Grandes firmas
Mariano Aguayo
Última actualización 28/01/2010@09:20:35 GMT+1
Todavía suenan las caracolas llamando a algunos perros remolones cuando la tarde va ya pardeando y los monteros comienzan a llegar a la casa. El ritual siempre es el mismo. Mientras se espera a los rezagados, se toma una cerveza y se charla sobre los lances y el trabajo de los perros. En el ambiente chispean las explicaciones cuando el día ha sido feliz o se percibe una cierta apatía si las cosas no han salido bien. Luego, cuando las charlas van ya perdiendo fuerza y el frío se hace notar, se invita a pasar a la casa para reconfortarse con el imprescindible plato de potaje o de cocido. Eso sí, ya sentados y con mayor sosiego.
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Tras superar la tentación de los postres o haber caído en ella, alguien dice:
– ¿Han llegado ya las reses?
Y ahí viene la prueba de fuego de una buena organización. Porque, si se ha dado un gancho en el que se han cobrado siete marranos, es fácil tenerlos allí en fila, muy serios, al acabar de almorzar. Pero si hay que aportar a la junta doscientas reses estamos hablando de otra cosa muy distinta. Aquí te quiero, escopeta, que diría un clásico.
Eso supone que, tan pronto quede en el aire eso tan difícil de percibir que es el fin de la echada, aparezcan por las armadas los remolques. Y los arrieros con su par de caballerías para arrimar las reses que hayan quedado a trasmano. Y eso en todas las armadas a la vez. Y venga, venga, aligerando, que viene la noche.
En manchas que tienen el orgullo de hacer bien estas cosas, he tenido que buscar alguna vez a un postor por haber encontrado por la sangre una res tras su tempranera visita.
Para un montero novato o poco avisado puede pasar desapercibido lo que supone tener en filas y ordenadas por tamaños todas las reses cuando, con una copa en la mano, sale a la noche a buscar su venado. Pero eso es todo un alarde de conocimiento, de precisión, de acierto… y de largueza en los jornales.