cabecera
Hemeroteca :: Edición del 01/09/2010 | Salir de la hemeroteca
30/31

Ramón J. Soria Breña

Última actualización 26/08/2010@14:12:06 GMT+1
El riesgo. En las sociedades subdesarrolladas el riesgo espanta y es cotidiano, objetivo, cierto, muchas veces terrible. Sin embargo en las sociedades postmodernas el riesgo es algo abstracto, estadístico, impreciso casi siempre y ahora se ha convertido en otra cosa, una forma de miedo sin amenaza, de riesgo sin consecuencia, de miedo y amenaza inocua.
El riesgo vende, es atractivo, pone en marcha en nuestra sangre la adrenalina divertida para olvidar rutinas urbanas, monotonías, trabajos sedentarios. Deportes de riesgo, viajes de aventura. Necesitamos despertar al cazador que acecha y es acechado, desnudarnos del traje de oficinista y saltar a la montaña, al torrente, al precipicio, al bosque oscuro o al parque de atracciones para sentir el miedo, el riesgo, esa adrenalina saludable que nos permitió durante miles de años no ser sorprendidos o devorados por los depredadores, no ahogarnos en el río, no morir de hambre. Han sido demasiados miles de años viviendo a salto de mata como para que ahora, en apenas unos siglos, nos acostumbremos con placidez a esta intemperie confortable tras el doble cristal climatizado. Por eso tiramos al monte. Por eso nos gustan esos deportes de riesgo o los viajes mal llamados de aventura. Necesitamos sufrir un poco la dureza del clima, de la naturaleza, del león que ruge y la oscuridad, las olas altas, el viento fuerte, la nieve perpetua. Es cierto, muchos humanos no, tal vez la mayoría, no echa de menos ese riesgo que muchas veces fue infortunio, esa adrenalina persiguiendo carne o siendo perseguido por la fiera. Muchos prefieren la lectura del periódico bajo la sombrilla de una playa tranquila, el hotel todo incluido en la primera línea de un paraíso y olvidarse de adrenalinas, pesadillas o misterios. Con la crisis ya tienen suficiente.

Pero no nosotros los cazadores, culos de mal asiento que enseguida estamos soñando con pasar mucho frío o mucho calor o mucho cansancio o muchos nervios o mucho miedo si en lugar de una liebre apuntamos a un “cafre” en la sabana. Nos aburre lo fácil, lo que no nos hace hervir la sangre, no perdimos aún esas ganas de sentir cómo se nos erizan los pelos del cogote y el corazón comienza a acelerarse como loco, no hemos llegado aún a ese estado civilizado de plácida mansedumbre dominical. No lo entendemos.

Y para practicar la caza extrema a veces no hace falta irse muy lejos, ni preparar el .416, ni escaparse al Kalahari o a Kodiak, basta con participar en una de esas batidas en Gredos en las que sólo valen las piernas para subir a lo más alto con todos los pertrechos con ventisca y bajar luego con el jabalí a cuestas por barrancos sin cuento. He visto a tipos jóvenes no poder subir más y no poder bajar tampoco por allí, derrotados, exhaustos, mal acostumbrados a monterías de tres pasos, todo terreno y reses a la carta. Y ahora, en verano, caza de verdad extrema, caza de riesgo, caza aventura es cazar conejos en La Mancha, en esos llanos de Toledo en los que el sol muerde en agosto como si fuera el trópico, cuarenta grados a la sombra, al sol ni imaginarlo, con el campo atiborrado de tábanos vampiro y garrapatas rabiosas que se apiñan en las orejas de los gazapos y luego se te suben por la camisa en busca de sustento. No es cuento. Entonces en lugar de llevar agua para beber llevábamos suero porque el calor y la deshidratación era tan rápida que la falta de iones en la sangre nos producían calambres insoportables. Cazar en esos llanos ondulados de La Mancha, sin sombra ni árboles, después de llevar andado mucho monte seco y espinoso desde las siete de la mañana hasta la una, con el sol de plomo hirviendo en el cogote, el zumbido de las chicharras, la luz intensa, de verdad desértica en los ojos y los conejos colgando de la cintura aseguro que es caza extrema y que acecha sin cuento la insolación y la deshidratación en poco tiempo. Sí, podríamos estar tras los cristales oscurecidos de una casa con el aire acondicionado refrescándonos la vida o al borde del mediterráneo con una cerveza entre los dedos pero estábamos allí tras los conejos, cono si en ello nos fuera la vida. Es posible que nos falte un poco de civilización, algún gen o algún tornillo por sentir placer en esa forma de caza, por querer andar siempre en el campo, truene, llueva, haga frío o calor extremos, no importa mucho. La comodidad apacible nos aburre y las cervezas de después de cazar, heladas, deliciosas, son lo mejor del mundo, cazadores sí pero no masoquistas. O un poco sólo.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (0)   No(0)
30/31
Comparte esta noticia  Compartir en Wikio Compartir en Del.icio.us Compartir en Digg Compartir en Technorati Compartir en Yahoo Compartir en Google Bookmarks Compartir en Fresqui Compartir en MySpace Compartir en Meneame compartir en Tuenti Compartir en Facebook compartir en Twitter

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoCaza.com
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.