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Ramón J. Soria Breña

Última actualización 26/05/2010@10:40:13 GMT+1
No hace falta abundar mucho en los inmensos cambios que se han producido en la sociedad española en 40 años, cambios que en igual o mayor medida se han producido en el mundo de la caza deportiva. Pasamos de una España aún rural en el que la caza era un recurso y una forma de ocio productivo-alimenticio, a un mundo urbano en el que la caza y sus circunstancias entran hoy en conflicto con una idea de la naturaleza contemplativa, amenazada, vulnerable. Naturaleza irrecuperable y destrozada en gran parte del país no precisamente por los cazadores.
Ser cazador hace 40 años estaba “bien visto” en esa España rural y también en la sociedad urbana que tenía aún muy presente la memoria del agro. Hoy, ser cazador es algo “reprobable” y la sociedad urbana mayoritaria considera a los cazadores una amenaza que “monopoliza el uso del campo”. Somos para ellos unos individuos que consideran “deporte” matar y que depredan cruelmente y sin sentido animales “en extinción”. Sin embargo, la caza deportiva en este país goza de mejor salud que nunca ya que, a pesar de las dificultades y esta mala y equivocada imagen, hay más de un millón de ciudadanos que la practican de forma intensa, temporada tras temporada, apasionados por un tipo de caza cuidadosa, sostenible, sensible a cualquier agresión al entorno, una forma de caza deportiva muy ligada a la conservación de la naturaleza muy diferente a la de hace cuarenta años.

Los 70, el boom de la caza. De los muchos cambios relevantes que se han producido en la sociedad quisiera detenerme en uno que afecta directamente al sentido de TROFEO. Hasta los años 70 la mayoría de los cazadores españoles, como la mayoría de la población, era poco lectora. Leer prensa especializada era casi un exotismo. El lector de “Caza y Pesca” y de “TROFEO” tenía un perfil socioeconómico y cultural inicialmente minoritario y para la mayoría de los cazadores “cazar no se aprendía en las revistas”.

Pero en esas cabeceras, a caballo entre las publicaciones burguesas del XIX y principios del XX (El Sport de Caza y Pesca, la Revista Cinegética Ilustrada) y el ejemplo de las modernas revistas ilustradas europeas y norteamericanas de los sesenta, había una intención ideológica de mostrar que la caza era una actividad cultural y deportiva muy ligada al disfrute de la naturaleza y también a su conservación.

Sin embargo, a pesar de este bajo nivel de lectores de comienzos de la década de los 70 y desde el punto de vista de la demanda del mercado, esta década supone un espectacular boom de la popularización de la caza, un boom que ayudó a que el hábito de leer “revistas de caza” creciera de forma considerable.

Las razones de crecimiento exponencial de la práctica de la caza son muchas y muy diversas: familiaridad con la actividad cinegética y facilidad para su práctica, redescubrimiento del concepto de ocio ligado al “aire libre”, necesidad urbanita de un “retorno al campo”, existencia de amplias clases medias con recursos económicos para gastar en ocio, popularización del automóvil y mejora de la red de carreteras, tener en el país hábitat naturales y agrícolas que propiciaban buenas densidades de piezas de caza, accesibilidad a armas...

Los 70 son una década inmejorable para lanzar una nueva revista, comienza a haber un grupo relevante de cazadores que son lectores de prensa y libros, el cazador se interesa por aprender y conocer las novedades que comienzan a producirse en el mundo cinegético, a valorar las experiencias de otros. Y, sobre todo, la caza recupera en la revista ese valor narrativo que siempre ha tenido desde el principio de los tiempos, pero en lugar de producirse esa narratividad (Paul Ricoleur) en la tradicional trasmisión oral de saberes, lances, novedades, secretos, hazañas o mitos, esa narratividad es ahora escrita y gráfica.

La importancia no estará, como en otros medios de comunicación escrita, en la información, sino en el autor de esa información, en el componente vivencial narrativo, en la calidad literaria, el prestigio de la firma, quién escribe, qué cuenta, cómo lo escribe, en la calidad de la emoción que transmite al lector y que el mismo lector vive o vivirá cuando caza y habla de caza. Con la ventaja añadida de que una revista puede leerse en el momento y lugar que se desee, releerse, coleccionarse, prestarse y convertirse en un objeto que acumula el saber y la memoria del lector cazador.

Crecimiento del mercado de las revistas. El crecimiento del mercado de las revistas de caza ha sido constante hasta el fin del siglo XX. Se produjo en los ochenta y noventa la necesaria especialización, el nacimiento de más cabeceras, el lanzamiento de productos audiovisuales en forma de canales y programas de televisión, colecciones de DVDs, etc. Aún cuando el número de cazadores ha permanecido más o menos estable, su capacidad de compra y la renta destinada a gastar en la afición se ha incrementado de forma considerable. Sin embargo, el formato de publicación periódica en papel está en crisis como están en crisis todas las cabeceras de prensa diaria. No parece que la solución sea incrementar la cantidad de la información que el cazador, ahora internauta, ya busca en la red, ni utilizar los trucos de promociones y regalos que ha lanzado a toda la prensa a llenar los kioscos de gadgets buscando una fidelidad a la cabecera que no se ha producido. La clave está en mantener y reforzar el valor narrativo de la revista, recuperar todos esos valores que formaron a los lectores de TROFEO de los 70, es ahí donde está la fidelidad a su lectura, en seguir encontrando emoción narrativa y calidad de narradores en la revista, encontrar la opinión, el debate, la subjetividad, la aventura, la polémica, la firma, “las voces de la tribu”, la calidad formal y de diseño gráfico, todo aquello que el formato papel no sólo soporta sino mejora, explota y amplifica. La lectura en papel puede estar amenazada por los otros medios y soportes (TV, DVD Internet, e-Book), pero el cazador español nunca ha sido tan lector, nunca ha tenido tanta necesidad de leer de caza ni tanto tiempo de ocio, recursos económicos y pasión por una actividad con tan mala imagen.

Las revistas de caza deberán mantener ese valor narrativo que las hace exclusivas, distintas y originales, construyendo un discurso positivo que dé argumentos al cazador para defender su pasión y cambiar esa equívoca imagen de la caza. Leer y cazar son actividades que mantienen un nexo profundo, íntimo, antiguo; en ambas se impone el tacto, lo material lejos de lo virtual, ambas pasiones son maestras, implican aprendizajes vitales, transformación personal, transmisión de experiencias. 40 años después es difícil pensar en un moderno cazador que no sea también lector. Las revistas de caza en papel siguen teniendo futuro.

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