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Última actualización 01/10/2010@12:46:15 GMT+1
Recuerda el autor a los distintos perros que compartieron su vida y la de su familia. Nos da sus nombres, orígenes, cualidades y cuál fue su final. En el fondo es un sentido homenaje que demuestra el cariño de los cazadores hacia sus perros. Sin duda un sentido relato que nos ayudará a recordar los perros que pasaron por nuestras vidas.

Francisco Cuenca Anaya

“Empapado en lágrimas te he traído hasta aquí, mi querida perrilla” (del epitafio en la tumba de una perra enterrada cerca de Salerno)
En 1971 Juan Ignacio Luca de Tena escribió “Mis amigos muertos”. El libro le gustó a mi padre y me recomendó que lo leyera; no lo hice, pero el título me sugiere el del artículo que hoy escribo sobre los perros que he tenido.

El primer perro cuya muerte he vivido fue “Pancho”, aunque murió antes de que yo naciera. De labios de mi padre escuché, mas de una vez, el relato de sus hazañas en “La Mangada”, y el de su muerte: murió de rabia hacia 1925.

En aquellos años la enfermedad era incurable y decidió sacrificarlo para acortar su agonía. Le dejó al guarda la escopeta y dos cartuchos y se fue para no oír los tiros. Plácido no fue capaz de cumplir el encargo. Cuando entró en la cuadra donde estaba encerrado “Pancho”, se le acercó, sumiso, buscando las caricias que siempre había recibido. Murió al día siguiente y se enterró al pie de un viejo chaparro en la falda del “Cerrillo”, cerca del cortijo. El chaparro, raquítico, pues crecía en tierra pobre, desapareció hace tiempo, pero el recuerdo del perro que no conocí permanece vivo.

Hacia 1960, regalo de un marchante de Siles, llegó a la casa familiar de Villarrodrigo, donde vivían dos hermanas de mi padre, “Kant”, un cachorro que se hizo un hermoso podenco: talla grande, color canela claro, con una estrella blanca en el pecho; lo cuidó siempre Ángel, el más pequeño de mis hermanos varones.

Una mañana, en el otoño de 1970, cazando con Miguel en la “Loma de la Puente” oí latir, el disparo y cesar los latidos; supuse que mi amigo había matado al conejo, pero quien murió fue el perro: los perdigones le alcanzaron de lleno. Di la noticia a mi hermano, que tuvo ánimos para dirigirme palabras de consuelo:
– “Kant” era viejo, con achaques, y la muerte evitaba el previsible sufrimiento.

Agradecí el gesto, pero sé bien lo que sintió la muerte de su perro.

Mis bretones. Siendo notario en Villanueva de la Serena (Badajoz), en la primavera del año 1976 compré un cachorro de epagneul bretón al que llamé “Pizarro” en homenaje a la tierra extremeña. Mostró buenas maneras en sus primeras salidas al campo, pero no pudo confirmarlas porque murió en el verano del año siguiente, antes de abrirse la caza de tórtolas, palomas y codornices.

Por entonces pasábamos los fines de semana en un chalet próximo a La Haba, un pequeño pueblo cercano a Villanueva.

Una mañana, al levantarme, vi que el perro no estaba en la caseta donde dormía, lo encontré pronto, en la carretera de Magacela, muerto. A mis hijos, entonces niños –la pequeña no había nacido– les dije que “Pizarro” se había perdido; hice la comedia de buscarlo recorriendo los alrededores con ellos.

Unos meses después compré dos cachorros, también bretones, que mis hijos bautizaron con nombres de héroes infantiles: “Marco” y “Teo”. Vivieron en una casa vieja, amplia y soleada, que compartieron con mis reclamos. Cuando me trasladé a Sevilla, en el verano de 1981, se quedaron en Villanueva; pero pronto compré un chalet en Alcalá de Guadaira, de donde era notario, y les preparé una habitación de la planta baja, exterior, cerrada con verja de hierro.
“Teo” fue desconfiado, huidizo, no supe el origen de sus resabios ni pude sacar de él ningún partido; se lo regalé a un amigo de Villarrodrigo, por si tenía mejor fortuna que yo. Murió poco después, asfixiado por el fuerte calor un día de verano.
“Marco” fue extraordinario; lo disfruté en “Los Barrancos”, la finca que mi amigo Eusebio tenía en Campanario; daba gusto verlo cazar en aquel paraje de La Serena, entre riscos y cardos. La mañana del 25 de diciembre de 1984 me llamó Salvador, que cuidaba el césped y la piscina, para decirme que “Marco” no estaba, había conseguido pasar entre los barrotes de la verja y luego bajo los alambres de la cerca.

Lo busco por todas partes el día entero recorriendo las casas próximas, fincas más distantes y hasta las calles del pueblo: no lo encuentro. A la mañana siguiente compruebo que el perro no ha regresado. En la “Venta del Junco”, que está en el cruce de la carretera de Granada con la de Morón, me dicen que el día 24 llegó un perro blanco y naranja y unos señores se lo llevaron en su coche. Sentí su ausencia definitiva como si hubiera muerto; en vano busqué consuelo diciéndome que lo habrían recogido buenas personas y viviría feliz con ellas.

“Pepa”, otra bretona. Para llenar el vacío que dejó “Marco” llegó a casa, en la primavera de 1986, “Pepa”, hija de “Chispi”, bretona de pura raza, que acompañaba a mi suegra en Villafranca de los Caballeros. Su hermano Antonio, cazador y amante de los perros, la había cruzado con otro bretón que acreditaba con papeles su brillante ascendencia.

Compartió con mi hija Isabel, también “cachorrilla”, cariño y juegos. De esta convivencia surgió una peculiar relación, la perra se erigió en protectora de la niña y no consentía que ningún desconocido se acercase a ella.

Por aquel tiempo yo cazaba, más que en mano, perdices en ojeo y palomas, tórtolas y zorzales desde puestos fijos y “Pepa” cobraba maravillosamente. Una tarde de febrero, año 1996, me acompañaba, como siempre, en el puesto. Ya caminaba con trabajo, un cáncer, del que la habíamos operado infructuosamente dos veces, minaba su vida. Derribo un zorzal, la perra llega hasta él, quiere traérmelo, pero no puede; sólo da unos pasos y se tiende, exhausta, en el suelo. La llevo en brazos hasta el coche, me entristece el regreso: sé bien que ésta será la última vez que cace con mi perra. Murió en la noche del 7 al 8 de junio, estuve junto a ella todo el tiempo que duró su suave agonía.

No quise que mis hijos la vieran muerta; al amanecer, con la ayuda del guarda y su hijo, la enterré en “El Salado”, la finca donde cobró su última pieza.

La llegada de “Aquiles”. Cuando murió “Pepa” llegó “Tula”; yo quería un perro por los inconvenientes del celo en las perras, pero a Isabel, que me acompañó a la perrera de Rafael, le gustó una perrita porque se parecía a “Pepa”. Fuerte, dócil, de buenos vientos, estas cualidades positivas tuvieron el contrapunto de su tendencia a retirarse, de modo que el aprendizaje fue lento y difícil.

Los progresos quedaron interrumpidos con la llegada de “Aquiles”, el podenco al que tantas veces me he referido en las páginas de TROFEO. Creció desmesuradamente su afición por los conejos en menoscabo de las perdices, hasta el punto que dejó de cobrarlas, ni siquiera las miraba aunque cayeran delante de sus narices. Además, cuando el perro entraba en alguna mata, ella se quedaba fuera, atenta, por si podía atrapar al conejo, como alguna vez hizo.

Este hábito fue causa de que muchas veces no pudiera tirar porque corría el riesgo de herirla, de modo que tuve que prescindir de ella, aunque no del todo, pues para que no se quedara todo el día en la casa, inquieta y disgustada, cazaba un rato con los dos perros y luego la dejaba en el coche.

En los últimos días del mes de marzo del año pasado “Tula” dejó de comer; al principio aceptaba alguna golosina, luego, nada. Los análisis dicen que no le funcionan el riñón y otros órganos vitales; el veterinario ni siquiera sugiere algún plan o medicina, el deterioro es irreversible; bebe mucha agua; sangra por todos lados, vomita. En la mañana del 4 de abril ya no puede moverse. Isabel está a su lado, la acaricia; me fijo en sus ojos, sin brillo, inexpresivos. A las 11, muere.

Le digo a mi hija que la vamos a incinerar. En el Ayuntamiento me han informado de que en la carretera de Alcalá hay un crematorio.

Contesta que prefiere enterrarla para saber dónde quedará su cuerpo. No es cosa de contradecirla aportando otros argumentos, que el mundo de la razón nada tiene que hacer en el de los sentimientos. La enterramos en “La Mangada”, la finca de la familia donde aprendí a cazar, como mis hermanos, mi padre, mis abuelos. Son casi 400 kms de camino, me acompaña mi mujer.

Durante el viaje, y muchas veces más en los días y noches siguientes, se avivan mis recuerdos; y porque he vivido doce años con la perra, vuelvo a vivirlos. Ahora veo las cosas de otra manera y me duelen las veces que la dejé sola, no haber sabido educarla mejor, que fuera siempre perdedora en su comparación con “Aquiles”, no pagar con la misma intensidad el incondicional afecto que me tenía. Siempre ocurre así cuando te deja un ser querido: se lamenta, cuando ya no es posible rectificar, lo que se hizo o no se hizo.

Llegamos al atardecer; mi hermano Ángel y un amigo han abierto la fosa cerca de la casa, junto al tronco de un pino, que he visto crecer durante setenta años. Es profunda para que no puedan llegar al cuerpo las zorras o los jabalíes. El olor de la tierra mojada se mezcla con el de las lilas, muy cerca lucen espléndidos ramos cuatro o cinco arbolillos.

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