Reportajes
Última actualización 25/02/2010@09:05:39 GMT+1
Se le dice “jugar el lance” al momento de tirar una res, pero de tirarla en el lugar más adecuado y en el momento justo. El autor, en función de las circunstancias, analiza cuándo habría que apretar el gatillo.
Autor: Manuel MIALDEA LOZANO
A las reses, más que el rifle, las mata el corazón. No sé si alguien la acuñó antes, pero esta frase la usábamos como un paradigma, allá por los 80, entre mi charpa de amigos. Amigos que, por cierto, siguen siendo los mismos. Y es que, compañeros cofrades, ésta es una verdad como un templo. Los nervios hay que dejarlos en casa.
Qué duda cabe que aquel que tire bien, uno de esos que no aprieta el gatillo hasta no tener la cruz del anteojo o la bolilla de punto de mira bien firme en el bicho, matará muchísima cacería, pero no es menos cierto que aquel que no siendo tan “fino” sabe jugarle el lance a las reses en condiciones, cobrará tantas o más reses que el primero. ¡Cómo que hay Dios!
Hay que tener el corazón bien templado para no tirar antes de tiempo una res hasta que no deja de cobrarnos distancia a pesar de “verla” muerta mucho antes. Hay excepciones, claro, pero esas la estudiaremos más tarde.
Nos adentramos en ese momento cumbre en que hay que tirar para completar el lance. Matar, porque ése es el fin último aunque luego quisiéramos devolverles la vida. Y es un mundo lleno de verdades absolutas –soy consciente del peligro que corro al ser tan categórico– que forman un entramado de premisas que son parte del gran silogismo de la montería y que nos llevarán a una única y cierta conclusión: las reses tienen un tiro y sólo un tiro. Los demás son de propina, y esto sí es de mi cosecha.
Por regla general, para jugar bien el lance, hay que dejar llegar a las reses hasta los pies si es posible. Sólo si varían la carrera haciéndonos perder la ventaja, o si sabemos que nos han barruntado, habremos de tirar antes. A esto es a lo que los monteros veteranos llamamos “matar en jurisdicción”. Otra cuestión, aunque parezca de cajón, es que hay que apuntar, apuntar, y después apuntar. ¡Cuántas reses se nos han ido por tirarlas asomados creyéndolas ya en el suelo!
El tiro de culo. Sólo hay una excepción a esta regla sagrada y es el fielato definitivo para catalogar a un montero curtido. Se trata de aquellos casos en que, por cualquier circunstancia, nos conviene, y así lo haremos, dejar pasar al animal a nuestro lado para tirarlo de culo. ¡Hay que tenerlos bien puestos para no mover un músculo mientras la res viene a comernos porque sabemos que como nos meneemos lo más mínimo, el bandazo es inevitable! Además, y como rezan las aleluyas de mi tío Beni, que en esta estrofa puede que parafrasee a alguien que escribió de los ojeos de perdices, “a distancia conveniente, de culo caen fácilmente”.
De verdad pone el pelo de punta cuando dejamos cumplir a aquel venado que se nos viene a todo meter por un pelado derecho a nosotros y que sabemos que nos verá en cuanto hagamos ademán de alzar el rifle, ver cómo, al emparejársenos a tres metros, le cargamos el aire y, dando un bote aterrado y sin más que oler el peligro, arrecia su carrera. Entonces lo apuntamos al blanco del jopo y, casi sin tener que hacerle correcciones, le largamos la bala.
Es, como digo, el colofón. Antes y por descontado, habremos compuesto el campo y sabremos de antemano cuándo y en qué sitio tenemos que tirar los bichos en función de por dónde y cómo nos entren. Damos por sentado que estamos atentos y quietecitos.
El caso típico en que una res en franca carrera hacia nosotros nos la juega y toma en un momento u otro un camino que la llevará al perdedero, es aquél en que no habremos estudiado el monte o la orografía del terreno lo suficientemente bien. A veces la posición de la postura no nos deja ver algo que influirá a la hora de que las reses cumplan a su sitio, pero con la edad y la experiencia se suele reparar en tales extremos.
Todo, absolutamente todo, tiene una explicación en el monte. Cosa diferente es que la encontremos. Que un perro, a la chita callando, se nos interponga entre la carrera del marrano que ya nos entra, y al ventearlo se nos doble, no es un imponderable. Lo que pasa es que si no vemos al perro ni éste al cochino, y por tanto lo late, la cosa siempre será un misterio para nosotros. ¡No imaginemos maniobras sobrenaturales donde no las hay! Cuando pasa algo parecido y mi hijo me pregunta, siempre le contesto lo mismo: Seguro que tiene su explicación. Veamos ahora como jugar el lance en función de cómo nos entran las reses.
Reses que se tiran de careo. Sucede muy a menudo, y sobre todo con reses cervunas, si vamos a un cierre y el capitán de montería ha sido diligente. Son momentos que el montero veterano considera cruciales y que vigila muy especialmente.
En primer lugar, y por al menos una decena de causas que no enumeraré –hambre, monte mojado…–, las reses aún no se habrán encamado y andarán de careo por la mancha. En estos casos, si los bichos no nos han sacado, se matan fenomenalmente. Entonces no es necesario dejarlas llegar a jurisdicción salvo que se esté muy seguro de que no nos delatará nada. Simplemente busquémosle el sitio bueno y coloquémosle una bala donde les corresponde. El montero templado tirará especialmente bien en estos casos.
En segundo lugar, ésta es la hora que muchos denominamos “del venado viejo”. Creo que poco hay que decir sobre este extremo: todo montero, por muy nuevo que sea, habrá oído decir que los venados grandes, y por tanto viejos, se escurren de matute en cuanto perciben algo raro en su entorno. La mayoría de los bicharracos que se matan en manchas abiertas, que son las que fundamentalmente he monteado toda mi vida, se cobran mucho antes de la suelta. En las cercadas de menos de 3.500 ha., los principios básicos de la etología animal ya no rigen.
Por último decir que en estos puestos de careo el aire es crucial: si lo estamos cargando hemos de tirar las reses en cuanto que la veamos, estén lejos o cerca. Lo peor que nos puede pasar es que marremos pero impidamos que las reses se vacíen de la mancha. Y muchísimo ojo: los venados cácaro que antes hemos nombrado siempre avanzan pico al viento y son tan listos que aunque nos vean, esperarán maroteados el momento oportuno para arrancar y dejarnos con los calzones bajados.
Reses que se tiran espantadas. Básicamente estamos a medio camino entre el supuesto anterior y la montería en plena efervescencia, y para cobrar las muchas reses que nos entrarán en estos casos, bastará con estar muy pendiente a todos los rumores, desde una puerta que se cierra al pitido de una mirla que huye despavorida.
Ahora ya las reses nos entran con ciertas prisas al saberse embolsadas por la montería y tener verdadera prisa por quitarse de enmedio. Lo hacen al paso o al trote cochinero, haciendo frecuentes y nerviosas paradas. No nos entrarán a toda carrera salvo para cruzar zonas limpias de monte o carriles que a menudo discurren por las lindes de las fincas. A mí me gusta tirarlas cuando están paradas encampanadas procurando beber los aires o vislumbrar algún movimiento. Las tiro aunque estén larguillas, pues se matan mejor que a toda carrera cuando la cierva guía dice aquello de “ahora o nunca, compañeros”
Yo la llamo la hora de las piaras, ya que es cuando se suelen vaciar los grandes grupos de estos gregarios suidos. Han aguantado en los encames los primeros signos de peligro, ésos que bastaron para poner en movimiento a los “decanos de la sierra”, y ahora, puesto en movimiento el primero, generalmente una hembra vieja, ponen todos pies en polvorosa. ¡Es algo inenarrable! Quienes de entre ustedes han tenido la oportunidad de vivir la huida de uno de estos piarones, que con frecuencia superan los 20 ejemplares, saben de lo que hablo.
Yo jamás olvidaré una vez que manchoneábamos en El Toril el 14 de noviembre de 1.982. Aquel día le dábamos al Almendral y yo cubría el rebozo a los llanos del pozo por si a algún venado le daba por salirse por aquellos lares. Desde mi privilegiada y dominante posición, vi llegar un bulto a taparse tras un chaparro. Pensé que sería una cierva porque no abultaba mucho y se había parado en actitud típica de las cervunas, pero a la nada llegó otro bicho y luego varios más. No los veía bien al quedar ellos en umbría y yo en solana y porque estaban a más de 150 metros.
Seriamente mosqueado porque no paraban de llegar más y más animales, forcé la vista y cuando otro cruzaba, caí en la cuenta de que ¡eran marranos! Durante los siguientes 2 ó 3 minutos no pararon de agregarse cerdosos a aquella turbamulta y no exagero ni un pelo si digo que pasarían de los 60. ¡De veras que parecían hormigas allí medio ocultos por el jaral!
Como monteábamos con escopeta al ser un ganchito por libre, un servidor poco podía hacer porque las balas allí no llegaban y su viaje no era a mi paso, sino a vaciarse por donde no había escopetas puestas. “¿Qué hago?”, me pregunté durante un instante, y lo que resolví pudo acabar en franca huida al perdedero –de todas maneras se iban a ir– o podría volverlos y metérselos a los compañeros que armaban el arroyo abajo. Apunté a los que veía más adelantados y les dejé ir en rápida sucesión las cinco Brenneke de mi repetidora. ¡¡ Allí se formó la de Dios es Jesucristo!! Aquella barbaridad de cochinos se volvieron desperdigándose alocadamente y a los pocos segundos se formó tal tiroteo que parecía que estuvieran tirando zorzales. 6 ó 7 se cobraron, no me acuerdo. Mi tío Beni mató el más grande de su dilatada carrera de montero. Y es que allí iban desde lechones a carcamales. ¡Fue tremendo!
Reses que nos entran huidas de las rehalas. La principal característica del modo de cumplirnos estas reses es que ya nos entran en franca huida pero aún no a toda castaña seguidas de una ladra. Por lo general no nos sorprenden porque ya estamos con la adrenalina por las nubes y, en mi modesta opinión, amén de ser las más numerosas al cabo del año, son las que mejor se matan si se saben contener los nervios. Si no las molestamos con ruidos, visajes o les cargamos el aire, nos llegarán a jurisdicción y las tiraremos a bocajarro.
Es en estos momentos cuando cobra todo su valor haber compuesto bien el campo, porque son éstas las reses que más se ajustarán a lo que cabe esperar de ellas al no ir directamente acosadas por los perros pero sí ir tomando con franqueza sus viajes y querencias de huida. Esperémoslas en lo más sucio del monte, en aquellos sitios que ya habremos identificado de antemano.
Reses seguidas de ladra. La cosa está bastante clara: ¡Apáñatelas como puedas! Pero hay que hacer, aunque sea brevemente, algunas consideraciones:
Si la ladra es firme pero viene de largo, es perfectamente aplicable lo del considerando anterior. Un caso muy ilustrativo puede ser el que a continuación les cuento: monteábamos un amigo y yo Las Erillas y dentro de esta enorme finca de titularidad pública, la mancha de Las Monteras. Sólo dos apuntes antes de la narración: tirábamos con el .375 H&H de mi compañero y ya teníamos patas arriba 1 venado de 16 puntas (yo) y una cochina (él) y, al final, mi colega consiguió doblar otro venado de 15 puntas aún mejor que el mío. ¡Un puestazo, vamos!
Bueno, pues me volvía a tocar tirar. Aún no se había enfriado el cañón del rifle cuando una cochina grandota apareció por lo más largo del tiradero, pero por el viaje que llevaba venía derecha a cumplir al paso.
Pude matarla mucho antes, que se me clareó entre unas jarillas y se paró, mas desdeñé a los dos incordios que me pedían que la tirara y continué disfrutando del lance. ¡Tenía el aire bueno, su querencia estaba clarísima y con un poco de paciencia la iba a tirar a capón!
Se me perdió un momentito al saltar de solana a umbría, pero de momento la sentí jadear, y a la nada saltó a lo limpio de lo alto de la cañada donde estábamos colocados. Sólo cuatro jaguarzos sueltos le hacían sombra.
Al meterla en el visor pude ver detalles en los que nunca había reparado al ser tan raro que uno de los de la “cofradía de la vista baja” entre tan fácil. Le vi hasta el blanco de sus ojillos y una salivilla que le pendía de entre las mandíbulas. Luego me dejé de pegos y a los veinte pasos la apunté a los codillos y le dejé ir aquella barbaridad de bala. Lo increíble es que el porrazo de aquellos 300 grains desplazó sus buenos 80 kg. lo menos un metro. ¡Qué gozada de lance!
Como en cualquier colectivo, entre los monteros hay gustos para dar y tomar, pero el que acabo de describir sería mi lance elegido. Como ya dije alguna vez, para disfrutar hay que hacer lo que los buenos toreros: parar, templar y mandar, lo que traducido a nuestro argot sería algo así como: juzgar, esperar y matar.
Si la ladra se ha formalizado cerca y la res entra a toda mecha, hemos de confiar en que nuestro instinto nos haga tirar en aquellos puntos que cuando compusimos el campo señalamos con una gran aspa roja. Aunque apretadas, las reses siempre intentarán tomar veredas y querencias –ellas sí que utilizan el instinto– que las hagan ganarle ventaja a los perros. Muchas veces nada de esto sirve y hay que tirar donde se puede sin más precaución que, llevados de los nervios del momento, no pegarle un tiro a un perro o –más vale ni imaginarlo– a un perrero. Abstengámonos también de tirar en línea con el compañero si este está a la vista o someramente tapado por el terreno, así como hacer disparos rasantes sobre las lomas. El corazón a 200 pulsaciones nos puede nublar la vista.
Ladra “a los encuentros”. Si la ladra es a los encuentros, que es como llamamos aquí a la que se produce con los perros remordiéndose a centímetros de los jamones, y si es marrano, a menudo rodeándolo…, ¿qué quieren que les diga? Yo no tiro jamás aunque me entre el padre de todos los cochinos, y no puedo por menos que aconsejarles que hagan lo mismo. Matar un perro por imprudencia es la cosa más denigrante que puede hacer un montero cabal. ¡Jamás olvidemos que son esos abnegados y valientes animales los verdaderos protagonistas de la montería!
Y si llega el caso de tener que rematar, arte que tocaremos en su momento, y hay que jugarse la vida de chulos a valientes, ahí hay que estar. Sólo utilizaremos el rifle en casos extremos y siempre que no haya perros cerca. Se remata a cuchillo y el que no tenga “bebes” que se lo deje al perrero o avise a un compañero que sí los tenga. El problema es que mientras tanto el cerdoso puede dejar la rehala en cuadros. Perdónenme la vehemencia, pero todos los que hemos tenido perros somos muy extremista a este respecto.
El aire también juega aquí un papel capital. Si entran con el aire bueno y andandito, o mejor al trote, nos encontramos con la situación ideal. Si podemos toca tirarlas a jurisdicción y en paz. Si van largas no sería mala cosa aplicar el viejo truco de esperar a que se paren: aunque vayan deprisa, el 90 por ciento de las reses se pararán antes de entrar al monte o antes de salir de él. Ese es el momento que debemos aprovechar.
Es harina de otro costal cuando le cargamos el aire al bicho que nos entra: tarde o temprano el tornillazo es inevitable. Si nos entran por la parte más corta de nuestro tiradero, a zumbar antes de que se nos vuelvan pues suele ocurrir que ven el movimiento que hacemos para encarar más deprisa que corriendo.
Si tenemos terreno de por medio, a mí me gusta dejarlos llegar hasta que se cargan de aire. Entonces hacen su paradita y como las llevo apuntadas, las tiro bien aunque estén de pechos. Como mal menor y si no se paran, quebrarán su carrera y las tiraremos atravesadas.
Otro tema de suma importancia es, como bien saben tantos y tantos aficionados a los económicos y populares ganchos a cochinos, que a estos animalitos no se les puede dar ventaja alguna. Si bien es verdad que se rigen por los mismos principios de las “reses de salto”, todos sabemos lo que saben estos bichos y cuántas veces nos cogen la vez. Un servidor, o ve muy claro que me van a arroyar, o los tiro en cuanto que los tengo bien apuntados… estén donde estén y como estén. Nunca olvidaré uno que dejé llegar hasta un par de metros y se me paró tras una pequeña lentisca. Por poco estoy esperando todavía a que diera la cara y aún no comprendo cómo se me pudo esfumar sin que ni lo viera ni oyera. En la Loma de Charquita me pasó esto y lo tengo grabado a fuego.