Hemeroteca :: 01/05/2010
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Opinión

Tico Medina

Última actualización 27/04/2010@10:36:07 GMT+1
Mi querido, admirado e irrepetible, inolvidable don Miguel Delibes, y no le añado más adjetivos porque si hay algo en su forma de ser y de estar, de escribir y de vivir, que menos le gustara, eran eso, los adjetivos. Así que aquí está mi carta, no tan distante, porque aunque se nos haya ido de este mundo, que tan poco le gustaba últimamente, la verdad es que todos los santos tienen octava, y usted pertenece a mi santoral, que lo tengo y a mucha honra.
Don Miguel Delibes, que no sabe usted las lágrimas que ha echado esta vieja España, de la pana y de la pena, con su marcha, y que en particular, este servidor, ha tenido el nudo de melocotón en la garganta hasta hoy; que en cuanto escriba esta carta será como si echara fuera por el caño de la orina esa piedra de riñón que a uno le hace tanto daño.

Don Miguel, que no me va a ser fácil olvidar aquel día que nos vimos allí arriba en los Torozos de la geografía palentina, donde nos encontramos gracias a los buenos oficios de uno de los que más le han llorado, mi amigo Jesús María Reglero, poeta y cazador, por ese orden, que nos hizo encontrarnos allí arriba, en la que fue primero casa de piedra, con la chimenea encendida, buen vino de la tierra, de cuando usted podia tomarlo, queso de Villalón, chorizo de las matanzas cercanas y sobre todo, mucho que contar y que reír cuando aún usted reía de buena gana, y nosotros con usted, como Dios manda, don Miguel, mi querido maestro, que incluso hace ya muchos años, l.995, usted personalmente, de su propia mano, me entregó el premio, inmerecido, de los poetas de San Juan de Baños, donde éstá el cachorro de catedral más hermoso del planeta Tierra.
– Que sepas que he venido porque eras tú, que ya llevo mucho tiempo sin venir a estos actos.
¡Ay don Miguel, y como se lo agradecí, no sabe usted! Lo he ido contando por ahí aprovechando cualquier momento y aunque no viniera a cuento, y también he aprovechado para que todo el mundo sepa que un día le escribí un reportaje, de aquellos que yo hacía cuando era, como decía Gabriel, el cazador de metáforas colombiano, feliz y desconocido.

Aquel día que me recibió en su casa de Valladolid mientras fuera caía una manta de agua.

Me copio, descaradamente, aunque hace de esto más de veinticinco años: “Delibes está vestido como para ir a cazar, sólo que le faltan la canana, el perro, la escopeta y las botas, por lo demás lo mismo. Aunque andemos bajo techado y hay allí cerca una mesa de camilla, Miguel Delibes lleva puestos un par de jerseys y una cazadorilla de ante muy usada, sobre todo por el hombro, aunque no se lo note, sobre todo después de tanto apuntalar la escopeta a la hora de la pieza. Hablamos y el se ríe con sus dientes largos y lía su cigarro negro. Lo lía, sí, pero no hay en este protocolo del humo ni una sola medida forma de estar, sino más bien de ser. Al final de hacer el cigarro, pasa el borde de la lengua por el unte y se lo coloca en la boca chascando las dos manos en una ceremonia antigua. Como se hacía antes de la guerra y que ya hacen muy pocos...”
Eran aquellos días hermosos ciertamente. Yo escribía lo que había hecho el día anterior, la pieza aún estaba fresca, y lo enviaba a primera hora de la mañana. Aún no había mail de ese, la verdad es que no sé cómo, a veces en mano, a ratos en paloma mensajera, dictado en ocasiones, según... ¡Ay cómo me gustaría volver a hacerlo de nuevo, si tuviera los huesos necesarios para el camino!
No me está prohibido soñar. Sé que escribí de su sillón con bolsillos, la ancha ventana y el angelote barroco, decía yo, al que le faltaba tulipa, pero que debe ser el de la inspiración, porque el escritor lo tiene a su derecha, conforme se escriba...

Años después, lo que es la vida, y sin acordarme de aquello, yo he colocado también a mi derecha otro ángel barroco, de esos que están en pelotas con una brizna de pene –los dioses por lo general tienen el miembro pequeño– y que mantiene una lámpara italiana que se parece mucho a la que tenía Adolfo Suárez en su mesa de trabajo.

En fin, que me gusta, más que copiarme, recordar, porque antes escribía mucho mejor que ahora, cazaba más rápido, no ahora, que tengo que poner el puesto y a esperar que me entren los recuerdos...

Lo que sí sé es que escribí: “Los hombres son como escriben. Por eso Miguel –me atreví a apearle de su apellido– es como aparece, humilde, colosal… y hemos hablado de su perra, que anda cerca, a pie, tendida, como pendiente de lo que dice el jefe”.
– ¡Es linda la perra, don Miguel!
– Sí, pero eso no es lo importante, la planta no vale a veces para nada, tan sólo para alguna fotografía como ésa que tengo ahí de Ontañon... Mira, yo he cazado con una perra ratonera, indecente, cuatro patos en un día.

De todas formas, la perra, que sabía de lo que hablábamos, enciende los ojos y como si fuera de cuerda, mueve, menea la cola como una loca...
– Igual pasa en la vida, Medina. Los hay que convierten la caza en una crónica de sociedad, porque hoy en la caza se hacen muchas cosas: negocios, política, cargos.
– Perdóneme don Miguel.
– De tu, viejo amigo, de tu. No me hagas tan viejo.
– Don Miguel, ¿cazar es matar?
– Cazar es otra cosa que matar. Cazar es descubrir el campo, buscar la pieza, tirarla, cobrarla, por eso a mí me gusta cazar allí donde la pieza tiene la misma ventaja que yo, al aire libre... no que me la traigan, cogerla con mi mano, colgarla yo de mi cintura, porque hasta colgarla tiene un arte.
– Yo creía que era una ciencia y resulta que es un arte.
– Pues mira, hay que ver por ejemplo si esa pieza conseguida es macho o hembra, porque por ejemplo en el caso de la liebre, si es hembra se orina después de muerta y te fastidia la pana del pantalón.

Incluso me mostró su escopeta, con dos cartuchos vacíos dentro, luego llamó a su hijo, el mayor, que estaba cerca, y le dijo textualmente:
– Aprovecha y la limpias un poco, que le hace falta...

Y cuando quise hacerle la foto del viaje, necesaria como quien se retrata con el Santo Padre, el maestro se ríe con sus dientes largos, se pone la gorrilla de cuadros –íbamos a comer cerca de casa a un sitio modesto y bueno– y me echa un brazo como una larga rama de encina al paso.
–¿Cómo se llama tu fotógrafo?
– Luis, Luis Milla, don Miguel.
– Ea, Luis, nos haces una foto juntos, que yo me quiero retratar con los famosos, pero Luis, no te olvides de mandármela.

Y terminaba yo mi relato con una media lagartijeta, de esta forma y manera: “Realmente Delibes es un guasón, tan serio. Me da el aire que yo iba por la pieza y que es Delibes quien me lleva colgado del cinto. ¡Lástima de mi escopeta!, se me mojaron los cartuchos. Y él es una perdiz macho, más que resabiada, verdadera, con muchas horas de vuelo. Vamos, un ejemplar único, que tiene el sitio para dormir bajo el miriñaque de una de las campanas, la vieja, de la catedral de Valladolid.”
Donde han vuelto a llorarle todas las campanas, todas, de su ciudad. Y mientras caía la lluvia, tal vez llorando, la gente, la desconocida gente que le lee, que le hace eterno, le gritaba: ¡Maestro, maestro!

Le abraza Tico Medina

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