Hemeroteca :: 01/02/2010
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Opinión
Última actualización 27/01/2010@19:15:58 GMT+1
Eduardo Coca Vita
Dibujo: Pablo Capote


No me puedo llamar cazador internacional, conque menos universal. Ni siquiera continental. Me han oído más de una vez que ni de acompañante he cazado fuera de España. Tiré un día al plato por distracción en Portugal y he recechado sobre la raya de Francia en Viñamala. Pero ni en países tan cercanos acosé nunca pieza alguna.

Si no hubiera sido por una fuga a Mallorca, me habría quedado en cazador «nacional ‘peninsular’». Pero, eso sí, por la zona hispana de Iberia he cazado bastante, y, aunque bien supone quien me conoce que no en exceso, lo suficiente para hacerlo por todas las CC. AA. interiores excepto Navarra. En más de cuarenta de nuestras provincias he practicado caza mayor, menor o ambas.
Mas, por encima de todo, yo me considero un cazador local, que es lo que antes éramos todos los cazadores. Una circunstancia que preservaba a la caza de las degeneraciones y estigmas del momento actual. Y que la hacía noble, genuina y útil, transmisible por herencia y hasta ecológica y sostenible sin que las leyes lo dijeran. Aquel apego de la caza a la cuna no tenía nada más que bondades y ventajas para el cazador, la caza y el cazadero.

Tras el invento de los coches, se inició el derrumbe de la caza caza, su ruina. Paralelos a su degradación vinieron nuestros males en forma de crítica social, limitaciones legales y restricciones comunitarias a lo que se multiplicaba sin contención, como si de un desbordamiento habláramos. Entró en la caza el móvil económico, haciéndola también negocio, comercio e inversión. Un producto manipulable como cualquier bien o servicio del tráfico mercantil. Devino asimismo espectáculo, noticia y moda. Y todo ello representó el fin de su inherencia a la gleba, acabando con su magnetismo, encanto y naturalidad. A cuerpo sin alma se quedó reducida la nueva caza despegada del terruño. Algo sin embrujo.

Sé que aquellos tiempos no volverán. Pero, gracias a Dios, yo —que nunca tuve ambición desmedida— he redescubierto que en esa caza local está la verdad. Y me he ido recluyendo en la de mi pueblo, sencilla y cómoda, una caza elemental. La que exige cuidar perros todo el año hasta casi hacerlos tus parientes, para que, entregados y sin un ruido, agradezcan mudamente al fin de cada jornada su escape de la perrera en rienda libre al instinto. La caza que no te muele antes de comenzar ni te balda después de acabar, metido largas horas en el automóvil donde nos comprimimos hombres y canes de camino a la monserga conyugal. La caza de cuadrilla estable y cita previa en el cortijo abandonado. La de huevos fritos con migas o moje de pitos con torreznos en redor de un leño ardiendo que preside la sesión de chanzas y chascarrillos durante el «carajillo». La de un moderado copeo durante el planteo de cada nuevo pateo del campo, siempre el mismo, pero nunca repetido. La caza de comentario y anecdotario entre sacadilla y sacadilla. La de macutos abiertos a las verdades de las piezas cobradas y a las trolas que tapan vergüenzas o fingen astucias y habilidades. La caza de vuelta a la casa mediada la tarde, de vaciado en común de los zurrones, de aperitivo antes del rancho, de conversación y charla con frío o calor, pero siempre con hambre y sed bien ganadas. La caza que mezcla la tristeza de lo acabado y la alegría de lo esperado. La que reparte el botín en montones parejos y rifa los lotes para autoconsumo o atenciones con nuestros próximos. La caza, en fin, de calidad y legal, con dos aes (de ‘abierta’ y ‘agreste’; de 'atávica' y ‘arisca'), que valen por una en mayúscula (de ‘Auténtica’).

Una caza local a la que he retornado por no haber otra igual, aunque muchos la busquen tan lejos que ni me hago idea de dónde es, recluido como estoy en las rutinas de un aldeano que se emboba cavilando lo emocionante que debe ser cazar a cambio de tantas millas y millones, frente a cuarenta mil duros de cuota y diez minutos de carril para ir a La Gaspara y empezar a soltar perros, desatar lenguas y aliviar gatillos en un ten con ten de argucias frente a los animales silvestres. Mientras, vaciarás o no vaciarás la canana y llenarás o no de carne el morral. Pero siempre te colmas de la espontaneidad y libertad del campo al que te entregas.
¿Está claro por qué cada vez más soy un cazador local y de ello no quiero abdicar?
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