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Su función y utilidades

La berrea

La berrea

Texto: José Enrique De Leyva CEPEDA Fotos: José David Gómez

Cazador y gestor de cotos de caza mayor, Enrique Leyva explica con sencillez y pragmatismo el fenómeno de la berrea y la utilidad de este periodo tanto para cazadores como gestores.

Cauteloso el venado grande, en dirección al próximo espigón de monte, que constituía su habitual camino de ida y vuelta al encame. Estaba situado debajo de unos riscos grandes cerca de la cuerda desde donde se dominaba una gran extensión de terreno.

Las primeras claras del día se vislumbraban por el este y el venado, tapado en un espesinal a media umbría, ramoneaba algunos brotes nuevos de acebuche.

Aún no se distinguía a diez metros cuando se dejó caer pesadamente debajo de la madroñera que le servía de cobijo.

Había cumplido los once años y lucía una poderosa cornamenta de dieciocho candiles y un metro de longitud, que era la envidia de sus competidores y la admiración de las casquivanas ciervas. Pero tan preciado trofeo era también codiciado por su mortal enemigo de dos pies, que provisto de un canuto largo, que tronaba como la tormenta, era capaz de partirle las costillas a todo aquel que no tomara las debidas precauciones.

Recordaba con terror como en dos ocasiones durante la época de amores había oído el estallido de algo que intuía mortal cerca de su cuerpo, seguido de un trallazo lejano. Su natural recelo a salir al descubierto habían sin duda dificultado el tino de sus enemigos. Desde entonces se dejaba ver poco fuera del amparo del monte, del que le costaba trabajo salir con luz, incluso durante los calores del celo.

En estas meditaciones estaba cuando oyó que cruzaban algo más bajo una partida de ciervas y crías, trayéndole unos efluvios que le causaron gran nerviosismo y desazón.

La ciervas entran en celo. Era la primera cierva brotada que olía desde hacía un año y la excitación le hizo levantarse, viendo costear por la ladera próxima la partida de hembras para perderse tras unas coscojas instantes después.

Aquel día descansó mal, inmerso en un estado de gran inquietud, que fue creciendo conforme se apagaba la tarde y se acercaba la hora de bajar a los llanos próximos.

Cuando las tinieblas llenaron el valle, tomó despacio la vereda del espigón a donde llegó poco más tarde, no sin haber cortado antes dos rastros, que le hicieron aumentar la ya abundante sudoración, despidiendo cada vez con mayor fuerza un agrio olor a azmizcle.

No buscó como en las noches precedentes las bellotillas que empezaban a gotear de los quejigos. Su nuevo estado no le demandaba alimentos por lo que tras apagar la sed en la fuentecilla del arroyo se dedicó con ardor a buscar aquellos rastros que le parecían más atractivos, y al coronar una pequeña loma que era su habitual picadero de años anteriores, echando hacia tras la poderosa cuerna, hasta rozarse los ijares, lanzó un berrido ronco, profundo y desafiante que atronó aquellas soledades en más de dos kilómetros a la redonda.

Durante unos días, como en años anteriores, fue el dueño absoluto de aquellas lomas, manteniendo una piarilla de hembras y crías dentro de sus dominios, no sin alguna que otra escaramuza de menor importancia con varios venados que pretendieron disputarle el botín.

Durante aquel tiempo no comió nada, se limitaba a beber a primera hora de la mañana y de la noche, permaneciendo echado durante el día tras las primeras matas de la mancha, para aguardar la bajada de su harén, que se encamaba algo más arriba. Su bajo vientre pegajoso y brillante, sus glándulas preorbitales, sus tarsos y su orina con mezcla de semen, marcaban un amplio territorio donde no permitía competencia alguna.

Tiempo de retirarse. Al sexto día, con una débil luna alumbrando tímidamente el escenario, un bramido nuevo sonó en la frontera territorial de nuestro sultán. La experiencia de años le indicó que un problema grave se avecinaba.

Parándose a intervalos, se acercó berreando y desafiante a su enemigo, al que encontró en una ladera de chaparras corneando una torvisca. Se trataba de un magnífico ejemplar, de cuerna gruesa de dieciséis puntas, cuello de toro y unos siete años de edad.

Los dos venados, después de mirarse bramando durante unos minutos, iniciaron una caminata en paralelo de unos cientos de metros, yendo y viniendo durante más de media hora, parándose sólo para berrear.

El dueño del terreno con más experiencia había tomado la posición ventajosa en la ladera, por lo que inició la pelea hacia abajo con todo el ímpetu de sus dieciséis arrobas, haciendo retroceder a su rival varios metros, pero esta vez el enemigo era muy fuerte y no se amilanó.

Durante largo rato, el choque violento de ambas cornamentas escandalizó el valle, levantando una gran polvareda. Ambos pretendían situarse a favor del terreno para ejercer mayor presión, por lo que los cambios de posición eran continuos.

Clavando en tierra los carnicoles de sus patas traseras y apretando a golpe de riñones, intentaban desestabilizar al contrario con furiosas arremetidas, mientras con los ollares dilatados tomaban el aire que empezaba a faltarles. Pero a la postre, la mayor juventud empezaba a imponer su ley y su mayor resistencia a tan tremendo esfuerzo.

Agotado, con las contraluchaderas rotas y algún que otro puntazo, el viejo patriarca inició un digno repliegue, dejando el campo libre a su victorioso enemigo.

La naturaleza había impuesto una vez más su inexorable ley, y una savia nueva iba a fecundar las hembras de aquel portillo, en un lógico relevo generacional.

Días más tarde, el gran trofeo era contemplado con admiración por Manuel, el guarda, y el afortunado cazador que, tras un complicado rececho, había tenido la suerte de abatirlo, pero su semilla había quedado en la sierra para mejora de las futuras poblaciones.

Había sucumbido con honor poco antes de iniciar un penoso declive físico, que le hubiese conducido a una muerte achacosa algún tiempo después, con su cuerna degradada.

Sus dieciocho candiles adornarán en lugar preferente, el hogar de ese aficionado, que lo enseñará con orgullo, rememorando hasta la saciedad el lance, justificando el arte y el sentido de la caza del venado en época de celo.

Muchas variables en juego. Sirva esta pequeña historia como marco para algunas consideraciones sobre la berrea del ciervo en los ecosistemas mediterráneos, pero pasemos a explicar con datos más técnicos el sentido de la berrea y sus ventajas para cazadores y gestores.

La sexualidad ha sido desde la aparición de la vida en nuestro planeta uno de los motores fundamentales de los procesos evolutivos, y el caso del ciervo viene a corroborar esta afirmación.

La berrea o brama, que es como denominamos los monteros la época de celo del ciervo, se produce en nuestro país desde finales de agosto hasta la primera semana de octubre, en función de variables tales como la latitud, densidades, edad y estado físico de la población
Los ciervos meridionales entran algo antes en berrea que los del norte, y los de mayor edad antes que los jóvenes.

Con densidades altas y sex-ratio desequilibrado, el periodo de berrea suele ser más largo, ya que se dilata el periodo en que hay ciervas brotadas y receptivas.

Es evidente no sólo para el ciervo, sino para un gran número de especies, que el estado físico de las poblaciones influye de manera notoria en los procesos de reproducción, y por tanto no es lo mismo una población con notorias deficiencias alimenticias que otra bien alimentada. Las ciervas muy delgadas no entran en celo, ya que su estado físico no aguantaría la preñez y menos aún la lactancia de un gabato.

Selección natural. La berrea, además de un espectáculo maravilloso, es el medio del que se sirve la naturaleza para su proceso de selección natural, pues en general cubren las hembras los ejemplares más fuertes y mejor dotados, a fin de transmitir genéticamente las mejores cualidades de la especie y su mayor resistencia al medio.

En los ciervos el mayor número de cubriciones en una población equilibrada las realizan los ejemplares con edades comprendidas entre cinco y ocho años, periodo en el que ostentan el mayor poderío físico.

En contra de la creencia general, el máximo teórico del trofeo de ciervo no coincide con el máximo vigor físico, ya que el cenit del trofeo en condiciones buenas de alimentación y de gestión se produce entre los diez y los doce años y a esas edades el poderío físico está en claro declive.

La importancia de la alimentación. En la naturaleza no hay ciencias exactas y las edades de máximos trofeos dependen de la duración en buenas condiciones de su sistema dentario, que le permita una rumia óptima, y dicha duración está en proporción directa con las condiciones de la vegetación natural que le sirve de alimento.

Está claro que a una vegetación dura y coriácea corresponderá un mayor desgaste dentario y por tanto una edad menor para iniciar su decadencia física y de la magnitud del trofeo.

Cada finca y cada zona es un mundo diferente en la gestión de la berrea y de la caza de los trofeos capitales, como ponen de manifiesto los análisis dentarios para averiguar las edades de los trofeos en distintos cotos de nuestra geografía.

La berrea es también la época ideal para realizar una caza selectiva fina en los cotos que buscan trofeos importantes, ya que es la época en que los machos que ocupan la mitad superior de la pirámide se dejan ver con mayor frecuencia al perder su habitual cautela y permiten una gestión selectiva que suele ser difícil el resto del año.

Un rececho en berrea para abatir un determinado trofeo, realizado como mandan los cánones en el maravilloso escenario de cualquiera de nuestras sierras, es una modalidad de caza inigualable, donde al espectáculo natural se une la pasión cazadora y el interés por el trofeo, que si llega a conseguirse difícilmente se olvida en la vida venatoria de un aficionado.
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