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Hemeroteca :: Edición del 01/12/2010 | Salir de la hemeroteca
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Mariano Aguayo

Última actualización 26/11/2010@10:18:24 GMT+1
Desde mi ventana el cielo se ve plano, agrisado como la panza de una burra. Los que apretaban el paso mirando de reojo al cielo, y más cuando comenzaron a caer los primeros goterones, ya se han sosegado, provistos de impermeables o bajo la engañosa protección de los paraguas. Hasta mi mesa llega el rumor tesonero del agua de este primer temporal de la otoñada y, desde el abrigo del estudio, he dado en imaginar qué pensará un cochino de estas primeras aguas arrimado a la cepa de alguna madroña grande o trascachado en cualquier zarzalón.
Con los ojillos entreabiertos sentirá la alegría biológica, para él inexplicable, de la humedad que va empapando el campo, llenándolo de esa vida que, con el tiempo, llegará hasta la última rama del monte. A las pimpolletas de los chaparros, hasta la más ligera brizna de yerba, engordando bellotas y candilitos. Él no lo sabe, pero siente en su sangre la bondad del agua.

Tampoco sabe que eso ya no es tan importante, que si no corren los arroyos, le pondrán agua en los pantanillos y, si no hay suficiente bellota, le echarán más pienso en los comederos.

Lo de sus abuelos era otra cosa. Si no había qué comer, tocaba andar. Y allá que iban con su portantillo seguidete, por mitad del monte, cerro tras cerro, en busca de mejores acomodos. Porque hacía calor o porque helaba, porque había bellota o se habían rebuscado las últimas, porque les había dado el humazo de la gente, ya andaban de mudanza. Hasta cuando cercaron las manchas para sujetar el cervuno. Eso a ellos les dio igual. Estaban las gateras. Y su jeta para levantar sin mayores fatigas las mallas. Eran libres, libres como el viento. Pero eso cambió.
Él ya se está costumbrando a no poder ir a ninguna parte. Desde que era un lechonato, está hecho a correr de los perros y dar vueltas por la mancha sin que le pase nada. Acaba cansado, eso sí, amagado en cualquier apretal hasta que se van perros y perreros y esa gente que se sube a las torretas.
Él no sabe que está vivo y ha llegado a este otoño porque los monteros lo han dejado pasar por los tiraderos hasta que sea mayor, hasta que tenga unas defensas que merezcan el honor de ser condecoradas. No sabe que todavía no lo han matado por la sencilla razón de que está cercado. Sujeto, sin ninguna posibilidad de largarse.

Ya nadie tiene que saber catar la mancha a ver si están, o no, él y su pandilla. Están, claro que están, y los van a matar cuando quieran sin que sirvan para nada sus maroteos, sus asomadillas, sus tradicionales trucos para esquivar la muerte. Están fritos, los pobres.

Pero, en fin, mientras sí o mientras no, ahí están tan a gusto y tan rebién en sus encames, sintiendo en sus lomos la bendición del agua en esta otoñada a la que tanto le ha costado romper.

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