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Reportajes

Miguel Delibes

Última actualización 27/04/2010@11:47:35 GMT+1
El pasado 12 de marzo, a los 89 años, moría Miguel Delibes, uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos y referencia para todos los cazadores de este país. Su integridad a la hora de defender y practicar la caza y su maestría a la hora de contarla, le convirtieron en un referente. Desde estas páginas, en las que también escribió asiduamente, queremos rendirle este sincero y merecido homenaje que comienza con esta biografía personal y profesional, sigue con la segunda parte del artículo escrito por su hijo Germán sobre su forma de entender y practicar la caza y finaliza con otros artículos que nos han enviado algunos colaboradores.

Redacción TROFEO


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La vida y la obra de Delibes están marcadas por la coherencia y su literatura es un reflejo de su persona. “Mi vida de escritor no sería como es si no se apoyase en un fondo moral inalterable. Ética y estética se han dado la mano en todos los aspectos de mi vida”, dijo.

Fue siempre una persona sencilla, honesta, íntegra, sincera y fiel a sus principios y a su mundo. Su centro siempre fue su familia, con su mujer al frente. Su escenario, Valladolid, Sedano –su retiro veraniego– y los campos de Castilla, siempre que podía con la escopeta en guardia baja, no al hombro, atento al arranque de las perdices. Fiel a su paralela, a su gorra inglesa, a su chaleco acolchado, a sus perdices salvajes en mano en compañía de su cuadrilla.

Fue también fiel a su periódico, El Norte de Castilla, donde entró de caricaturista y terminó como director. Renunció a dirigir El País porque tenía que dejar Valladolid y la capital no le satisfacía, y eso que el contrato incluía un estupendo coto de caza muy cerca de Madrid. Fue fiel a su editor, a Ediciones Destino, a pesar de las millonarias ofertas que le llovieron de otras editoriales.

Sus novelas, sus escritos periodísticos, sus crónicas de viajes y su libros de caza, son un retrato fiel, y no pocas veces crítico, del paisaje y paisanaje de su Castilla natal, así como un alegato en favor de la naturaleza y de la perfecta armonía entre el hombre y su medio natural. Era un gran contador de historias, más emotivas que complejas, que llegaban al corazón de la gente. Y por supuesto las contaba mejor que nadie, con un castellano transparente, preciso y bello.

Tras su imagen de castellano seco se escondía un hombre tierno y generoso. Era también discreto y austero e inflexible en sus planteamientos personales. Encarnó como pocos el cliché de hombre castellano y el alma de Castilla.

Periodista por accidente. Miguel Delibes Setién nace en Valladolid un 17 de octubre de 1920, aunque su ascendencia es francesa. Su abuelo paterno, Frédéric Delibes Roux, procedente de Toulouse, llega a España en 1860 para participar en la construcción de una línea de ferrocarril en la provincia de Santander. En uno de sus pueblos, Molledo-Portolín, se casa con Saturnina Cortés, trasladándose el matrimonio a Valladolid. Uno de sus hijos es Adolfo Delibes, que llegó a ser profesor y director de la Escuela de Comercio de Valladolid. Allí se casa con la burgalesa María Setién, siendo Miguel Delibes el tercero de los ocho hijos que tuvo el matrimonio.

Miguel estudia en el colegio de La Salle y, en 1938, con 17 años, se enrola como voluntario en la Marina en el bando “nacional”. Esta decisión, como explicaría con el tiempo el escritor, no fue un arrebato militar, sino un mal menor. Como entendía que en cualquier momento lo iban a llamar a filas, posiblemente a Infantería, y le horrorizaba la idea de la lucha cuerpo a cuerpo, la guerra en el mar le parecía más despersonalizada.

Aún así quedó profundamente marcado por la guerra civil. “Si fuera posible –escribió– hacer un estudio médico de las personas que participamos en aquella terrible guerra, resultaría que los mutilados síquicos somos bastantes más que los mutilados físicos que airean sus muñones”.

Regresa a Valladolid recién terminada la guerra y estudia Comercio y Derecho, carreras que no le convencen. Pero el destino quiso que, de una forma un poco peculiar, llegue al mundo del periodismo y de la literatura. Como le gusta el dibujo –su padre lo matricula en la escuela de Artes y Oficios–, a los 21 años llega al periódico El Norte de Castilla –su querido periódico que terminará dirigiendo– como caricaturista. Al mismo tiempo, estudiando el Manual de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues, descubre la belleza del lenguaje y de la metáfora. Esto demuestra una vez más que, cuando se tiene un don, éste termina aflorando a la mínima insinuación. Entró en el periódico como caricaturista, pero pronto publica sus primeros escritos como redactor.

Gana el Nadal. Ya por entonces se echa novia, Ángeles de Castro, que luego será su esposa y madre de sus siete hijos. Ángeles era una lectora empedernida que le anima a leer y a calmar esa necesidad de escribir. De esta manera, casi por puro azar y con una formación literaria autodidacta, escribe su primera novela, “La sombra del ciprés es alargada”, que consigue el prestigioso premio Nadal en la noche de Reyes del 48 con tan sólo 28 años.

Dos años antes se había casado ya con Ángeles y había conseguido la cátedra de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid, compaginando a partir de ahora la enseñanza, el periodismo y la literatura, reservando los domingos para la caza, primero en terrenos libres, y más adelante en cotos alquilados que disfruta con su cuadrilla, a la que poco a poco se van incorporando sus cuatro hijos: Miguel, Germán, Juan y Adolfo.

En 1952 Miguel Delibes es nombrado subdirector de “El Norte de Castilla” y director en 1958, cargo del que dimite en 1963 por desavenencias con el Ministerio de Información y Turismo que por aquel entonces dirige Manuel Fraga. Su defensa del medio rural y las críticas a su situación de abandono tienen la culpa.

En 1950 publica El Camino, novela que fija con más claridad el estilo delibesco. En 1955 publica su primera obra de temática cinegética, y también la más conocida y emblemática: Diario de un cazador, las andanzas de Lorenzo, un bedel que los domingos se convierte en un hombre distinto con su escopeta y perro recorriendo los páramos castellanos. Ha sido sin duda el libro de cabecera de muchos cazadores que se rinden al embrujo de Delibes y que esperarán ya con ansiedad futuras entregas cinegéticas que devorarán con devoción: La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1964), Con la escopeta al hombro (1970), La caza de patos y otras acuáticas (1971), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977), Dos días de caza (1980), Las perdices del domingo (1981), El último coto (1992).

Académico de la Lengua. En 1973 es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua, ocupando el sillón “e” minúscula. En noviembre de 1974 el escritor sufre un revés existencial que marcará su vida para siempre: muere su mujer, su “equilibrio” y la “mejor mitad de mí mismo”, como él la definió, y a la que años más tarde evocará en la novela Señora de rojo sobre fondo gris.

La muerte de su esposa le deja sumido en una profunda depresión de la que comienza a salir tres años más tarde con la publicación de su novela El disputado voto del señor Cayo (1978), que termina convertida en película, al igual que Los santos inocentes”, mientras que Cinco horas con Mario arrasa en los teatros de la mano de Lola Herrera. La gran pantalla y el teatro hacen que Delibes, ya muy conocido por sus novelas, se convierta en uno de los escritores más queridos y populares de nuestro país. Y sin tener que recurrir a provocaciones ni a dejarse ver, todo lo contrario, siempre fue muy discreto, muy celoso de su intimidad, poco amigo de las entrevistas y del exhibicionismo mediático, muy común en otros colegas.

Premio Cervantes. Llegan también para Miguel Delibes los reconocimientos y los premios: el Príncipe de Asturias en 1982; el premio de las Letras de Castilla y León en 1984; el de las Letras Españolas en 1991; el premio Cervantes en 1993, el más prestigioso galardón para escritores de habla hispana. Fue también candidato al Nobel, para el que no le faltaron ni calidad literaria ni adeptos. Hay quienes piensan que quizá esta “timidez mediática” le restó puntos a la hora de conseguirlo, aunque tampoco lo “luchó” como han hecho otros.
Rechazó, acto que le honra y define su inquebrantable honestidad, la invitación de José Manuel Lara para ser premio Planeta, un galardón muy bien dotado económicamente. Y no lo hizo por respeto a esos muchos escritores anónimos que presentaban sus obras con la misma ilusión que él presentó su primera novela al premio Nadal.

En su discurso de aceptación del premio Cervantes Miguel Delibes da a entender que daba su carrera literaria por terminada, pero cinco años después publica la que muchos consideran su novela cumbre: El hereje, un alegato en favor de la libertad de conciencia, que por cierto, contiene un bello homenaje a la caza de la perdiz con reclamo.

En el año 1998 le operan de un cáncer de colon. Sale airoso del mismo, pero las secuelas físicas acentúan su eterno pesimismo vital. Ya apenas saldrá de casa y su actividad física se reduce casi a la nada, ni cazar puede ya, su pasión durante toda su vida: “Soy un cazador que escribe”. Fue también un gran deportista, caminante impenitente, infatigable tras las perdices y amante de los espacios abiertos.

Su última novela, El Hereje, se la dedicó a Valladolid, su ciudad, la misma que el pasado 12 de marzo se lanzó a la calle para despedir a su hijo más universal. Sus cenizas reposan en el panteón de los hombres ilustres de Valladolid. Así lo aceptó, pero con la condición de que también estuviesen con él las cenizas de su mujer.

Cuatro décadas de caza con mi padre (y II)

Miguel Delibes

En esta segunda y última entrega sobre la caza que ha practicado y defendido Miguel delibes se siguen desvelando muchas facetas cinegéticas del escritor, como por ejemplo que era un andarín incansable, su excelente puntería, sus cotos preferidos tras el ocaso de los terrenos libres o su pasión por la codorniz (*).

Texto: Germán DELIBES
Fotos: Juan Delibes,
Jesús María Reglero

Hablar del Miguel Delibes andarín y adicto al aire libre daría para escribir un voluminoso tratado. No todo el mundo está en condiciones de comprender una afición que te emplaza a caminar hasta la extenuación, pero para mi padre el placer de llegar “arruinado” de vuelta al coche, con un par de perdices colgando de la cintura y una proporción aceptable de acierto en los tiros, no es en absoluto comparable al de obtener ese mismo botín sin mediar esfuerzo.

El asunto es tan serio que creo que, de no haber existido la modalidad de caza en mano o a rabo, esto es andando con cierta entrega, Delibes no habría sido cazador. Disfruta por el mero hecho de caminar y no necesita un motivo especial para hacerlo: probablemente un experto en medicina deportiva hoy nos diría que detrás de todo esto se encuentran las famosas endorfinas.

Hace diez o quince años, en sus largos paseos diarios para conservarse en forma, peinaba literalmente la ciudad; no había vecino que no le viera cada día o como mucho cada semana –“he visto a tu padre”–, y tenía minuciosamente calculado el tiempo que le llevaba cada recorrido de manera que la vuelta a casa se producía exactamente tres horas después de la salida. La puntualidad y la disciplina llegaban al extremo de que, si al regresar al portal de la casa de Dos de Mayo faltaban cinco minutos para cubrir el horario previsto, éste se completaba con una última vuelta a la manzana. Con tamaño entrenamiento a nadie sorprenderá que, cuando a mediados de los años setenta, Elisa, mi hermana, él y yo nos decidimos a realizar una marcha popular a pie entre Valladolid y Palencia, con fines benéficos, nos pusiéramos incondicionalmente en sus manos: él sabría bien lo que había que hacer y, en efecto, tras diez horas de andadura, llegamos tan pispos a Palencia. Lo que Elisa y yo no habíamos calculado es que la extrema frugalidad de este hombre delgado, fibroso y tremendamente austero, iba a reducir el avituallamiento a un solitario café –para más inri, quiero recordar que solo– que tomamos, de acuerdo con sus previsiones, en una hostería de Dueñas.

Hora es también de preguntarse si tendrían conocimiento sus compañeros de la Real Academia de que, para llegar a la sesión de los jueves a las seis y media de la tarde en la calle Felipe IV, Delibes salía a pie tres horas antes del hotel Monterreal, en Puerta de Hierro, a doce kilómetros de distancia. Me cuesta trabajo creer que, con tanto metro y tanto autobús y con el respeto con que en general se miran las distancias capitalinas, exista un solo madrileño que haya realizado alguna vez ese mismo trayecto caminando, pero los cazadores al salto nos las gastamos así.

Cazador incansable y excelente escopeta. Reconozco que en estas cosas –es una pena que no en otras– sus hijos varones nos parecemos bastante a él y nos identificamos plenamente con su ideal de caza sacrificada y de vida al aire libre, lo cual no significa que nunca haya habido vacilaciones.

El prologuista, con sólo diez u once años, recuerda el día en que se le pasó por la cabeza seriamente el abandono. Ocurrió en Villafuerte de Esgueva, tras siete horas de brega en un día oscuro y muy frío de invierno; anochecía cuando completamente desfallecido divisó a lo lejos, por fin, el enorme roble –“Atalaya gorda”– bajo el que acostumbrábamos a aparcar el coche. Su alegría duró poco pues, inesperadamente, cuando la meta estaba ya al alcance de la mano, el vuelo ruidoso de unas perdices obtuvo como respuesta una instrucción inapelable de nuestro padre, “A la izquierda, sobre la mano”, con la que se reiniciaba la maniobra.

En todo caso, no fui el único en desesperarme porque los últimos años no hubo día en que Manolo Grande no protestara por tener que aguardar tiempo y tiempo en el coche hasta que el Cazador, todo tesón, decidía poner fin a su jornada. Claro que Manolo tenía la venganza al alcance de la mano, una muy dulce venganza, pues en la espera nos dejaba prácticamente sin vino para la comida.

Si Juan Gualberto, el Barbas, protagonista de La caza de la perdiz roja, me hubiera preguntado con su habitual socarronería si ese tal Miguel Delibes era una buena escopeta o una buena pluma, le habría contestado sin vacilación que las dos cosas. Piernas de hierro bien entrenadas, grandes dotes estratégicas, tenacidad y una puntería excelente: en Delibes, que reunía todas estas cualidades, las perdices encontraban buen enemigo.

Campeón de la cuadrilla. Ya antes dije que mientras le respondieron las fuerzas fue el campeón de la cuadrilla, según consta en esas libretas que a estas alturas deben parecer la madre de todos los archivos. No es para tanto; se limitan a describir en dos pinceladas la excursión del día y a anotar las piezas cobradas en ella por cada cazador para, a continuación, presentar un balance acumulado del total de la temporada. Asimismo pueden dar cuenta, pero no siempre, de las piezas que en el sorteo del final de la jornada le correspondieron al cronista –“a casa, tres perdices y liebre”–, prueba del aprecio culinario que también sentimos por ellas. Pero insisto, era el campeón inapelable y por ello recibía una minúscula copa que le entregábamos protocolariamente en una cena, tras la última cazata, en la que nos acompañaban madres, novias y esposas. Reuniones incomparables, con una dosis no pequeña de fanfarronería, que concluían invariablemente con una lectura de versos –todos estábamos obligados a hacerlos y pueden imaginar su calidad– escritos para la ocasión.

En febrero de 1966 mi padre recuperaba una copa que Manolo Grande le había birlado el año anterior, aprovechando su estancia como profesor visitante en la Universidad de Maryland, y lo hacía con una larga rima que comenzaba así: “Ni me jacto ni me ensaño, / entrega la copa, hermano, / ya te lo dije hace un año / que volvería a mi mano”.

Mi hijo Jorge, que creo es el único de nosotros que ha escrito algo sobre el Delibes cazador, le definía muy bien en su faceta de tirador: “el abuelo, aunque parsimonioso haciendo puntería, era tremendamente seguro, de manera que sus disparos en el bocacerral siempre acababan de la misma manera: desplazándose unos metros sin apartar la vista de la dirección del tiro, agachándose, acomodando con mimo la escopeta en el suelo, recogiendo la pieza abatida e inclinando la cabeza hacia el costado para colgarla en la percha o depositarla en el macuto.”
Jorge no sabía que lo de la lentitud tomando los puntos era fruto de la edad –tenía casi ochenta años–, porque quienes le conocimos en plenitud –entre ellos Juan, mi hermano, un cazador excepcional y muy viajado, que dice no recordar otro tan completo como nuestro padre– no sabríamos encontrarle defecto. Así de fino era tirando, aunque él se fustigue en los escritos subrayando sus limitaciones en el tiro de ojeo o del conejo a tenazón y reprochándose, como no podía ser de otra manera, cada perdiz marrada.

Pero los expertos saben la dificultad de “partir con el campo”, esto es, de conseguir un número de piezas no inferior a la mitad de los disparos realizados, y las cifras de nuestro padre, muy poco proclive a traquear en exceso y a dejar caza herida por tirar demasiado largo, siempre se aproximaban a eso.

Son los números, sin duda, de un certero tirador pero también de un cazador alerta, en tensión permanente y con la escopeta todo lo más en guardia baja, porque lo de la escopeta al hombro, cuando hay perdices por medio, es puro recurso literario.
¿Y a cuánto ascendían las perchas? Variaban según los años y los sitios, pero en general eran modestas o, por lo menos, no aparatosas. A Miguel Delibes, naturalmente, no le ha faltado curiosidad para sacar la media de piezas cazador/día –las suyas, las del campeón, estarán, por tanto, algo por encima– y oscilan entre cuatro y uno y media, sin contar las excepcionales excursiones al sur, cuyos resultados, mucho más copiosos, desvirtuarían la estadística.

Cazador de “lo libre”. Me parece obligado dedicar también alguna atención a los escenarios de nuestras cacerías. Miguel Delibes cazó regularmente, a partir de los años setenta, en muchos cotos, pero no antes. Porque antes había regido el ideal de caza delibeano de hombre libre contra pieza libre sobre tierra libre. Es toda una paradoja que, incluso en plena dictadura franquista, mal que bien, se cumpliera la primera de tales premisas; la segunda comenzó a hacer agua cuando a algún cazador, que no lo era de verdad, le dio por poner al alcance de la escopeta pájaros de granja, mansos y bobalicones; y la libertad del campo pasó a mejor vida cuando aquello que Lorenzo, el cazador, llamaba “lo libre”, que era todo salvo contadas fincas –en su caso, Muro, Diputación o el Monte de Villalba–, se convirtió en un mapa ordenado y sin fisuras de cotos privados y municipales.

Antes, y el prologuista siendo morralero todavía tuvo oportunidad de conocerlo, la cuadrilla del Cazador no decidía el destino de su expedición hasta el último instante. El lugar para elegirlo era la churrería La Madrileña, en los soportales de Cebadería, y la hora las ocho de la mañana del propio domingo.

Sólo entonces, encandilados por algún rumor de última hora, después de conocer el destino de las dos o tres cuadrillas amigas que también se citaban allí para desayunar, y a la vista finalmente del pronóstico del tiempo de Oliver Narbona publicado en El Norte de Castilla, se elegía entre desplazarse a Belver de los Montes, a Renedo de Esgueva, a Mota del Marqués, al monte de Monturus, a Tordesillas, a Villafuerte o a cualquier otro punto de un campo que no sabía de límites.

Para entonces, con la llegada de los primeros coches de la postguerra, las distancias habían dejado de ser un serio inconveniente, y mi padre, hasta entonces limitado a la bicicleta y a la moto como medios de transporte, pudo ampliar un poco el modesto radio de acción de sus excursiones.

De esta manera, las cacerías en las puertas de la ciudad, más concretamente en la Granja Escuela de la Diputación, al otro lado del Puente Colgante, fueron quedando atrás y con ellas dos anécdotas que difícilmente se borrarán de la memoria familiar: de un lado, el derribo por parte del abuelo Adolfo, ya casi octogenario, de su última perdiz, y, de otro, la renuncia del Cazador a cobrar un nuevo pájaro, éste caído dentro del patio del manicomio, al ser abordado por un enfermo que, viéndole encaramado en lo alto de la tapia, le preguntaba torpe pero amenazadoramente si era de los de dentro o de los de fuera.

Sus cotos. Pero decíamos que la libertad de escoger dónde cazar se acabó hacia 1970 y que desde entonces sólo fue posible hacerlo como socios de algún coto. El modelo de éstos distaba mucho del soñado por mi padre años atrás, en espera de una nueva ley de caza –una especie de reservas temporales y rotatorias para un campo mayoritariamente libre, según confidencia hecha a Juan Gualberto, el Barbas–, pero seguramente en aquel momento la medida de crearlos sirvió para rebajar un tanto la presión sobre la perdiz..

Creo recordar que nuestros primeros cotos fueron Montealto y Villaester, para luego desfilar sucesivamente por Villamediana, Las Gordillas, Santa María, Vadillo de la Sierra, El Bibre, Revilla Vallejera… De todos ellos, tantas veces presentes en los diarios de Miguel Delibes, conservo mil y una anécdotas que me entretengo en repasar en mis cada vez más frecuentes noches de insomnio.

Montealto y Villaester eran auténticos semilleros de liebres; en el valle de la fuente de Villamediana tuvimos los primeros e inesperados encuentros con el jabalí; Las Gordillas nos dio la oportunidad, aleccionados por los Alcyón, de practicar nuevas cazas, como la becacina y la torcaz; en Vadillo, superado el desconcierto inicial de su agreste topografía, acabamos enganchados a la bravura de la perdiz serrana; El Bibre, junto a Tordesillas, nos devolvió a la caza más tradicional de páramo y ladera en compañía de dos grandes amigos, Olegario Ortiz y Jesús María Reglero; y Revilla, un buen coto que cazamos en años negados de perdiz, estaba llamado a ser, sin que entonces lo supiéramos, el escenario de la despedida venatoria de nuestro padre –¡qué espectaculares pelotazos los de tus dos últimas perdices, cortadas cuando escapaban como centellas hacia el páramo!–.

Todos ellos, además de atractivos cinegéticamente, cumplían el requisito de un precio apañado, detalle importante sin duda cuando quien pagaba era un funcionario con siete hijos. En todo caso, cuando hace unos días paseábamos por los alrededores de su casa en Valladolid, ni mi padre ni yo tuvimos la menor duda de cuáles habían sido los tres cazaderos que dejaron más huella en la familia: Santa María del Campo, la finca de Araoz, en Villanueva de Duero, y Sedano.

Santa María, al sur de la provincia de Burgos, fue el coto perdicero por excelencia. Entramos en él gracias a los buenos oficios de José Luis Montes, a quien está dedicado Las perdices del domingo, y no dejamos de frecuentarlo, con sólo algún pequeño paréntesis, durante quince temporadas.

Dividido en cuarteles, que compartíamos con los cazadores del pueblo y con un grupo de franceses, el primer año nos tocaron en suerte las empinadas cuestas de la izquierda del Arlanza, pero el tiempo acabó llevándonos, y nos quedamos para siempre, al cuartel del arroyo Madre, un amplia nava de cereal con pequeños cabezos coronados por almendros que, flanqueada por dos laderas, la de Los Serranos al oeste y la de Torremoronta al este, se extendía desde el pueblo hasta la carretera de Lerma.

Allí, bajo la tutela de mi padre y del tío Manolo, a la vista de la hermosa torre de la iglesia de Santa María, de Diego de Siloé, fuimos aprendiendo Adolfo, Juan y yo el oficio de cazador al salto, porque Miguel, biólogo en ciernes, para entonces ya había decidido colgar la escopeta. Una decisión la suya en absoluto ajena al alud de reproches que le llovieron el día que dejó pasar indemne, sobre su cabeza, un nutrido bando de perdices, sin mejor justificación que la de haberse desentendido momentáneamente de la mano para colectar egagrópilas de mochuelo junto a unas tapias.

Estrategias. La estrategia que solíamos desplegar, tras aparcar el coche al pie de Torremoronta, consistía en abrirnos en mano por la laderilla y por el estrecho páramo de Los Serranos, los jóvenes un poco adelantados por el alto y los veteranos por el sopié, para, al tiempo que se iniciaba el traqueo sobre los bandos de perdices que iban alzando el vuelo, empujarlos a los bajos, al labrantío casi llano de la margen derecha del arroyo, que recorreríamos de vuelta.

En la mano de ida, la suerte de las escopetas altas estaba en las asomadas, en aprovechar los desniveles de la ladera para sorprender a la caída a las perdices menos avisadas; mientras que las oportunidades para Manolo Grande y su hermano solían venir de arriba, pájaros que se descolgaban como aviones desde lo alto de la cuesta y que, para salvar a los cazadores, tomaban altura hasta rozar las nubes. ¡Con qué satisfacción ha narrado mi padre los lances de este tipo, los “tiros reales”, que para hacerse con la perdiz exigían “adelantar mucho de golpe y doblar hacia atrás la cintura hasta casi quebrarla”!
Pero, con tratarse de tiros muy vistosos, la percha de verdad se hacía de regreso, o al menos ésta era la teoría, con los miembros de la mano registrando minuciosamente los perdidos de aulagas, los breñales de las cárcavas, las junqueras del arroyo o los pajonales de los bordes de los caminos donde las perdices, ya dispersas y cansadas, resultaban mucho más asequibles y los perros Dina y Choc podían exhibir sus cualidades.

Nadie me tomaría en serio si pusiese en duda la aspiración de todo cazador a hacerse con un buen ramo de perdices, pero puedo decir satisfecho que fueron más de una y más de dos las jornadas de calor que, en esta vuelta por los bajos de Los Serranos, como en el cuartel de Las Peladas de El Bibre años después con Jesús Reglero, la cuadrilla se impuso deportivamente un alto el fuego al comprobar la falta de músculo y de resistencia que mostraban las perdices nuevas, del año. Y es que, en contra de lo que pueda creerse, el número de víctimas, el bulto del morral como dice Delibes, está lejos de serlo todo a la hora de ponderar el éxito cinegético.

Algunas anécdotas. Toda una vida no sería suficiente para contar las cosas curiosas que nos ocurrieron en Santa María. Me viene a la cabeza el desconcierto que nos produjo a mi padre y a mí la arrancada, en una de las junqueras al pie de Los Serranos, de un tremendo jabalí, seguido de la decepción de comprobar el desprecio olímpico –apenas un leve quiebro– con que respondió a nuestros tiros con perdigón de sexta.
¿Cómo pasar por alto la anécdota de Manolo Grande, que en vez de disparar al raposo que le venía de frente, por la ladera, le citó con zalamerías creyendo que se trataba del Zar, un pastor alemán todoterreno de José Luis Montes?
Y, no sin cierta vanidad, registraré también el enfado contenido de este último, factótum del coto como ya apunté, ante la respetable percha de trece perdices y cuatro liebres con que, un jueves de octubre de 1969, nos presentamos mi padre y yo en la casilla del molino de Escuderos, tras cazar mano a mano tres horas por la tarde en la ladera de Torremoronta.
Aquello, recogido, claro está, en las libretas de Delibes, tuvo como primera consecuencia la prohibición de cazar los jueves, y como segunda, ante la propuesta del consocio Aldo Evangelisti de celebrar el domingo siguiente un campeonato por parejas familiares, padre-hijo, la reacción apresurada y vehemente del amigo Montes de apostar unos dineros a favor de los Delibes. ¿A quién no le gusta que alaben sus destrezas?
Tanto o más disfrutamos en la finca Calderón de Villanueva de Duero, donde cazamos cerca de veinte años invitados por un gran amigo de mi padre, Alejandro Fernández de Araoz. En realidad, con su suelo de arena, sus suaves ondulaciones, sus zonas de regadío, sus pinares y su carrascal de encina, era la antítesis de Santa María, pero a finales de los años sesenta también daba para hacer una buena percha de patirrojas en la gran llanura próxima a la linde de Serrada y en los maizales de la orilla del río.

La gran ventaja de Villanueva, en todo caso, era su proximidad a Valladolid, lo que la convertía en un destino improvisado y muy atractivo los días que amanecían con tiempo revuelto.
A los principiantes un cazadero tan cómodo, sin cuestas aparatosas y con abundancia de liebres, conejos y palomas, cuando no de patos y avefrías, nos entusiasmaba.

Acabamos conociendo aquella finca, en la que casi valía más la astucia que la fuerza, como la palma de la mano, circunstancia que nos permitía completar la jornada cobrando unos azulones junto a la presa de Baruque, tiroteando al raposo en la pimpollada, buscando la becada en la cerviguera del primer monte o fogueando al anochecer sobre las torcaces que bajaban a dormir en las copas redondas de los grandes pinos piñoneros. Allí trabamos amistad con el guarda, Emiliano, y con su mujer, la señora Concha, en cuya cocina de la casa del monte, al mediodía, recuperábamos fuerzas comiendo unos huevos fritos con mondongo que desataban la euforia de Manolo Grande.

Sedano y la codorniz. Y por fin Sedano, en las Loras del norte de Burgos, donde la caza adquiere un aura especial por tratarse de nuestra tierra de adopción.

Dicen que fue un excelente cazadero de perdiz mientras quedó gente en el valle para trabajar el campo, pero nosotros, que recalamos definitivamente allí en 1959, apenas llegamos a conocerlo. Sólo las crónicas familiares, esas que con el tiempo adquieren ribetes épicos, dan cuenta indirectamente de ello a través de una anécdota sucedida a nuestro padre en el otoño de 1950.

Se hallaba allí por prescripción médica, para curar un ganglio y, pese a haberle sido recomendado reposo, no resistió la tentación de dar un paseo con la escopeta por los alrededores de la iglesia mayor. A la media hora entraba de vuelta en la plaza, por el camino del Castro, con tres perdices en la percha, provocando los murmullos de los próceres del pueblo que un rato antes le habían despedido con jocoso escepticismo. Hoy repetir esto es inimaginable porque apenas quedan cuatro perdices para el recuerdo.

Por ello, para los Delibes la caza de Sedano es, sobre todo, la de la codorniz, pues su desveda a mitad de agosto coincide con nuestras vacaciones estivales. He de reconocer que, por ser poco exigente desde el punto de vista físico, por practicarse con temperaturas altas, propias de la estación, y por requerir inexcusablemente del auxilio de un perro, que no tengo, la de la codorniz no es la caza que más me agrada.

Pero para Miguel Delibes el año que las africanas crían en condiciones en los rastrojos y brezales de la paramera, constituye un placer de dioses. Acompañado de Juan o de Adolfo y de sus perros –la codorniz no requiere una mano más amplia–, pocas tardes dejará de dar un paseo de dos o tres horas por Las Pardas, por los canteros de cereal del Toralvillo o por las hazas y vallejos de Villaescusa para hacerse con un ramillete de pájaros.

La felicidad en este caso no estará ligada a las endorfinas o a acabar hecho una ruina, pues el andar de esta caza es pausado, ni tampoco en mostrarse especialmente acertado en el tiro, pues, como acostumbra a decir él, para derribar una codorniz basta con reportarse, sino en observar las evoluciones de los perros, de la Dina, del Grin, del Itor, del Coker y de la Fita, con los que, como ha dejado escrito en repetidas ocasiones, siempre se sintió muy compenetrado.

El caminar relajado entre muestra y muestra del perro, esta vez sí, con la escopeta al hombro, que le permite reparar en la presencia del raro elanio azul, recrearse en los corzos que brincan de una zarzamora, descubrir un fósil en el suelo, tomar nota de una plaga de orugas en el rebollar, filosofar sobre la veleidosa codorniz, interesarse por el trabajo de sus hijos o canturrear cualquier aire de moda, como sostiene Manu Leguineche, constituye el mejor tonificante para sus nervios y ni siquiera el momento siempre un poco triste de la retirada, ya puesto el sol, se acompaña en este caso de lamentaciones, pues unos pocos minutos de coche le devuelven a la paz envolvente del refugio de Sedano.

Pasión más que afición. Ésta es, en fin, la caza de Delibes y nuestra caza. Más que una afición, una pasión y, en ocasiones, una pasión en el límite de lo ordenado, porque me hubiera gustado conocer la reacción del editor José Vergés, tan recto, de haber sabido que la crónica de un partido de fútbol Valladolid-Barcelona de mil novecientos cincuenta y tantos, que el Cazador, recién regresado del monte, dictó por teléfono para el semanario catalán Vida Deportiva, era pura creación literaria apoyada en las notas escuetas de un espabilado espectador de apenas diez años: mi hermano Miguel.

Una afición, la cinegética, que, practicada noblemente, no puedo aceptar sea cruel –el cazador no encuentra el menor deleite en el sufrimiento de las piezas que cobra–, como predican los anti-caza, por más que sea irremediablemente cruenta.

Y una actividad que, en nuestro caso, nos reporta tal cúmulo de satisfacciones –el placer del ejercicio físico al aire libre, la posibilidad de comulgar con la naturaleza, una disculpa para el reencuentro familiar– como para seguir considerándola irrenunciable mientras las circunstancias lo permitan, esto es, mientras las piernas y los pájaros aguanten.

Pero no debemos olvidar que para Miguel Delibes fue también, en los años negros que siguieron a la muerte de Ángeles, su mujer y nuestra madre, refugio literario, puesto que los únicos escritos que salieron de su pluma entre aquella fecha, noviembre de 1974, y 1978, en que vio la luz El disputado voto del señor Cayo, fueron el discurso de ingreso en la Academia y el diario de caza Las perdices del domingo.

(*) Este artículo es el prólogo del tomo V de las Obras Completas de Miguel Delibes, concretamente el que reúne todos sus libros sobre caza y pesca, que ha editado recientemente Editorial Destino. Nuestro agradecimiento tanto a Germán Delibes como a Destino.

EL CAZADOR QUE ESCRIBE

Carlos Sánchez García-Abad

La figura del escritor castellano goza de una notabilísima popularidad a nivel nacional e internacional ya que atesora una obra de gran valor, fiel testimonio no sólo de una época histórica reciente, sino también de una manera de entender la vida, muy apegada al campo, sus gentes, tradiciones y costumbres.

Miguel Delibes es un punto de entrada a la literatura de más alto nivel para cazadores y amantes de la naturaleza, porque la caza y el campo han estado presentes en buena parte de la obra del escritor y muchos hemos forjado una gran cultura cinegética y afición campera gracias a la lectura incansable de libros como “Diario de un cazador”, “El libro de la Caza Menor” o “Las perdices del domingo”. Vaya aquí nuestro humilde homenaje a su labor y legado.

La literatura delibeana afronta la cuestión cinegética como un hecho ligado a la especie humana, “el ideal de la caza sería, sin duda, la del hombre libre, sobre tierra libre, contra pieza libre”. El autor desea un tipo de caza, sin duda compartido por muchos que vamos con la escopeta al hombro, nombre de otra de sus novelas: “Es sencillo, lo que yo envidio es la caza primitiva, al cazador prehistórico, al que según Ortega, tratamos de imitar los hombres civilizados del siglo XX”.

A su vez defiende y define al acto venatorio: “Cazar es otra cosa que matar. Cazar es descubrir el campo, buscar la pieza, tirarla, cobrarla o ver cómo se escapa, porque incluso no es necesario tener que matar para saber cazar. La Caza es un misterio”.

El lance, el campo y sus personajes. Si hay algo que nos “engancha” cuando leemos a Miguel Delibes es la gran destreza con la que describe el lance cinegético, la naturaleza en que desarrolla el mismo y sus protagonistas: cazadores, perros y caza. El vallisoletano otorga de manera magistral a cada uno de los actores el protagonismo idóneo en cada momento: “Cogimos la ladera de izquierda a derecha, porque si no la perdiz escapa al otro lado del río. Venteaba recio y las tías salían largas. Zacarías dijo que había que subirlas al monte si queríamos que aguantasen. La Doly empezó trabajando bien y a la mano, pero luego se cansó. El Pepe tiró a una liebre en París […] Acababa de bajar una perdiz cuando sentí ruido entre los mimbrerales de la ribera y me puse al quite” (28 de septiembre, domingo, “Diario de un Cazador”).

Establece siempre que puede una estrecha relación entre los elementos mencionados con el objetivo de transmitir al lector la gran sensación que le reporta cazar: “La perdiz abría el pico al tiempo que yo la boca y tropezaba en los terrones tantas veces como tropezaba yo” (18 de noviembre, “Aventuras y desventuras de un cazador a rabo”).

Delibes se vale de un gran número de personajes y tipos rurales para convertir hechos rutinarios en momentos de interés: “Y, con frecuencia, los amigos del Señorito Iván requerían a Paco, el Bajo, para cobrar algún pájaro de perdiz alicorto y, en tales casos, se desentendían de las tertulias posbatida y de las disputas con los secretarios vecinos, y se iban tras él, para verle desenvolverse, y, una vez que Paco se veía rodeado de la flor y la nata de las escopetas, decía, ufanándose de su papel, ¿dónde pegó el pelotazo, vamos a ver?” (Los Santos inocentes).

Su soberbio conocimiento de la biología de las especies de la menor se refleja en muchas de sus obras porque no se limita a hablarnos de las distintas modalidades cinegéticas sino también de la vida y costumbres de las mismas: “La rabona busca la salvación levantando larga o amonándose. Diría igual del conejo encamado. El gazapote suele ser muy remiso y rara vez se arranca si uno no pisa el carrasco donde yace” (“Las guerras de nuestros antepasados”).

En al menos 11 novelas de su obra la caza es el tema principal, si bien en otras tantas el autor condimenta la temática principalmente con la caza menor, como sucede en “Viejas historias de Castilla La Vieja”, “Los Santos Inocentes”, una de sus novelas más conocidas en las que el Señorito Iván se obsesiona con la escopeta, y en “Las Ratas”, en la que don Miguel narra la mísera vida del Ratero y el Nini, que cazan ratas y otros animales para poder sobrevivir.

El deterioro de la Naturaleza y la carencia de Caza. A lo largo del pasado año publicamos en esta revista artículos sobre la gestión y conservación de la caza, al ser éste el único camino a tomar si queremos seguir cazando. Delibes es consciente de que la caza es un recurso renovable pero no inagotable y por eso incorpora a sus libros una reflexión sobre el progreso y la preservación de naturaleza y la vida.

Hoy en día está en boca de todos el “cambio climático” y las amenazas sobre “la biodiversidad” y “el medio ambiente”, pero hace más de treinta años Delibes ya denunciaba los peligrosos “derroteros” del progreso incontrolado: “El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara futuro” (El mundo en la agonía).

Delibes, difusor de la cultura rural y cinegética. Delibes se vale de la cultura popular y de sus personajes para sumergir al lector en un mundo cercano en la distancia, el rural, pero para muchos lejano y desconocido. De ahí que la narrativa, según palabras de una de las personas que más ha estudiado a don Miguel, Jorge Urdiales, sea todo un discurso popular-rural que ha venido latiendo en Castilla durante los últimos siglos. El propio Jorge Urdiales estudió con rigor la obra del escritor hallando casi 1.500 palabras del castellano que conforman el léxico popular-rural. De esas palabras encontró 122 vocablos referidos a la caza y 144 a los animales muy utilizadas por sus personajes. Palabras como “alicortada, amonarse, bichero, alebrarse, bardo, rabona, plomeo”, muchas de ellas no incluidas en los diccionarios de castellano de uso común.

Desde que le diagnosticaran un cáncer de colon hace unos años el maestro ha tenido que dejar la mayoría de sus aficiones, entre ellas la caza. Casi recluido en su casa de Valladolid, Delibes afronta sus días con un gran pesimismo. Ya cuando escribió en 1992 “El último coto”, advertía de la crítica situación del campo, la Naturaleza y la caza. “Estoy francamente alarmado. Ya no tenemos cangrejos ni olmos... y asistimos a su desaparición con una tranquilidad pasmosa. Estamos en un momento terrible. Los ríos son verdaderas alcantarillas. En el Pisuerga ya no hay más que carpas, que es un pez que se alimenta de mierda".

En un alarde de sinceridad y sin pelos en la lengua, el maestro habla del “final de la caza”, siendo especialmente crítico con los derroteros de la cría en cautividad de especies cinegéticas, especialmente la perdiz roja: “Lo habían conseguido con todos los otros animales que se cazan en España, pero no con la perdiz roja, un pájaro tan libre como un oso, que se negaba a los experimentos de la industria cazadora. Pero ya lo han conseguido. En adelante, no sólo las codornices y las truchas que se cacen o pesquen en España serán casi todas de factoría y sabrán lo mismo, alimentadas con piensos, sino también las perdices rojas. Eso es el final de la caza, al menos de la que yo practico".

Obras destacadas
de temática cinegética

Diario de un cazador (1955), La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1964), Con la escopeta al hombro (1970), La caza de patos y otras acuáticas (1971), El libro de la caza menor (1973), La caza de la perdiz roja (1975), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977), Dos días de caza (1980), Las perdices del domingo (1981), El último coto (1992).

Miguel Delibes,
Patrón de los cazadores

Antonio F. Fernández Tomás

No pretendo destronar a San Huberto ni a San Eustaquio, es otra la idea que me ronda por la cabeza en el momento de la despedida del maestro. Al principio pensé en llamar a esta nota “Miguel Delibes, padre de los cazadores españoles de perdices rojas en mano”, pero era excesivamente enjundioso, amén de inexacto, porque, como hubiera preguntado Juan Gualberto, el Barbas:
– ¿Tantos hijos tenía ese señor?
– Pues no. Varones, que yo sepa, Germán, Juan, Miguel y Adolfo.

Mas, sin duda, Miguel Delibes ha sido un ejemplo a imitar por todos los que entendemos la caza de una determinada manera. Y en ese sentido, modelo y patrón de cazadores. Él, cuyo antecesor apenas revolcaba de vez en cuando un gazapo en un carrascal próximo a Valladolid, supo crear y mantener una cuadrilla perdiguera de antología. Logró un nivel superior, en el ejercicio de la caza y sobre todo en la manera de contarlo. Es como ser quinto dan, además de cinturón negro, en este arte. Hace veintitantos años, los cazadores de perdices intentábamos emularle, consciente o inconscientemente, en nuestra propia cuadrilla. Cuántas veces, cazando con un nuevo compañero, escuché salir de su boca un nombre familiar.

– ¿Dina le has puesto a tu perra?
– Como la de Delibes. Y al hijo le llamo Choc.

El libro de la caza menor, Con la escopeta al hombro, Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo y Las perdices del domingo, eran como una droga. Leídos, sobados y releídos, hasta imaginarse uno en la libre ladera del Esgueva o en el acotado páramo de Santa María formando ala con los Delibes. Pegándose una carrera por el barbecho tras una alicorta o cobrando una brava patirroja tras su espectacular pelotazo en los bajos, acariciándole las plumas antes de colgarla en la percha.

Cuando era chaval, envidiaba a la cuadrilla de Delibes por las muchas perdices que cazaba; con esfuerzo, andando tras ellas, sudando cada perdiz. Y encima con pocos cartuchos. ¡Cómo tiraban los condenados! Hoy les admiro, sobre todo, por haber cazado en familia durante tantos años. Eso no tiene precio y temo que lo hemos perdido irremisiblemente los cazadores de mi generación. De todos mis amigos cazadores, sólo dos han conseguido que su hijo vaya a cazar con ellos. Que encuentre placer en cansarse, sudar, arañarse, acariciar al perro y examinar la pieza recién cobrada. Que valore la dificultad de la caza. Que se excite sólo de pensar en la apertura de la temporada y que vibre con la arrancada siempre sorprendente de la perdiz entre las matas. Que sepa apreciar el bodegón que es una perdiz muerta sobre el suelo pedregoso. Y que se tome el primer chato de vino o se fume el primer pitillo, si ya tiene edad, con su familia junto a la lumbre.

Cazar no es sólo pegar tiros, ni mucho menos contar las piezas extendidas en un tapete. Es una afición que envenena; una pasión que engancha. Y eso, que está compuesto de valores y sentimientos, no de cifras, no lo hemos sabido transmitir. Delibes, ese gran hombre, sí supo hacerlo. Predicando con el ejemplo y contándonos lo que hacía todos los domingos con pasmosa naturalidad y magistral estilo literario. Así, tuvo hijos cazadores y una legión de adeptos e incondicionales admiradores que querían ser como él.

Se merecía esa enorme admiración. Era tan buena pluma como Don José Ortega y tan buena escopeta como el que más. El mejor escritor español de caza menor de todos los tiempos. Por eso es el patrón –modelo y padre– de los cazadores de perdices en mano y al salto que todavía quedamos en este país.

REIVINDICANDO LO SENCILLO

Ramón Estalella

Miro por la ventana de mi hotel, esta noche me ha tocado dormir en Berlín. La noche ha sido fría, heladora. Todo se haya cubierto de un manto blanco, pero es un blanco roto, sucio, que no desprende luz. El cielo se muestra más gris que nunca, creo que porque no se puede poner negro del todo. De luto. No se si los demás habitantes de esta ciudad lo verán con la misma óptica triste, melancólica, que yo tengo esta mañana, pues he recibido la triste noticia de la marcha definitiva de Miguel Delibes, el genio humilde, un señor de la tierra de Castilla, y para mí, el hombre que sin él saberlo, me animó a leer y a amar los libros.

Los libros han sido una parte muy importante de mi vida, me permitieron saber, creer, amar, viajar, soñar, reír y llorar, y el gran Miguel Delibes siempre estará en ese lugar de privilegio de un rincón del corazón donde, muy pocos, han llegado a calar con profundidad. Solo le vi personalmente dos veces, incluso una vez compartimos un café en una animada charla y nunca me atreví a transmitirle mi devoción por su obra, su sentido de la vida, y sus permanentes ejemplos. Otra cosa pendiente que ya no podré cumplir.

Un gran cazador. Miguel fue un gran cazador, posiblemente uno de los mejores. Un ejemplo a seguir. Con cierta frecuencia releo las crónicas con olor a monte y a rastrojo de su “Diario de un cazador”, obra de cabecera, de consulta, donde me refugio tras jornadas de trabajo urbanita, cargadas de feroz competencia e intereses creados.

Y se produce el milagro, desaparecen los ruidos a mi alrededor y se abre ante mis ojos la anchura de la tierra castellana, los mares de siembras y terruños, los muros de piedra y las choperas del cauce del río. Y siento cómo las perdices apeonan buscando los altos, y cómo las liebres se empequeñecen en el tomillar, y veo salir las azules volutas de humo de los cigarros liados de mis amigos, vestidos de pana, vestidos de España. Porque Delibes nos abrió su mundo, un mundo compuesto de amor a lo cercano, a lo pequeño, a lo simple. Nos enseñó a ver la belleza de un paisaje de invierno, a amar el simple roce de las manos con el plumón de una perdiz, a entender el valor de lo cercano, a querer lo accesible. Nos transmitió sin pudor el amor por su familia, por su origen, nos hizo partícipes del dolor de la pérdida de lo amado, nos habló de injusticias… “milana bonita”… ¡¡qué gran verdad!!
Respeto a la muerte. Delibes no quiso participar de grandes perchas, siempre le parecían impúdicas, exageradas, contra natura. Amaba la caza, la captura de un ser vivo, a ley, pero respetaba la muerte. Y hemos perdido este sentimiento. Me indigno al ver la falta de decoro con la que tratamos a nuestro objeto de deseo, cuando rotas y ensangrentadas las convertimos en carga de matadero, a la ausencia de sensibilidad a esas obras del creador y que la fortuna ha querido entrecruzar nuestros caminos vitales.
¿Somos dignos de arrebatar la vida, el máximo valor otorgado, por una simple distracción o pasatiempo, o existe otra justificación? ¿Debemos sentirnos orgullosos de números y resultados cinegéticos de dimensiones orgiásticas? Sólo existirá dignidad cuando apreciemos de manera individual todas y cada una de nuestras capturas, cuando lo hagamos respetando su derecho a la defensa, cuando limitemos nuestra enorme capacidad de ventaja. Y cuando sepamos que lo sencillo es hermoso, que lo pequeño es importante.
No se pueden dar lecciones de ética, pretender ejercer el magisterio de lo correcto, aunque sí puedo decir que me siento mucho más cerca del maestro Delibes cuanto más cazo y cuanto más veo. El deseo de conseguir más es insaciable, pero también efímero. Y cuando uno parece que ha llegado a lo no superable, a lo soñado cuando partía de menos, es cuando empiezas a recordar los inicios, los primeros éxitos y fracasos, al calor del recuerdo de las sensaciones de antaño, y descubres que aquello te llenaba mucho más. Te llenaba como esos amores de infancia, cuando en el interior de la tripa bailaban las mariposas y nos llenaban de angustia, y cuando el furtivo beso temblón era el objetivo supremo. Esa sensación no será superada, cuando de adultos, se logren otros escalones en la escala amatoria.

Amor por el campo. Delibes también nos trasladó su profundo amor por el campo, sin amaneramiento ecologista de salón. Un hombre que vio crecer la mecanización, el abandono de sus gentes camino de la ciudad y la migración, que reivindicó los problemas de los terribles pesticidas, que nos sensibilizó, en definitiva, con mantener lo auténtico, lo original. Un gran ecologista con mayúsculas.

Antonio Machado con Soria, Miguel Delibes con Valladolid. Ambos nos hablaron de algo que no era muy espectacular, en teoría, posiblemente monótono, posiblemente discreto. Sin embargo, ambos veían cosas que otros muchos no consiguen ver. Machado con enorme tristeza, Delibes con esperanza. Esperanza de hacernos entender que en el campo podremos encontrar respuesta a muchas preguntas, podemos encontrar a esa persona tan desconocida que somos nosotros mismos, transformada por los vaivenes y las circunstancias de las que ya nos advertía el maestro Ortega. Y cazando volvemos a nuestros orígenes, en medio de un escenario duro, pero conocido y cercano, donde los animales juegan su rol, y no son personajes humanizados, aunque ello no les priva de su protagonismo y la capacidad de ser amados y venerados. Son partes integrantes de un todo, que tiene un equilibrio, equilibrio que no debemos romper. Y nuestro papel debe ser el jugar nuestras bazas en su justa medida, pues si nos excedemos, deja de haber la magia que envuelve la mente del cazador desde Altamira, para pasar a ser una actividad repleta de soberbia y abusos. La humildad que nos transmite Delibes –”Mucho metal para mí”, como dijo recientemente tras recibir las medallas de oro de Castilla y León y Cantabria–, debería ser una lección para esos méritos vacíos con las que los cazadores rellenamos las calderas de la vanidad.

Amor a lo cercano y auténtico. Que largas se hicieron las “Cinco horas con Mario”, que dura la vida en “Los santos inocentes”, que ternura en “Mi idolatrado hijo Sisi”, que sombra de ciprés… Pero todas estas y tantas otras obras estaban teñidas de amor a lo auténtico, a lo pequeño, a lo sencillo, en la vida y en la caza. Y deberíamos ser capaces, a los que la fortuna nos ha premiado con exóticos viajes y desconocidos trofeos, de profundizar en las raíces de allí donde vamos, conociendo sus paisajes, sus gentes, sus pensares, su historia, sus filias y fobias, su lugar en la vida. Y entonces, tendremos la capacidad de valorar lo que hemos recibido y la auténtica dimensión del privilegio del viaje. Y seguramente, se ampliará nuestro corazón con nuevos amores, con nuevos deseos, pero esto también nos ayudará a valorar lo ya vivido con más perspectiva, sin necesidad de emprender una carrera desenfrenada para lograr completar absurdas colecciones que nada significan y a muchos deslumbran. No debemos confundir el atractivo de lo desconocido con el desprecio de lo superado, para no tener que añorar lo ya vivido con aquellos que nos tocó en suerte. Y Delibes decidió aferrarse a lo cercano, no por miedo a lo desconocido, sino por el profundo amor a lo cotidiano.

Se nos ha ido Delibes, pero queda su obra, su trabajo. Y allí seguirá vivo, para siempre, como siguen todos los grandes. Nunca necesitó premios para que le reconocieran, ejemplo de adusto carácter castellano, de castellano viejo, que no necesita de adornos y florituras. Ejemplo de sobriedad, ejemplo de calor humano y ejemplo de cazador. Qué suerte para sus hijos haber compartido enseñanzas con tan gran maestro, haber sido educado de una manera tan especial en la caza.

Yo también tuve un gran maestro, y se lo que me digo, rodeado tantas veces de personas huérfanas en lecciones cinegéticas. Pero eso no se escoge, eso te llega, por suerte. De nuevo, un privilegio sin mérito propio. Y cuando dentro de unos años, nuevas hornadas de cazadores lleguen al campo ávidos de capturas y carentes de formación, ruego a los que puedan les hagan legar las lecciones del maestro Delibes, el inmenso valor de lo sencillo, de lo pequeño, de lo cercano.

Carta a
Miguel Delibes

Jesús María Reglero

Querido Miguel: Cuando por teléfono hablaba con tu hijo Germán, me llenaba de tristeza. Y a los dos, que somos de corazón débil, se nos iba una lágrima. Hablando de ti, le manifestaba: “No he tenido la oportunidad de darle un abrazo”, como antes, como siempre, en cada despedida por los muchos terrenos cinegéticos en los que convivimos durante los últimos años de su vida como cazador.

Germán, mi hermano de campo, de afición y de sentimiento, me consolaba al decirme:

– Nada de eso Jesús. Él te abrazaba cada tarde cuando, impaciente, esperaba mi relato sobre la cazata del domingo. Padre, en Sardonedo, en los laderones de “Cuesta Gorda”, Reglero, conejo y liebre. Y los chicos han hecho mucha sangre en las tapias de “Coruñeses”. Preguntaba y preguntaba, y al final siempre lo mismo: – Tengo que ir…

Nunca más compartimos terreno, y creeme, también nunca más la cazata volvió a ser la misma.

Todos los domingos juntos, tus hijos, tu hermano Manolo, y yo, recorriendo los predios de Bercero y Vega, en ese coto de caza “El Bibre”, en el que tanto disfrutamos y en el que tantas anécdotas vivimos.

En el Pico de Fray Gaspar, volaban las perdices ladera abajo buscando los navales, con unos barbechales que nos metían miedo.

Nos metían miedo a Lolo, a ti y a mí, porque ya se encargaban tus hijos, Germán, Juan y Fito, de volverlas a los tomillares del cerro, donde tu hermano Manolo dejaba sin cartuchos la canana.

Cuántos recuerdos, Miguel, cuántos recuerdos.

Acababan de conceder el Premio Nobel a Camilo José Cela y ese domingo estirábamos las piernas por el siempre difícil cazadero del término de Adalia.
Tus hijos andaban volando perdices por las rayas de San Salvador y de Gallegos, a quienes acompañaban ese día tu yerno Luis Silió, que dicho sea de paso, ¡hay que ver los tiros que soltó! Nosotros escogimos un terreno más cómodo, pero con menos pájaros.

En una de las linderas, que todavía permanecen con vegetación, el setter Lemon, mi perro, al que compartíamos en la cacería, se adelanta para sacar del final de la linde un machazo de perdiz con todos los espolones del valle. Largo, rápido, difícil… Me echo la escopeta a la cara y es tal el “taponazo” que le suelto, que le quito un kilo de plumas y me vuelvo hacia ti, exultante, feliz por el lance, satisfecho, en definitiva, por el “cobro”.
– ¿Qué…?
– Si te ha salido entre las perneras –me lanzas, sin más.
– Coño con el tío –te contesto. ¿Pero es que no le has visto que se ha arrancado a más de cincuenta metros, piando y haciendo extraños?
– De entre la perneras, Jesús. De entre las perneras…

Fue la anécdota de la comida. Que contabas y repetías una y otra vez a tus hijos.

Muchos años juntos. Los últimos de tu vida como cazador.

Desde las bravas serranías de Alcaraz, en Albacete, donde pastan los toros bravos de mi concuño Daniel Ruiz; en el Cortijo del Campo, con un cazadero que pone a prueba tus piernas y tu corazón, y con unas perdices que parecían llevaban guindillas en el culo, te he visto hacer tiros memorables. Y lo cuento, Miguel. Y lo cuento… Hasta esas otras tierras llanas de La Mancha, en los cuarteles inolvidables de Corral de Almaguer.

Pero sobre todo las zonas de Valladolid. En ese coto de caza El Bibre, que ha sido inmortalizado para siempre en tu libro “El último coto”.

Domingo tras domingo. Alternando con esos otros terrenos de Coruñeses y El Monte Curto. En este último lugar, tu nieto Jorge empezó a saborear las mieles de lo que más tarde sería un excelente cazador.

Y ahora, ¿qué, Miguel? Nos dejas huérfanos de tus relatos y de tu compañía.
¿A quién va a contar tu hijo Germán los lances de cada domingo?
Y Elisa, ¿cómo va a llenar su soledad después de tantos años cuidándote, atendiéndote y tratando que no hubiera vacío en tu vida?
Nos dejas huérfanos, Miguel, nos dejas huérfanos.

Tu hermano Lolo ha salido a recibirte. Y con ese cuerpachón noble y grande, te ha soltado:

– Vamos, hermano, que aquí hay caza para regalar, y no tenemos necesidad de munición y escopeta. Genuino, el padre de Jesús Reglero, lleva “un montón de conejos apiolados y ya posan en los varales sin ventrón”. Sube… sube rápido, que Ángeles, tu mujer, te espera hace muchos años con los brazos abiertos, y está deseando estrecharte.

Sube rápido, Miguel. Sube rápido. Y recuerda que aquí, junto a los sardones del Monte Curto, tu imagen quedó retratada para siempre al pie de los carrascos de la encina alta. Adiós, Miguel, amigo, adiós, hasta siempre.
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