Grandes firmas
Mariano Aguayo Fernández de Córdova www.montear.com
Última actualización 27/01/2010@18:55:32 GMT+1
La montería es el arte de hacer las cosas bien y sin prisas, gustándose, como dicen que torean los buenos. Un año tarda en madurar el producto para tres horas de disfrute. Pero de disfrute exquisito, de arte.
Una finca exige muchos días, meses y años de sacrificios. En las abiertas no se podían ni tirar las palomas. Y, si queremos que una montería luzca, tampoco se deben descabezar las fincas con aguardos a cochinos o cobrando los mejores venados en berrea.
Es un año de cuidados físicos y espirituales, desde arreglar caminos a otras labores, sólo utilizables para el día de la montería, a cuidar la finca y a conseguir que las reses estén en su sitio. Si la finca está por hacer, debemos añadir años de diseño de las manchas, de recuperación y protección del arbolado, de recuperación de desastres como incendios. Todo ello para conseguir una buena finca de montería.
Me hace mucha ilusión ver a mi ilustre compañero y profesor Joaquín Yllescas mimando todo el año La Umbría, a las puertas de Córdoba, abierta y a tres pasos de la capital hasta cobrarle setenta reses, entre ellas algunos venados preciosos. Las labores bien hechas y la ilusión dan sus frutos.
La colocación de los puestos y la revisión de los que no fueron bien se basan en experiencias que sólo pueden tenerse una vez al año. Viene después fijar la fecha de la montería. Cómo está la bellota y si habrá otoñada; si los niscaleros levantarán las reses de la umbría de pinos; si nos dejará el agua cruzar aquel arroyo; si los linderos habrán fijado ya su fecha.
No es posible entender sin ser aficionado que tanto esfuerzo se disfrute, como mucho, durante unas tres horas al año.
En cuanto al montero, tantas ilusiones, madrugón y viaje incluidos, para finalmente disfrutar de un lance que no superará unos minutos. Normalmente unos segundos, intensos, pero segundos. Un antes y un después justifican que un instante se nos quede grabado para siempre.
Cuando a un niño o un jovencito lo ponen con un rifle y un canuto a matar el venado más grande que pase a costa de lo que haga falta, quizás le hagan pasar un buen rato pero difícilmente le harán un buen aficionado a la larga. Pero hoy desgraciadamente hay demasiado cortoplacismo en todo, no sólo en los negocios.
Montear, como todo, es conocer para disfrutar y valorar lo que se tiene. Me decía un jesuita amigo, absorbido por la cultura india, que el que sabe a donde va, va despacio para saborear el ir llegando.
Una vida monteando da la oportunidad de conseguir el venado de tu vida; si lo tienes en la adolescencia difícil será que llegues monteando a la vejez.
Y si el gran venado es el colofón a una vida montera ahí tienen a Ricardo Torres y a María Domecq. Qué satisfacción para una buena montería. Cuando, además de salir todo bien, los astros se juntan como ocurrió el otro día en Sierra Alta. Ricardo, cuando se despidió, le pidió como debe ser el trofeo a la casa: “Es que es el mejor que tengo. Lo quiero disecar y colocarlo en la chimenea de La Mata”.
Monteando, como en la vida, todo llega y la vida no se queda con nada de nadie.