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Ramón Cariacedo Álvarez

Última actualización 26/08/2010@13:32:30 GMT+1
La afición a la caza creo que la llevo en los genes porque, desde niño, perseguía gorriones con el tirachinas, colocaba trampas, buscaba nidos, hacia dibujos de animales y lo anotaba todo en una libreta con entusiasmo y meticulosidad. Estaba pendiente de los cazadores cuando se dirigían al monte y cuando regresaban. Conocía todos los animales de la zona por su nombre e imitaba su canto, sus llamadas. Coleccionaba chicharras, grillos y todo tipo de insectos. Jugábamos con los murciélagos en los desvanes y con las mariposas y ranas en las praderas.
Luego tus padres te mandan a estudiar a la ciudad. “Libertad vigilada”, como digo yo. Y no te digo nada si encima estás interno ocho años en un colegio. Pobre libertad, con el único escape de las vacaciones. Recuerdo que llegaba al pueblo como un perro de caza el día de abrirse la veda. Al llegar el alba ya estaba yo con dos tirachinas cruzados del pecho y otro en las manos recorriendo el sotobosque, corrales, bardales y linderos. Adquirí tal perfección en el manejo de la citada “arma” que hasta alguna vez cace pájaros al vuelo, codornices y perdices a peón, inclusive una vez conseguí abatir un ánade real con la ayuda de un perro carea que era algo increíble y del que nunca me olvidaré. ¡Vamos!, lo más parecido a un indio apache.

Tenía a mi amigo, Óscar, que era casi peor que yo. No parábamos en casa ni para comer. Dos tragos de leche con “pitones” y ya estaba Óscar en la calle voceando: “¡Ramón!... ¿sales?”
La culpa de todas las averías que pasaban en el lugar, las pagábamos nosotros. Desaparecía una gallina, un queso o un mazapán que las mujeres ponían a orear en las soleras de las ventanas, como varias veces s cedió, y la culpa la pagaban los dos incautos. No fallaba. Lo malo era cuando llegábamos a casa que, igual sin comerlo ni beberlo, recibías un “mosquilón” o una varada en las piernas.

Recuerdo que en más de una ocasión, aún estando en el colegio interno y ausente del pueblo, pague culpas inciertas. Menuda fama tenía. Hasta de pequeñito me ataba mi madre a un banco, pero mordía la cuerda, como inquieto podenco, y ya estaba por las escaleras dando revolcones y rompiéndome la cabeza, intentando coger los pardales de la barda.

Pasan los años, terminas en el colegio y el poco juicio que vas adquiriendo con la experiencia del tiempo lo pierdes con la inquietud de la juventud. Que si me gusta ésta, que si éste es el buen camino, etc, etc. Te vas condicionando, aunque el amor por la caza y la naturaleza, gracias a Dios, al instinto, a la afición y a la pasión, lo llevo en lo más profundo de mi existencia y nunca lo he perdido. Es como algo íntimo, ancestral, primigenio, que como primera forma de vida te hace sentir, en algunas ocasiones, animal cazador antes que hombre, aunque no sea para sobrevivir –recordando a Ortega y Gasset­–.

Al ser de pueblo e hijo de un labrador y ganadero, aunque te encontrabas en la ciudad estudiando, los fines de semana te acercabas, aparte de para “mamar la teta” y ayudar en las tareas propias del campo, para salir al monte, buscando, observando y sintiendo la naturaleza en libertad.

Mi primera escopeta. El fin de semana que llegué a la cocina de casa y me encontré como regalo, encima de la mesa, una escopeta del 12 de pletina larga, casi me da un soponcio. Enseguida cogí mi pointer de 8 meses y por el prado de detrás de casa me dirigí al monte casi a la carrera.

Los primeros tordos que divisé en la lejanía ya los observé de una manera diferente, como mi gato cuando, desde la terraza de casa, mira sin pestañear las palomas que arrullan en el alfeizar de una ventana del edificio contiguo. Me parecían hermosos urogallos.

La comarca de Babia donde nací es un lugar privilegiado por su orografía y para la caza. Hay venado, corzo, rebeco, jabalí, lobo, algún oso y urogallo, liebre, zorro, perdiz rubia, pardilla y paloma torcaz principalmente y está muy cerca de la Reserva Regional de Somiedo. Con este rosario cinegético de oportunidades y la afición emanando a borbotones por todo mi ser, no es de extrañar que, estando lejos y a pesar de los años, aún añores y desees volver y pasar allí el tiempo libre de que dispones. Vas a otros sitios de caza, pero no es lo mismo. Allí tienes tus perros, conoces los sitios, las querencias de los animales, no hay cercados, te sientes más libre, como un corzo en su pago, porque a los cazadores yo creo que nos gusta hasta ser un poco territoriales y, además, también tenemos nostalgia y buenos sentimientos.

Terminas los estudios y, como en mi caso, vas destinado a otra provincia, a Barcelona. Piensas regresar cuanto antes, pero las cosas no salen como uno quiere. Te vas adaptando, aunque dando algún “bandazo” que otro, sintiéndote alguna vez como una paloma perseguida por una bandada de galfarros, pero qué le vamos a hacer, así es la vida.

Enseguida haces amigos, aficionados a la caza como tú, y como te vas defendiendo económicamente mejor, te informas y compras un rifle y un visor, realizando las primeras salidas a la caza del isard, en el pueblo pirenaico y leridano de Taull, cercano al Parc Nacional d´Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Me acompañó un guarda apodado el “Andarín”.

Con el rifle al hombro salimos camino del monte por el valle de Sant Marti. En un principio ya percibí que mi acompañante hablaba diferente, pero creí que sería debido al acento catalán.

Si la cordillera Cantábrica es difícil de repechar no digamos la Pirenaica, con mayores altitudes. La cosa es que, a la media hora de subir y subir, ya veía que el “Andarín” se iba quedando y sentando muy a menudo, llegando al fin a tumbarse y ponerse a roncar como un oso después de indicarle que me esperase allí hasta mí regreso. Había estado de juerga toda la noche y aún tenía resaca.

El rececho lo hice solito y en la vida tuve mejor suerte porque cacé un rebeco precioso homologado con medalla de oro muy sobrante. Lo peor, la paliza que me di con el animal al hombro, aunque al final ya me ayudó el “Andarín”. Por norma, nunca he dejado ningún animal abatido en el monte.

En otras ocasiones volví de caza con él y la verdad es que era un buen andariego, muy conocedor del terreno y de las costumbres de los animales, aparte de buena persona.

Más tarde ya te vas afincando en el destino: que si el dichoso piso, que si la mujer trabaja, que si los hijos se van haciendo mayores… y sigues condicionando tu vida si no quieres vivir solo y terminar como un viejo venado espantando las moscas con las orejas en lo más recóndito de la sierra, aunque para algunos igual sería mejor. Quién sabe… a veces el destino es caprichoso.

¡Al pueblo! A pesar de los años y con las canas en las sienes, sigues esperando las vacaciones como agua de mayo para regresar a tus orígenes y volver a sentir en tus correrías por el monte aquello que sólo los amantes de la naturaleza y de la caza sabemos vivir y sentir.

Se abre la media veda, tus padres, muy mayores, aún te cuidan los perros con cariño y sales al campo. No hay sembrados como antes, sobre todo en las comarcas de alta montaña, pero aún se encuentra alguna codorniz en las alfalfas y pacederos de secano. Las perchas son pequeñas pero los perros se entrenan y nos sentimos satisfechos disfrutando del entorno natural. También salimos a la paloma torcaz, pero añorando aquellos años en los que le cogía lentejas a mi madre de los costales que guardaba en las arcas del sótano para luego extenderlas en las rastrojeras y hacer aguardos bajo el robledal de las lindes.

En el pueblo de mi “costilla”, sito en la comarca del Bierzo, también de la provincia de León, con los permisos correspondientes, hacemos esperas nocturnas a los “muchachos de la vista baja”, como denomino al jabalí, en los maizales y viñedos de la vega, debido a los cuantiosos daños que causan en los mismos. Los resultados suelen ser muy positivos, haciendo luego reuniones y comidas entre socios cazadores y amigos.

Cada año por el mes de octubre volvemos para recoger las castañas en los sotos heredados de mis suegros y al mismo tiempo aprovechar la apertura de la “segunda veda”.

Damos ganchos y monterías, existiendo en general bastante buen ambiente, aunque el mundo de la caza, a veces, es muy puñetero. Juntamos la política, los problemas vecinales y alguno más y este cóctel repercute negativamente en el buen ambiente, compañerismo y entendimiento que debe reinar siempre entre camaradas cazadores.

Perdices de alta montaña. Cazar la perdiz roja en alta montaña siempre me ha entusiasmado y aunque es un rompepiernas y palpita corazones, cobrar una pieza silvestre en estos lugares tan agrestes es una satisfacción muy grande. Cuántas veces besé a mis perros agradeciéndoles su trabajo. Antes de estar protegida, también cazábamos la perdiz pardilla o charra y lo que más admiraba y me fastidiaba eran las quebradas tan inverosímiles que a veces daban. No las encontrabas en todo el día.

No me olvido de los ganchos que dábamos al corzo. Nos juntábamos cazadores de tres o cuatro pueblos y muchas veces con perros careas, de pluma, sabuesos y garabitos, obteníamos buenos resultados, disfrutando al final de meriendas copiosas, amenizadas con chistes y chascarrillos al lado de manantiales de agua fría y cristalina que aún frecuento en los recechos y excursiones solitarias. Lo mismo hacíamos para la caza del rebeco, utilizando la modalidad de la “fala”. Generalmente uno “falaba” y los otros nos colocábamos en los pasos obligados y estratégicos por donde habitualmente se fugaba el preciado animal. Lo malo es que tenías que portar la caza “a costillas” más de seis kilómetros. Cuando llegabas al destino y apeabas el animal hasta parecía que flotabas.

De vez en cuando hurgo en el baúl, cojo mis libretas y apuntes, observando aquellos dibujos y anotaciones con cariño, produciéndome una satisfacción que me sumerge nuevamente en el pasado, añorando aquellos días que no volverán pero que aún me hacen sentir el niño “cazador” que fui, lo privilegiado de mi infancia y el amor a la naturaleza que nunca me falta, para seguir dándole, creo yo, algún sentido más y bueno a la vida que terminará, ladera abajo, como un recuerdo feliz.

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