Hemeroteca :: 01/04/2010
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Reportajes

Cuatro décadas de caza con mi padre (I)

Última actualización 25/03/2010@11:46:26 GMT+1
Les ofrecemos, por su extensión en dos capítulos, este bellísimo escrito de Germán Delibes sobre lo mucho que ha significado la caza, determinado tipo de caza, para Miguel Delibes, su padre.
Con su lectura conoceremos mucho más a fondo, desde el punto de vista cinegético –y también humano–, al genial escritor vallisoletano que se autodefinió como un cazador que escribe (*).
Texto: Germán DELIBES
Fotos: Familia Delibes y archivo
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Si algún temor siento a la hora de redactar el prólogo de este tomo, que reúne los escritos, muy numerosos, sobre caza y pesca de Miguel Delibes, es hacerlo desde una excesiva proximidad al autor.
He recibido ese encargo por el dudoso mérito –pero indudable honor– de haber sido acompañante de mi padre, domingo tras domingo, con la escopeta al hombro, durante cuarenta años, y algunos pensarán que por ello dispongo de un observatorio privilegiado para comentar sus libros cinegéticos. Tengo miedo, sin embargo, de que tanto tiempo compartiendo campo con él, detrás de perdices y liebres, y tantos años de espontánea y cálida complicidad, que extiendo por supuesto al resto de la cuadrilla, hagan vanos mis intentos de ofrecer una semblanza del Cazador que no resulte una copia clonada de la que él ha ofrecido de sí mismo en otras ocasiones.
Es complicado sentirse juez y parte. “Una cuadrilla –decía Miguel Delibes en 1964– se forma como las cascajeras del río, a base de años y de erosión. De esta manera llega a ser un algo pulido, uniforme, sin aristas, que se mueve en son de equipo, bajo una disciplina natural”. Uno, que se sabe un canto rodado más de la cascajera, tiene dudas de si será capaz de escapar por unas horas de esa pulida uniformidad del equipo para imprimir a su análisis alguna originalidad.
El prologuista, que se gana la vida dando clases de prehistoria, está acostumbrado a hablar de la caza en términos académicos. Sus alumnos reciben cada curso el mensaje de que el hombre es por naturaleza cazador, que durante dos millones de años se procuró el sustento a través de la caza y que sólo en el último instante, hace diez mil años, se vio obligado a salir de la rutina cinegética para inventar la agricultura. Los alumnos de uno, por tanto, entenderían perfectamente a don José Ortega y Gasset al decir que lo que mueve al cazador del siglo XX es el deseo de regresar por unas horas al paleolítico y de recuperar su auténtica esencia. Todos, incluso los más detractores de la caza, somos portadores de ese instinto, lo llevamos escrito en los genes, y serán las circunstancias las que contribuyan a hacerlo más contenido o más explícito. Mi padre sostiene que la influencia de su abuelo francés, acostumbrado a disfrutar del campo –algo raro en la España decimonónica de siesta, casino y puro– y muy aficionado a los deportes al aire libre, fue determinante para que la caza prendiera en nuestra familia con la fuerza con que lo ha hecho.
Su padre también fue cazador. No hay constancia de que Fréderic Pierre, el bisabuelo de Toulouse que llegó a España para trabajar en el ferrocarril, practicara la caza. Sí lo hizo el abuelo Adolfo, al que Miguel Delibes describe como cazador en solitario, sobre todo de conejos, que, ya mayor, tenía la hermosa costumbre de saludar sombrero en alto, en señal de homenaje, a las contadas perdices que derribaba.
A su lado se desarrolló la afición cinegética de mi padre, de acuerdo con el ritual que luego se ha repetido tantas veces entre nosotros: primero como morralero y simple espectador, y más tarde, con trece o catorce años, armado con una escopetilla casi de juguete, de 12 mm, con la que abatió su primera perdiz en las laderas de la Sinova.
La Guerra Civil (“que autorizaba –en palabras del escritor– a disparar sobre los hombres pero impedía hacerlo contra los conejos”) y las vedas de la postguerra forzaron un paréntesis en su actividad venatoria. Delibes, hombre metódico hasta límites insospechados, ha tenido el humor y la paciencia, a lo largo de medio siglo, de anotar en unas pequeñas libretas, con letra primorosa, todas sus excursiones de caza, y en ellas no hay datos anteriores a 1949, seguramente porque las salidas fueron excepcionales. Algo tendrían que ver también en ello la absorbente preparación de las oposiciones a catedrático de Derecho Mercantil, su prolongado noviazgo con Ángeles, su boda y la llegada de los primeros hijos.
Siete libros de caza. De nuevo los apuntes inéditos de las libretas, pero también, indirectamente, el testimonio de Lorenzo, el protagonista de Diario de un cazador –pues, como alguna vez se ha dicho, se trata de un álter ego rebajado del propio Delibes–, revelan que la afición cinegética había regresado a su querencia en la década siguiente.
Desde entonces los escritos sobre caza y pesca, estos últimos mucho más esporádicos, no han dejado de fluir regularmente de su pluma hasta formar esta importante gavilla de páginas que reclama nuevamente la imprenta y que reúne nada menos que ocho libros y dos trabajos menores aparecidos entre 1963 y 1996: La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1964), Con la escopeta al hombro (1970), La caza en España (1972), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977), Mis amigas las truchas (1977), Las perdices del domingo (1981) y Mi último coto (1992), más un curioso prólogo a un libro sobre caza de patos que no llegó a escribirse (1978) y unas notas sobre El fin de la perdiz silvestre que vieron la luz en 1995.
Unas obras que analizan el fenómeno de la caza desde ópticas distintas –de la motivación del acto cinegético a las normativas que regulan su práctica, y del análisis de las diversas modalidades de caza a la crónica de las experiencias diarias del autor– y que, en cuanto a creación, como Delibes ha reconocido, constituyen, por su espontaneidad, una liberación de los condicionamientos que rigen el resto de su actividad literaria, hecho sin duda determinante para que el autor optara por definirse antes como un cazador que escribe que como un escritor que caza.
Mi último coto, broche final de esta trayectoria, será el diario de una despedida gradual y nostálgica en la que el Cazador, abrumado por las tribulaciones de la actividad cinegética, por la escasez de perdices, por las viejas y nuevas enfermedades del conejo y por el general deterioro de la naturaleza, acaba olvidándose casi por completo de la vertiente depredadora de la caza para manifestarse como un preocupado ecologista. Tan negras predicciones y los estragos de una severa intervención quirúrgica apartaron definitivamente a mi padre de la caza, una de sus mayores pasiones, en 1998.
La caza que defiende Delibes. Pero va siendo hora de explicar cómo es la caza de Delibes, porque no es una caza cualquiera. No es, como él mismo se ha hartado de repetir, ni la montería ni el safari, sino otra a la que incluso los papeles oficiales menosprecian tildándola de caza menor. Y, dentro de ésta, no es tampoco la de los multitudinarios y descansados ojeos de perdices sino la caza en mano galana o a rabo, la de aquellos “cazadores –no resisto la tentación de reproducir sus palabras del prólogo-dedicatoria de Diario de un cazador– que con arma, perro y bota componen una pieza y se asoman cada domingo a las cárcavas inhóspitas de Renedo o a los mondos tesos de Aguilarejo, a lomos de una chirriante burra o en tercerola, o en un mixto de mala muerte con la Doly en el soporte o camuflada bajo el asiento, sin importarles demasiado que el revisor huela al perro ni que el matacabras azote despiadadamente la paramera”.
Por incomprensible que parezca, esta caza dura, sacrificada y con harta frecuencia condenada a regresar con el morral vacío, en la que el cazador pone a prueba sus facultades y desafía a la perdiz mirándola a los ojos, sin marrullerías, es la única caza que entiende y justifica Delibes. Es la caza-caza, la caza fetén, la caza que pone en cuestión nada menos que el enunciado de la famosa ley del interés de Quesnay –”El individuo busca la máxima satisfacción con el menor esfuerzo”–, por la sencilla razón de que una parte muy importante del placer del desafío con el pájaro lo constituye el propio esfuerzo.
La caza mayor no le sedujo. Algo van aclarándose las cosas. A Miguel Delibes, sin saber muy bien por qué, no le va la caza mayor. En ello le secunda el prologuista, aunque no Juan y Adolfo, sus hijos menores, convertidos también en unos conspicuos cazadores de corzos y jabalíes. Tal vez no le prendió el gusto por inasequible, pues en su juventud era caza de gente de postín. Acaso porque en los años cincuenta y sesenta avistar un cochino en las campiñas llanas de Valladolid era, de puro excepcional, noticia de periódico. Y también porque las largas horas de inmovilidad en el puesto, además de enervarle, pueden convertirse en un atentado contra su salud, como le ocurrió hace treinta años en una batida a los cochinos a cuatro grados bajo cero, en el hayedo de Huidobro. En todo caso, sin necesidad de buscar más disculpas, Delibes acaba reconociéndose incapaz de enfrentarse a los ojos de un ciervo herido, “unos ojos humanizados”, dice, y, arrimando el ascua a su sardina, añadirá que mientras un venado o un corzo muertos le producen el rechazo de un cadáver, una perdiz en idéntico estado nunca deja de mostrarse como un atractivo bodegón. Al final, lo único cierto es que, llegado el primer domingo de febrero, Miguel Delibes desmonta, limpia y guarda la escopeta invadido por la melancolía porque, sin caza mayor por medio, sabe que no volverá a desenfundarla hasta mediados de agosto, en la desveda de la codorniz.
Pasión por la perdiz. No es ningún secreto, por tanto, que la caza que apasiona a Delibes es la caza de la perdiz roja, auténtica pieza reina y objetivo número uno de nuestras excursiones dominicales. La atracción un tanto obsesiva y, si me apuran, casi enfermiza, que ejerce en el cazador este pájaro duro, esquivo y cada día más escaso es difícil de explicar.
Nos enciende la bravura de su vuelo; nos sentimos retados por él en la persecución, exigente y trabajada, con que intentamos ponerlo a tiro; y, con las facultades físicas de ambos contendientes ya muy mermadas, afrontamos la culminación del lance, el momento del disparo, entre abrumados –¿creerán que me sigue poniendo temblón el potente zurrido de su arrancada?– y expectantes, ante la duda de si finalmente sabremos estar a la altura del desafío.
Hace treinta años, cuando aún no se había inventado la perdiz de criadero, no hubiera sido necesario aclarar que la desafiada por la familia Delibes es la perdiz salvaje. Hoy sí. Aunque las perchas sean cada día más exiguas, las cacerías siguen teniendo a ésta como eje principal, porque, como sostenía el maestro Ortega, ¿qué placer hallar en una caza predecible y tan abundante como podamos querer de antemano? Y es que el reto exige incertidumbre y pierde todo sentido cuando el adversario deja de ser la verdadera naturaleza.
Otras especies. El resto de las piezas que cada jornada procuramos acular en el morral son casi meros complementos. He oído decir repetidamente a mi padre que, antes de la propagación de la mixomatosis hace medio siglo, había cazadores que se dedicaban sólo al conejo. El abuelo Adolfo, por ejemplo, salía cada domingo a dar un paseo por el sardón del monte de Valdés, en la Mudarra, para cobrar media docena de ellos que, excepcionalmente, adornaba con las plumas de una solitaria perdiz.
Hoy es preciso reconocer que, con contadas excepciones, los gazapos y las liebres que se abaten cazando en mano son los que las escopetas levantan casi involuntariamente durante el acoso a las perdiganas, aunque, más de una vez, la sola tentación de una rabona bien guisada baste para buscarla con denuedo. Y el mismo carácter accidental, dentro de su mayor rareza, tiene en nuestras perchas una pieza tan noble y tan codiciada como la chocha: permaneceremos atentos a su entrada coincidiendo con los primeros fríos invernales y, a partir de entonces, cada vez que atravesemos el mohedal, no podremos dejar de pensar en su aparatoso aleteo de salida y en su vuelo zigzagueante. Sin embargo, no conservo en el recuerdo más que una ocasión, con Leguineche y Sarasketa en la Sierra de la Demanda, en que la cuadrilla preparara una expedición específica para buscarla, tal vez por carecer de perros bien adiestrados para ello.
A esto, más la codorniz en verano, se reduce la caza de Delibes, cuyos gustos cinegéticos, fuera de alguna rara incursión de ciertos vuelos a los patos de la laguna manchega del Taray, a un par de ojeos de perdices en Toledo y a algún ruidoso, pero todavía más excepcional, aguardo a las torcaces en las sierras de Ávila, coinciden con los del más modesto cazador lugareño de Castilla.
Alguna vez oí decir a los amigos del Club de Cazadores Alcyón, en el que hacia 1965 ingresó Miguel Delibes: “¡Qué bien escribe de caza pero qué pocas formas de cazar conoce!”. En realidad, sí conocía más, pero sólo se sentía auténticamente cautivado por la caza más primitiva, por aquella en la que el cazador ha de hacerlo todo, buscar la pieza, levantarla, cazarla, derribarla y cobrarla. “El cazador a rabo, en mano, al salto, en guerra galana; he ahí el cazador de perdices”, reivindica en el Libro de la caza menor. Una caza en mano que para disparar la escopeta y cobrar algún pájaro, a diferencia del ojeo, exige fatigarse y acertar con una estrategia en la que colabora toda una cuadrilla. Una caza, por otra parte, que no termina con el disparo, puesto que la cobra de la pieza, su examen, la ceremonia de depositarla en el morral o de colgarla en la percha siguen siendo pequeños placeres a los que el cazador-cazador no renuncia ni delega en las manos mercenarias de un secretario. Y una caza inconcebible, también, sin la satisfacción de ver convertido el botín en suculencia gastronómica.
Sus cuadrillas. Se puede decir que Miguel Delibes ha formado parte, durante su vida de cazador, de sólo dos cuadrillas o, si me apuran, de una que fue sufriendo cambios –deserciones por edad y segregaciones aconsejadas por el crecimiento de los hijos de los cazadores iniciales– con absoluta naturalidad a lo largo de los años. La original, a la que dedica Diario de un cazador, estaba constituida, además de por nuestro abuelo, por sus amigos Antonio Merino, Manolo Monsalve y Vicente Presa, con la incorporación ocasional del tío José y de Santiago Monsalve. Y en la segunda, la de los últimos treinta años, una cuadrilla todavía más familiar, acabamos alineándonos junto a él su hermano menor, el tío Manolo –Manolo Grande, en los escritos–, y sus hijos, con el añadido eventual de su yerno, Luis Silió, y en los últimos tiempos de sus nietos Germán y Jorge.
En una familia como la nuestra, primitiva y cohesionada como un clan, no sólo la caza propiamente dicha sino toda la parafernalia que rodeaba la excursión dominical se convertía en una fiesta.
El ritual comenzaba la víspera haciendo provisión de cartuchos y adquiriendo viandas para el almuerzo campero del día siguiente, y seguía ya el propio domingo de madrugada con la recogida bulliciosa de los perros en el taller que regentaba Manolo Grande. A continuación recalábamos en la trasera de El Norte de Castilla para hacernos con un periódico recién salido de la rotativa y aún por distribuir en los quioscos, comprábamos el pan –mi abuelo materno, panadero, se disgustaba porque preferíamos los lechuguinos de la competencia– y acabábamos poniendo orden en el estómago con un chocolate con churros.
Después, un corto viaje en coche, rara vez superior a cien kilómetros –la comodidad de cazar cerca pocas piezas se ha impuesto, en general, a la tentación de largos desplazamientos al sur con la promesa, no siempre cumplida, de botines más importantes–, daba ocasión a pasar revista a las novedades de la semana, siempre con el humor y la simpatía contagiosos del tío Manolo, y a comentar la estrategia de la inminente cacería. Y por fin, ya en el cazadero y tras la tregua de unos minutos nerviosos al pie del coche para montar las armas, rellenar las cananas y componer los morrales, la cuadrilla estaba preparada para iniciar las operaciones, para abrirse en mano por páramos y navas y, como alguna vez ha dicho mi padre, para experimentar la emoción, en la calma de las primeras luces del día, de quien se cree inaugurando el mundo.
Las perdices, principal objetivo. En el afán de trajinar a las perdices, objetivo, como decía, número uno, la mano actúa de acuerdo con una estrategia, acompasando sus movimientos a la reacción de los pájaros y al deseo, fijado de antemano, de conducirlos allá –comúnmente la ladera– donde se presume más sencilla su caza.
No es, pues, un andar autómata, a ciegas, sino un ejercicio táctico en el que las reacciones no del todo previsibles del animal obligan a tomar decisiones sobre la marcha.
He ahí la razón por la que Miguel Delibes, el estratega de nuestro grupo, insistía en la necesidad de que la cuadrilla fuera un equipo disciplinado y cómplice en el que cada escopeta tuviera su particular cometido pero en el que también supiera tomar la iniciativa ante cualquier reacción inesperada del vecino. Con no disimulado orgullo diré que nuestro grupo acabó siendo esa maquinaria bien engrasada, esa mano que, adoptando de salida la forma de una línea recta, iba cambiando su geometría, adelantando ora una punta, ora la otra, ora ambas, girando noventa grados a la derecha o a la izquierda o volviendo sobre la mano, en una inversión completa del sentido de la marcha, en función del vuelo de las perdices, de la orografía del cazadero e incluso de la dirección y la fuerza del viento. Todo ello con unos movimientos armónicos, sincronizados, que creo sinceramente habrían provocado la admiración de un mariscal de campo, y en respuesta a no más que un leve gesto o un discreto silbido. Y es que la caza, como todo, también puede llegar a ser un arte.
Cada escopeta, su especialidad. Pero antes me refería al particular cometido de cada escopeta, y éstos eran los que hace seis lustros teníamos asignados los integrantes de nuestra cuadrilla. A Manolo Grande, con unos cuantos kilos de más y las secuelas de una grave operación de aneurisma de aorta, se le reservaba el puesto de delantero centro, por mitad de la ladera, un poco más cómodo en principio que los demás; Juan y yo nos situábamos en las alas, con la misión de entrizar hacia la cuesta –su querencia natural– los bandos de perdices que se levantaban a nuestro paso en el mar de cavones del fondo del valle y de los páramos, respectivamente; y mi padre y un muy joven Adolfo actuaban como interiores, aquél en la parte alta de la ladera y éste en la falda.
Aprendí de Miguel Delibes que su puesto, muy cercano a la pestaña de la ladera, es decir, a la intersección de ésta con el páramo, era el del bocacerral, un puesto de responsabilidad en el que era preciso prestar simultáneamente atención a los movimientos que se producían por encima de la cabeza, en el rotundo llano de la paramera, y en la cuesta. Y no hace falta decir que orden tan perfecto acababa rompiéndose al final del día con la dispersión de los pájaros por el llano, momento en que las escopetas, ya sin excesivos miramientos tácticos, gastaban sus últimas energías –pocas después de una andadura de seis o siete horas, lastrada por el peso y por la dificultad de un piso desigual– en registrar los perdederos.
Un Delibes con las facultades intactas. No me cuesta nada evocar la figura de mi padre en estas lides, allá por los años setenta, con las facultades físicas intactas, avanzando a largas zancadas por los barbechos embarrados de Santa María del Campo, o salvando elásticamente de un salto el arroyo que separaba los dos montes de Villanueva de Duero. Y la imagen es de tal nitidez que puedo reconstruir con todo detalle su indumentaria: sus botos de cuero de media caña, ya muy deformados por el uso; una cazadora de aviador de paño verde, muy ligera, con forro de franela y cuello de borreguillo; y la inevitable visera inglesa de cuadros sin la cual se confiesa desnudo e incapaz de hacer puntería.
Ciñe a la cintura, además, una cartuchera de vaqueta clara con el adorno de una percha metálica de gancho, y de su hombro izquierdo pende un pequeño morral de costado desteñido por el sol, la lluvia y la orina de conejos y liebres. Para su desesperación, porque van casi permanentemente empañadas por el sudor, no puede renunciar a las gafas, unas gafas grandes, de montura negra, que le ocupan casi toda la cara. Y la guinda, como no puede ser de otra manera, la pone la escopeta. Una escopeta muy ligera de dos caños, paralela, del calibre 12, cuya marca ni él –nada caprichoso ni demasiado aficionado a las armas– ni yo seríamos capaces en este momento de nombrar.
Aquella Jabalí del 16. Es su escopeta, la que sustituyó hacia 1960 a la mítica Jabalí del 16, tan presente en Diario de un cazador –hoy en manos de mi hermano Miguel–, y con la que sólo dejó de cazar en una ocasión, cuando en noviembre de 1972 se produjo su extravío en el portal de nuestra casa de Paseo Zorrilla.
El arma no tardó en aparecer en la oficina municipal de objetos perdidos –¡ay, si hoy nos hubiera cogido la Guardia Civil en semejante renuncio!–, pero la crónica del único domingo que mi padre se vio obligado a salir al campo con escopeta ajena, prestada, es una retahíla interminable de lamentaciones: extrañaba su peso, le desconcertaba su potente culatazo, la mano derecha no se adaptaba al perímetro de su garganta, y la sensibilidad del gatillo le llevaba involuntariamente a disparar décimas de segundo antes de completar la puntería. “Con la escopeta –escribiría inconsolable– sucede lo mismo que con la pluma: ahormarla a nuestra medida es una cuestión de tiempo, a veces de mucho tiempo.” Menos mal que quince años después no tuvo tantos problemas de adaptación con el arma que le regaló Juan Antonio Sarasketa, una hermosa escopeta que había pertenecido a su padre, el célebre armero eibarrés, cuando la suya tuvo que pasar por talleres como consecuencia de un aparatoso reventón.
Tipo duro y buen tirador. El hombre pertrechado de esta manera era por los años sesenta y setenta, además de un puntilloso tirador, que repetía cada temporada holgadamente el título de campeón de la cuadrilla, un tipo duro que no se arredraba ante ninguna adversidad climática y para el que recorrer cuarenta kilómetros campo a través cada domingo resultaba algo completamente natural.
Solemos recordar divertidos la cara, mitad de incomprensión mitad de indignación, del periodista Fernández Brasso al término de una jornada infernal por la ribera del Duero en la que caminamos toda la mañana bajo un auténtico diluvio. Y tampoco es de olvidar aquel 3 de enero de 1971 en el que mi padre, ese día sólo acompañado por Manolo, se quebró el peroné por el capricho de cazar, ahí es nada, a diecisiete grados bajo cero. El frío, el agua, el viento huracanado y el hielo, que tanto perturban al cazador a la hora de hacer puntería, nunca fueron razón suficiente para que renunciáramos a la preceptiva excursión dominical. Sólo excepcionalmente lograban vararnos en casa, sin posible consuelo, aquellos días que la ley denomina “de fortuna” –nos ocurrió varias veces en Vadillo de la Sierra, en Ávila–, en los que una copiosa nevada, con los campos completamente blancos, dejaba a los animales indefensos. (Continuará).
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