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De las dichas de los perros y su utilidad para el montero

Última actualización 29/04/2011@12:10:45 GMT+1
Ahora que me siento ante el folio en blanco y con los chismes de escribir en la mano, confieso que me asaltan las dudas y no sé si seré capaz de transmitir (o traducir) lo que nos “dicen” los perros en el monte. Ciertamente estoy agobiado y temo meterme en camisa de once varas. Lo tengo meridianamente claro en mi magín pero ¡que diferente es oír el carpir de un podenco en el recuerdo a tratar de ponerlo por escrito! Vamos al lío y que salga el sol por Antequera.

Lolo Mialdea Lozano
No quiero en modo alguno caer en la trampa de parecerme a un ornitólogo británico y empezar a querer ladrar como ellos pretenden trinar como herrerillos o petirrojos (o pichirubios) y entonar un concierto de “pio-pio-ri-ri”, o en este caso un “jau…jau… jau”. Quedaría grotesco, risible y confuso. Me gustan los perros y su dicha en el campo me suena a Mozart… pero no me quiero parecer a ellos.

Mucho menos confundirme con un ecologeta al uso, imitando el canto de los zorzales al contarle a su amiguete su jornada tras realizar un “transepto territorial elevado al porcentaje de audiciones por cada 50 ha tras extraer trigonométricamente por el método de integrales y derivadas filtrado por un programa informático (subvencionado, claro está, como muchas otras chorradas verdes) que nos dará el número “real” de individuos (“er” censo) de Madrid “pa abajo” con una exactitud digna de la NASA y que servirá para que nuestros administradores legislen y confeccionen las mil ordenes de veda (contradictorias y comparativamente agraviantes, eso sí) que nos dirán cuando co... debemos pegar un tiro y cuando incurrimos en un delito ecológico”. ¡Ridículo!, y lo digo porque el otro día leí que algún inteligente oyó cantar alcohelas (alirrojos o turdus iliacus para ellos) en agosto y en mitad de la sierra cordobesa. ¿No sería el colega de al lado que, aburrido, entonaba unas tristes peteneras? Por supuesto, todo lo que antecede es una broma y solo presuntamente ocurrido.

Antes de seguir, y aunque digan que las comparaciones son odiosas, no se me ocurre mejor manera de expresar cómo son las diferentes dichas de nuestros perros de rehala que relacionándolo con los cantos de los reclamos de perdiz. Del mismo modo que el perdigón sale reclamando para seguir dando de pie y luego piñonean, titean, ajean o amilanan, nuestros protagonistas lo que hacen al ladrar es latir o carpir, se relaten, dan de parada, dicen a muerto, se remuerden encarnándose o llaman a perdido. Se trata de todo un “idioma” que si dominamos nos será de infinita utilidad en nuestro puesto de montería. No intentaré siquiera definir con exactitud los diferentes tipos de perro ni de sus dichas mas allá de lo que vaya deduciéndose del texto. Acuda el lector, si a bien lo tiene, al Vocabulario General de la Montería Española, escrito por mi amigo y paisano Mariano Aguayo. Puede que no siempre esté totalmente de acuerdo con él o que maneje otras acepciones sustitutorias, pero como hablamos el mismo idioma me parecen más que acertadas. El sí que es un artista y, por lo general, es que “las clava”.

Seré intencionadamente parco y eludiré meterme profundamente en el tema porque hasta yo acabaría hecho un lío a la hora de escribir. ¡Ni pensar quiero en el dolor de cabeza del lector! Tampoco me pondré en el lugar del perrero, aunque de todo ha hecho uno, ya que la música no suena lo mismo en el auditorio de Sídney que en el patio de una taberna aunque siga siendo música y de la buena. Sea pues comprensivo quien esto lea e intente colar entre líneas, lo que por cuestión de espacio yo no abarco.

Es de capital importancia saber de qué tipo de rehala se habla. Yo lo haré basándome en la rehala tipo de mi tierra y suponiéndola buena, que vaya piaras de ovejas se encuentra uno en la sierra de un tiempo a esta parte, pero que nadie vea menoscabo de las de Huelva, Almería, Extremadura o de Ciudad Real (y mucho menos de las del norte patrio). Son para mí magníficas y tremendamente adaptadas a su terreno, clase de monte y bichos a levantar, tesoneras y valientes, resistentes y codiciosas. Sería pecado mortal decir que una rehala tipo Olías es mejor o peor que otra de Valduezas, que los de Pepe Ortega son mejores que los de Perico Castejón. No soy fundamentalista y admito como cierto que en cada zona van mejor unos perros u otros, y que en las arriscadas sierras de La Mancha, una rehala compuesta por 30 “mil leches”, le de sopa con hondas a las de José Mari Cabanás o Jesús Bernier, aunque parezca parida a puñetazos de puro fea. Más metamos esos perros cochineros en La Aljabara, con “chiquicientosmil” cervunos en la mancha, y veremos que lógicamente no sirven aquí. Es así de simple.

En cierta ocasión, monteando en Alamillo, el primer pueblo castellano saliendo de Córdoba por el norte, pude vivir un hecho relicto digno de los relatos del maestro Antonio Covarsí. La junta se hizo en la plaza del pueblo y llegó un antiguo camión Pegaso de aquellos de chapa ondulada. Se bajó de el un señor con zahones que abatió el portón trasero. Volvió a la cabina y extrajo de un ajado zurrón una cornetilla que tocó con fuerza. De pronto empezaron a aparecer perros de todas las razas y colores por los cuatro puntos cardinales que saltaban a la caja del camión alegres como unas castañuelas. No sé, pero lo menos había 50 chuchos y recuerdo que pensé: Apañados vamos. Menos mal que viene Manolillo “El Macho” con los perros de Horacio Arenas. Pues Señores, ¡qué manera de montear!, ni una rata se quedó en la mancha. Ole ahí las jaurías buenas. Y los magníficos ejemplares cordobeses medio achantados en aquel especimal una y mil veces quemado por los cabreros.

La rehala cordobesa, por definición, se compone de nueve colleras con mayoría de podencos sedeños y entreveraos con mastín o cruzados, algún pelicorto con muchos pies y velocidad, un par de podenquetes o tarabitos punteros que cacen bien largo y dos o tres perros de fuerza; mastines o amastinados grandes. Lo de los alanos es casi utópico, aunque el otro día vi en Calañas, allá por Huelva, una magnífica collera alistada en la recova del sevillano Alfonso Aguado.

LA SUELTA. Antes de que se me olvide: mucha atención a ruido de motores y traqueteo de las furgonetas. Las reses, ya escamadas al colocarse la armada, se moverán seguras ya de que algo se cuece. Es cosa que sucede cada vez más sobre todo en fincas malladas cargadas de cervuno, donde a menudo se matan más bichos y mejores antes de la suelta que tras ella.

Pero, ¿es tan malo estar cerca de la suelta? Pues como todo depende de muchos factores, entre ellos los favorables serian:
Si se hace cercano a los encames de las reses y contra querencia. Si venteamos miel sobre hojuelas, pues los bichos tenderán a volverse pico al viento camino del perdedero. Nos entrarán como rayos por la enorme fuerza de perros.

También será bueno porque los perros están frescos, con las fuerzas intactas y en gran número. Las reses se separaran de un perro para toparse con otro y romperá hasta el más bragado de los marranos. En esta zona no dejaran ni un hopo en varías fanegas.

Del mismo modo será bueno si se suelta a topar y volver o al cruce. Las reses que se quedan maroteadas o encamadas y se moverán, por lo general, al ser sobrepasadas. Poco a poco se irán juntando cerca de la suelta sin atreverse a romper a los puestos. Al volver las rehalas, aunque lleguen cansados sus elementos, los animales se moverán a las posturas solos y zorreados, y si no serán levantadas con mucha probabilidad al reconcentrarse los perros para su recogida.

Por el contrario será mala cosa cuando, aunque sea redundar por defecto en lo anterior:
La postura esté situada sin agarre de monte a la espalda o contra una malla. Las reses, que lo saben, les darán de lado a los terrenos despejados o sin posible huida. Las cosas empeoran exponencialmente cuanto más lejano este el próximo apretón de monte. En Córdoba es infrecuente por la especial orografía de Sierra Morena, pero por ahí “arribotas”, con esos inmensos pelados al pie de las manchas, sobre todo los marranos rehusaran vaciarse y venderán cara su vida antes de romper a una muerte segura.

Por motivos obvios será malo si se suelta a favor de querencia. Raro será el bicho que se vuelva. Igualmente nos será desfavorable si se suelta al tope porque, al no regresar los perros, por más que los monteros no dejen de cazar hasta que los recoja el postor, se tenderá a bajar el nivel de alerta, nos quedaremos huérfanos durante horas del bendito sonido de dichas y cencerrillas, las reses se amagarán e incluso habrá quien se aburra.

Dicho lo anterior a modo de introducción, ha de saber el montero que lo primero que hacen los perros al saltar del remolque es lo que no podían hacer dentro: defecan y orinan como locos, se sacuden, se estiran desentumeciéndose y echan un par de minutos en corretear sin orientación alguna.Todo esto sucederá en medio de un concierto de ladridos y riñas. Los punteros ya habrán tomado hacia la mancha, la que monteemos o la lindera, mas el perrero andará listo y llamará a su tropa para orientarla. Si es preciso tirará de caracola sujetando así a los más aficionados. Antes, y es una enorme pena que se haya perdido irremediablemente, el perrero pegaba un par de trabucazos al internarse en el monte y eso si que encaminaba a los perros. Oías a lo lejos el primer zambombazo y aunque no sintieras ni ladras ni voces, se te alegraban las pajarillas.

Muchos compañeros ven en la suelta solo el espectáculo, grandioso ciertamente, de un centenar de perros cazar con toda su calentura moteando de manchas blancas testeros y barrancos, umbrías y solanas, más mucho ojo: el que este próximo que ande como el Quico, pues como ya dije, las reses, listas ellas, se querrán vaciar a las primeras de cambio. Para espectáculos el teatro, que al campo se va a cazar y no a pensar en tonteras. Hay para el dueño o el organizador mucho en juego y nuestra responsabilidad es grande.

El resto de monteros, sobre todo aquellos que sientan con nitidez la cacofonía de la suelta, han de saber que gozan del momento más idóneo y probable para tirar, sobre todo reses de salto, pues el cochino aguantará en el encame cuanto pueda. Lo demás que intenten ubicarse bien en el terreno, que las distancias engañan y si el aire sopla en contra oirán con sordina, y si a favor percibirán la algarabía a kilómetros de distancia. Permanezcan pues atentos unos y otros.

En este que llamamos primer arreón, los perros recorrerán mucho trecho en poco tiempo, sobre todo los punteros, y nada tiene de particular que levante reses latiéndolas con alegría o llame de parada reclamando ayuda si se atranca algún “caballero”. A estos perros punteros, al margen de la acepción del Conde de Yebes que los define como ejemplares sobresalientes, Mariano Aguayo apunta el significado que por aquí se aplica: “Perro que caza suelto”, y largo, en punta de la rehala, añadiría yo.

Suele este golpe durar como media hora. Luego sobreviene un tenso silencio durante el cual los sentidos de montero serán fundamentales. Mucha atención a las cencerrillas, increíblemente denostadas por algún rehalero, pues a través de su alegre repiqueteo, seguiremos el ir y venir de nuestros protagonistas por el monte.

A LA MANO. Bien, ya tenemos las diferentes manos organizadas y los guías conducen las recovas conforme a las instrucciones recibidas. Tales manos suelen ser dos, alta y baja, o más si la anchura de su jurisdicción así lo demanda, e irán unas u otras adelantadas dependiendo de hacia a donde queramos que corran predominantemente las reses. De este modo, si se bate una ladera ancha y larga, con pasos en la cuerda y en el sopié, y queremos por el motivo que sea que las reses suban (luego hacen lo que les da la gana) porque esa es su querencia natural y sea un berrinche sacarlas de lo hondo de un barranco por tener un cargadero de esos imposibles, adelantaremos la mano baja dando a los bichos salida hacia arriba, siendo embolsados y empujados, por lo que, retrasadas, llegan por la mano alta. Este juego se puede cambiar a mitad de la echada retrasando la mano adelantada o viceversa.

Es este el momento montero por antonomasia, el más largo y fácil de interpretar al ser apreciable el “orden de batalla” y haber podido rayar desde su puesto por las ladras y las voces de los perreros el modo en que se está batiendo la mancha. Se montea despacio y registrando detenidamente las zonas de encame y parándose cuando una ladra deja solo al perrero. Se sucederán ladras, carreras, paradas y agarres.

Ejemplifiquemos una ladra típica y su secuencia normal de acontecimientos: puede empezar de varios modos diferentes según si un perro corta un rastro caliente y lo sigue, si trasteando topa con un bicho ya levantado, esté atrancado, atalayado decidiendo el viaje a tomar, o ya en franca huida. Por último puede el can topar con una res que se resiste a botar y permanece en su encame o apretón de monte. Esto suele ocurrir con los cochinos y también puede suceder que se aculen y hagan plaza en la creencia de que su fuera y valor los sacará del aprieto. ¡Craso error!, pues tras ese perrete que lo incordia y da de parada sin arrimarse, llega poco a poco, la fuerza de la rehala.

Es ahora, amigo montero, cuando las ladras de los perros son más nítidas e interpretables. Es aquí cuando el can persigue latiendo o carpiendo con golpes muy seguidos y agudos tanto más cuando la res la llevan con el corvejón casi en la boca. Muchos son los que llaman a esta dicha relatirse, mas tengamos en cuenta que un podenco ligero ni late ni corre como un cruzado o un mastín. Dije que no acudiría a onomatopeyas, pero se trata del clay… clay… clay… que tanto nos alegra el día si se aproxima derecho a nuestro paso y que incluso sirvió de sobrenombre a un famoso montero cordobés: Paco “Clay”. Hubo quien llego a pensar que ese era su apellido.

Si como dijimos la res no corre y hace plaza, el perro dará de parada con ladridos cortos, potentes y secos, diríase acertadamente que de llamada. No lo hará de modo continuo si no a golpes cada pocos segundos hasta que vayan llegando compañeros de más porte. Se refuerza entonces la parada que puede acabar en agarre o, normalmente, romper la res su estado defensivo y saliendo por pies formalizándose la ladra. Poco a poco se irá espaciando el carpir si la res les gana terreno y se les separa hasta que oigamos el ta-plasss de un rifle o se nos pierda la corrida al alejarse en demasía. Con suerte el afortunado será usted y habrá vivido el lance supremo, ese que nos desgarra el corazón y hace inimitable a la montería española.

Mas puede ocurrir que los acontecimiento no se sucedan así ya que muchas veces las reses se marotean, varían bruscamente su carrera pegando un quiebro o de vuelven en inverosímil regate siguiendo la fuerza de la jauría su viaje por pura inercia. Son los perros más lentos o los que antes se aperciben de la maniobra los que retomaran el rastro y muchos no carpen entonces, pero nosotros seguiremos los aconteceres al son del “tilín-tilín” de las cencerrillas, de capital importancia en esos instantes.

Según sea la ladra no nos cabrá la menor duda de si es a cervuno o marrano, fundamentalmente por la velocidad de desplazamiento de los latidos. También nos ayudará a llegar a una conclusión cierta el hecho de que la res vaya haciendo cortas paradas que rompe cada poco. Entonces es a cochino con absoluta seguridad, pues ciervas y venados corren hasta salir del peligro por puros pies o por haber eludido con alguna maniobra artera a los verdaderos protagonistas de la montería: los perros de rehala.

OTRAS DICHAS MUY ÚTILES DE LOS PERROS. Podría seguir y no parar, pero entonces esto no sería un artículo, sino un códice. Empero no se pueden soslayar otras dichas de los perros por su indiscutible utilidad para el montero y, de resultas, para el rehalero y perrero. Me refiero a las dichas de agarre, a muerto y a perdido. Hay más voces en este idioma, claro que sí, mas estas se me antojan las primordiales. Es deber ineludible de todo montero conocer tales dichas y actuar en consecuencia, ya que en el primer caso está en su mano que la rehala no sufra más bajas de las estrictamente inevitables, en el segundo redundará en el cobro para sí y para la organización de trofeos y carne que bajo ningún concepto han de quedarse perdidas en el monte para sustento de buitres, juanicos, cochinos y demás fauna carroñera u oportunista. Y por último, si un montero puede recuperar porque se deje coger, que ese es otro cantar, algún perro extraviado y buscar a su perrero para entregárselo, darle norte de donde lo ha dejado amarrado o informarle de donde lo ha visto u oído, no solo estará cumpliendo con un deber, sino con una obligación.

El agarre no es sino una continuación de la parada con el resultado de que la res es prendida. Tal agarre puede ser tanto a res indemne como a herida, a cervuno o a marrano, y cada caso exige un comportamiento adecuado que ya fue abordado en un artículo anterior de este cofrade montero. Centrémonos pues a lo que escuchamos y que nos dé norte del estado de la res y de cuando debemos salir a escape prestos al remate.

Como comencé por apuntar, oiremos esos golpes de voz acerados y cortantes, muchas veces redoblados, que se dan en toda parada. Hemos de dejar que se formalice esta y bajo ningún concepto movernos de la postura, en la que esperaremos acontecimientos. Si nos precipitamos y llegamos antes de que el agarre sea firme, los perros, que no nos conocen, soltarán y se provocará la huida de la res o el peligroso proceso de volver a agarrar.

Hemos de dejar que vayan llegando más perros y cuando oigamos que ya se tiran al bicho por derecho, remordiéndose o gruñendo y sean varios los canes que ya oímos morder y sujetar, bajando el tenor de los que antes solo oíamos ladrar, es llegado el momento de acercarnos a toda prisa e igual prudencia señalándonos a nuestros vecinos, y al llegar observar en silencio que el animal este bien prendido, hacerse notar a los perros hablándoles desde distancia moderada para que no se sorprendan cuando acortemos distancias y entremos al remate siguiendo las premisas que en su día esbocé.

Es muy posible que oigamos a la res quejarse chillando si es cochina, aunque a veces también lo hacen los machos, o gamitando de ser cervuna. También nos orientará el hecho de que de ser cochino el agarrado, este se desplazará más en la pelea que un venado o cierva salvo que el terreno esté muy ladero y ruede por su briega o por los tirones que den los perros.

Renuncio a imitar la dicha de nuestros compañeros cánidos en estas circunstancias, pero créanme, como mínimo sabrán que hay agarre por pura intuición y porque el lenguaje de los perros no nos es del todo ajeno y son por lo demás muy expresivos.

Para terminar hay que decir que huelga todo lo anterior si el podenquero está cerca, el valor falta o las facultades estén ya mermadas, que no es vergüenza sino inteligencia conocerse. Lo que no se puede hacer nunca es liarse a tiros en un agarre. Quien lo haga merece garrote vil.

Si alguien echara cuentas de cuántos perros mueren o quedan inválidos cada año por no obrar como corresponde a un montero, se darían cuenta de la importancia de lo que digo. ¡Señores, que sin perros no hay montería y “el sentido común es el menos común de los sentidos”!
Los perros ladran o dan a muerto de diferentes maneras según haya uno solo o mas individuos. En el primer caso lo oiremos, seguramente, bregar o regruñirse mordiendo y tironeando en el frenesí de su fiereza, pues en el fondo el can caza para sí y no para el montero y solo la educación que le inculca el perrero conseguirá rebajar algunos enteros este innato proceder. Cuando se juntan dos o más perros, los oiremos reñirse, ladrarse mutuamente e incluso algún quejido lastimero si alguno reparte leña.
¿Cuántas veces se cobran reses que no han acusado el tiro por ser rastreadas o al ser señaladas por los perros dando a muerto? Muchas, pero muchas, muchas. Dos apuntes a este respecto:
Primero: con moderación y sin dejar que echen a perder por completo la res, hay que dejar que los animales muerdan y se encarnen para conseguir que tengan codicia y persigan y acosen la caza con ahínco viendo en ello un beneficio. Todos saldremos ganando a la postre y bien vale que se rechace una res en la junta de carnes a estropear un perro bueno, máxime al precio que está la carne.

Segundo: jamás, pero nunca jamás, hay que pegarles o tirarles piedras porque igualmente se malean buenos perros. Habremos de forearlos, no diría que cariñosamente, pero sí transmitiéndoles ánimo y esperándolos sin hacerles daño. Siempre se irán ante nuestra presencia y a menudo bastaban unas palmadas contra el cuero de los zahones acompañados de un “¡venga y suelta... suelta perrillo!”, y se resistieren emplear una vareta de jara dejándole el cogollo intacto y con ella golpearles el lomo para que lo sientan claramente pero sin arrear duro.

Un perro ladra o llama a perdido cuando por el motivo que fuere se ha desnortado o está herido. Su dicha es inconfundible y, no se rían de mi, que lo hago con la mejor de las intenciones, suena a menudo como un “jau.., jau.., auuuuuuuuu”. Es decir, que aúllan como los lobos pero a su manera.

Si se da a mitad de la montería no ha de dársele mayor importancia, pero si ocurre cuando ya nos quitamos del puesto al levantarse la armada, hemos de proceder intentando coger al perro aunque nos ponga perdido el coche, atarlo si no se deja subir vehículo o se es aprensivo, o fijarse en la divisa y tomar referencias fiables sobre el terreno para transmitírselas al perrero y que lo busque sobre la marcha evitando tener que volver a la finca en días sucesivos. Le quedarán, rehalero y podenquero, eternamente agradecidos. Un perro es siempre un valor, y si es bueno una joya. Verán, es que lo dice uno que ha llegado a comerse los polvorones una Nochebuena en un puntal de lo más recóndito de La Sierra.
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