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Ramón J. Soria Breña

Última actualización 29/03/2011@09:08:03 GMT+1
El triunfo de la ciencia, el valor de la salud, la lucha contra la vejez y sus signos, un canon de belleza sustentado en la rabiosa juventud, el deporte entendido como necesidad… han producido que consideremos a nuestro cuerpo una “máquina eficiente” que debemos cuidar, entrenar, optimizar, mantener… pero ni el cuerpo es un artefacto ni tenemos otra identidad por encima de esta carne aunque consideremos nuestra autoconciencia como un alma ajena a lo material.
Ser sólo cuerpo no nos hace perder esa otra parte mágica, trascendente, inmaterial, da igual que creamos que el alma solo son los fuegos artificiales de millones de sinapsis en acción, la memoria en los otros o una creación de Dios. Nuestro cuerpo es nuestra identidad, somos él y esto es una realidad maravillosa a la que nos acostumbramos con facilidad. Pero no es una “máquina biológica” ajena a nosotros, él es nosotros. Durante toda la semana lo olvidamos aunque le demos su “dosis” de alimento, descanso, placer, sueño, entrenamiento… pero basta salir al campo, con la escopeta al hombro tras las perdices, para redescubrir nuestras piernas, nuestro corazón y la complicada red nerviosa que nos hace, en un segundo, acechar la pieza, orientar nuestros brazos, equilibrar nuestro peso, apuntar, adelantar el arma y disparar sin darnos cuenta, sin ser conscientes, de todo eso. Y nos asombra entonces, en el campo, lo bien que funciona el cuerpo y lo olvidado que tenemos el placer de sentirlo, de saber que es nosotros.

Yo no me canso de sorprenderme cada vez que camino un kilómetro más a pesar del agotamiento, cada vez que me parece un milagro acertar a esa liebre velocísima o a esa perdiz cuando siento que yo no he ordenado a mi cuerpo, que ha sido él, movido por el mágico instinto, el que me ha tomado la delantera en todos los movimientos y ha sido capaz en un segundo de ser más rápido, astuto, hábil que el animal salvaje que escapaba.

No sé si salgo a cazar o a reencontrarme con mi cuerpo, con el que soy en verdad. No se si me mueve el placer de caminar por el monte tras las perdices o el deseo de sentir el viento en la piel, el cansancio físico, el asombro de lo que este cuerpo ha aprendido en tantos años de andar con la escopeta al hombro. Porque cazar también es eso, reencontrarse con uno mismo, con el animal que somos y que ha aprendido a moverse de nuevo por la tierra olvidando el asfalto, que sabe caminar sin tropezar y sin mirar al suelo, que sabe leer el lenguaje invisible del campo igual que antes otros hombres lo hicieron durante miles de años. Con el cuerpo, sí, pero también con ese “otro”, saco de sinapsis, memoria o alma que lee de otra forma el tiempo, el horizonte, el campo, el acecho o el lance y transforma lo vivido en emociones, recuerdos, palabras, que es capaz de convertir el hecho de cazar en otra cosa, una historia, una añoranza o un placer intelectual.

Los cazadores no necesitamos ni gimnasia ni Zen para reconciliarnos con ese cuerpo olvidado o maltratado o demasiado civilizado que tenemos, nos basta salir al monte, caminar, acechar y cazar animales sabios y salvajes. Esta es nuestra gimnasia y nuestro Zen, nuestra forma de recordar que somos sólo esto, un cuerpo humano a la vez delicado y resistente, que a veces falla, enferma, duele pero también maravilla, supera, vence, cura. He cazado en mano con amigos mayores, setentañeros y ochentañeros, con sus achaques y sus limitaciones pero que seguían la mano sin retrasarse y medían sus piernas con las mías. Cazar tanto tiempo les había enseñado a conocer su cuerpo, dosificar sus fuerzas, descubrir que su límite era flexible, que siempre se puede dar un paso más, una última vuelta a la viña, llegar tal vez hasta el siguiente barbecho… Ellos son el ejemplo y la prueba de que el cuerpo de un cazador tiene otra horma y otra sabiduría. Espero ser como ellos a su edad.

No somos más que un cuerpo, ni menos.

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