Consejos cinegéticos para inexpertos
Última actualización 25/11/2010@14:35:09 GMT+1
El autor es un consumado perdicero que repasa en este artículo qué debemos tener en cuenta a la hora de cazarlas.
Texto: José Luis Martínez
Foto de apertura: Ramón Arambarri
A la vista de una posible prometedora temporada perdicera, y estimulado por el hacedor de esta revista, J. I. Ñudi, que me anima a escribir sobre patirrojas, hoy lo hago con intenciones meramente didácticas. La pasión, casi siempre inevitable, tratando sobre la “roja”, supongo que permanecerá ocluida. Ya veremos.
Aclaro que mis consejos van dirigidos a los perdiceros en ciernes, a los jóvenes o primerizos; se sobrentiende que los veteranos no precisan consejos de ningún tipo. Así pues, los que sacarán más provecho de la presente lectura son los que se inicien esta temporada y los que son más o menos novatos en el arte de cazar patirrojas.
Siento iniciar la perorata con mis, ya expuestas en otras ocasiones, opiniones pesimistas –realistas– sobre el pájaro más carismático de la caza menor, porque las perdices a las que me voy a referir son las genuinas, y de éstas, creo, aunque parezca extraño, quedan pocas en España. Es posible que mis jóvenes lectores, y quizá no tan jóvenes, sepan más de pájaros estabulados que de perdices silvestres. ¡Quién podía imaginar, hace tan sólo treinta años, que tendríamos que establecer clasificaciones en este ámbito cinegético! Y ¡qué doloroso resulta reconocer tan fatal realidad! Pero, a Dios gracias, aún quedan perdices en algunos páramos y sierras de nuestro país. Sin más: el cazador que suscribe las sigue cazando. Soy consciente de la gran suerte que tengo. Aprovecho para exponer que no tardé en darme de baja en un afamado coto donde abatí una perdiz imitada con gallinaza en sus patas; me causó especial dolor porque en el término municipal al que me refiero había cazado mi abuelo y mi padre, ¡qué rabia me entró!
¿Son útiles los consejos que prosiguen para cazar aves de granja? Desde luego que no, porque sin el atávico instinto defensivo, característico de nuestra protagonista, su caza no exigiría estrategia ni táctica alguna. Con un perro normalito iremos levantando granjeras, una tras otra, sin apenas mover las piernas. Un paseo por el parque.
Pero olvidémonos de voladeros para centrarnos en esa maravilla avícola que puso la providencia en nuestras parameras; esa joya silvestre con alas, fusión de tierra y cielo, cuya caza no halla parangón con ninguna otra. Por algo apuntó el maestro, D. Miguel Delibes, observando la elemental clasificación de la caza, mayor o menor, según su tamaño: “... tendríamos que llamar mayor a la perdiz y menor al elefante”.
Estrategias defensivas. Para abrir boca vamos a comentar algo sobre su capacidad defensiva, su principal característica: una perdiz que cae al suelo completamente muerta no suele presentar problema de cobro –más tarde comprobaremos que también puede plantear complicaciones–, pero si cae herida, alicorta o algo pegada, no sueñe su pretendiente en colgarla en la percha hasta que no la tenga en las manos.
El astuto pájaro, más o menos malherido, exhibirá una serie de argucias que, a veces, ni el mejor perro sabe resolver. En una ocasión, cazando en mano con unos amigos, vi a uno de ellos descolgar una patirroja que cayó alicortada cerca de mí, vi al perro de mi compañero –un drahthaar buen cobrador y de boca blanda– descender por la ladera y atrapar la fugitiva en pocos minutos. El can subía con la perdiz, viva, entre sus fauces para entregársela a su dueño, pero al pasar junto a unas huras de zorro, la perdiz se soltó en el momento más oportuno y se metió en la raposera. Allí se quedó. ¿Quién le dijo a la prófuga que debía de dar el impulso para escaparse de los maxilares caninos en ese preciso momento? Acontecimientos similares me han ocurrido muchos.
Es posible que su providencial mimetismo también le sirva para defenderse, si bien, una vez muerta, a nadie, salvo a la raposa, aprovecha en caso de perderla. Dejar perdices muertas que han caído como trapos, aunque parezca increíble, algunas. He aquí un ejemplo: cazando con mi primo Javier, abatí una que cayó fulminada en un barbecho delante de nuestras narices y las de los perros; acuden éstos, por cierto muy buenos, al lugar exacto donde había aterrizado la voladora, y nada de nada, como si se hubiera sublimado. Estaba allí, pero ¿dónde? Ni la vimos apeonar ni volar. Tan indeseable ejemplo puede parecer casual pero no lo es, me ha sucedido varias veces, aspecto desconcertante que multiplica la admiración que siento hacia la protagonista.
Prácticamente pisar una perdiz, permaneciendo ésta pegada al suelo para volar después en el momento en que el de la escopeta se encuentra a unos cincuenta metros, cuando el tiro resulta imposible, es una treta más que frecuente. Cuántas veces, al atravesar un barbecho, he pasado al lado de un bando que permanece aplastado, iniciando el vuelo cuando ya había pasado de largo y el tiro era de todas imposible. ¿Qué misteriosa cualidad une a las doce componentes del grupo para que todas actúen igual?
En días nublados, grises, uno puede acabar con los nervios crispados. En jornadas así es imprescindible multiplicar el sentido de la vista y el oído porque las tendremos fuera de tiro sin darnos cuenta. En días así es preciso encarar la escopeta con rapidez hacia el zurrido que emite el pájaro antes de avistarlo, si lo hacemos al revés –ver, encarar– llegaremos tarde o no llegaremos.
Sólo o en cuadrilla. Si he comentado que los más interesados en las presentes opiniones que expongo son dirigidas a los jóvenes, he de manifestar que son poseedores de determinadas cualidades psicofísicas que deben aprovechar: La potencia física, la ilusión y el entusiasmo. Sin unas musculosas piernas que permitan ladear y atravesar barrancos y barbecheras es imposible lograr el éxito; el entusiasmo permitirá superar los posibles contratiempos que se puedan presentar porque esta clase de caza es muy dura, exige sacrificio físico y a veces moral. Con frecuencia se fracasa en el intento, aspecto que determina la categoría del aspirante a perdicero: quien fracasa espera con ilusión la próxima jornada, y, por supuesto, cuando se cuelga una sola perdiz en la percha la ilusión se restablece. Una perdiz fetén es un trofeo.
Aunque también he cazado con cuadrilla, “en mano”, he sido un cazador solitario, siempre he huido de compañías carnavalescas y follones; si salgo con otros cazo a disgusto, me muevo mal y tiro peor. No gozo. Otra cosa es una cuadrilla bien compenetrada en la que cada componente del grupo cumple con su función. No obstante aconsejo a todo perdicero que imite mi actitud, que cace solo, conocerá así su verdadero alcance como cazador; con buenas piernas, intuición y tenacidad es posible conseguir una captura meritoria. Además es más meritorio mover las perdices en solitario que en cuadrilla porque un solo hombre tiene que hacerlo todo, y, ¿cómo no?, el día que apetezca se puede cazar en compañía, que también conlleva ventajas.
La importancia del aire. Para lograr el éxito hay que tener en cuenta otros aspectos: si el aire no se mueve, todo resultará más fácil, pero si el día sale más o menos ventoso deberemos considerar lo que añado. A la perdiz, cazando con perro o sin él, hay que sorprenderla. Así como los recechistas de caza mayor saben que es imposible ver un bicho con aire de espalda, aunque parezca extraño, los perdiceros también han de cuidar tan aparente prosaico detalle. Si nos viene el aire por detrás no veremos una perdiz a tiro ni a la de tres. “Parece que huelen la pólvora”, solía repetirme en estos casos un viejo acompañante. Sin embargo, si atacamos el cerro con el aire dándonos en la cara las sorprenderemos fácilmente. Pero, ¡ay!, son tan astutas que en días de viento, con frecuencia, se sitúan a media altura de las laderas, de manera que si entramos por la parte bajera, con aire en la cara, nos ven, y si lo hacemos por el lado contrario, por arriba, nos detectan con el aire que viene por la espalda. La táctica en estos casos consiste en recorrer la ladera a media altura, si el terreno lo permite, para entrar de costado.
El perro, obediente. De razas caninas idóneas para esta modalidad de caza prefiero no citar ninguna porque todos los perros de “muestra” son susceptibles de ser útiles, incluso pueden servirnos los polivalentes podencos siempre que se les acostumbre a permanecer cerca. Mas ¡qué difícil es tener un perro perdicero que sea completo! No es la primera vez que hago este comentario. Si el perro es desobediente o se adelanta en exceso solo servirá de molestia. Claro que si no lo sacamos no aprenderá nunca a comportarse; es cuestión de paciencia, pero si en tres temporadas no prospera es preferible desecharlo para el menester que se precisa; si así se comporta es que el ayudante es poco inteligente aunque goce de buena nariz.
Algunos perros buenos para la caza de la codorniz, puestos en terrenos perdiceros, son unos inútiles, y es que nuestro fiel amigo se desconcierta oliendo a veces rastros de perdices que no llega a ver ni apresar; otras las ve antes de olerlas, y otras las tiene en la boca sin merecerlo, simplemente porque el amo no perdona la oportunidad si el pájaro se levanta inesperadamente. “Lord”, un pointer excepcional para la caza de codornices, con las perdices parecía un loco; muy apasionado, pero nada más, me las espantaba. Es cierto que todos los perros, buenos y malos, dan y quitan caza, pero “Lord” quitaba más que daba.
Con frecuencia,me encuentro en la sierra con cazadores que llevan el perro pegado a las piernas, actitud positiva porque el can no causará molestia alguna, pero ¿ayudará en algo? Lo dudo, sólo servirá para cobrar si para eso sirve.
Dobletes y “torres”. A la vista está que la caza de pájaro tan sublime está llena de emociones y situaciones sorprendentes. Se pueden presentar dos acontecimientos que permanecerán para siempre en la memoria de quien los contemple: se trata de la consecución de un doblete y la visión de lo que en nuestro particular argot llamamos “torre”. El logro de un doblete, sobre todo si es de difícil ejecución, transmite tal emoción que una vez conseguido podríamos irnos felices a casa para descansar. Descolgar dos perdices cuando salen varias, o simplemente dos, en una sola dirección, no exige mucha pericia, se puede o debe conseguir, pero bajar dos perdices que salen más o menos opuestas en su trayectoria de vuelo cambia completamente la situación. Reflejos, serenidad y pericia debe aunar el escopetero. Es preciso ponerle el punto a la primera con celeridad porque, mientras esto sucede, la segunda está poniendo tierra por medio. La ejecución es tan emocionante como meritoria.
También la “torre” puede dar la pincelada en una jornada perdicera. La patirroja hace la “torre” cuando encaja algún perdigón en la cabeza, en cuyo momento –a veces segundos después- asciende verticalmente hacia arriba hasta que le llega la muerte; cuanto más tarda a morir más altura alcanza. Después cae como un guiñapo hasta dar en el suelo con un sonoro batacazo. Siempre resulta emotiva la visión de tan curioso acontecimiento.
Los perros cobran muy mal las perdices que hacen la “torre”, seguramente porque no emiten efluvio alguno al caer completamente muertas o porque el perro no suele ver donde aterrizan. Es el cazador quien ha de encontrar la pieza. ¿Cómo ha de actuar? En primer lugar, tras el disparo, no debemos abandonar la visión del pájaro aunque nos parezca que no lo hemos tocado; con frecuencia, cuando éste ha volado unos cincuenta o cien metros, puede iniciar la mortal pirueta. Cuando cae –casi siempre lejos– es imprescindible tomar una referencia cercana al lugar de aterrizaje y acercarse hacia ella sin prisas, sin correr, la perdiz está muerta. Además, al llegar al punto concreto es muy posible que veamos el desplumadero antes que a la deseada pieza.
A la hora del disparo. No es difícil “tumbar” perdices, su vuelo rectilíneo, más o menos sesgado, permite ponerle los plomos sin problema, pero a veces se falla, y a veces, demasiadas veces. Esto último sucede cuando, tras el encare, vemos todo el pájaro, error que determina tiros bajeros; se soluciona tapando la pieza. Es preciso tapar para no fallar. ¿Y las perdices cruzadas? Aquí sobran explicaciones porque es necesario adelantar si queremos descolgar el misil que baja por ladera, pero ¿cuánto hay que adelantar? Sólo la práctica nos educará; es el lance más complicado.
Todo buen tirador de tiro al plato está capacitado para cortar el vuelo de nuestra protagonista, si bien, como hemos comprobado, cazar perdices “al salto” no consiste en tirar tiros como se hace en los ojeos, en tan meritoria modalidad entra en juego la resistencia física del aspirante a lograr percha, la intuición, el apasionamiento por la especie, el conocimiento del cazadero y el costumbrismo de las patirrojas: dónde suelen estar a primera hora del día, dónde suelen volar –careo– para reencontrarlas, dónde parece que se las traga la tierra porque en esos concretos pagos no se ven nunca aunque se posen en ellos. Quien sabe de esto ha de considerarse cazador total; empero, no lo es quien sólo caza palabras y hace el ridículo mendigando premios literario-cinegéticos; pero bueno, como decía el P. José: “De todo hay en la viña del Señor”.
Armas y municiones. No merece la pena comentar sobre armas porque, hoy día, todas son muy buenas; las cafeteras de nuestros abuelos han pasado a la historia. Las yuxtapuestas y las superpuestas nos ofrecen la posibilidad de utilizar dos chokes diferentes (aspecto importante), sin embargo las semiautomáticas, con cañón único, aunque posean polichokes, sólo permiten un estrechamiento en el momento del disparo. Es recomendable utilizar entre _ choke y fullchoke; no interesan los chokes abiertos dado que rara vez dispararemos a menos de 30 metros. Los cartuchos, si se utiliza escopeta del 12, han de cargar 34 o 36 gramos de perdigones; su número ideal es 7 y 6, teniendo en cuenta que en días de viento y en los dos últimos meses de la temporada es aconsejable tirar con 6, dado que tienen superior poder de parada.
Más importante es tener confianza en el arma y la munición que se utilizan. La escopeta viene a ser, con el paso del tiempo, una prolongación de nuestro cuerpo, la compenetración con ella es fundamental, en consecuencia no es bueno cambiarla caprichosamente. Por si sirve de algo, puedo afirmar que llevo más de 40 años cazando con la misma escopeta que, por cierto, ya no se fabrica. He comprado otras dos de segunda mano, gemelas, con lo cual no tengo que pensar en otros inventos.
Con los cartuchos ocurre lo mismo: es positivo depositar toda la confianza en algún modelo concreto de la firma que nos apetezca; todas son fiables. Pero es normal –a mí me pasa– que si acudimos a la armería en busca de “nuestro cartucho” y por no haber existencias adquirimos otro, la inseguridad nos dominará, aspecto que puede fastidiar una o más jornadas. Marraremos demasiado. El secreto radica, además de la cadencia de tiro propia de cazador, en las diferencias de velocidad y retroceso, que dependen de variados factores, de ahí la importancia que supone nuestra aclimatación a uno de ellos.
Joven: Suerte, vista y al toro. Y lo comentado: si prefieres soltarte unas granjeras para pasar el rato o divertirte con el perro, te sobra todo lo que acabas de leer.