Opinión
Última actualización 25/02/2010@09:06:51 GMT+1
Ramón J. Soria BreñaComienza la segunda década del segundo milenio. Una fecha redonda para un mundo en crisis, con una conciencia, por fin global, sobre la necesidad de tener que cambiar la economía, la idea de justicia y seguridad, el concepto de progreso y desarrollo humano (sostenible o insostenible), de responsabilidad en la destrucción de la tierra y el cambio en el clima.
Por otra parte, en la vida cotidiana de los ciudadanos de aquí, la crisis ha transformado de forma muy rápida la percepción personal y social de lo que significa futuro, riqueza, progreso, felicidad, salud, seguridad, gasto, placer. Son cambios que ya se perciben en los estudios de mercado, en el comportamiento del consumidor, en las conversaciones de la gente aunque algunos parece que no se han dado cuenta.
También está afectando a los cazadores con una nueva reforma agraria pendiente –que en nada se va a aparecer a aquella remota reivindicación de los jornaleros de hace casi un siglo–, una pirámide de población –de los aficionados a la caza– cada vez más envejecida y menos renovada, una competencia por el uso de espacio natural cada vez más intenso y una idea cada vez más pueril de la relación de depredación (sostenible) y de aprovechamiento (económico y cinegético) que implica cazar. Y una imagen cada vez más simplificadora y negativa en torno al “bárbaro” cazador cruel y trasnochado.
El hombre, animal consciente. Pero la capacidad destructiva, cuando no arrasadora, de nuestro sistema socioeconómico no ha cambiado sustancialmente, ni parece que vaya a cambiar la producción de basura, la desertización que avanza, las emisiones de dióxido de carbono, la contaminación de ríos y mares, la aniquilación de bosques y selvas, la desaparición de las diversidad genética en especial de plantas y animales.
Esto no son pinceladas catastrofistas sino apuntes de sólidos informes científicos cuyas conclusiones son mucho más negativas. El empuje, la implantación desde este modelo, las necesidades crecientes de los países en vías de desarrollo hacen imparable este cambio.
Internet ha permitido que aflore y se haga mayoritaria esa conciencia global pero no ha producido aún cambios radicales en el modelo de desarrollo y no se proponen modelos alternativos, ni siquiera utópicos. Hay gestos como el reciclaje urbano, las energías renovables, los grandes foros internacionales, medios de transporte “limpios”, los sistemas constructivos más integrados y energéticamente más eficientes, pero sólo son gestos que no cambian en casi nada las estadísticas o el futuro a medio plazo.
Los biólogos han estudiado a muchos animales a los que le han cambiado tanto sus hábitats que han visto amenaza su supervivencia desde este equilibro dinámico o desequilibrio estable que ha sido la evolución de la vida en la tierra desde hace millones de años. Pero es la primera vez que un animal es plenamente consciente y puede anticipar qué le va a ocurrir si sigue por ese camino.
Es la primera vez que el animal sabe que su forma de vida puede provocar su propia extinción. Pero no pensamos como especie sino como individuos o como sociedades y a la mayoría no nos preocupa que dentro de doscientos, de quinientos o de mil años el mundo sea un lugar inhóspito para gran parte de la vida humana.
La sensibilidad cazadora. Sin embargo sí percibo que los cazadores, además de otros colectivos –científicos, ecologistas, ecólogos…–, hace mucho tiempo que son sensibles a las consecuencias de este desarrollo insostenible. En general todas las culturas cazadoras –que ya casi no existen– son hipersensibles a los cambios que la intervención humana realiza en los hábitats y los cazadores deportivos han heredado también esa hipersensibilidad ante cambios nimios, sutiles, casi imperceptibles cuyas consecuencias son, sin embargo, muy visibles, para quién mira el campo con ojos animales, con ojos de depredador, con la certeza de que esos pequeños cambios pueden amenazar su supervivencia –en este caso el futuro de la caza y de cazar–.
El cazador conservacionista tiene hoy un elaborado discurso en torno a lo que implica la sostenibilidad, el desarrollo, la necesidad de proponer utopías de futuro diferentes al desarrollo actual. Sólo hay que escucharles sin el prejuicio de la etiqueta de pensar que quién está hablando es “un cazador”. Tras la mala prensa y la mala imagen que contamina la identidad de este colectivo veo a personas con una visión ecológica y social revolucionaria, personas muy sensibles, muy conscientes, muy militantes de la necesidad de ser radicales en las propuestas de futuro que afectan al medio ambiente, la conservación, la lucha contra la destrucción de los hábitats. Nuestro papel, futuro y responsabilidad como especie en este mundo.