Lance
José Madrazo
Última actualización 26/08/2010@13:30:08 GMT+1
Este relato puso final a una cacería en la montaña de Djungarsky Alatau, en Dzhungaría, en el Este de Kazakhstan, junto a la frontera China, realizada a caballo con campamento volante en compañía de dos guías kazakhos, hermanos, grandes conocedores de la montaña y que sólo hablaban ruso y su propia lengua. Habíamos soportado a 3.000 metros de altitud temperaturas de hasta -18 ºC, sobrevivido a una tormenta de ventisca y nieve gracias a refugiarnos en la choza de un “Chabán”, pastor de caballos, y habíamos agotado todas las provisiones de boca. Regresábamos, desmoralizados sin haber visto ni un solo carnero maduro al que poder disparar.
No hizo frío por la noche, que estaba completamente estrellada y sin viento. El perro ladró varias veces porque llegaron vacas y se quedaron en siesta al lado de la tienda. Yo medio vi o adiviné en la oscuridad, al salir a caballo, unas veinte o más vacas que debió traer alguien por la noche, dejarlas y marcharse pues no vi señal de personas. Digo “medio vi” porque era absolutamente de noche y sólo se divisaban los bultos. A las 05:00 nos levantamos y recogimos el campamento, pero no pudimos salir hasta las 07:00, ya que la operación tomó más tiempo del que Adin Khao había previsto, quizás por ser de noche y no verse nada. Sin desayunar –había que guardar para más adelante la poca comida que restaba– salimos a caballo, bajando todo el barranco de noche y empezó a clarear a las 08:00, haciéndose de día en el paso malo del cañón “natal”, que desemboca en el río “regatea Daria”. No paramos a desayunar a las 09: 00, al atravesarlo como había dicho Adin Khao. Se ve que llevaba mucha prisa.
Hicimos dos paradas de 10 minutos para que descansaran los caballos y luego otra de una hora para comer a las 12:00. Paramos en el valle que está arriba de Jabug, por donde habíamos pasado en el viaje de ida. Es un paraje que ha sido utilizado por pastores nómadas toda la vida, y se nota por la cantidad de porquería. Han conservado la costumbre de tirar todo lo viejo e inservible al abandonar un campamento, para aligerar la carga, con el agravante de que ahora hay plásticos y latas que no son biodegradables, y que contaminan y ensucian el campo. Es un escándalo cómo dejan los lugares donde establecen campamentos repletos de inmundicias. A las 13.00 reemprendimos la marcha, y enseguida, a los dos minutos, Anwar Khao, que iba el primero, vio carneros en la lejanía, frente a nosotros. Me pidió los prismáticos –él no tiene– y dijo que sí, que eran tres hembras de carnero. No obstante saqué el largavista, lo coloqué bien y vi que al menos dos eran machos. Lo puse en 60 aumentos y vi que los tres eran machos pero no parecían importantes por el tamaño. En esto llegó Adin Khao, que se había rezagado, miró por mi largavista y dijo que eran tres machos, como ya había visto yo.
Primera aproximación. Dejamos a Anwar Khao donde estábamos con los caballos para que no desconfiaran, pues a pesar de estar a más de dos kilómetros de los carneros pensamos que ya nos habrían visto. Adin Khao y yo comenzamos a pie la aproximación por el barranco del arroyo que corre desde el prado de los pastores nómadas hacia abajo. Paliza al canto, al menos un kilómetro de laderas y finalmente una subida de ahogo. Pero todavía estábamos lejísimos de ellos y le dije que teníamos que darnos la vuelta para hacerles la entrada a caballo, dando un rodeo grande por el N E, pero dijo que no, que llevaría demasiado tiempo. Nos bajamos de la peña a la que habíamos subido, y nos metimos por una cañada a la derecha para subir hasta el testero y volver a asomarnos. Todavía estábamos a unos 800 metros o más, imposible tirar e imposible la aproximación pues todo quedaba a su vista. Ni una mata, ni una depresión ni algo con que taparse. Era imposible acercarse más.
Nuevo intento a caballo. Con mucho frío y el viento en la cara decidimos esperar tumbados panza abajo a que se levantaran de siesta –estaban echados los tres– y empezaran a comer y a moverse, para en ese momento ver hacia donde salían y volver a intentar la entrada por otro sitio. Con mis prismáticos –el largavista se lo había dejado con todo el equipo a Anwar Khao– no se apreciaba bien la calidad de los trofeos, pero sólo uno podía llegar al metro de cuerna, los otros dos no darían mas de 70 cm, pues su perfil era muy parecido al pequeño que maté en Tien Shan. Esperamos desde las 14.45, sin que se levantaran de siesta, hasta las 16.30, en que por fin Adin Khao se convenció de que el día se nos iba y había que hacer la entrada a caballo, aunque sin dar tanto rodeo, pues los jacos podían llegar hasta donde estábamos nosotros sin ser vistos, y desde allí seguir tapados para darles la vuelta por detrás.
¡Qué alegría! Llamó por señas a su hermano que se iba acercando con los caballos. Hicimos el rodeo necesario y nos llegamos hasta un colladito –eran las 17.00–, descabalgó Adin Khao, se asomó y la cara se le iluminó. Me dijo por señas que descabalgara rápido y me asomara. Ya se habían levantado y comenzado a comer y moverse, con la suerte increíble de que se venían hacia nosotros. Plácidamente comían y con la cabeza gacha se desplazaban hacia el collado donde estábamos, del que distaban unos 250 ó 300 metros. Panza abajo nos desplazamos hasta el teso, no había nada con que taparse, busqué una piedra en el suelo, que levantaba unos 10 cm para apoyar el rifle, coloqué el gorro de apoyo y esperé a que el más grande se atravesara, pues estaba pastando de frente a mí. Se cruzó hacia mi izquierda, y de arriba a abajo le sacudí un pepino que acusó dando patadas y quedándose “amorcillado”, como los toros con un estoconazo antes de caer. Atravesado a mi izquierda le tiré otro tiro, pero como se había movido un poquito al primer impacto, mi segundo tiro pegó en una piedra que estaba a 5 metros delante de mí y no aparecía a través de la lente. Menos mal que la bala no rebotó, si no que salió desviada. Corregí la posición arrastrándome hasta otra piedra y le alcancé en el codillo, cayéndolo patas arriba. El primer tiro empanzado alto y el segundo en el codillo un poco trasero, a unos 250 metros de distancia en línea recta y con una caída hacia abajo de unos 30 ó 40 metros.
¡Qué alegría! Cuando ya parecía imposible lo había conseguido. Atrás quedaba una cacería penosa, difícil y dura como no recuerdo otra, llena de experiencias nuevas y muy interesantes, pero que parecía abocada al fracaso. Regresaba casi derrotado y sin esperanza, ¡pero “hasta el rabo todo es toro”! y hay que seguir luchando con fe en la victoria. La perseverancia y la suerte nos había proporcionada una ocasión, la única, y habíamos sabido aprovecharla.
Felicitaciones, fotos y urgencias para aviarlo pues se iba el día. El animal es bonito, gordo, con pelo largo pero pelechando algo. De capa mas obscura que el Karelini pero con collar blanco en los pechos, más claro que el de aquél, pero no blanco como el del Marco Polo. Muy contento pues todo el rececho me lo hice yo sólo. Adin Khao fue de acompañante con lo cual lo considero como mi graduación as a sheep hunter. A las 19.00, después de terminar de aviarlo, me preguntó Adin Khao si acampábamos allí, pero como dijo que estábamos a unas dos horas del final, decidí continuar hasta el campamento donde nos esperaban Víctor Surkov (el intérprete) y Vadin.
Al fin, de vuelta al campamento. Las dos horas se convirtieron en cuatro y completamente de noche, a las 23.00 llegamos al lugar donde nos esperaban, y desde el que habíamos salido ocho días antes. En el tramo final hicimos una bajada desde una altitud de 2.000 metros. hasta 1.200 metros. en una hora, por unas pendientes que de día yo no las bajaría a caballo. Pero como era de noche mi caballo seguía al de Adin Khao y al de carga, que abrían la marcha –Anwar Khao iba el último con el carnero– y yo no veía por donde nos metíamos, el caballo por si sólo seguía al de delante y yo me limitaba a seguir subido en él. Seguir subido ya era un triunfo pues me dolía todo el cuerpo, especialmente las piernas y las rodillas, pero me mantenía la idea de llegar y descansar del todo.
Agotado, hambriento, con dolor de piernas, hecho polvo pero contento y satisfecho por haber terminado la cacería con éxito, llegué al campamento de retén. Comimos pan, queso y el inevitable salchichón con té, saciamos el hambre que traíamos y brindamos con vodka por el éxito de la cacería.
Feliz con mi carnero podía descansar, aunque la mayor alegría era librarme de pasar otra noche en la pequeña tienda con la misma compañía y los mismos hedores. Quizás por extender las mantas –sudadas y resudadas mil veces– de los caballos cada noche en el suelo y sobre ellas nuestros sacos, el olor en la tienda era ácido, como rancio, a sudor, tabaco y porquería, algo insufrible. Por fin se acababan los ruidos guturales, nasales y otros peores, así como los escupitajos sin límite. Escupen para todo: expresar satisfacción, estar repleto de comida, enfado, contento, todo absolutamente todo puede ser y es reforzado con el signo externo del ¡escupitajo! Escupir refuerza los actos, pensamientos, estado de ánimo, forma parte del lenguaje corporal de estas gentes tan hospitalarias, pero es demasiado para convivir con ellas. No obstante nunca ponderaré suficientemente la hospitalidad, bonhomía y destreza para la caza de los kazakos y kirguises de Asia Central.