Eduardo Coca Vita Dibujo: Pablo Capote
Última actualización 26/11/2010@10:46:05 GMT+1
Últimamente emerge pujante la bibliografía canina. Es como una moda. Durante 2010 han aparecido varios libros sobre perros de caza mayor, todos imprescindibles al aficionado. Así, “El gran libro de la rehala”, de Mariano Aguayo (del “gran Mariano”, cabría decir, emparejando en valor al autor y la obra, tan literario él como gráfica-pictórica ella); “Ecos del monte”, de Pedro Castro Gracia, Periquillo “Valdueza”, un libro “contado” que compendia sesenta años de un entrañable perrero y hombre campero; y “Batiendo monte. Memorias del Taramales”, de Perico Castejón, autobiográfico del perro protagonista, y con un prólogo notable de Emilio Jiménez bordando el castellano.
Tres obras que agradecerán los amantes de la montería y la rehala. Al igual que con “El diario del perro Lord”, de Pérez Henares, gozarán –sobre todo, pero no sólo– los cazadores de menor. Y como con “El gran libro de los galgos”, de Antonio Romero, disfrutará el aficionado al larguirucho can –“agudo”, en expresión machadiana–, un tesoro milenario en la caza y la competición por pies, sin posible perdón a los desalmados que vilmente lo ajustician. ¡Canallas!
A quienes de caza y carreras nada de nada, pero hacen a otros canes, les propongo “La vida, pero vista por un perro”, publicación en que ahora me detengo, sin que pueda imputárseme desviación temática o traición a la cabecera. Más bien reconocérseme coherencia con mi reciente aseveración de ser Trofeo mucho más que una revista de caza, abierta también a la literatura de perros que no cazan, al margen de su raza y las aficiones del dueño.
Es un libro que repasa, de manera sencilla, el vivir de un perro “hominizado” y censor de cuanto observa. Un “irracional” que trata de entender el entorno filtrándolo por su mente perruna impregnada de filosofía canina. Desde otro ángulo, el libro homenajea póstumamente a la perra que durante doce años proporcionó dicha a sus amos con esa otra forma de ver la vida que ella misma cuenta en primera persona una vez muerta. Una especie de memorias desde la tumba.
La protagonista de la novela, Linda (Becerril de la Sierra, Madrid, 1996-2008), es una alegre pastora alemana de pelo largo que, acogida por una familia, se sumó a sus cuatro miembros, estudiándolos y haciendo por comprenderlos, a la vez que divirtiéndolos y educándolos con su particular pedagogía y un primario sentido existencial.
El relato, fabulísticamente atribuido a la perra, es de Álvaro Gustavo Vitores González (Madrid, 1959), un melancólico profesor de Física y de Historia de la Ciencia y la Tecnología, cuya curiosidad científica de catedrático de escuela universitaria en la UPM le llevó a estudiar los “pensamientos” de Linda transmitidos por gestos, miradas y ruidos, hasta resultarle el ser que más felicidad le reportaba.
Añada cada cual sus propias y personales lecturas, reflexiones y experiencias. La historia de los hombres y los perros es larga y misteriosa. Hasta delegarles aquéllos la función de escribir. ¿Se les puede enaltecer más que haciéndolos pasar por narradores? No se acabará esta comunicación hombre-perro, esta historia de las relaciones de los hombres y los perros ni cuando se acabe el mundo. Los perros, como los hombres, tienen que tener continuidad en otra trascendencia. No me sumo al pensar y pesar de Chani sobre un vacío postmortem para hombres y perros. Y sin que esta falta de acuerdo en la cábala y pronóstico del último destino junto a nuestros fieles impida converger en las interrelaciones terrenas de unos y otros. A Chani y a mí, como a otros cazadores y escritores, nos unen los perros más allá de un título de dominio sobre su cuerpo y un derecho de usufructo sobre su rentabilidad en la caza, la compañía y la inspiración. No es sólo una razón de utilidad de servicios. Suerte mutua, vive Dios, pero más para nosotros, los hombres –desvalidos por la inteligencia malévola–, que para ellos, los perros –afianzados por el benévolo instinto–.Y siempre enseñándonos. Porque “nunca dejan de enseñarnos cosas los animales”, como a mí me enseñó un sabio guarda sin estudios. ¡Las veces que lo repetiré! Últimamente, y por lo que se ve, hasta aprendemos de los perros a biografiar. Vean, si no, el broche del prólogo de Emilio Jiménez: “[…] vivencias y recuerdos de Taramales, un perro de rehala que a partir de ahora engrosará la lista de los ilustres nombres propios de nuestra fauna literaria”.
Habrá que fundar un premio literario para perros. Mientras llega, les prohíbo tomarlo a broma. Y con mayor razón sabiendo cuánto ganaríamos los hombres. Como compañeros del perro y como lectores. ¿O no leen ustedes en el texto sin letras que sale de los ojos, las orejas, el rabo y las patas de sus perros con más gusto y provecho que en lo escrito por la pluma o el teclado de tanto egoísta humano interesado y miserable? ¡Cuántas inteligencias no valen lo que un instinto de perro! Y, lo mejor de todo, sin saberlo el ganador. Los perros ignoran –para su suerte y la nuestra– que nos superan en merecimientos. Ni siquiera les alcanza la vanidad o les domina la soberbia. Ni por activa ni por pasiva les reconcome la envidia. ¡Quién fuera santo naciendo perro!