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Hemeroteca :: 01/05/2010
Relatos
José Antonio Azor Martínez Dibujo: Pablo Capote
Última actualización 27/04/2010@10:21:20 GMT+1
Nació en el “Llano de Arriba”, enclenque, cianótico, falto de peso, nada agraciado, llegando el padre, ante la duda de su supervivencia, a prepararle una pequeña mortaja. Tal era el aspecto, que su progenitor, Félix, se negaba a mostrarlo diciendo que era más feo que un “morciguillo”. Durante cuatro días se prolongó el parto. La partera, mujer que tenía los conocimientos sanitarios que le había ido ganando a la experiencia, robado a los entendidos y aprendido de los fracasos, quedó extenuada al lado de la madre después de tan largo acontecimiento. Al día siguiente, fue inscrito en el Registro Civil del Ayuntamiento del pueblo cercano con el nombre de Paco. Dos días después en el “Llano de Abajo”, rodeado de todo tipo de cuidados, sin sufrimiento, orondo y de piel clara, nació otro pequeño niño rollizo, rubio como un querubín, admirado y celebrado por todos los vecinos más próximos, al que se le puso el nombre de Francisco.
A mamporro limpio. Desde que ambos tuvieron uso de razón se despertó en ellos, además de la obligada amistad al ser los dos niños varones en varios kilómetros a la redonda, una tirria que iba in crescendo. Eran dos gallitos de corral, separando sus respectivos gallineros por una bien marcada linde. Lo único que les unía era su afición a la caza, actividad que se inició en la primera década de la vida. En los meses de junio ya se ponían a buscar liga y empezaban a preparar el pequeño arroyo que corría por el barranco de la “Dehesa”, tapándolo con juncos y otras ramas de arbustos dejando sólo unos pequeños espacios abiertos donde colocaban los espartos impregnados del natural pegamento; toda una obra que necesitaba tiempo y maestría. Después, en el mes de agosto, cuando más aprieta el calor, las cigarras sermonean con su incesante canción y el sol hace brotar destellos en las piedras pizarrosas de los secanales se entregaban, ya de buena mañana, a la actividad tan prohibida como tentadora de cazar toda clase de pajarillos y aves de mayor tamaño que se sentían incitados a beber el agua trampeada con ingenio y con la impunidad que ofrecían las primeras luces del alba. Los jilgueros y verderones, de los cuales podían sacar algunas pesetas, se ponían con delicadeza en sendas jaulas, y el resto, de un golpe seco contra el suelo pasaban a mejor vida; luego, con paciencia, se les introducía un junco pos sus fosas nasales engrosando la ristra que iba creciendo con el paso de las horas. Después llegaba el momento del reparto, acabando siempre éste en una trifulca no exenta de insultos, puñetazos, mamporros, y todo el repertorio que sólo el murmullo del agua, al caer suavemente por malecón, era capaz de silenciar. Más tarde, ambas madres cumplían con el conocido trago de pasarse varias horas extrayéndoles con paciencia los pinchos de los cardos y zarzas en los que se habían revolcado en su encarnizada pelea.
Puñetazos todo y más por María. Fueron creciendo y María Encarnación, la de la “Solana”, se encargó de interponerse para alimentar más el odio. La verdad es que la moza tenía dos enormes, poderosas y puntiagudas razones para ser deseada y, aunque sobrada de quilos, mostraba una desmedida ternura que engatusaba a los jóvenes del lugar. Era costumbre que cada cual en su cortijo organizaba en fechas marcadas un baile donde acudían los solteros de las fincas próximas y de donde surgían romances y amoríos. Como equipo musical de animación se contrataba a Benigno que, con su acordeón, deleitaba a la concurrencia interpretando su limitado repertorio.
A la hora de los pasodobles, cuando se bailaba agarrado era el momento de “coger cacho” y el que podía, aprovechando la penumbra de la estancia, lanzaba algún pellizco a su compañera de danza o robaba un manoseo en las carnes orondas de las lozanas campesinas, roce que sabía a gloria y que alimentaba fantasías en la soledad de las largas noches invernales. Eso de haber tocao carne era toda una hazaña de la que se presumía en el bar del pueblo, la “Taberna del tío Tino”. Pero cuando María Encarnación bailaba con Francisco, a los pocos segundos, el enorme candil que colgaba del techo amamantado por seis mechas empapadas en aceite recibía por parte de Paco un certero garrotazo desfaratando el baile. Los gritos de las muchachas se confundían con el sonoro eco de los puñetazos. Nadie sabía a quien pegaba, pero todos recibían. Por el contrario, si María Encarnación bailaba con Paco, era Francisco el encargado de acabar con la velada de la forma ya sabida, estacazo a la fuente de iluminación, oscuridad total y a repartir leña. Luego cada cual limpiaba su sangre, disimulaba su dolor y se tragaba el orgullo mientras se pensaba en la próxima fiesta.
Perverso uno, maquiavélico el otro. Por el tiempo de las matanzas en cada finca se sacrificaba un par de cochinos, se pactaba una tregua y todos colaboraban en la elaboración de los embutidos, salazones y llenar las orzas de carne frita para soportar los fríos y tediosos inviernos. Aún así, en esos tiempos de paz, a Francisco no le hacía ni chispa de gracia que su hermana Remedios si viera a escondidas con Paco en la choza que el pastor había construido en los “Cerrillos” para refugiarse en los días de vendaval. Estaba claro que allí estaba naciendo algo más que amistad y con toda seguridad acabaría en matrimonio, pues el ramaje que cerraba el sencillo habitáculo y el montón de paja que servía de lecho fueron testigos de más de un revolcón.
Solían ser crudos y largos los gélidos meses en los que la nieve hacia acto de presencia de forma reiterada en las cumbres del Calar. Paco y Francisco empuñaban sus escopetas y cada cual por el lado de su linde recorrían las largas trochas. Los mojones de piedras encaladas, casi tapados en su totalidad por la nieve, marcaban y dividían las dos pertenencias que ambos celosamente vigilaban con la intención de que el otro no arrebatase una pieza criada en su parcela.
Francisco, antes de que llegase el frío, con todo sigilo, y aprovechando la oscuridad, excavaba con el mayor silencio posible enormes hoyos de más de dos metros de profundidad, esparcía la tierra extraíd sin dejar ninguna señal de manipulación del terreno, y los tapaba con cañas y hierbas. Luego, al ser cubiertos por la nieve quedaban totalmente camuflados. En más de una ocasión, Paco se atrevió a pisar terreno ajeno cayendo en la trampa sin que nadie acudiera a la llamada de sus incesantes y desesperados gritos. Sólo cuando su padre lo echaba en falta por la larga tardanza, recorría la linde tirando del ronzal que sujetaba al viejo borrico, animal que le ayudaba a rescatar al incauto que había ignorado la maldad del vecino.
Después, de vuelta a casa, aterido, con el frío metido en los huesos, se le oía decir por lo bajo mil y un juramento destinados a impartir venganza. Y es que si uno era perverso, el otro era maquiavélico.
Una liebre de nadie.Y fue capricho de la naturaleza que una gran boja creciera en mitad de la línea divisoria y que una enorme “zancuda” tomara querencia por aquel arbusto fabricando su encame preferido. Paco y Francisco fueron conocedores casi al mismo tiempo del habitante que se había ubicado en el bucólico lugar, prometiéndose ambos que debían ser el autor que diera muerte a tan magnífico ejemplar. Muchas fueron las veces que recorrieron la linde caminando en paralelo, ojo avizor, en busca de la orejuda que les habría de dar la gloria a uno, el fracaso al otro; otras tantas regresaron con las manos vacías y las mentes ocupadas en idear y dar forma el plan que les hiciera salir airosos del lance.
Pero no fue hasta una mañana de finales de diciembre, día de los Santos Inocentes, expirada la tregua, cuando coincidieron en la común tarea que les ocupaba. Recorriendo el terreno como tantas veces habían hecho, se dirigieron hacia el lugar donde la rabona había establecido su hábitat.
Caminaban muy despacio, suavemente, sus movimientos eran casi felinos y sólo el crujir ocasional de la nieve bajo los pies rompía la abrumadora tranquilidad que reinaba en el paisaje después de la copiosa nevada. La capa blanca se extendía hacia el horizonte y algunos pequeños montículos delataban la presencia de arbustos y grandes piedras, las cuales se esquivaban de reojo sin perder la vista al incomodo compañero de cacería. Se acercaron al lugar, conocedores que allí, recibiendo la suave brisa en los morros, descansaría la vieja orejuda. Faltaba una veintena de metros cuando se divisó la silueta del animal; reculó, tomo impulso con sus patas traseras y salió como lanzada por un resorte. Fragmentos de nieve saltaban al ritmo del su recto galopar siguiendo el trayecto de la linde. Ambos cazadores encararon sus escopetas, apuntaron, adelantaron el tiro lo debido y apretaron los respectivos gatillos escuchándose al unísono un disparo que hizo estremecer las copas de los pequeños pinsapos que, de forma anárquica, crecían en las proximidades. Unos cuantos estertores y la cuadrúpeda quedó tendida en terreno de ambos y propiedad de nadie. Corrieron, llegando al mismo tiempo donde yacía inerte el animal, uno lo agarró de las patas traseras, el otro de la cabeza y sin decir palabra empezaron un forcejeo con la intención que alguno cediera su parte de trofeo. No fue así; cruzaron miradas, dejando caer la pieza al suelo, se separaron unos metros y se encañonaron mutuamente. La tensión se podía respirar y cortar; el odio se adivinaba profundo, negro y oscuro. En la distancia se podía escuchar el galopar de dos corazones. Las manos en contacto con el frío acero temblaban, aunque el punto de mira no se apartaba del pecho contrario. Así trascurrió un instante vertiginoso que pareció prolongarse en la eternidad hasta que un rayo de lucidez les hizo arrojar sus paralelas y, emulando los tiempos de la niñez, se enzarzaron en una brutal pelea donde no hubo reglas y todo valió. Poco a poco el blanco de la nieve se iba manchando del rojo de la sangre que manaba de los combatientes, hasta que no pudieron más y, extenuados, quedaron tendidos en la mullida cama del blanco elemento. Se espabilaron del aturdimiento, arrastrándose lentamente asieron sus armas y, apoyándose en las mismas, desaparecieron en direcciones contrarias. Allí quedó el cadáver de la lepórida sobre un mantel bicolor como único testigo del desencuentro.
Y por fin, paz. Cuando al atardecer Francisco entró en la taberna, el tío Tino le siguió con la mirada hasta que se sentó en uno de los taburetes de la barra. Todos los ocupantes del lugar fijaron su vista en el recién llegado y, sin preguntar nada, dieron por supuesto lo ocurrido. La pérdida de alguna pieza dentaria y las marcas de la cara dejaban evidencia de que aquello no había sido una demostración de amor. Pidió un buen vaso de vino blanco que apuró de un solo trago, luego pasó el antebrazo por sus cortados labios dejando marcas de sangre en la camisa impolutamente planchada.
En el fondo del local, sentando al lado de una mesa, cabizbajo y con la visera de la gorra agachada, Paco terminaba a pequeños sorbos el último culo de lo que había sido su primera botella. Izó la cabeza hacia la barra y permaneció con los ojos clavados en ella. Francisco se giró e hizo lo mismo; así permanecieron unos agónicos segundos, luego se levantaron y poniendo mucho coraje arrastraron sus maltrechos cuerpos hasta el centro del salón donde se fundieron en un estrecho y prolongado abrazo que sólo fue roto por los incesantes aplausos de los concurrentes. Aquella noche, por obligación, habría de ser larga y el alcohol correría hasta el alba. Mientras tanto, en la pequeña y austera plaza del pueblo, iluminada por cuatro bombillas de colores, una jauría de niños entonaban cantos de Navidad al son de zambombas y panderetas.
Al día siguiente, como por un hechizo, había desaparecido toda señal del margen y a los pocos años existía un solo Llano, El Llano del tío “Félix”.
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