Eduardo Coca Vita
Última actualización 26/01/2011@11:36:12 GMT+1
Veintidós años hacía y allí seguían. Sin inmutarse ni variar su asiento. Pero, ¿qué son esos pocos años en unas cataratas de la eterna naturaleza? Hace casi quinientos que las vieron por primera vez los ojos de un europeo capaz de extender la noticia. Una placa lo recuerda y proclama. Más o menos dice: “A Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que en 1542, mientras buscaba salida al río de la Plata por el corazón de Brasil, y luego de dura lucha con la espesura selvática y lo ignoto, descubrió para la humanidad esta maravilla del mundo”.
Desde entonces permanecen siempre igual y nunca lo mismo. Nadie nota el sigiloso cambio subrepticiamente operado por el tiempo. Las parsimoniosas alteraciones de cinco siglos son inapreciables a vista y oído. Tampoco se percibirían si se hubieran descubierto cinco milenios atrás. La naturaleza finita se figura inmortal para los hombres que, paradójicamente, fueron los creados para la infinitud.
En el corazón de la jungla subtropical de la triple frontera (Argentina, Brasil, Paraguay) dejan oír las cascadas del Iguazú su sonoro estrépito. No obsta, empero, su estruendo al canto de los pájaros, al murmullo del viento ni a la voz de la conciencia. Contra toda lógica, allí las nubes van del suelo al cielo. No bajan, suben. Pero son de un agua vaporizada que no entorpece el vuelo de las aves ni eclipsa el firmamento. En los precipitados, despeñaderos, declives y torrentes, las aguas chocan mil y una veces con peñas, piedras, cantos y demás obstáculos. Y se aporrean ellas mismas entre sí. Pero saliendo indemnes del bravo combate, sin injuria ni perjuicio. La espuma de su propia agitación absorbe los golpes hasta lo impensable y las empucha del suavizante verde musgo amortiguador. Tal como venían vuelven a ponerse en los remansos del cauce una vez recobra el río la cordura. Bendita locura que convierte al curso fluvial en máquina de beldad a raudales, que muta desconcierto por concierto de ritmos y que extrae del descalabro una sintonía entre tramoyas y decorados. Un tapizado de imágenes y un panel de luz circular adornan el gran anfiteatro que sirve de descomunal escenario a tan insólito recital de armónico tumulto. Escenas apocalípticas que se hacen a la vez escenas genesíacas, de creación.
Al lado de sus cascadas imponentes se ofrece mínima, casi nada, la majestuosa serenidad de un río tranquilo, por abierto y transformado que quede en lago kilométrico (kilómetros de anchura, no de largura) sobre formidable plataforma geológica superficial. Y tan somero que no entierra a los emergentes islotillos. Ni asfixia a mil descollantes matitas flotando sobre la corriente para, fisgonas y atentas ellas, no perderse el espectáculo ni la serenata. Cuando el río desbocado desparrama el brío que mantenía embridado y, por legado de la tremenda erupción volcánica de otras eras, rompe su paz, no está sino preparando la gran representación. Porque si, al ensancharse, se esfuma y desvanece, tras agitar la calma y precipitarla por el vaso de caballo, recupera su brama rumorosa y se rebasa a sí mismo, inesperada y sorpresivamente, en el derrotero de lo más gratuito del albur y lo más arbitrario del azar, entre lo aventurero y lo contingente del plano morfológico que fractura la regularidad y uniformidad del lecho acuático para expandir el agua, abrirla, repartirla y regarla a su capricho en circunferencias de riscas y riscos, en círculos de sorpresa, en balsas y tablas de contradicción, en caídas de arrogancia, acrobacia y desafíos a la admiración.
Algo así como lo más sonado de Gredos a lo bruto. Como si lo más notable de la Lóbrega, la Tejeda, la Blanca y la Chilla se elevasen al cubo, se multiplicasen por diez y se volvieran a multiplicar por cualquier cifra. Lo más grande de Picos, lo mayor de Pirineos, lo mejor de Sierra Nevada…, puede quedarse en lo menos vistoso de este milagro divino. Ni para descalzar al Iguazú servirían mis gargantas del sur de Gredos. Dicho sin resquebrajar un ápice mi amor por ellas en la añoranza llegada a mi cerebro y en la nostalgia advenida a mi alma. Rememoración, tristeza y melancolía me brotan del corazón sobre territorio argentino y brasileño, frente a frente con la Garganta del Diablo y los otros 275 chorros que, a lo ancho de tres mil metros, me traían a la memoria mis paseos ante los dos Hermanitos y mis ascensos a los pies del Almanzor como invariable perrillo faldero del sabio y avezado Ángel Blázquez.
En el recorrido tropiezo con una inscripción que bautiza a un salto acuático con el nombre del guarda muerto en 1968 por los furtivos “cuando defendía el patrimonio natural de todos los hombres, y al que no olvidan los guardaparques argentinos”. No sé si será bueno para los cazadores y nuestra afición que millones de artificiales naturalistas adocenados lean lo del furtivo capaz de matar a quien lo vigila y denuncia. No sé si esas turbas de excursionistas en aluvión comprenderán que una cosa es la caza, otra la ley y otra muy distinta la caza bajo el imperio de la ley. La mera caza legal, aclaro, y no ya esa auténtica caza “a ley” que –¡allá nosotros!– rehusamos entender hasta de puertas adentro y ni los de casa practicamos.