Última actualización 02/03/2011@10:37:44 GMT+1
El autor describe la magia del reclamo y aconseja adquirir los pájaros procedentes de la cría en cautividad para no fomentar las estafas ni hacer daño al campo. sus comentarios van acompañados de magníficas fotografías hechas desde el aguardo.
Texto : Carlos Enrique López
Fotos: Juan José Cabrero Sánchez
Metidos de lleno en la nueva temporada, con nuestros reclamos en el cenit de sus facultades, con los camperos en plena picadilla, y mientras le hurtamos a la meteorología los puestos que podemos, los cuquilleros vivimos los momentos tantas veces soñados a lo largo del año.
Dentro del aguardo miramos embelesados a nuestro garbón ofreciéndonos sus mejores voces desde el repostero. Dejamos volar la mente para hacer balance de lo que fue y de lo que es la una modalidad de caza que ha superado en su esencia a cualquier otra por antigüedad.
Los primeros documentos que hacen mención a esta forma de cazar tienen más de dos mil años, pero sin duda uno de los que lo definen con más acierto puede ser la propia Biblia, cuando en uno de los pasajes de El Eclesiastés hace mención a la caza de la perdiz con reclamo, comparando al garbón con “El Maligno”. Algo de magia, de embrujo, de poder extraterrenal debe tener esta caza que te engancha, que se te mete por las venas y te envenena de tal forma, que te hace esperar con deseo todo un año, prodigándoles a los pájaros cuidados y mimos, esperanzado en que den un buen puesto. No importa que uno falle, otro vendrá a ocupar su lugar y despertará en nosotros la misma esperanza, la misma ilusión que su antecesor. Así una cadena que inexorablemente irá ampliando sus eslabones cada temporada y que nos ira atrapando como hidra mágica de la que no podremos desprendernos, salvo que lo hagamos como mal mayor y con gran carga de sentimiento que se hará patente por muchos años.
Los cuquilleros, somos una especie digna de mejores antropólogos y psicólogos que yo, pero sin duda una especie única. No hay frío que nos espante, lluvia que nos importe, barro que nos arredre, ni temporal que nos quite la ilusión de levantar la sayuela y esperar con el corazón en un puño, para ver romper a ese pollo que tanto nos gustó la primera vez que se cruzaron nuestras miradas, por lo espectacular de sus espejuelos, por su mirada arrogante y su comportamiento belicoso. Posiblemente, este sentimiento es el que ha hecho que se perpetúe en el tiempo esta forma de cazar, tan íntima, tan particular. Han cambiado con el paso de los años los medios, pero no las formas. Ese pellizco que sentimos en el pecho, esa sensación casi de congoja que nos invade mientras transcurren los primeros minutos en que observamos al pájaro desde la tronera del puesto, ese análisis meticuloso que hacemos de sus gestos mientras se atusa las plumas, esa sensación de la sangre golpeando en nuestras sienes mientras esperamos –en la más terrible de las dudas–, el momento maravilloso en que nuestro pollo engrifa las plumas del cuello, lo estira y lanza al viento su primer cante de mayor desde el repostero, esos minutos de incertidumbre que cuando concluyen positivamente nos conducen de forma inexorable a ese sentimiento de gloria, de triunfo, de éxito que nos invade de pies a cabeza cuando empezamos a contar los golpes del primer reclamo de nuestro tenor en el pulpitillo, ese momento es sin duda mágico, inexplicable, y nos transporta a otra dimensión. Entonces nos acordamos del filósofo que afirmaba : “El que de verdad ama, no puede explicar cuanto ama”. Porque nosotros amamos esta caza pero no podemos explicar cuánto y porqué la amamos.
El puesto de la perdiz con reclamo, rara vez se comparte, salvo con nuestros hijos, a los que deseamos dejar esta afición, porque somos conscientes de cuánto y de cuánta importancia son las lecciones que hemos aprendido de ella. La soledad del puesto invita a la observación detallada de cada momento, a la reflexión pormenorizada de cada uno de los lances vividos y al recuerdo de familiares y amigos que también sufrieron, gozaron y sembraron en nosotros esta pasión con el primer lance que nos invitaron a compartir o con el primer pollo que pusieron en nuestras manos. La caza de la perdiz con reclamo, es peculiar y particular.
En este caso el protagonista no es el cazador, sino el reclamo. Durante el puesto, el cazador es casi el complemento necesario para poner fin a cada lance, pero todo lo demás lo dejamos en manos de nuestro compañero en el pulpitillo. Sin embargo, antes de realizar el puesto, es importante el conocimiento de las costumbres de las perdices como en ninguna otra de las modalidades donde se practica su caza. En una jornada de caza en mano, o con perro de muestra, el conocimiento de las costumbres de las aves no será tan determinante como en el cuco, al fin y a la postre, el éxito de la jornada dependerá en muchas ocasiones del terreno que seamos capaces de batir. Con un poco de suerte y piernas, si no están en un lado estarán en otro y el olfato del perro hará el resto. En ojeo, sobran los comentarios. Pero en el cuco es necesario conocerlas, observarlas, saber sus querencias, sus gustos, sus hábitos de comportamiento, y hasta tratar de prever sus reacciones imprevistas. En el afán por conocerlas mejor, habremos ido creando una simbiosis que pocos cazadores experimentan con la pieza objeto de su deseo. Aquí no hay trofeo, no hay carne. Pero sí hay ese momento, que grabado sólo en nuestras retinas, no olvidaremos mientras vivamos, porque fue especial en cada uno de los lances concluidos con éxito. Y hasta recordamos con cierto regusto amargo, pero placentero, aquellos en los que se nos fue el campero, por no esperar el momento adecuado o por fallar en la alineación de los puntos.
Es curioso como muchos cuquilleros, cuando vamos cazando en mano y nos sorprende la veloz arrancada de una perdiz, somos capaces de levantar los cañones sin disparar, y pensamos que estaba en el lugar impreciso en el momento inadecuado. Posiblemente sea la manera más noble de abatir una perdiz, cuando arranca entre las jaras y lentiscos, haciendo que nuestro corazón acompase su ritmo con el batir de sus alas, pero preferimos no disparar, soñando –por un momento– en el día, en que, el que hoy hemos “perdonado”, desafíe con su canto a nuestro compañero enjaulado. Enseguida animamos a nuestros perros a seguir buscando al escurridizo conejete, o a la intrépida rabona y acaso matamos el gusanillo con el disparo a “caraperro” a algún zorzal que salta entre los lentiscos mientras aguantamos el “chaparrón” que nos viene del compañero porque con el tiro a los zorzales “volvemos locos a los perros”. Pero a la Reina, le hemos dado una tregua y nos sentimos satisfechos. Ese comportamiento también nos hace especiales. Los cuquilleros soñamos con el momento en que un macho entra en plaza arrastrando el ala, y podemos ser testigos de la pelea que entabla con nuestro perdigón. Cuanto más seamos capaces de dilatar el lance, más disfrutaremos de él porque más matices descubriremos en el desarrollo de la lucha entre los dos machos que se disputan un territorio que ya –posiblemente– no será de ninguno. Quizás lo más difícil de esta caza sea eso, saber esperar. No disparar sobre la perdiz según aparece en plaza, de hacerlo así, habremos perdido la ocasión de disfrutar de lo mejor del lance, y lo que es peor estaremos educando mal a nuestro pájaro. El macho de perdiz es un animal especial. Tiene un carácter dominante, y por eso intentará dominarnos incluso a nosotros con su comportamiento. Sin embargo, de nuestra capacidad dependerá que sea él, el que se adapte a nuestro criterio y eso sólo puede hacerse con paciencia, conocimiento y mucho corazón. Son muchos los pájaros que no valen, por falta de carácter o por exceso de él. Sus recursos en el canto serán fundamentales para que llegue a ser un buen pájaro. Pero la forma en que nosotros hagamos nuestra labor será fundamental para que el ejemplar llegue a ser un reclamo de calidad.
Hay quien lleva en esto veinte años y todavía no ha disfrutado de un lance completo, ni ha tenido un reclamo bueno, por ser un “gatillo rápido”.
Hace años, cuando muchos de los practicantes de esta modalidad, salían al campo en busca de carne para alegrar los pucheros, la cosa cambiaba. Entonces un buen reclamo era el que metía rápido al campo en plaza, y aun más rápido se despachaba al que acudía defendiendo el territorio. Para tronchar la escopeta, recoger al pájaro y salir “de najas” antes de que “Los Civiles” pudieran acudir al tiro. Los más aguerridos, esperaban a la hembra y se arriesgaban a un segundo tiro, sabiendo las bocas que esperaban en la casa. Era otra época y otras situaciones, entonces la carambola la ponían en práctica los más atrevidos, sabiendo que es una suerte arriesgada –pues se pueden ir los dos–, pero tenía la ventaja de con un solo “ruido” meter la pareja en la talega. Hoy (gracias a Dios) las cosas han cambiado, y los cuquilleros ya no salimos a por carne al campo y en consecuencia también ha cambiado la forma de hacer los reclamos. Hoy diferenciamos las fases casi como de una competición se tratara. Consideramos el comportamiento de nuestro reclamo en la distancia larga, la media y la corta y le pedimos un comportamiento distinto en cada una de las fases.
Hoy creo que podría definir como un buen reclamo a aquel que cuando le quitamos la sayuela, actúa un poco de forma militar. Primero se sitúa, observa el territorio que tiene a su alrededor sin hacer aspavientos, como si estuviera midiendo las distintas posibilidades que le puede plantear un posible enemigo, a continuación una vez acotado el terreno del duelo, empieza a lanzar unas embuchadillas huecas, con las que intenta descubrir si puede tener algún contrincante en las inmediaciones. Cumplido este requisito y viendo que el terreno inmediato está despejado, lo veremos levantar el cuello, engrifar las plumas, colocarse en la mejor posición y empezar a lanzar al viento esos golpes de cañón, espaciados, lentos, como si se le costara sacarlos de su interior para ir “in-crescendo” hasta provocar la inflexión que provocará en nosotros un estado de excitación especial que conducirá –inexorablemente– a querer disminuir el sonido de los golpes de nuestro corazón para intentar escuchar si el campo contesta. Nuestro pájaro buscará de forma metódica lanzando sus reclamos en distintas direcciones, establecerá los silencios necesarios, –esos que tanto cazan–, y cuando localice en la distancia a su oponente lo desafiará con pitas y cuchichíos que intercalará con cantos de cañón, para provocar el acercamiento del que se habrá visto ultrajado en su territorio con la intromisión del extraño. Los cuchichíos y las pitas se irán incrementando en la media distancia, para dar paso a los definitivos cuchichíos, guteos, rifeos y titeos que tendrán lugar en los últimos instantes de la pelea. El buen cuquillero valorará cada uno de los recursos de su reclamo y sólo disparará cuando la pelea esté finalizada y todos los tiempos se hayan cumplido con precisión. Los que con mucho corazón y grandes dosis de paciencia, sin desperdiciar la capacidad para reponerse a la desaparición definitiva del campero –en algunas ocasiones–, sean capaces de aguantar la tensión en el aguardo, observando las evoluciones de los contrincantes, sin precipitarse en el disparo, disfrutarán de la verdadera esencia de un modalidad de caza en la que no se puede buscar la abundancia de la percha.
El pájaro de granja. La aparición de las granjas y las explotaciones cinegéticas que se dedican a la cría y selección de reclamos, ha facilitado a los aficionados la posibilidad de conseguir un número de ejemplares anuales entre los que poder elegir unos cuantos pollos para probar cada temporada. Afortunadamente cada vez son menos los que pagan a cualquier desalmado para que robe nidadas en el campo para dar satisfacción a sus caprichos personales. Desgraciadamente hay quien mantiene todavía que una perdiz de campo puede resultar mejor reclamo que un ejemplar nacido en cautividad. Nada más alejado de la realidad. Cualquier ejemplar nacido en cautividad puede ser un magnífico reclamo. El campo no puede permitirse el lujo de soportar la presión de cuatreros que roban nidos o que roban pollos para comerciar con ellos.
Quiero precisar, sobre la frase reclamo nacido en cautividad. No todos los reclamos nacidos en cautividad son procedentes de granja. Hay aficionados que tienen en su casa algunos ejemplares, capturados en alguna cacería o en los ojeos, que han sido alicortados y que recuperados del trauma, se mantienen un año tras otro como buenos padres, dando a sus propietarios grandes satisfacciones. Las perdices son aves gallináceas y así lo demuestran por su capacidad de procreación en cautividad. Con un cajón de apenas un metro cuadrado se dispone de sitio suficiente para “criar”. Otra cosa será disponer del espacio adecuado y del tiempo necesario para poder sacar adelante algunos pollillos cada año. Estas “granjas caseras” también son granjas, aunque algunos se tomen este apelativo como una descalificación. Por tanto diferenciaremos entre ejemplares nacidos en el campo y pájaros nacidos en cautividad.
En realidad deberían darle un premio al que se las ingenia para darle el pego al que quiere presumir de que con dinero se salta la ley a la torera. Pero la realidad es que este tipo de compradores ocasionan un gran daño a la afición, ya que fomentan el furtivismo y la estafa. Entre todos debemos acabar con estas prácticas y conceder a los reclamos de granja las cualidades que realmente les adornan. Las granjas que se han preocupado de mantener y conservar una línea genética sin hibridaciones disponen todos los años de un buen número de pájaros de reclamo donde elegir por poco dinero el reclamo de nuestros sueños. Las ferias de caza nos ofrecen vitrinas enormes de pájaros de reclamo, las monográficas como la que organizan Jauleros Andaluces, en Encinas Reales y Benamejí (Córdoba) reúnen a lo mejorcito del sector y el aficionado no tiene necesidad de andar complicándose la vida o someterse a engaños, pensando que el apellido “de campo” le va a ofrecer algunas garantías que no se las garantice el de granja.
Periodos hábiles
– ANDALUCÍA.
Cádiz y Málaga: Desde el 15 de enero al 25 de febrero.
Córdoba, Huelva y Sevilla: Zona baja: Desde el 8 de enero al 18 de febrero.
Zona alta: Desde el 15 de enero al 25 de febrero.
Almería, Granada y Jaén: Dos periodos a elegir por los titulares de los cotos: Del 7 de enero al 17 de febrero o del 24 de enero al 6 de marzo.
– BALEARES:.
4 perdices por cazador y día. En Menorca se permite también la caza mediante perdigot amb bagues, siempre que se cuente con la autorización previa.
Mallorca, Ibiza y Formentera: Desde el 2 de enero al 13 de febrero, los lunes, martes, jueves, sábados, domingos y festivos, y entre el 1 al 13 de febrero, todos los días de la semana excepto los miércoles.
Menorca: Desde el 21 de diciembre al 30 de enero los martes, jueves, sábados, domingos y festivos.
– CASTILLA-LA MANCHA:
Desde el 24 de enero al 6 de marzo. El titular que tenga incluido la modalidad en el plan técnico de su coto, para que se entienda autorizada la modalidad, tendrá que notificarlo a la denegación provincial de Medio Ambiente así como a la comandancia de la Guardia Civil que le corresponda, al menos con diez días de antelación a la fecha de inicio del periodo hábil. Los puestos no podrán establecerse a menos de 350 metros de la linde cinegética más próxima.
– EXTREMADURA:
En terrenos acotados y libres, desde el 15 de enero al 20 de febrero en Badajoz; y del 22 de enero al 27 de febrero en Cáceres. Días hábiles: Sábados, domingos y festivos. Los puestos no podrán establecerse a menos de 500 metros de la linde de otro terreno cinegético. Con carácter general, queda prohibido entrenar los reclamos de perdiz fuera de los periodos hábiles. En los terrenos libres sólo podrán cazar esta modalidad los mayores de 55 año y aquellos cazadores con minusvalía igual o superior al 33 por ciento y tengan menos de 55 años.
– MURCIA:
Zona baja: Desde el 26 de diciembre al 6 de febrero. Zona media: Desde el 9 de enero al al 20 de febrero. Zona alta: Desde el 23 de enero hasta el 6 de marzo. Son hábiles todos los días de la semana. Los puestos no podrán colocarse a menos de 100 metros de otra linde cinegética. En Jumilla y Yecla esta distancia se amplía a los 250 metros, salvo acuerdo por escrito entre las partes.