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Por la abundancia de reses y el ajuste en los precios

Última actualización 25/11/2010@14:36:24 GMT+1
En esta tercera temporada de la crisis, la montería comercial parece animada. LAs reses abundan y tienen calidad y los precios de los puestos parecen que se han ajustado por fin al mercado.

José I. Ñudi

Con el inicio de la temporada general la montería se convierte en el mayor espectáculo de la caza mayor española. Posiblemente nunca hubo en España, en todos sus rincones, tanta caza mayor como ahora, principalmente jabalíes y venados, las dos especies que mayormente la hacen posible.

El abandono del campo por parte de sus habitantes, que mantenían a raya tanto el monte como a sus pobladores más agrestes; algunas repoblaciones de venados a cargo, generalmente, de sociedades de cazadores; y el cuidado de las fincas de caza mayor, entre otras razones, han originado esta abundancia de reses, haciendo posible la celebración de cientos y cientos de monterías, batidas y ganchos.

Podemos diferenciar, a grandes rasgos, cuatro tipos de monterías: las sociales; las que organizan distintos clubes monteros sin afán de lucro; las de invitación y las comerciales.

Las primeras son las celebradas por las sociedades de cazadores por toda la geografía española. Se caracterizan por su elevado número de puestos y celebrarse generalmente en terrenos abiertos propiedad del ayuntamiento del municipio y de algunos vecinos que los ceden casi gratuitamente. Quizá por eso la calidad y cantidad de cervuno no es elevada, pero sí suelen cobrarse excelentes macarenos.

Las celebradas por los clubes monteros ya tienen más calidad puesto que alquilan manchas con ciertas garantías y por supuesto a precios más elevados que las sociales.

Las de invitación pueden o no, en función de la finca, ser de mejor o peor calidad, pero en cierto modo resultan muy agradables porque son exclusivas y su promotor se vuelca para que sus amigos lo pasen bien.

En cuanto a las comerciales, también las hay para todos los gustos y precios. En cierto modo son las más asequibles porque la única condición para participar en ellas es pagar el precio estipulado por el organizador. En las demás sólo podrán participar quienes pertenezcan a la correspondiente sociedad de cazadores –casi siempre cerradas a monteros ajenos a los municipios de origen–, a un club montero o tenga amigos con fincas.

En cualquier caso, la pasión montera es la misma y en todas se respira un buen ambiente, aunque las comerciales suelen ser más impersonales.

Predominio de la montería comercial. También la montería comercial, guste o no, al menos desde los años 80, se ha ido quedando con las mejores fincas monteras. Y es lógico porque a la mayoría de los propietarios les viene muy bien el dinero que le dan por su montería, máxime cuando el campo siempre ha sido un negocio ruinoso.

Pero la crisis económica que llegó hace tres años produjo una debacle en la montería comercial. El dinero, que fluía abundante como el agua de los barrancos en invierno, dejó de correr. Los puestos no se vendían, se suspendieron muchas monterías y los propietarios optaron por guardar sus fincas esperando tiempos mejores porque, ¿qué propietario no cree que su finca es la mejor del mundo?
El primer año, la crisis sorprendió a todos: monteros, organizadores y propietarios, aunque todos rápidamente buscaron, sobre la marcha, una salida airosa al negro panorama. Los monteros presionaron buscando rebajas en sus puestos, los organizadores suspendían monterías, devolvían señales y hablaban desesperadamente con los propietarios intentando renegociar los precios de las fincas. Cada cual se protegió del temporal como pudo. Esto ocurrió en la temporada 2008-2009.

El año pasado todos se prepararon de alguna forma ante la segunda temporada de la crisis. Los organizadores buscaron fórmulas para hacer más atractiva su oferta, pero al mismo tiempo renegociando precios con los propietarios. Redujeron el número de puestos de muchas monterías, así como sus precios, se echó menos comida en el campo, se redujo la calidad del catering, etc. Aún así, como el mercado seguía sin liquidez, muchas monterías no se dieron. Los propietarios las reservaron a la espera de tiempos mejores y otras se reconvirtieron en monterías de invitación.

Por ejemplo, el año pasado no se montearon fincas tan prestigiosas como Los Alarcones, El Bravo, Cerrajeros, Navalahiguera o Puerto Alto, previstas este año en el programa de Sierracaza S.L., dirigida por Antonio Gómez Cuenca.

Y llegamos a la temporada en ciernes, donde los ajustes se han hecho con mucho tiempo. Los puestos siguen de rebaja y muchas fincas han cambiado de organizador. Aún así, el número de monterías comerciales prevista es altísimo y muchas llevan una o dos temporadas sin montearse.

Y parece que hay un poco más de alegría, a lo mejor porque los ajustes han tocado fondo. Una mancha, por mucho que se rebaje, no se puede dar por debajo de su precio, que lo tiene y no es bajo si las cosas se hacen medianamente bien. Hay que pagar una guardería, mantener una infraestructura y, si hace falta, echar comida a las reses, entre otros asuntos.

Según Juan Bautista, de Cuesta y Toledano, organización que este año celebrará 18 monterías, “los precios han bajado este año sobre un 20 por ciento, lo que sumado a rebajas anteriores, hace que hayan descendido entre un 30-40 por ciento respecto a los años dorados”. También es optimista ante la venta de los puestos, pero sin dejar de tener los pies en la tierra: “Habrá regateos, pero los puestos, al final, creo que se venderán”.

Otras organizaciones como Agrocaza Onubense, que opera en la provincia de Huelva y este año sólo dará 6 monterías, ha optado incluso por la fórmula de la res abatida. Da por ejemplo una acción de tres monterías por 1700 euros en la que garantiza al montero un mínimo de tres reses, entre venados y cochinos, entre las tres monterías. Si no las abate, lo hará después en rececho o espera.

Pepe Colorado, organizador (Bosques y Caza) y autor todos los años de la Guía de Monterías que regala este mes TROFEO, reconoce que son muchas las monterías que ofrece el mercado –cerca de 500, como en los tiempos gloriosos– y que probablemente no todas se den. Ha observado también que bastantes fincas han cambiado de organizador, que algunas organizaciones han desaparecido, pero “han nacido otras”. Lo que sí percibe nuestro experto es que algunas monterías se están vendiendo por debajo de lo que valen. “Con muchas fincas ya no se pueden hacer más ajustes porque es lo que valen, y organizar algo para perder dinero no tiene sentido”, afirma.

Algo parecido opina Antonio Vargas, gerente de Gescaza, la organización que sigue celebrando monterías de muchísimo nivel: “Hay fincas muy cuidadas que cuestan lo que cuestan y los puestos no se pueden regalar”.

Vargas resume la situación de una forma muy elocuente: “Antes se vendían las monterías como se quería, y ahora como se puede”, y esto obliga a las organizaciones y propietarios a hacer lo que sea. “Ahora se han puesto de moda, en las fincas que no son espectaculares, lo que se llama la “invitación compensada”, y es que te invitan pero el guante vale casi lo que un puesto”.

Vargas, que se ha movido y se mueve en los sectores más altos de la montería comercial, comenta algunos cambios de conducta: “Hay monteros que siguen teniendo un alto poder adquisitivo y sin embargo no quieren esas monterías carísimas, más que nada por no hacer ostentación en una época en la que mucha gente lo está pasando mal. De modo que en vez de ir a una de cinco mil euros, contratan varias de 1.500. Eso no quiere decir que no se sigan celebrando en España monterías que se sitúen entre los cuatro y seis mil euros, aunque ya son muchas menos”.

Al igual que muchos monteros se han tenido que acostumbrar a monterías más baratas si quieren seguir monteando, Antonio Vargas afirma que el montero que está acostumbrado a lo bueno, “a esas monterías de 18-20 puestos y trato exquisito que ya no puede permitirse, no suele ir a esas otras de muchos más puestos y peor calidad, prefiere quedarse en casa”.

Un amigo montero me explicaba lo que ha pasado y sigue pasando de una forma muy gráfica: “Mira, antes de la crisis, por poner un ejemplo, un millón de euros terminaba en el campo. Pero de la noche a la mañana, ese millón se convirtió en 300.000 euros, provocando una dura reestructuración a todos los niveles. No creo que la montería recupere esa alegría económica de años atrás, pero se está produciendo un nuevo equilibrio, las cosas empiezan a costar lo que manda el mercado en este momento y esto devuelve la confianza a la gente a la hora de gastar. Además, llevamos ya tres años de privaciones y eso es mucho para los monteros más apasionados”.

Muchas reses. Según todos los indicios, la temporada promete en cuanto al número y la calidad de la reses. Este año se han unido dos circunstancias positivas: por un lado, una primavera magnífica, con mucha comida, y por otro que muchas fincas llevan uno o dos años sin montearse y eso ayuda a que haya más reses y que venados y cochinos tengan más edad, y esto se traduce, sobre todo en los guarros, en mejores trofeos.

Así lo confirma Juan Bautista Toledano: “Por lo que he visto, hay muchos y buenos venados, y también cochinos”.

Antonio Vargas también es optimista, pero comedido: “Ciertamente ha habido una buena primavera y los árboles han dado un estirón importante. También hay bellotas... pero no me atrevería a decir que el año es excepcional. El verano ha sido muy caluroso y eso no es bueno para las cuernas. En cualquier caso el año no es malo”.

La carne de caza, al cierre de estas líneas, estaba en torno a los dos euros por kilo, un precio que si se mantuviese a lo largo de la temporada aliviaría un poco los balances de las organizaciones monteras. Esperemos que así sea, y para ello es labor de todos potenciar el consumo de esta carne excepcional, empezando por nosotros mismos.



¿Podrá la afición sola?

Alfonso Aguado Puig


Aunque todavía, a la hora en la que se redactan estas líneas, no hemos superado la estación estival, ya se nos está haciendo excesivamente largo el verano a los rehaleros, y mucho más si hablamos de los andaluces.

No es sólo porque aquí las temperaturas aprietan de verdad, sino porque este año, de forma injusta, la Administración nos ha metido un par de puntitos más a la cincha para dejarnos, anímica y económicamente, sin respiración.

De todas las novedades legislativas en materia de sanidad animal que estamos padeciendo en Andalucía hablábamos en el artículo publicado en esta revista el pasado mes de julio, pero sin embargo, todavía no habíamos palpado la realidad de sus efectos, me refiero a los económicos y sus consecuencias.

Creo que desde el nacimiento del Estado de las autonomías, que empieza a andar allá por los 80, en Andalucía se interpretó (mal) que la tenencia de una rehala equivalía a un alto estatus económico. En otras comunidades han sido más realistas y ello se ha traducido en el trato y la consideración de su régimen legal y económico.

Y ello es así porque en la actualidad, más del 80 por ciento de las rehalas pertenecen a trabajadores por cuenta ajena, muchos de ellos ahora en paro.

Desde que se empezaron a emitir las primeras licencias de caza de rehalas para cada autonomía, esta consideración se tradujo en el importe de las tasas.

La inercia de esta política nos lleva a que en la actualidad en Andalucía se paga de licencia de rehala al año unos 277 €, y en Extremadura creo que no llega a 20 €.

Como soy de letras a lo mejor pongo una barbaridad, pero creo que la diferencia por llevar a cabo la misma actividad deportiva en una comunidad colindante con la otra es de más de un 1000 por cien.

A quienes no conozcan Andalucía y Extremadura y su fauna cinegética, les garantizo que los jabalíes y venados son del mismo tamaño, los montes parecidos, y la forma de montear común. Más allá del prejuicio ignorante no hay razón que justifique este agravio.

Y por esa misma inercia, a los rehaleros andaluces nos toca este año, sin riesgo sanitario que lo justifique, soportar el doble de gasto sanitario en vacunación antirrábica, así como tener que sacar pasaporte europeo a los nuevos cachorros –aunque no vayan a salir de España–, sin olvidar el tratamiento desparasitario obligatorio, que en otras autonomías sufraga la Administración.

Y como decía antes, desde nuestro último artículo hemos tenido la oportunidad de bajar a la realidad, a la calle, que es donde se viven los efectos directos de esta política.

Auténtico desasosiego.

El ambiente en el mundo de la rehala en Andalucía es de auténtico desasosiego, de desilusión, ante esta temporada que entra.

Yo no recuerdo –y nací en casa de un rehalero– un comienzo de temporada tan pesimista en este mundillo. La sensación que se palpa es que muchas rehalas se están planteando si seguir existiendo o no, lo cual sin duda para algunos será una alegría. ¡Qué error!
Desde siempre tener una rehala ha sido el equivalente de gasto en tiempo y dinero. Quienes desde la Administración en algún momento han pensado que estaban ante una actividad económica no estaban equivocados porque echar dinero a un pozo también es una actividad económica. Ruinosa, pero lo es.

En la vida diaria son muchos y de diversos puntos de Andalucía los rehaleros con los que tengo el gusto de hablar en directo y por teléfono. En otras campañas todos andaban apurados, como siempre, por estar al día en el cumplimiento de la extensa y deficiente normativa que nos afecta. Ahí me defendía bien con mis limitados conocimientos jurídicos.

Todo era, más o menos, cuestión de echarle tiempo y un dinero curioso al asunto. Aún así la inminencia del comienzo de las monterías anulaba todos los agravios. La ilusión era palpable. Detrás estaba la afición para empujar.

Pero este año es distinto. En la situación actual es muy difícil ayudar. Además de la situación de crisis que casi todos padecemos, la puntilla ha venido con la vacunación antirrábica anual y el pasaporte obligatorio, unido todo ello a un notable incremento de los precios promovido por el Consejo Andaluz de Colegios Veterinarios. Todas las conversaciones que hemos tenido este verano han ido dedicadas a la dificultad económica para sufragar el gasto de la vacunación antirrábica de todos los perros. En muchos casos la dificultad se convierte en imposibilidad. ¿Qué hacer ante esta situación?
Ver a un hombre que es capaz de estar monteando cuatro horas en un jaral que le triplica en altura, bajar a un agarre o a arrastrar una res a un cortadero, de los que se queda luego hasta las diez de la noche esperando perros, ver que ese hombre, pura afición, duda si poder seguir monteando con sus perros porque no puede mantenerlos, es muy duro, sobre todo si la causa es una serie de normas injustas y por tanto inexplicables en base al sentido común.

La Administración, precisamente ahora, es cuando tiene que cambiar el cliché, ser más cercana con sus ciudadanos, remangarse y echar una mano, como lo ha hecho con otros sectores.

Ha sido un tremendo error doblar los costes de los tratamientos sanitarios de las rehalas en Andalucía ya que no hay causa sanitaria que lo justifique, pero estas decisiones son revisables. No esperen a que lo tenga que decir un Tribunal.

Uno no pierde la confianza de que la Administración andaluza en general y la Consejería de Agricultura y Pesca en particular, entren en razón, pero puede ser que cuando lo hagan hayan perdido gran parte de lo que, como patrimonio cultural, actividad deportiva y tradicional en nuestros montes, tiene la rehala. Para algunos se terminará un modo de vida.

Entonces el daño será ya irreparable y la responsabilidad muy concreta. ¿Podrá soportar esta situación la afición sola?

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