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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2010 | Salir de la hemeroteca
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Eduardo Coca Vita Dibujo: Pablo Capote

Última actualización 01/10/2010@11:59:38 GMT+1
Hace algún tiempo repusieron en la tele el episodio de “El hombre y la tierra” sobre el lince, imperecedero documental de Rodríguez de la Fuente de inagotables enseñanzas, entre ellas, la dificultad de los linces para alcanzar a sus presas, con un 65% de fallidos sobre corredores (principal dieta) y algo más sobre alados. Duro trabajo buscarse la vida sin armas ni tecnología que faciliten el diario comer.
Antes del reportaje, y sin relación de una cosa con otra, me habían preguntado en Cazavisión sobre la conservación de este félido y el papel de los cazadores en su defensa, cuestión crucial del plan de protección de la especie. Tras ver esa noche los sudores del viejo macho para alimentarse un día cualquiera, celebré haber contestado que nuestra misión era mantener al lince en estado puro, sin amortiguar su lucha por supervivir, difícil para linces libres, pero imposible para los nacidos y criados como reyes.

Soy amante del lince y su tutor a ultranza. Bellacos quienes lo plomean o lo trampean, y no digamos quienes lo envenenan. Pero no admito hacer de su protección un folclore, un carnaval ni una fiesta social continuada, como si todos los días fuesen sagrados para un ser más santo que el Dios que lo creó, terminando en el esperpento de honrarlo rayando en lo patético del rito político. Así, bautizos civiles de los alumbrados en jaulas, besuqueos y piropos a los cachorritos, sesiones fotográficas con la hembra parturienta clínicamente asistida o –por parar de contar– iconos de publicidad para causas encontradas e inverosímiles.

Y, por supuesto, tampoco comparto el oportunismo de vivir de la subvención canonjible, llevada al paroxismo en cuantía, plazo y seguridad de asignación, intocable hasta en tiempos de crisis. Antes se rebaja hoy la paga de las viudas que el biberón de los lincecillos. Cuando las cosas deberían tener su sitio e ir por su orden de prioridad en el marco ético que procede, porque –y pienso en Bibiana– ¡ay de quien se atreva a molestar a una “linza” en gestación!; más le valiera haber sido abortado por su madre en uso del derecho al cuerpo (propio y del hijo). Contrastando todo, además, con el fracaso de los medios ostentosos y costosos, pues la realidad muestra que donde se aplican planes oficiales pensionados merman los efectivos. Una estadística implacable de la imparable caída del censo campero de este felino que la moderna informática convierte en la línea quebrada de un rayo descendente. Como hablar de la bolsa en el último trienio.

Pese a todo, la Administración cerril y zote rehúye la alianza explícita con los cazadores por miedo de sus jefes al tizne de impopularidad. Cínicos idealistas muy dados a las imágenes que no quiten sufragios ni obstruyan pactos con progresistas duchos en poner la mano. Como contrapunto, y porque zurrarle al cazador da votos, se airean hasta la categorización los casos ­–crímenes sin indulto, quede claro– de quienes ametrallan linces, los ahorcan en lazos, los estrangulan con cepos o los empachan de estricnina.

Pero el lince no se protegerá eficazmente sin nuestra colaboración. No ya sin que lo cazadores lo respetemos por encima de las alimañas. Ni siquiera cazándolo racional y ordenadamente para trofeo. Si queremos linces salvajes, se imponen acuerdos con fincas de caza mayor y conejeras, igual que para el águila imperial o el oso (aunque al plantígrado lo rodeen distintas condiciones de hábitat y geografía). A los hechos apelo: mientras águilas y osos crecen, despacio pero crecen, el lince silvestre mengua donde más empeño pone y euros entierra una administración unida al ecologismo de su cuerda, ávido de pasta y pródigo en retórica, que desdeña a quienes saben y pueden preservarlo con mayor eficacia y menos gasto.

Y si esto digo de la estrategia con el lince en espacios públicos o cotos nacionales, qué diré de los artificiales. Suponiendo que los laboratorios consoliden sus resultados, podríamos estar sustituyendo la especie ibérica por otra poco parecida. Un animal de jaula o zoo, si no de circo. Destino al que parecen querer llevarlo tantos ignorantes de su vida y costumbres que se encandilan con los reportajes “linceros”. Algo así como una mascota de parques y jardines, un peluche sin afinidad con el gran gato peninsular autosuficiente, que acecha y mata sus piezas, no que las recibe seleccionadas y alevosamente ajusticiadas por el hombre –eso es crueldad, no la caza–, sin ayuntarse a su albur, sin expandirse por donde su instinto dicta, sin dejarse retratar ni filmar, vendiendo cara su intimidad. En fin, una pieza de creación divina y no un engendro manejado para la moderna arca de Noé. Lo que, de seguir por donde va, pasará también con los carroñeros, de trato avícola y sainados con despojos de matadero por el proveedor del muladar hecho corral de gallinas.
¿Qué naturaleza queremos dejar en herencia? Estamos obligados moralmente a transmitirla como es, no recompuesta cual si de una propiedad del testador se tratara y cambiando al antojo sus animales por muñecos de trapo y pajaritas de papel. ¿Linces de cristal? No, gracias. Se rompen con mirarlos. Los prefiero acabados a deshonrados. Antes extinguidos que prostituidos. ¡Hurra el lince en libertad!

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