Benigno Varillas Uno de los conservacionistas más galardonados de nuestro país
Texto y fotos: José I. Ñudi
Última actualización 26/11/2010@10:14:38 GMT+1
El despoblamiento rural y todo lo que ello conlleva es ahora para nuestro protagonista la principal amenaza para nuestra naturaleza. Quiere, a través de su proyecto Muruna, que el hombre vuelva al campo, que lo gestione razonablemente a través de la ganadería, de la caza y de otros recursos naturales y viva dignamente de él, la mejor manera de conservarlo. Y en esta nueva lucha, las nuevas tecnologías de la información tienen mucho que decir. Internet puede ser un buen aliado en esa vuelta a la naturaleza.
Pregunta. A grandes rasgos, ¿cuál es la principal amenaza para nuestro planeta?
RESPUESTA. El crecimiento del consumo de energía. La demanda de los chinos implicó un aumento del consumo de petróleo que se ha disparado y ha hecho que el recurso suba de precio y las emisiones de CO2 estén fuera de control. A medida que la India, la propia África, quieran el nivel de confort que tenemos en el primer mundo, no habrá capacidad para que cada uno de los seis mil millones de personas que viven en el mundo tengan el nivel de consumo por ejemplo de un norteamericano. Esa es la mayor amenaza, el acceso a algo que es un derecho innegable y dar respuesta a este modelo de desarrollo insostenible. Cambiar ese modelo es lo que intentamos hacer algunos. Tenemos que hacer ver que los nuevos triunfadores no serán quienes derrochen energía, sino quienes sepan vivir con menos y den más valor a los bienes intelectuales, científicos y culturales que al mero consumo. Estamos en un momento de reflexión, y no por el movimiento ecologista, sino porque el G7 y ahora el G20 están lanzando este mensaje, y por supuesto Obama, como ya hizo en su día Jimmy Carter. Ahora parece que va más en serio porque la crisis está dando a entender que hay cosas que no pueden seguir siendo como hasta ahora. No podemos basar nuestro desarrollo en el mercado financiero especulativo, en el ladrillo, o en cualquiera de esas burbujas que nos hemos ido montando, porque no son buenas.
P. ¿Puede estar la alternativa en las renovables? Y por otro lado, ¿hasta qué punto la sociedad del bienestar quiere lo que dices?
R. No lo digo yo, lo marca la cruda realidad. El problema energético es el punto débil de este sistema. ¿Las renovables? Si eliminan petróleo, carbón y nuclear, pues aceptamos. En este puntos es donde entra la tecnología de la información, que funciona con muy poca energía. Podemos hacer muchas cosas por la red con el mínimo gasto energético. Estamos intentando que las nuevas tecnologías sirvan para muchas cosas, entre otras hacer que la gente vuelva al campo.
P. Pero al final alguien tendrá que trabajar y producir lo que sea.
R. Hay que ver cómo se estructura la sociedad, pero la mayoría de la gente que trabaja en gestión y administración podría hacerlo por internet desde donde quiera; a esas personas me refiero.
La naturaleza española.
P. En España, ¿cómo podemos conservar la naturaleza que nos queda?
R. Yo ahora no quiero conservar la naturaleza. Hemos destruido mucha naturaleza para construir cosas y ahora la estamos abandonando. Hay en España cuarenta millones de hectáreas llamadas zonas desfavorecidas. ¿Qué hacemos con todo este territorio que en su día fue valioso pero que por desgracia nos hemos cargado? Hay diez millones de hectáreas de espacios naturales más o menos protegidos y otras tantas que se podrían recuperar para la naturaleza con un enfoque que no es de conservación, sino de producción. Darle la opción a esos propietarios de que fomenten esos valores que la sociedad paga y que genere riqueza y prestigio, básicamente en los corredores entre espacios de mucho valor. Nosotros, a través del Proyecto Muruna (Mundo Rural y Naturaleza) estamos trabajando en el corredor osero para conseguir alimento para el oso y eliminar los valores negativos, como el veneno o el furtivismo. Lo mismo estamos haciendo en una zona en la que habita el águila imperial, en la sierra de Huelva, para que vuelva el conejo y se quite el veneno. En Tanzania estamos haciendo lo mismo en el corredor que hay entre el cráter de Ngorongoro y el parque nacional del Serengueti, un corredor de 35 km. que se quedó sin rinoceronte negro por el furtivismo. Ahora los masais están dispuestos a darle la vuelta a todo eso y gestionar esos territorios para favorecer la comunicación entre los dos núcleos incluso reintroduciendo rinocerontes y que ellos se sientan dueños de esos animales y los cuiden.
P. ¿A cambio de qué?
R. El cambio es muy ambicioso: conseguir que sus hijos puedan ser ciudadanos de la sociedad de la información. Se está planteando un modelo en el que los masais puedan obtener recursos simplemente por contar al mundo lo que están haciendo, tipo reality, a través de televisiones y webs donde minuto a minuto cuenten lo que están haciendo para entrar en la sociedad de la información, y al mismo tiempo qué está haciendo un grupo de la sociedad de la información que se ha hecho “masai” llevando ganado o gestionando caza. En el fondo lo importante es que la zona no se quede vacía.
La caza como recurso
P. ¿Qué opina de la caza?
R. La caza es un recurso, y como todos hay que explotarlo con racionalidad para que dé futuro a los territorios donde se practica, y si hay que fomentarla pues que se haga. Y si la madera da dinero, habrá que plantar árboles. Cuando hablo de dinero no me refiero sólo a euros, también a felicidad, prestigio y armonía. Es todo el conjunto. Hay que corregir un modelo de sociedad donde el dinero dé felicidad, no agobio. También hay que intentar que los recursos como la caza se revisen porque tiene un normativa medieval basada en el res nullius y habría que ver la forma en que la sociedad sea más dueña y protagonista de ese recurso, empezando por el gestor y el propietario de ese territorio. También hay un exceso de normativa. El estado infiere en exceso en recursos como la conservación o la caza. Lo que no es normal es que no te dejen ni participar en lo que hace dos días era tuyo; que una persona que haya conservado un territorio tenga que soportar que el aparato del Estado lo ponga contra la pared como sospechoso de querer destruir lo que ha conservado. Por eso se entiende que haya gente que está recuperando riqueza natural y no se atreva a comunicarlo a las autoridades porque tienen miedo a que no le dejen seguir haciendo lo que hacen. Y pongo un ejemplo: en Atapuerca, el Ayuntamiento, del PP, ha recuperado un humedal de 30 hectáreas y ha pedido a la Junta de Castilla y León, también del PP, que no lo declaren espacio protegido porque le restaría capacidad de usarlo y promocionarlo. Los técnicos, en su inercia, interpretan las leyes que en su día dictamos cuando se estaba destruyendo todo y ahora se la aplican a quienes quieren conservar, ya sea el dueño de una finca de caza, un ayuntamiento o una fundación, como los “Amigos del águila Imperial”. Socios de esta fundación me decían que a ellos no les molestaba ya la normativa restrictiva que les imponen, que sabían sobrellevarla, pero lo que no perdonaban era el tono con el que ciertos técnicos se dirigían a ellos exigiéndoles que protegieran lo que habían protegido y no pensaban desproteger. Y eso también nos pasa a los ecologistas: que nos sentimos acosados por la guardería, los directores de parques, etc., que están llevando la conservación a un terreno poco atractivo que te provoca desazón. Yo rehuyo los espacios naturales protegidos, busco sitios que no lo estén, porque la naturaleza además se instala donde no está protegida. Tenemos muchos osos que no están en Somiedo, sino en Belmonte, donde hay excesos, incluso por parte de los cazadores, que no se dan cuenta que donde hay una osa con crías no se puede hacer una batida de jabalíes.
P. Pero los cazadores norteños cada vez son más conscientes de esto gracias a la labor, en este caso, de la Fundación Oso pardo.
R. Yo estoy en contra de que suplantemos, o suplanten, el protagonismo de la gente. Estuve con el jefe de la cuadrilla de caza de Somiedo, que protestaba por lo mucho que les imponen, y entonces le dije que por qué no tomaban ellos las riendas de la conservación del oso pardo regulando las batidas y disfrutando cazando y produciendo osos, que dejaran de quejarse y asumieran su destino como gestores del territorio. La inmensa mayoría de los cazadores quieren que haya osos pardos en su territorio, incluso tantos que hubiera que cazar alguno todos los años. El problema es esa idea conservacionista de aferrarnos a los cien osos que quedan y no ir a una política para discutir qué tendríamos que hacer con lo cien osos que podrían sobrarnos. Pero no hay un voluntad política ni social de que haya más especies protegidas. Si una especie está en peligro de extinción debería fomentarse para que haya más y deje de serlo, viniendo luego su valor a lo mejor a través de la caza. A mí una vez me dijo un ecologista: “Pero Benigno, si hacemos lo que dices esa especie dejará de estar en peligro de extinción y entonces la sociedad no la valorará”.
El ecologismo en España
P. Hablando de ecologistas, ¿cuál ha sido la evolución del movimiento en España desde que usted comenzó?
R. Nosotros en los años 70 pedíamos la protección de espacios que se estaban destruyendo y luchábamos a muerte por protegerlos. Doñana, Monfragüe, Cabrera, Muniellos, Daimiel, sitios que las máquinas –desecadoras, aserradoras, bombas del ejército, etc.– estaban destruyendo, y nos poníamos delante de ellas y pedíamos la creación de un parque para proteger algo que se estaba destruyendo. A partir de los años 80, los que han llegado o nos han sucedido, sobre todo en cada comunidad autónoma, lo que han hecho es coger un mapa, localizar los territorios mejor conservados y convertirlos en parques naturales. ¿Y por qué no se hacen los parques donde haya amenazas y peligros, que es donde hacen falta? También es cierto que la naturaleza se enfrenta hoy a otras agresiones y peligros, aparte de las máquinas, que son los cambios de los procesos productivos y económicos que la mantenían, siendo en este caso la ciencia la que debe marcarnos el camino. Por ejemplo, el urogallo desciende no sólo por el furtivismo, sino porque han desaparecido los campos de pan, las abejas y las arandaneras. Y entonces tú, como gestor, intentarás que haya más arandaneras, más cereales, más abejas que las polinicen, pero no creando otro parque natural, que te va a consumir los recursos, porque todo se va en centros de interpretación, de gestión, de recepción, en vehículos, y mejor que todo esto sería gestionar el territorio de verdad, que es lo que intentamos en Muruna. El vacío nunca se produce en la naturaleza, y si no se gestiona adecuadamente llegan los incendios, los furtivos, los molinos o el de las canteras.
El cambio del ecologismo es ese, que ha pasado de una etapa donde nos batíamos el cobre en espacios que estaban siendo destruidos a proteger lo que ya está protegido. Debemos centrarnos en los territorios donde no queda nada o poco, como son los corredores que conectan lugares emblemáticos, que deben seguir conservándose tal cual pero no con una normativa que cabree a los propietarios o a las gentes que viven allí.
P. Usted quiere, con su proyecto Muruna, que la gente vuelva al campo. ¿Pero está seguro de que el hombre urbano quiere volver la naturaleza con la dureza y las limitaciones que eso implica?
R. Siempre será una minoría. ¿Veinte mil personas en toda España? Con esta cantidad de gente se podría controlar y gestionar muchos puntos que ahora son conflictivos a pesar del Seprona, la guardería, etc, que nos cuestan un dineral y están desmotivados. La naturaleza necesita militantes, gente a la que le guste el campo y viva en él, ya sean cazadores, ecologistas, pastores, y por supuesto gente que viva de las nuevas tecnologías de la información, que “teletrabajen”.
P. ¿Qué persigue exactamente el proyecto Muruna?
R. Pues eso, en gestionar la naturaleza. En principio tenemos dos pequeñas zonas, una en el Cantábrico y otra en Sierra Morena, dos tipos de biodiversidad, la cantábrica y la mediterránea. En la finca de la sierra de Aracena, junto a otras muchas, se está recuperando el conejo, con la colaboración de la Junta de Andalucía, y creando hábitat para el buitre negro, el águila imperial, el lince y la cigüeña negra, y en el norte mantenemos ganado donde pueda interesar a otros animales como el oso, al tiempo que ponemos colmenas para que polinicen las arandaneras, etc.
El fundamentalismo conservacionista
P. ¿Por qué quienes conservan, o se hacen llamar conservacionistas, se empeñan en echar al hombre de la naturaleza?
R. En España se adoptó la filosofía del parque nacional de la UICN, que lo define como “ese lugar donde el hombre no está”. También somos herederos de la idea de los ingenieros de montes de que el monte era suyo, y el biólogo ha hecho lo mismo, de modo que cada uno tiene su finquita. También es cierto que el hombre del mundo rural y los cazadores a veces las han hecho muy gordas y en el mundo ecologista hay gente que considera que son el enemigo. El objetivo tiene que ser lo contrario, que quienes vivan en un territorio se sientan dañados por la pérdida de la fauna y sean quienes lo impidan, y la mejor forma de conseguirlo es que participen de la riqueza que generan esas especies y esos espacios.
P. ¿Usted entiende que haya gente a la que le guste cazar?
R. Lo veo incluso necesario porque es un recurso y estoy intentando darle un futuro a los territorios. La caza es un producto que genera riqueza y sólo deseo que se gestione bien. No es normal por ejemplo que la carne de caza se pague a precios ridículos. En Muruna, una de las ideas que tuvimos fue que todo producto que saliera de un territorio donde hubiera especies protegidas tuviera una etiqueta en la que se dijera que ese producto aseguraba que el espacio en el que había sido extraído seguiría conservándose tal cual, y esto lo quisimos aplicar también a las especies cinegéticas. Esto surgió porque en Alemania se detectó que la caza de empresa estaban cayendo por un problema de imagen.
P. ¿No cree que el mundo ecologista ha humanizado en exceso el reino animal?
R. No lo ha humanizado, lo ha sacralizado, que es peor. Ha considerado que no se puede tocar la naturaleza sin caer en la cuenta de que eso, a veces, es condenarla a muerte. No matar elefantes en un territorio donde ya no pueden migrar es condenar a muerte no sólo a los elefantes, sino a todo el territorio.
P. ¿Y por qué se ha llegado a esto?
R. Bueno, quizá porque hemos hecho una educación ambiental superficial.
P. ¿Y qué me dice de toda esa gente que vive de la conservación?
R. Lo que no es normal es que 2.000 personas pretendamos vivir de la naturaleza y los que tienen el territorio o viven en él, que son los que se baten cuerpo a cuerpo con ella, no perciban nada. ¿Por qué va a vivir de la naturaleza un ecologista, un seprona, un científico y no un pastor o el dueño de la finca que tiene los nidos de águila imperial en su territorio y lo alimenta con su caza o su ganado?
P. Pero desmantelar todo este sistema es poco menos que imposible.
R. Tan imposible como quitar las Juntas de Extinción del 53, donde había gente cobrando primas, etc. Es darle la vuelta y esa gente que vive sensibilizando se lo gane llevando ganado, gestionando caza o haciendo algo.
El legado de Félix
P. Es autor de la biografía autorizada de Félix Rodríguez de la Fuente, un libro en el que dice haber revelado su verdadero mensaje. ¿A qué mensaje se refiere?
R. Tras analizar toda la obra y el pensamiento de Félix, que pasó a la historia como el gran amigo de los animales, llegué a la conclusión de que los animales eran elementos que él utiliza para transmitir una visión del planeta mucho más compleja y avanzada. Él consideraba que la vida es una, que las especies son manifestaciones de esa vida y que el hombre no es más que vida inteligente. Pensaba que todo formaba parte de un todo y creo que en esa visión influyeron mucho sus estudios de medicina. El organismo humano es un todo en el que si falla algo todo se complica. Fue un visionario porque la idea del planeta como un ser vivo se produce veinte años después. También pensaba que la vida inteligente estaba limitada por la propia biología porque un cerebro, una cabeza más grande, dificultaría los partos. Pensó entonces que la solución podría estar en configurar una especie de cerebro universal, más o menos lo que hoy es internet, un sistema además en el que se podrían expresar todas las personas, no sólo los líderes, y que esa suma de pensamientos, por muy simples que fuesen, ayudarían a la sociedad a encontrar soluciones para seguir adelante. La cetrería para Félix, o su obsesión con el lobo –que luego terminó convirtiéndose en nuestros perros–, era un pacto ancestral que, según él, el hombre tuvo con la naturaleza. En su concepción del mundo, la evolución del hombre se cierra en círculo. Los valores de un nómada digital, de un teletrabajador que es capaz de sacar su sustento de la red, son muy similares a los del Paleolítico: hombres libres sin miedo a sobrevivir que no se plantean tener un trabajo fijo y convencional.
P. ¿Este pensamiento de Felix también le inspiró su idea de llevar la sociedad de la información a la naturaleza?
R. Yo ando con internet desde los 90, cuando vi el primer módem, y algo me debió sugerir aquel aparatito. Me lo trajo un alemán cuando me montaba la oficina de Quercus y conectó su ordenador de Munich con el mío de Madrid. Y cuando vi que escribía en una pantalla y el texto salía también en la otra, dije: “Caramba, esto es una herramienta de comunicación extraordinaria”.