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Tomás Matos

El arte de atraer a las torcaces

El arte de atraer a las torcaces

José Ignacio Ñudi

Tomás matos es un joven y excelente cimbelero portugués que es capaz incluso de conseguir híbridos de torcaz y paloma doméstica. Con él hemos hablado sobre su habilidad con las palomas y de la conservación de las torcaces.
Conocí a Tomás Matos hace unos años en una edición de Ficaar que se celebró en Sevilla. Me llamó la atención la enorme variedad de cimbeleras y ciembeles de palomas que reunía en su stand, así como su juventud. Se promocionaba con un nombre muy sugestivo: atracçâo fatal (atracción fatal). Sin duda debía de ser un virtuoso en estas artes y quedé en verlo algún día en acción.

Pasó el tiempo y perdí su rastro, hasta que volví a verlo este año en la feria de Badajoz, Feciex. Se acordaba de mí y yo de él y quedamos en vernos para hacer esta entrevista cuando las palomas llegasen a su tierra, Portugal, o a Extremadura, a la Sierra de San Pedro, otro de sus cazaderos habituales.

Puede decirse que Tomás, de 31 años, es un cimbelero profesional. Ofrece sus servicios a los cazadores que lo demandan. Es también cazador desde pequeño y por supuesto un amante de las torcaces y de la cría en cautividad de palomas, que luego adiestra y emplea para la caza.

Su pasión por los cimbeles comienza diez años atrás cuando, cobrando zorzales para un italiano, éste le habla de la paloma con cimbel.

Aquello le llamó la atención y al año siguiente su amigo italiano le trae una ciembelera y dos palomas adiestradas, comprobando rápidamente su eficacia para atraer a las torcaces. Él es portugués, de Monfortihno, muy cerca ya de la frontera española y a un tiro de piedra de Extremadura y su emblemática Sierra de San Pedro, famosa también por sus palomas, atrayendo desde hace décadas a palomeros empedernidos, especialmente vascos y navarros. De hecho, son sus principales clientes.

Con aquella primera cimbelera y aquella pareja de cimbeles italianos, Tomás queda encantado, comprobando lo fácil que resulta atraer a las palomas. A partir de ahí, inicia relaciones con una empresa italiana que suministra cimbeles, cimbeleras y todo el material que necesita para su nueva pasión, al tiempo que pone en marcha su propio palomar y comienza a criar sus propias palomas. Hoy, diez años después, es todo un experto en el arte del cimbel y en el adiestramiento de palomas, incluso se permite hacer experiementos cruzando las palomas italianas, parecidas a las bravías, “pero más inteligentes y dóciles”, con las torcaces, consiguiendo algunos cruces extraordinarios. También cría torcaces en cautividad sin problemas, pero reconoce que no son tan buenas para el cimbel porque terminan sacando su lado salvaje.

Tiene sin duda una habilidad natural para tratar con aves, algo que debe venirle de familia porque su madre también cría desde hace tiempo perdices, por simple entretenimiento.

El adiestramiento de un cimbel no es fácil ni rápido. Dice que le cuesta entre dos y tres meses, pero que una vez adiestrado, ya no lo olvida nunca. Lo que sí es muy importante es que el cimbel se mantenga en forma, y la mejor manera es tenerlo en una palomera amplia en la que pueda volar, como la que tiene nuestros protagonista. Adiestra al año unos 15 ó 20 cimbeles, de los cuales vende algunos al precio de 200 euros.

El adiestramiento comienza cuando las palomas ya saben volar. El primer paso es tenerlas dos o tres meses, un día tras otro, en la raqueta de la cimbelera. Llama la atención cómo en las afueras del palomar tiene puestos, a modo de postes, varias ciembeleras en las que casi todos los días coloca sus cimbeles. A los nuevos, una vez han tomado la raqueta, de vez en cuando se la mueve para que vuelen y vuelvan a posarse en ella, y así hasta que aprenden, aunque reconoce que hay palomas a las que les cuesta más que a otras, incluso las hay que tiene que desecharlas por torpes.

Su cimbelera preferida para cazar es esa que se coloca en la copa de las encinas y que al tirar de la cuerda hace bascular la raqueta, obligando al ave a elevarse lo que da de sí la cuerda, que no supera el metro, para volver a posarse. Las patas de sus palomas no están sujetas a la raqueta, como ocurre con la paloma llamada orgadera ni sus cabezas llevan caperuzas. Cuando la paloma levanta el vuelo, saca cuerda de la cimbelera y le permite volar unos centímetros, provocando una mayor atracción de las palomas que sobrevuelan el lugar.Por otro lado, Tomás les pinta a su cimbeles. con una pintura especial, el collar blanco de las torcaces y sus alas para engañar mejor a las silvestres.

Pero Tomás utiliza otros cimbeles, más por capricho y superarse que porque le hagan falta para atraer a las palomas. Posee una “cuadrilla” de palomas que hace volar desde el puesto, dan una vuelta y vuelven a posarse, un sistema también italiano. Las utiliza, dice, cuando hay palomas en los alrededores que no quieren pasar. Éstas requieren mayor adiestramiento pero también más satisfacción para el cimbelero. “Los cimbeleros somos inconformistas y siempre queremos conseguir lo más difícil, ya sean cruces extraños como cimbeles que hagan virguerías. A mí, para cazar y atraer a las palomas me vale con un par de ciembeles en las encinas, pero también me gusta experimentar”.

Otro sistema que emplea Tomás es ése en el que el cimbel vuela de una encina a otra. La ciembelera está compuesta de dos posaderos de rodillo, cada uno en una encina, y cuando se mueve uno la paloma vuela hacia el otro. Entre rodillo y rodillo hay una cuerda que sirve de guía a la paloma, ya que sus patas llevan una cuerda con argolla que se desliza por la cuerda-guía.

El día que estuve con él no tenía cazadores. El viaje estaba previsto días antes para verlo en acción, pero el mal tiempo echó por tierra la cita. No obstante, nos desplazamos a las afueras de su pueblo, a una pequeña dehesa en la que entrena ya en campo a los cimbeles, y pude comprobar su maestría atrayendo a las pocas torcaces que pasaron por allí. No me quiero ni imaginar a Tomás en medio de un encinar rebosante de torcaces.

Su récord personal de capturas está en 201 palomas torcaces cobradas con una sola escopeta, concretamente en Sierra de San Pedro, que este año por estas fechas, principios de noviembre, aún no tenía aún palomas.

Como buen palomero, a Tomás también le preocupa bastante la situación de la paloma, si pasan o no, por qué vienen o van, si lo hacen en menor o mayor medida y qué puede estar afectándoles.

Hablamos de la pasa, de querencias perdidas, de dormideros y de la presión cinegética. Me cuenta que hace siete años la paloma dejó de pasar por su zona.

Coincidimos en que la paloma quiere comida y tranquilidad, sobre todo a la hora de dormir. Los dormideros deben ser sagrados. Tomás afirma que no se debería cazar nunca ni cerca de ellos.

En Portugal está prohibido tirar palomas y zorzales a partir de las 4 de la tarde, lo que impide que se cacen en sus dormideros o cerca de ellos. La medida le parece acertadísima. También En Extremadura está prohibido tirar palomas a partir de las 4 de la tarde, pero como él dice, “cualquiera puede decir que está tirando zorzales”.

No en vano, desde hace años, la paloma, cuando atraviesa los Pirineos, evita ya las dehesas extremeñas y andaluzas. Se mete en Portugal y ya no sale hasta que acaba con la bellota de alcornoque, la quercínea que abunda en nuestro país vecino. Sólo cuando acaba con la bellota de alcornoque inunda la sierra de San Pedro, aunque muchas vuelven a dormir a Portugal.

Recuerdo hace muchos años cuando la sierra y el andévalo onubense se llenaban de palomas. Bandos inmenso que tardaban minutos en pasar y que buscaban los muchos eucaliptares de la zona para dormir.

Las cazábamos entonces en los dormideros, al caer la tarde. Hasta que las espantamos para siempre.

Hace unos años estuve con Antonio Bea en Portugal, en la zona de Setúbal, haciendo los conteos de invernada para el interesante estudio que financia, entre otras instituciones, la Federación Vasca de Caza, y presencié con nostalgia aquellos inmensos bandos de torcaces que ya dejé de ver por mi tierra.

Este año, según los conteos, han pasado menos palomas a la Península, pero es suficiente para disfrutarla.

Aunque la paloma no tiene ningún problema de conservación y abunda en todos los países europeos, incluso en España tenemos más palomas sedentarias que nunca, también es cierto que algunos cambios de hábitat han conseguido que no tengamos tanta paloma migratoria como antaño. Hace unos años también estuve en Las landas, ese territorio francés que precede a los Pirineos, y también vi un gran número de torcaces que ya no necesitaban pasar a la Península para alimentarse en la dehesas. ¿Por qué? ¿qué había cambiado? Las Landas fue siempre un inmenso pastizal hasta que hace más de veinte años llegó el maíz subvencionado, de modo que la paloma encontró de repente una comida que antes no existía, y ya no necesitaba pasar con premura buscando el sur y sus bellotas.

Un veterano cazador francés de la zona así me lo reconoció. Me contó que antes de la llegada del maíz la paloma buscaba el sur como loca, y que a partir del 15 de noviembre se quedaban sin palomas hasta el año siguiente. Pero ahora no era así y las tenían durante todo el invierno.

Me sorprendió también cómo mimaban a la paloma. Las landas está salpicada de pequeños bosquetes de robles y hayas en los que las palomas duermen sin ser molestadas. Es más, en Las Landas está pohibido tirar las palomas al vuelo, las cazan cuando, atraídas por los cimbeles, las posan en pequeños bosquetes preparados para ello que cuidan y reforestan continuamente.

Qué duda cabe que una parte de las palomas que pasaban antes a la Península se quedan ahora en Las landas, y mientra haya maíz seguirá habiéndolas, máxime cuando las miman de este modo.

Sin embargo en España la presión que ejercemos sobre ella es tremenda y estamos consiguiendo que cambien sus rutas o simplemente que se queden en Portugal.

Tomás me habla del dormidero de Piñeiro, una finca portuguesa de unas seis mil hectáreas de pino y alcornoque que posee dentro de sus lindes uno de los mejores dormideros de la Península. Sus propietarios viven de la paloma, y la cuidan para que les dure. Esta finca vende 27 puestos, regulando los días de caza –dos a la semana– y por supuesto respetando sobre todo su dormidero. Tampoco tiene ganado, de modo que toda la bellota de sus alcornoques es para la paloma. Dice Tomás que en la finca pueden abatirse cada año unas 20.000 palomas. Esta paloma termina luego en la Sierra de San Pedro, pero este año, al menos hasta mediados de noviembre, aún no se ha movido.

La torcaz se defiende de la presión cinegética cambiando de zona, de ruta o volando en las alturas en bandos de miles de ejemplares, como ocurre cada vez más en los pasos del norte. Por tanto, hace falta una gestión palomera más ambiciosa por parte de nuestras comunidades autónomas, que los dormideros sean lugares sagrados y no cazarlas hasta la extenuación.
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