Opinión
Ramón J. Soria Breña
Última actualización 27/04/2010@10:48:59 GMT+1
Por fortuna ya no existe esa España miserable denunciada con claridad y sutileza por Miguel Delibes y sin embargo sus personajes, sus historias y el paisaje siguen vivos. En unos años en los que nació y nos deslumbró el “realismo mágico”, lo exótico, las selvas y los personajes excesivos, Miguel Delibes creó personajes sencillos, apegados a un campo cercano, nunca pintoresco, cuya única magia era su forma de mirar y de sentir la vida y su única aventura era esa: vivir allí, en unos pueblos y un campo que estaba siendo abandonado y olvidado por muchos, pueblos arrastrados por la necesidad, habitantes deslumbrados por el sueño de la ciudad.
Yo, como niño de pueblo con más de cuarenta años, viví ese cambio y conocí ese paisaje humano descrito por Miguel Delibes; igual que como cazador conocí los últimos estertores de ese campo libre de cazadores libres y caza libre y salvaje, las últimas boqueadas de los ríos llenos de truchas, limpios y también libres; igual que como joven me dejé deslumbrar por los viajes y las ciudades olvidando muchas veces el paisaje en el que crecí, entendí y descubrí muchos de los secretos de la vida gracias a la naturaleza; igual que como lector me sorprendí tantas veces amando ese paisaje que tenía tan próximo y era tan real, esa forma de mirar la vida de sus personajes que tanto me enseñaron sobre lo que significa ser auténtico, leal con uno mismo, sencillo y sincero en el amor, la caza, la escritura.
Como cazador y pescador, además de las propias experiencias, dos personas me educaron en estos antiguos, sofisticados y difíciles artes, Mi tío Ángel y Miguel Delibes. De ellos aprendí a mirar el campo, apreciar lo difícil, valorar el esfuerzo, amar los paisajes, disfrutar de lo cazado y pescado y también de los sueños de antes y de después de estar con la escopeta al hombro o la caña en las manos, y sobre todo a entender que ser cazador y pescador, más que una práctica o una afición, es una forma de sentir, de mirar, tocar, de entender los misterios de la vida y de la muerte.
Como cazador y pescador sé que la obra de Miguel Delibes, rebotando como un eco en el corazón de sus millones de lectores cazadores y pescadores, ha producido el milagro de que tomemos conciencia del valor infinito de los paisajes de nuestros campos, de la necesidad de volver a ese tipo de caza y de pesca deportiva, esforzada, sostenible, salvaje, de defender la limpieza y el equilibrio de la naturaleza contra destrucciones desarrollistas, urbanismos estériles, alambradas y asfalto. Pero también a entender, luchar, explicar que en el campo y el paisaje también está el hombre, que un campo convertido en parque intocable es un lugar vacío, que nadie amará, un territorio sin memoria, de futuro incierto. Contra los que desean un campo virginal y una vida rural de fin de semana o buscan, de turistas por el mundo, el pintoresquismo, el tremendismo, la foto de lo raro, Miguel Delibes luchó con sus palabras para hacer de lo rural un lugar vivo, digno, confortable, un lugar en el que también se podía construir el futuro sin destruir el paisaje, el río o el agro.
En mi caso, como escritor que soy, Miguel Delibes ha sido además muy buen maestro por muchas razones: por mostrar y demostrar que se pueden inventar y escribir sofisticadas y muy complicadas máquinas literarias y que el lector, engañado y feliz, sienta sólo sencillez y facilidad –por ejemplo en “Los Santos Inocentes”(1981)–. Que hay que luchar y buscar “escribir como se vive” y “también vivir como se ama” –lo mostró en su forma de amar a su mujer; “Señora de rojo sobre fondo gris”(1991)–. Que los cazadores y pescadores escritores debemos luchar, explicar y escribir con orgullo sobre nuestra pasión –“Diario de un cazador (1955) o “Mis amigas las truchas” (1977)–. Que los personajes de nuestras historias, si logramos que sean verdad y han sido inventados con saber y corazón, estarán siempre más vivos que el que escribe –Azarías y su milana bonita–. Y sobre todo, que muy pocas veces estaremos satisfechos con lo escrito o lo vivido. Pero a veces, por un instante, durante esos segundos, en lo que dura un lance en el torrente truchero, un correr la mano con la paralela sobre la perdiz, un descubrir algunas palabras afortunadas y precisas, una frase, podemos, por ese instante al menos, tocar el cielo.
Gracias Maestro.