Hemeroteca :: 01/02/2010
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Opinión
Última actualización 27/01/2010@19:18:50 GMT+1
Tico Medina

Jesulín de Ubrique, al que yo llevé por primera vez a una de las salas de trofeos más importantes del mundo instalada en la Moraleja de Madrid, en lo que se llama una noche inolvidable, vuelve ahora a la constante actualidad en la que se mueve. Por cierto, que vuelve la temporada que viene.
Hace ya algunos años, cuando yo iniciaba con él “sus memorias”, que luego no se dieron “porque era demasiado joven y no tenía casi nada que contar”, recuerdo que siempre, en la primera Ambiciones, al terminar nuestra charla –que la tengo guardada– a primera hora de la mañana, se ponía en pie de un salto como el que se libra de un gran tormento, y me decía feliz:
– ¿Hemos dao de mano ya, maestro Tico?
– Claro que sí, basta por hoy.
– ¿Me puedo largar ya?
– Cuando quieras, estás en tu casa. Pero, ¿dónde vas tan temprano, hijo?
– Me voy a juronear.

Y me explicaba, hace veinte años, que se iba al monte, a lo que era suyo, me insistía, nada más que para darse un garbeo por el sitio de los conejos con un hurón que debía tener cerca. Fue cuando me dijo aquello de:
– A ver si consigo en mi vida tener una finca muy grande para ser furtivo en ella.

Hoy con lo del hurón vuelve a la actualidad, cosa que también regresa a mi memoria. Porque yo tuve un hurón, que tenía nombre y todo, me parece que le llamábamos “Trueno”, porque entonces, hace casi setenta años, creo que estaban de actualidad los tebeos del capitán de la espada imperecedera.

A mí aquel bicho largo, raro, de ojos negros brillantes, que tenía un olor suyo, a hurón, no me gustaba. Vivía en una jaula en la parte alta de la casa de mi abuela, donde se guardaba el trigo y la cebada de un año para otro, cerca de donde estaban las jaulas vacías de las perdices, que por supuesto estaban al aire en el patio, pero presas también, para las mañanas de caza del pollo por parte de mi padre.

Un periodista es como un hurón. Total, que un día, sin saber por qué, el hurón apareció muerto, sí señor, pero de mala manera. Se celebró una reunión familiar, incluso hubo investigación, y al final nadie supo quién había puesto aquella gran piedra sobre la estrecha jaula del cazador de conejos, del buscador de los agujeros al pie del castillo de mi pueblo, de los montes orientales de Granada.

Hoy estoy en condiciones de decir que, si bien no fui el verdugo oficial, sí que ayudé con mi silencio a la causa. Luego después pude saber, por un viejo huronero de Castilla la Vieja, sabio conocedor de las artes de la caza y amigo personal de don Miguel Delibes, al que por cierto ha visitado el Rey en su casa de Valladolid para hacerle entrega de una medalla, que al hurón había que darle un sitio de honor, como corresponde a una de las más antiguas artes de la cinegética.
– El hurón no hace otra cosa que cazar a su manera... como el hombre.

Eso me dijo el sabio y yo busqué en el diccionario de la Lengua, de la Real, mi viejo amigo, lo que era “huronear”, si es que el tal verbo existía. Y me respondio rápido, en la página 1135, lo que sigue: Huronear: cazar con hurón - procurar saber y escudriñar cuanto pasa.

O sea, ni más ni menos que lo que yo hago, en el fondo, bueno, en el fondo y en la forma, o sea, que el verbo puede acercarse y mucho a lo que es mi oficio, y mi beneficio.

O sea, que soy un viejo huronero, que no dejo un sólo día de esta larga vida de buscar y encontrar, y a veces buscar y buscar sin encontrar.

Ricardo Corazón de León. Pero sí que quiero hoy, ya a la puerta del dos mil diez, en esta página en la que se habla de caza sin cazar, dejarle este Taco a la memoria de mi gran amigo, que se nos fue hace pocos días, Ricardo Medem, que tanto me ayudó en estas historias nuestras.

Le recuerdo siempre en pie, junto a sus colmillos de elefante, en su casa, o allí en Andújar, donde me presentó en una conferencia, o firmándome un libro, de los suyos, o en aquella finca bellísima, a la sombra de los muflones en flor, que no recuerdo su nombre...

Tengo, lo he contado muchas veces, una pata de elefante que él abatió donde a veces reposo mis cansados pies de caminante, y sobre todo lo que me enseñó a lo largo de toda su vida. Sé que se le ha quedado un último capítulo por escribir en su vida, sobre la caza, y sé que se podría hacer el museo, si es que no está hecho ya, que lleve su nombre.

Me enseñó a huronear aquel viejo amigo Ricardo Corazón de León. Que descanse en la paz de las llanuras donde sólo pacen los que fueron fieros pero justos con el canto en su derredor de aquellos de la vieja tribu que él conoció cuando buscaba el viejo león amarillo de melena negra, los bantúes, que beben sangre de cabra en la calabaza antigua y salen a cazar pajarillos con los que adornan, como trofeos campana, la corona de su cabeza...

Les deseo lo mejor para el año que viene.
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