Eduardo Coca Vita Dibujo: Pablo Capote
Última actualización 28/10/2010@11:23:09 GMT+1
Los cazadores llanos y cumplidos amamos a los perros ilimitadamente. Los hay también malvados hasta la médula. Pero pensemos en los perreros que, noche por todo el mundo, buscan alguno perdido. O que se echan a cuestas los heridos y agotados.
Sin ir a la zaga los que dejan de cazar por un plomazo al perro; aquellos que portean agua para no probarla mientras haya perro por beber; o quienes llegan a perecer en ríos, acequias, pozos… ¡por librar al perro! (raro el año sin noticias así). Y qué sincero suena ese angustioso “¡cuidado!” enervante de los colegas que apuntan a donde hay perros. O el “alto!”, “¡quieto ahí!” o “¡ven aquí!” intimidatorio de los propios perros en márgenes de autopistas o pasos a nivel, hasta terminar sujetándolos en la aglomeración de coches o escopetas y tomándolos de la mano al cruzar vías o carreteras.
Los perros de caza (nunca tuve otros, pero de caza siempre hubo en mi familia) son mi inagotable fuente de meditación e inspiración. He escrito mucho de ellos, aunque no todo lo pensado. Y a cada momento me salen comparaciones a su favor o elogios sin competencia. Los perros de caza me dominan. Lo mismo los de muestra y rastro que los de acoso y cobro. La publicación que más me honra, “La podenca de mi padre”. El relato que más lamento no ver impreso, “Conmovedora carrera de Ckori Soncko”. Las lecturas que más anoto y subrayo, las de perros. Y las conversaciones de caza que de verdad me encienden, las de gestas de perros que, superando lo razonable, llegan a velar el cadáver del cazador, regresan a su perrera tras maratónicas carreras de obstáculos o salvan a niños extraviados.
He vivido acontecimientos tristes últimamente: el tiro accidental a Mora en La Gaspara (7/12/09) por un familiar acompañado de los nietos que criaron a la perra; el conocimiento de una condena a tres cazadores (?) que martirizaron al cachorro de otro (“cobardía y vileza de los que se ensañaron con un grifón de cuatro meses, encerrándolo y matándolo en venganza de su dueño, aprovechándose del animal indefenso para su revancha”); la agonía entre mis brazos de un perro de montería destripado por un jabalí el 21 de noviembre de 2009 en San Juan de la Pavorosa (página de junio); las amenazas a un perro perdido que daba ya por ejecutado (vid. más adelante); un juicio en Cáceres por acuchillar en el propio domicilio al cocker de la casa desangrado en el portal; etc. Pero junto a tanta desgracia deprimente y tamañas vilezas de canallas donde los haya, también próximamente trataré de exaltaciones de perros cuyos dueños los erigieron en literatos. Citas felices junto a memorandos de penas.
Aunque no puedo juzgar relaciones no vividas (perros guía o policía, perros de rescate o defensa personal, perros y pastores, etc.), yo idealizo la unión de cazador y perro como el sumo del lazo hombre-animal. Lo que veo más artificial es lo del perro pasatiempo o juguete, perros “de consumo”, motivo de un crudo artículo (“Bandoleros de cuatro patas”, en “Cuando éramos honrados mercenarios”, pp. 256-8), donde Reverte acusa duramente a la sociedad urbana (“pasaron de ser cachorrillos mimados un día de Reyes a molestia de amos irresponsables que los abandonaron a su suerte”) y que me recuerda mis artículos sobre animales. Así, cuando leo: “La muerte de ciertos seres humanos me tiene a veces sin cuidado, pero la de un perro no me deja indiferente. Siempre sostuve que son mejores que las personas”. Y más explícito resulta el genial académico en “Los perros de la Brigada Ligera” (página 429-31 del mismo tomo): “Insistir, a estas alturas, en que aprecio en general más a los perros que a los hombres es una obviedad que no remacharé”, pues “si la raza humana desapareciera, la tierra ganaría mucho en el cambio; mientras que sin perros sería un lugar más obscuro”.
Y para cierre, una noche de angustia bien superada finalmente. En la tarde del viernes 4 de diciembre de 2009, seis días después de mi montería familiar (sábado 28 de noviembre), ayudado una vez más por los Tribaldo, perreros a ciencia y conciencia, me entero de que en finca cercana había un perro abocado a morir por incordiar al ganado. Como era seguro que en Ruilobo se recogieron todos, cursé a Pedro Tribaldo este mensaje: “Desde el lunes tarde hay en XXX un perro de collar amarillo y azul. Por si sabéis de quién pudiera ser”.
Tiempo le faltó a Pedro hijo (ya es también padre) para, alborozado, telefonearme: “Es nuestro. Lo llevamos buscando desde el domingo 29. Se perdió en la Atalaya y sin duda acudió adonde estuvo el camión en lo tuyo”. Al amanecer, faltándole tiempo, fue a recogerlo, demostrándose otra vez el amor a las rehalas de cazadores y perreros. Qué alivio más grande recibí con su expresivo “ya lo tenemos”. En la finca de marras sabían por dónde vagaba, pero sin echarle mano. Había planes de acercarse lo bastante para mandarlo al limbo. Suerte de llegar a tiempo el dueño. Pude dormir durante el puente antes de volver al trabajo el miércoles. Y eso que nada mío se jugaba. Bastaba con que peligrara la vida de un perro.