a cambios en los ecosistemas y a una tremenda presión cinegética.
Texto: Manuel Mialdea Lozano
Foto de apertura: Ramón Arambarri
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Confieso que soy más de la hermandad del rifle que de la escopeta. Mi pasión son las reses y sus lances, pero para mí el zorzal es un caso aparte. Es mi Valium en la sierra. Me relaja tirarlo y me hace disfrutar con los niños y amigos sin la tensión que, por muy veterano que se sea, genera la caza mayor.
No me quiero andar por las ramas y sólo pretendo narrar lo que creo ha pasado con el zorzal –en adelante el “pájaro”, que así lo llamamos los monteros sin menoscabo hacia esta maravillosa ave– en mi zona de influencia.
Aunque ya les había pegado muchísimos tiros desde los 10 años con la Sarasqueta del 20, en 1972 mis tíos y un servidor nos hicimos socios del coto “Las Tejoneras”, situado en el término municipal de Almodóvar del Río, en Córdoba, por encima de las colas del Pantano de “La Breña”.
Sólo tres años después mi tío Andrés compró la finca llamada “Mesas Altas de Marina”, lindera con la primera y que ahora se conoce por “Las Mesas de Mialdea”. Es predio de reses fundamentalmente, pero con unos magníficos pasos de zorzales. Para que me entiendan: llevo cazando esas 850 hectáreas desde hace 37 años. ¡Quién me iba a decir entonces que todo lo que dominaba por detrás del puesto donde me solía poner a “pajaritos” lo “patearía” como “mío” durante tantísimos años y que allí me cuajaría como montero y persona!
Desde el principio. Hagamos, pues, una génesis de este dilatado periodo e intentaremos llegar al final a algunas conclusiones. Las posibles preguntas que genere mi opinión las dejo para que las interpreten los que esto lean.
Al principio había muchísimos pájaros, tantos que lo normal era bajar entre 50 y 80 zorzales en una tarde. Tantos que no quedaba más remedio que recargar aquellos cartuchos Orbea amarillos o del Galgo Verde para que el gasto no se disparara. Tantos que me da vergüenza decir los tiros que llegué a pegar en una temporada.
Recuerdo un 12 de octubre de 1973, día de apertura de la veda general, en el que tras cazar conejos por la mañana y mientras dábamos cuenta de una sabrosísima ensalada, dijo Antonio “El Tarta”, guarda de Las Tejoneras:
– ¿No vais a tirar los pajaritos por la tarde?
La contestación fue generalizada y contundente: “¡Pero si no hay un pájaro!”, decían unos; “si no hemos visto ni uno en toda la mañana!”, argumentaban otros.
La respuesta de Antonio es básica para entender el resto de mi argumento, por tanto no la olviden.
– Es que cuando empezamos a cazar –serían las 9 de la mañana– ya habían bajado, pero si os ponéis esta tarde, ya me contaréis –respondió “El Tarta” con un tono un pelín autosuficiente, como les suele pasar a todos los buenos guardas.
Yo hice acopio de cartuchos entre los socios y pude reunir más de un ciento, pero todos del 6 y 7, y cobré 35 pájaros… ¡Un doce de octubre! Pero volvamos al día de hoy.
Dije que era básico recordar lo que dijo el guarda: “ya han bajado”, porque ahí está la madre del cordero. Por aquellos días, prietas las bajeras de la sierra de olivares y acebuchares y con una escasísima presión cinegética, el pájaro hacía lo que se supone que debe hacer. De madrugada bajaba a las comidas y a partir de las 3.30 de la tarde empezaba el chorreo subiendo a los dormideros en los apretones de las manchas. A este desplazamiento llamémosle “vuelo largo”.
Durante los siguientes 28 ó 30 años las cosas se mantuvieron así con los lógicos altibajos anuales, pero básicamente sin que nada cambiara, pero a día de hoy cualquier parecido con aquello es pura coincidencia.
¿Qué ha cambiado? ¿Qué es ahora de aquellos magníficos comederos? Donde antes crecían acebuches centenarios surgen como setas urbanizaciones, casi todas ilegales, que tapizan la falda de la sierra a modo de tablero de ajedrez macabro.
Donde predominaba el olivar nos encontramos tierra calma y regadíos de maíz o algodón, por no hablar de la infinidad de naves industriales que jalonan a ambos lados la antigua carretera de Córdoba a Sevilla. Y por si faltara algo, el AVE ha terminado de arrasar las vegas del Guadalquivir. No voy contra el progreso, sé que es inevitable, pero no puedo por menos que sentir pena.
Pero faltaba el remate: el realzado de la presa de La Breña ha propiciado que las motosierras, modernas guadañas, no hayan dejado títere con cabeza en todo lo que pronto cubrirá el agua, como siempre lo mejor de lo mejor.
Otras razones. Haré un inciso para que conste que doy por obvio las otras varias cosas que perjudican los antiguos cazaderos andaluces. A diferencia de nosotros, que sólo podemos cazar a partir del segundo domingo de noviembre, los jueves, sábados, domingos y festivos y con un cupo de 25 pájaros, al norte de nuestra comunidad, en Castilla-La Mancha, se tiran todos los días sin ton ni son desde el 8 de octubre, y sin cupo.
Súmesele la presión cinegética, bestial sobre todo en sociedades de cazadores y cotos particulares donde se pretende recuperar lo invertido a consta de lo que sea: “un tío tras cada mata”, podría ser el logo.
Por otro lado el zorzal no sólo se caza ya en puesto fijo, como era tradicional, en las zonas de paso de los dormideros a los comederos, y viceversa, sino en mano formada por decenas de cazadores. En mi opinión esto es aberrante al no dejarlos parar ni en las zonas de comida. Si olvidamos que es un pájaro de paso terminaremos por “derrotar” a la especie. Mírese el caso de la paloma torcaz, donde no se tocan ni dormideros ni comederos si se quiere conservar la buena salud de la población.
Mientras, las zonas de dormida tradicionales permanecen puras e inalteradas, protegidas por férreas leyes que, paradójicamente, pretenden conservar aquello que hombres sabios levantaron a lo largo de siglos para que las generaciones actuales los encuentren casi como los puso Dios.
Si a ello sumamos que en sus áreas de nidificación se les ha llegado a considerar plaga y se ha actuado en consecuencia, nos encontramos con un panorama desolador donde para el común de las gentes el único malo es el cazador.
Ni mucho menos pretendo que nadie salga perdiendo. Únicamente digo que aquello susceptible de ser evitado se evite. Que se igualen las órdenes de vedas y que dejemos de ser los españoles los malos de la película ante el resto de Europa porque somos los que pegamos los tiros.
¿Qué pasa hoy? Pasaré de puntillas por este proceloso mundo so pena de que termine enfadado con todos y contra todo. Veamos pues que pasa hoy.
En Las Mesas teníamos unos puestos magníficos y tradicionales, inamovibles, con buenos cobraderos y nos tiznábamos en ellos. ¿Saben lo que pasa hoy en tales tiraderos? ¡Que no se pega un tiro!, y para que conste he confeccionado una tabla comparando uno de estos puestos tradicionales o de “vuelo largo” con otro de los que cazamos ahora con más intensidad o de “vuelo corto”.
Si te quieres medio divertir, has de ponerte por la tarde en pasos ajustadísimos, a menudo en mitad del monte, lugares que en adelante denominaremos como de “vuelo corto” en los que, con suerte, tiras 30 pájaros y ¡ya con el sol puesto!
La otra alternativa es cazarlos al alba, también en sitios muy concretos, pero la tirada dura apenas 15 minutos. Te vuelves loco tirando pájaros imposibles, al contraluz, pero al ratillo estás en la casa tomando café con el guarda. Una cacería preciosa y muy complicada, pero muy, muy corta. En ese corto lapso de tiempo te entran 100 zorzales y si tiras 20 ya vas bien servido.
¿Hay pocos pájaros? Y luego empiezan a pasar cosas rarísimas: cada vez hay menos bandos de alcohelas (alirrojos), se cobran con creciente frecuencia zorzales reales, antes desconocidos por estas latitudes; las charlas (zorzal charlo) se han vuelto sedentarias cuando antes las conocíamos como “guías” al ser las primeras que nos llegaban. Pero como doctores tiene la iglesia –yo me guardo mi opinión, aunque la tengo, por ser políticamente incorrecta– les cedo a ellos tales enigmas y que así justifiquen su sueldo.
¿Qué ha cambiado pues en estos años? Para aclararnos, y dejando aparte lo que ya declaré obvio, hemos de recurrir al estudio etológico –comportamiento animal– de nuestro querido túrdido.
Tres cosas he destacado antes: “ya han bajado”, “vuelo largo” y “vuelo corto”, pero antes de seguir haré una pregunta que yo mismo contestaré y que invito a que ustedes, pacientes lectores, también se planteen.
¿Pero tan pocos pájaros hay? Para mí no hay tantos, pero tampoco son tan escasos como puede parecer. La explicación es bien sencilla y tiene una demostración tan fácil como enseñarle a quien quiera donde están los zorzales. Cogerlo y que los vea. Mas como no soy un zorzal, no sé qué tienen en la cabeza, pero los hechos son los hechos.
Además, la proliferación de olivares bien cuidados en las campiñas, unido al hecho incuestionable de que otros se abandonan y se pueblan de monte constituyendo buenos dormideros, ha hecho que la población de zorzal se divida en dos: la que permanece en la sierra y la que ahora se queda permanentemente en la campiña, donde, paradójicamente, se hacen hoy las mejores tiradas. Esta segunda población también la podríamos encuadrar en la categoría de “vuelo corto”.
Basta con dar un paseo por mitad de la mancha de montería, registrando las pistas de las reses o simplemente cogiendo espárragos, para constatar que no paran de volarse zorzales del monte, y no sólo de las zonas que pudiéramos considerar “calientes”, como acebuchares y lentiscares, sino de todos lados, incluso del más improductivo de los jarales.
¿Qué ha pasado entonces en estos 38 años? ¿Por qué? Ese “vuelo largo” que antes citaba, ha desaparecido por completo por dos motivos bien definidos: no quedan apenas terrenos propicios para comer que justifiquen esos grandes desplazamientos, y, ¡Ah, esa memoria natural de los animales!, están hasta el moño de que les peguen tiros.
¿Qué ha hecho entonces el pájaro? Sencillo: minimizar riesgos volando “corto”, sólo un par de kilómetros a lo sumo contra los más de diez del principio, y cambiando sus hábitos alimenticios apañándose –que pueden, ya que hay menos– con lo mucho que da el monte.
He aquí un caso que admitiría cierto paralelismo con el “juanico”, que así llamamos al zorro. Desaparecido el conejo, se han convertido en depredadores oportunistas metiéndole mano a todo lo que pueden y pagando el pato, entre otros, los pollos de perdigón y los rayones de las jabalinas.
Pero, ¿quién nos iba a decir que pudiera suceder lo mismo con esta pequeña ave migratoria? Pues sí, hemos conseguido en cuarenta años lo que la evolución no había cambiado en diez mil: ¡convertir al zorzal en un pájaro oportunista adaptándose por la vía rápida!
Para terminar voy a plantear un supuesto, imposible de realizar por las buenas al estar justamente prohibido por la Ley, pero que demostraría lo que afirmo: pongamos una armada de costillas en lo más apretado del monte y si no cogemos zorzales en el 30 por ciento de las trampas, me corto el bigote. Lo digo porque estoy harto de levantarle artes a los furtivos y veo lo que han pillado.
Por último, no estaría mal que se estudiara a fondo los hábitos migratorios de la especie al sur de España para adaptar correctamente las órdenes de vedas a la realidad, pero no para restringir su periodo de caza aún más, sino para adaptarse perfectamente a la ecología del zorzal. Un “matrimonio” entre cazadores, federación y Administración no sería ninguna tontería.
Me estáis estresando
José Ignacio Ñudi
Hace un par de años pregunté a un viejo trampero de mi pueblo, que habrá capturado miles de zorzales con costillas, cómo es que antes había tantos si él y otros muchos como él no dejaban de trampearlos.
Al margen de otros razonamientos que expliquen este supuesto descenso, del que no estoy muy seguro ni existen indicios que lo demuestren, me dijo: “Al zorzal lo espantan los tiros. Cuando yo ponía las trampas en olivares perdidos, en barrancos, siempre tenía zorzales a mi alrededor. No se espantaban con el nerviosismo que ahora lo hacen. Los zorzales llegaban a las querencias, se llamaban unos a otros, algunos caían en las trampas de forma silenciosa, pero nadie los espantaba y nuestra presencia no era para ellos una amenaza. ¡Los pobres no sabían que éramos nosotros los que poníamos los cepos! Pero llegó una legión de zorzaleros con escopeta que los ha echado de cualquier rincón. Ahora el zorzal está estresado, nervioso, inquieto, no para quieto y va y viene caprichosamente”.
Es verdad lo que dice mi amigo. Yo recuerdo cómo los recechaba con la escopeta de perdigones en los olivares y la verdad, a un tiro de escopeta se dejaban acercar y siempre había un buen puñado en los mismos sitios. Y si los espantabas, no tardaban en volver al poco tiempo.
Hoy un gran número de cazadores de escopeta se han hecho zorzaleros, sobre todo si abundan o escasean otras especies menores, como pasa este año con la perdiz. Cualquier rincón que reúna cuatro zorzales ya tiene una escopeta preparada. Y en el norte, donde existen miles de puestos palomeros, muchos cazadores, a falta de palomas, los esperan con verdadera devoción todos los días de la semana con la munición adecuada, cosa que hace años no ocurría.
Sé, me han hablado de pasos tradicionales en Jaén que han desaparecido, al igual que en la sierra de Huelva. Además, como dice Mialdea en este artículo, no sólo se caza en puesto fijo; también en mano, al salto, en ojeo... El zorzal parece ser un maná inagotable.
Convendría, como se recomienda para otras migratorias, cazarlos de forma espaciada, dejando que se aquerencien, y sobre todo no cazarlos nunca donde duermen o comen, siempre en lugares de paso. Quien pueda hacerlo no se arrepentirá.
Por otro lado las administraciones, de acuerdo con las principales asociaciones cinegéticas, deberían hacer un esfuerzo por consensuar y racionalizar los periodos cinegéticos.
Me parece acertada la política andaluza de cazarlos tres días a la semana a partir del segundo domingo de noviembre y con cupo de 25, y por tanto un agravio que en otras comunidades limítrofes, como Castilla-La Mancha, se cacen todos los días desde octubre y sin cupo.
Soy un firme defensor de la libertad cinegética, pero la gestión de las migratorias debe ser global y, si me apuran, más restrictiva para garantizar la buena salud de sus poblaciones.
Como bien dice Manolo Mialdea en este artículo, los pájaros aprenden, como han aprendido las torcaces migratorias que desde hace años no salen de Portugal salvo que le falte la bellota de los alcornoques lusos. ¿Por qué? Porque aquí no la dejábamos ni comer ni dormir.
A mi entender, el zorzal está aprendiendo a esquivarnos de varias formas. Por supuesto, siempre que puede, migrando de noche. Cualquier fin de semana de la temporada sería imposible que un zorzal volara desde la frontera de Francia hasta el Estrecho de Gibraltar sin escuchar o sentir alguna salva en su honor.
Una segunda forma es buscando los últimos recovecos que le dejamos, ya sean rinconcitos aún secretos o grandes manchas en la que, por ser cotos de caza mayor, no se pega un tiro.
La tercera estrategia es cambiar inmediatamente de lugar si se le acosa.
Y por último, lo más nefasto para nuestros intereses, creo que cruzan cada vez más el Mediterráneo para instalarse en el norte de África, desde Marruecos hasta Libia, donde encuentran el mismo monte mediterráneo que tenemos aquí pero sin ese incómodo traqueteo que los asusta y los mata. Siempre pasaron, pero como la paloma, el zorzal puede haber encontrado en África su particular Lusitania.
Recuerdo hace tres años como en la luna de octubre, días antes de la apertura en Andalucía, el sur de España hervía de zorzales, todos nos frotábamos las manos. Pero los días sucesivos fueron escaseando inexplicablemente hasta que no quedó ni la muestra. Se abrió la temporada y apenas se abatieron zorzales desde Huelva hasta Jaén, y lo digo porque me preocupé de confirmarlo. Nadie sabía dónde se habían metido los zorzales. Y la única explicación era ésa, que habían pasado a África.
Poco tiempo después un amigo se fue a Marruecos para cazar jabalíes en batida, y le encargué que por favor se fijara si veía zorzales en las manchas que iban a cazar. Vino asustado y me dijo que estaban llenas de zorzales. Y meses más tarde, hasta incluso abril, en la costa andaluza hubo días de mucha “contrapasa” zorzalera.
Los andaluces, ante ese agravio comparativo que sufren primero con Castilla-La Mancha y luego con Extremadura, donde se cazan hasta finales de febrero, piden cada año con más fuerza que se retrase el cierre de la temporada hasta finales de febrero, si es necesario retrasando la apertura hasta finales de noviembre, pero yo tengo el corazón dividido. Aunque me afecte, por otro lado me consuela pensar que los que pasaron el Estrecho, si no regresan por Extremadura, pueden salvar la vida hasta el año que viene.