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Urogallos lapones

Última actualización 27/07/2010@08:59:14 GMT+1
Texto y fotos: Gerardo Pajares

Una aventura cinegética en Laponia tras el Urogallo narrada al detalle por el autor: Los preparativos, la llegada al cazadero, la belleza del entorno, el arduo trabajo de unos perros muy especializados y, por supuesto, lances inolvidables
Tikko estaba ladrando a un alce. Éste era el dictamen de Jonas, el dueño del perro. El caso es que el corazón me latía desbocado. En aquella inmensidad de bosque era imposible vislumbrar alce o urogallo así que no quedaba otra que confiar en el buen criterio del propietario. Mientras se apagaban los ladridos, Risto empezó a reclamar a los grévoles. Enfrente teníamos un bosquete de abedules que son muy del gusto de estas avecillas. Al punto escuchamos cómo respondía un macho y luego otro. A cada silbido los pájaros respondían más cerca. Yo permanecía estupefacto a todo este espectáculo. ¿Cómo era posible que estuvieran viniendo con esa franqueza? En un momento los tuvimos a pocos metros, quizás no más de 15, pero era imposible verlos. De repente escuchamos el vuelo de ambos. Según mis amigos nos habían estado viendo desde algún punto del bosque hasta que decidieron que aquello era una trampa.

En estas estábamos cuando Tikko se arrancó de nuevo. Ahora ladraba de firme, dando de parado. Jonas esperó unos segundos hasta que hizo un gesto de confirmación. Tikko tenía localizado un pájaro, probablemente un urogallo.

Yo le había cedido el turno a Carlos. Yo ya había cazado un urogallo en Bielorrusia, con lo que creí oportuno que él tuviese la primera oportunidad. Tikko seguía con su trabajo, ladrando con determinación en una gran masa de pinos y abetos, en una ladera que teníamos a nuestros pies. Carlos y Jonas desaparecieron entre las ramas y durante un tiempo interminable sólo escuchábamos el ladrido sostenido del perro. En ocasiones tenía la sensación de que Tikko cambiaba de orientación o de árbol, sin desplazarse mucho. Los minutos pasaban y mis nervios iban en aumento. Busqué junto a Risto una posición que nos permitiese, llegado el caso, disparar al pájaro si éste huía. De pronto, sin aviso previo, un tiro retumbó en la inmensidad de aquel bosque. La caza nórdica del urogallo había empezado en serio.

Los preparativos. Pero realmente todo había comenzado mucho antes por aquello de enredar por ahí con mi amigo Alfonso, cada uno por nuestra parte, buscando oportunidades para cazar urogallos. Los videos de Kristoffer Clausen fueron el detonante para pensar en un destino poco habitual, como es Suecia. Después de explorar el ciberespacio y descubrir lo escasas y dispersas que eran las ofertas comerciales en toda Escandinavia, le pedí a mi amigo Carlos Cayuela que me pusiera en contacto con Risto, cazador finlandés afincado en Suecia y que caza con arco por el mundo y que cada año viene con su grupo de amigos arqueros hasta Extremadura. De forma inmediata Risto nos ofreció que nos sumásemos a él para cazar en la Laponia sueca el final de verano siguiente. Esto sucedía a inicios de enero y tan tentadora era su oferta que de forma inmediata reservamos los vuelos a Arlanda con 8 meses de anticipación.

Después todo fue un sueño y algunas pequeñas preocupaciones. La información disponible sobre la caza en Suecia es muy escasa. Sabíamos que se podía cazar con perro de muestra, con spitz o esquiando en el invierno. Risto me facilitó unas coordenadas geográficas que me permitieron rastrear el área de caza. Busqué con insistencia cartografía útil en todo el mundo, pero no entender ni papa de sueco, finlandés, noruego o ruso me lo puso cuesta arriba. Visité foros, webs, blogs, etc., buscando de todo. Encontré algunas cosas curiosas, pero poco útiles.

A la posibilidad de cazar se iba sumando poco a poco la de pescar. Al final mi equipaje resultó algo pesado –pero siempre dentro de los 20 kg de rigor– ya que añadí un par de cañas –una traveler de 6 tramos para pescar a cola de rata–, 2 carretes, 1 vadeador, 3 pares de botas, 3 impermeables –al acercarse el momento iba visitando algunas webs de previsiones meteorológicas y los pronósticos eran de lluvia, cosa que se confirmó allí–, 3 pantalones de caza, 2 polares, camisetas térmicas, barritas energéticas –que me dieron la vida por las mañanas–, 2 cámaras de fotos, GPS, baterías para todo, linternas, walkie, etc.

Las armas nos esperaban en Suecia. El viajar con armas a este país es poco aconsejable y puede acabar mal con lo que es mejor buscar una allí mediante el método de préstamo, algo realmente sencillo, y que además aligera nuestro equipaje. En previsión de que el arma no se ajustase a mi envergadura me llevé una cantonera de goma ajustable. Durante algunos días fui al tiro al plato con distintas armas y ensayaba todo tipo de tiros. Durante el invierno me dediqué a correr a diario unos 4 a 6 km hasta que, en un accidente de caza, me rompí el pie. En fin, la ilusión era enorme.

Entre medias organicé lo de Bielorrusia, donde lo pasamos de miedo y donde arrancó el que iba a ser el “Año de los Grandes Gallos del Bosque”.

Por fin en Laponia. Y llegó el gran día. Salí desde Luarca a Madrid y de allí, ya con Carlos que venía desde Badajoz, a Arlanda. Allí nos esperaba Risto, quien con una inusual filosofía latina, nos sorprendió con que “la improvisación es, a menudo, la clave del éxito”. Dado que mi idea era vivir una aventura no me inmuté y di por bueno lo que había de venir.

Once horas de viaje hasta nuestro destino, en un coche alquilado, por unas carreteras peores que las españolas modulan el ímpetu de cualquiera. ¡Menos mal que un par de días antes de salir tuve la feliz idea de pillar un vuelo de vuelta desde Umea, la capital de Vasterbötten, a Arlanda, si no el regreso iba a ser de antología! Los ojos se nos iban, a Carlos y a mí, a los rincones del bosque queriendo descubrir un alce, un reno o algo así, pero solamente veíamos corzos, zorros y tejones muertos. En algún punto intermedio entre Estocolmo y nuestro destino compramos algunas provisiones para una semana de caza en Laponia.

Una vez en nuestro destino comprobamos que la cabaña reservada estaba de lujo. ¡Hasta tenía TV por satélite! Como todas en Suecia era de madera, pintada de rojo y con los recercos de las ventanas y puerta en blanco. Estaba junto a un lago y tenía de todo. Lo más curioso era el retrete, ya que se trataba de una suerte de trono en el que las “aguas mayores” eran depositadas en una bolsa de plástico y se enterraban entre capas sucesivas de serrín. Afortunadamente este ecológico sistema funciona suficientemente bien como para que la “producción” de cuatro rudos cazadores no supusiera algo insoportable.

Como decía la cabaña estaba a unos veinte metros del lago Sandsjön, rodeado de inmensos bosques de pino y abeto rojo. Al trío inicial se sumó Jonas, un auténtico hombre del bosque en todos los sentidos. Por su trabajo –es operario de una gran compañía forestal– pasa todo el tiempo en los bosques, y su afición es la caza. Pronto descubrimos su enorme capacidad, su indescriptible generosidad y su habilidad en todas las disciplinas. Jonas es capaz de reclamar a cualquier animal cazable: becadas, cornejas, zorros, tejones, osos, lobos, gallos lira, grévoles, etc. Verlo en acción es un privilegio.

En Suecia el bosque ocupa todo el espacio, y lo que no es bosque es lago o turbera. El suelo es blando, amable, cubierto por un manto interminable de arandaneras y otras plantas de porte bajo. El agua está por doquier. El musgo, los esfagnos, llegan a alcanzar espesores métricos. Los árboles inmensos, interminables, se suceden distribuidos en sotos, masas continuas de abedules, abetos y pinos. Los serbales de cazador que en el sur son enormes aquí se reducen a la enanez más entrañable. En las riveras de los arroyos y lagos aparecen algunos alisos reducidos de tamaño, como bonsais.

Algo que llama poderosamente la atención es el enorme silencio de estos bosques, el sonido viaja entre las copas de los árboles desde distancias lejanas y parece no haber nada vivo. Estos bosques, las más de las veces, parecen unos enormes desiertos vegetales; los vertebrados son escasos y se ven mal, pero la abundancia de vida en forma de plantas, líquenes, musgos u hongos es alucinante.

La caza nórdica de grandes aves. En esta caza el perro es la esencia. Esta es una modalidad de caza realmente genuina e insólita. Los nórdicos utilizan varias razas de perros spitz en función de las piezas perseguidas: perros de Karelia, finlandeses, laicas, elghund o norrbotten, son algunos de ellos. Estos perros son realmente duros e inteligentes. Los perros de muestra se convierten aquí en algo casi inútil y nadie los usa. Los urogallos apeonan a grandes distancias y buscan el abrigo de las ramas tupidas haciendo casi imposible una caza convencional. En este contexto es donde un perro nórdico ofrece sus habilidades.

Jonas venía con Tikko, un spitz finlandés de 5 años que ha cazado ya más del centenar de urogallos. Estos perros son extremadamente inteligentes, tienen gran olfato, pero sobre todo un oído muy agudo. Perciben en aleteo de un ave y adivinan la dirección de vuelo, luego buscan el lugar donde se ha posado y ladran con insistencia al pájaro avisándonos de su existencia. Si el pájaro es adulto desafía al perro intercambiando gruñidos y cloqueos que se escuchan entre los ladridos del can.

Cuando el perro comienza a ladrar debe esperarse a que bloquee al animal en firme. Luego se inicia una especie de rececho de una enorme emoción. Hay que buscar al perro entre la maraña de ramas y troncos caídos. Una vez localizado, desde cierta distancia, se inicia con suma cautela la postrer entrada. Siempre hay que buscar la cara del perro, que mientras ladra mira al ave, y ésta a él. Así intentamos entrarle por la espalda. Con frecuencia el tronco solamente permite ver una parte insignificante del pájaro que además está estirado y ofrece poco blanco. Si habéis visto un urogallo en celo os diré que en esta circunstancia su aspecto es totalmente distinto. Si lo hacemos bien, y el pájaro no vuela antes, dispararemos a unos 25 a 15 metros y posado –para qué estaría yo tirando al plato–, ver el pájaro derrumbarse al tiro es la culminación de un lance vibrante.

También os diré que de promedio se puede disparar una de cada diez veces que el perro localiza un ave. Los adultos son difíciles y a las hembras adultas no se les dispara. Así que lances hay muchos pero el resultado es magro.

Vivir el bosque nórdico es algo maravilloso, prescindiendo, eso sí, de lo abundantes que pueden llegar a ser los mosquitos. Andando se oyen los pasos de los alces que se desencaman en las turberas. Ver sus enormes camas y la envergadura de su huella en el barro es impresionante. También se ven las huellas frescas de osos, rastro de los rebaños de renos, tímidos recuerdos del paso de un corzo, miles de lagos de aguas trasparentes en los que colimbos, cercetas y cisnes son dueños. De vez en cuando, en medio de la nada, surge una cabaña de madera, erigida por los lapones, abierta y disponible para cualquier visitante con la única condición de dejarla como fue encontrada, limpia, ordenada y con leña.

Esta es una caza de andar todo el día, haciendo frecuentes paradas para intentar escuchar el monte y los ladridos del perro. Tikko, cuando no encontraba nada durante un rato, venía a buscarnos pero nunca o casi nunca por nuestro rastro; lo hacía por el viento o por el sonido de nuestros pasos. Es también una caza en la que no es posible garantizar ningún resultado. Puede haber suerte y lograr abatir unos o varios pájaros o solamente oírlos volar. Es en definitiva caza libre y auténtica.

Una oportunidad para la aventura. Podíamos plantearnos vivir parcialmente de la caza y de la pesca por unos días. Las percas son abundantes y convenientemente preparadas son muy ricas. Los urogallos están de fábula, a la plancha, con arroz, o como se quiera. Su carne es muy fina –la del grévol lo es más aún– con un fondo de caza mayor pero muy delicado. El monte ofrece una ingente cantidad de arándanos y otras bayas. Todo eso sumado al suministro que se adquiere en cualquier supermercado, permite vivir un experiencia inolvidable.

Cazamos urogallos y grévoles, e intentamos hacernos con algún gallo lira pero éstos son casi inasequibles. Son unos pájaros puñeteros, nerviosos, que se vuelan muy largo, listísimos. Las únicas posibilidades que tuvimos fueron tiros de rifle de entre 70 y 200 metros que no pudieron materializarse –llevábamos un .222–. A juicio de nuestros amigos es mejor cazarlos en invierno y con nieve.

Pero volvamos con Carlos. El disparo fue seguido de un rumor que sonaba a felicitaciones y casi al instante Risto y yo nos internamos en el bosque buscando el resultado de esos emocionantes momentos que habíamos vivido. Al acercarnos empezamos a escuchar el ladrido de Tikko y a la vez el potente vuelo de otro urogallo que se perdió en aquella inmensidad verde. Corrimos hacia nuestros amigos y vimos que se habían hecho con una hermosa hembra. ¡Qué envidia pasé en aquel momento! ¡Qué ganas de poder tocar y admirar aquel plumaje! Tras el examen del ave, las fotos y algunos comentarios sobre el lance, Risto decidió que se iba a quedar cazando grévoles mientras nosotros emprendíamos una ruta ascendente en busca de aves de más porte.

¡Bird! El día tomaba un color gris y amenazaba con llover. Poco a poco íbamos ganando altura. Ahora era mi turno. Después de un buen rato, y mientras caminábamos bajo aquel dosel casi continuo de distintas tonalidades de verde, con un potente batir de alas se alzó del suelo, a no más de 20 metros, una hermosa hembra de urogallo. Jonas me indicó que buscaríamos si iba con crías o algún macho adulto pero que a ella la respetaríamos.

Cuando lo que encontramos es una hembra adulta se produce una de esas situaciones realmente interesantes que podemos vivir en la caza. Así la urogalla, para proteger a su prole, no vuela lejos, y parece que citara al perro, que desaforado ladra sin parar. Cuando el cazador llega vuela a otro árbol próximo para reiniciar el juego del escondite. Si aguzamos el oído podremos escuchar cómo el pájaro cita o riñe con el perro con un profundo y enfadado cloqueo.

Después de otro encuentro dejamos volar a la hembra y seguimos avanzando. De pronto Tikko, a pocos metros de nosotros, inició de nuevo el ladrido. Lo hacía ante un pequeño pino, sin apenas ramas, que estaba rodeado de otros similares. Jonas me dijo que pensaba que se trataba de una ardilla. Estos perros originalmente se empleaban como perros ardilleros o en la caza de las martas, actuando de igual modo que con los urogallos o gallos lira. Lo que sucede es que si a un perro se le mata una ardilla rechazará cazar cualquier otra cosa, así que es algo a tener muy presente, especialmente si el cazador es forastero desconoce estos hechos.

En estas estábamos, algo despreocupados por lo que marcaba Tikko, cuando de repente Jonas se encogió y me dijo ¡bird! y me señaló un espacio entre las ramas. Allí en una posición impensable distinguí primero una masa negra y más tarde aprecié los ojos, enmarcados por unas rojas cejas, de un urogallo macho que me miraba asustado. Sin pensarlo elevé el arma e hice fuego. El gran ave se derrumbó sin vida mientras el eco de su muerte retumbaba en el bosque boreal.
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