Grandes firmas
El taco de Tico
Última actualización 01/03/2007@00:00:00 GMT+1
A mí me gusta este animal porque es listo, analfabeto, está en la tradición de los libros antiguos, en los escudos reales, en las canciones junto a la lumbre y, luego, en el plato, delicia doméstica aunque haya que trabajarlo
Desde aquel día de hace muchos años, tantos que algunos de mis jóvenes lectores ni siquiera habían nacido, asistí a la puesta en pie del monumento al Solitario, leyenda en piedra de la Sierra Morena más allá de Andújar, antes de llegar a la Virgen de la Cabeza de la que además fui su pregonero en aquella vuelta del camino. Después, leí la Marea Verde de Foxá, don Jaime, mi maestro en estas artes y lances quien, por si fuera poco me indicó en su día, en su caracola que tanto añoro y recuerdo.
Y además, es que la palabra jabalí, con acento en la “i”, es realmente una de las más fuertes del diccionario de la caza. Fíjate, con la importancia que tienen las palabras para ti y para mí que lo dice todo. Fuerte, fiero, formidable, en soledad aunque vaya acompañado y feo, como dice en la tumba de John Waynne.
He encontrado estas líneas por mi recogida entre viejos papeles. Y llevaba razón, siempre la llevaba en las cuestiones de caza don Jaime I “el escribidor”, y en las de pesca también. Por eso, hoy, que tan de moda se levanta la figura del jabalí, portada de nuestra revista de enero, he querido ponerla en pie también en mi cuaderno de campiña que a veces es como si fuera de campaña.
Además, los Reyes Magos de Oriente, que ya saben ustedes que no son los padres como decían, sino los abuelos y por eso los magos son gentes mayores me han traído, este año, un jersey verde de caza pura con un jabalí de cuerpo entero en la pechera, entre el cuero de las hombreras y la lana buena de los costados. Una joya. Cuando me lo pongo y me acerco a un acto más o menos oficioso, siempre me dicen:
– Hombre claro, como escribe usted tanto de caza en Trofeo…
Ese es mi taco. Me lo pongo y me llega con él un aire de sierra al mismo tiempo que el deseo irrefrenable de hacerme ya con la escopeta, así que sigo anotando todo lo referente a nuestra preocupación inicial.
De esta forma recojo que la película inmensa, Babel, puede llevarse más de un Óscar. Arranca con una escopeta de caza que un cazador japonés regala a un acompañante marroquí con el que andaba buscando una cabra del Atlas. Pero, no se me preocupen ustedes que no les voy a delatar el final, a la par que les recomiendo la película. Una joya.
Como aquel jabalí que tenía un viejo amigo mío. No era gran cosa la verdad, pero era como él decía, disecado y sin colmillos, con los que su esposa se había hecho un llavero en el bolso.
Ahí está como aviso meteorológico. Es un barómetro que ni el del fraile de la capucha tradicional. Es mi almanaque zaragozano, porque cuando el tiempo cambia lo avisa con el pelo, hasta con los ojos que son los suyos, hasta con las orejas porque huele, se despeluchan y se le erizan lo bigotes de la barba. La olor, que es femenina sobre todo. Yo he visto los jabalíes de bronce, como premio en el verso, en la copla, en el apodo. Hay uno en la quebrada del lince que se encarga de ayudar con sus rehalas y al que llaman el jabalí de dos piernas… El colmillo retorcido, capaz de sentir a distancia, lleno de barro hasta la panza, y atiende sobre todo por Crescencio, un gran personaje literario que aquí repongo. Ese que siempre te dice rebanando el tocino, tan rico, sobre el pan duro y verdadero de la sierra, con una de esas navajas con el puño de asta de corzo.
– ¡Ay señor Tico!, si yo le contara… Por algo me llaman lo que me llaman…
El jabalí, que también responde por el cochino, ya saben en términos monteros, pero que nunca atiende por el cerdo salvaje ni el marrano de la jara. Como alguien escribía en una de las revistas de caza que uno encuentra a veces en el dentista quien, por cierto, también es cazador. Lo que dice mi paisano:
– Si Ronaldo se hubiera hecho cazador, otro gallo le hubiese cantado y no estaría en dificultades. Porque se puede cazar fuera del fútbol otro tipo de fieras más ligeras, pero no donde él caza…
Claro que llegas al vesturario con el perfume en la parte de atrás de la oreja, pero es del número cinco. ¡Ay del jabalí del que hablamos tanto!
El otro día, mano a mano en París como les cuento, Ponce, excepcional cazador, tan bueno como torero, que ya es decir, me invitó:
– A ver si vienes un día a ver mi pequeña sala de trofeos en el cortijo de Jaén, entre los olivares.
– En cuanto pueda, maestro.
Ponce, que donde pone el ojo pone la bala, pone el estoque. Es un sabio también en la materia de la caza. Ya se sabe, igual una paloma de paso que un león. Y le tiene el respeto debido al jabalí, nuestro taco de hoy.
A mí me gusta este animal porque es listo, analfabeto, está en la tradición de los libros antiguos, en los escudos reales, en las canciones junto a la lumbre, y luego en el plato, delicia doméstica aunque haya que trabajarlo. Bueno en el cuerpo del chorizo, en el jamón incluso pero apretándole el diente.
A parte de lo que afirma el filósofo de pana que tengo a mano para aliviarme los problemas intelectuales que cada día me surgen más frecuentemente. Será la edad digo yo.
Por eso, con más asiduidad me apoyo en el bastón con colmillo de facochero africano que me acompaña en el coche. Ese primo hermano del otro lado del océano de nuestro protagonista.
– Lo que yo le diga maestro, que para jabalíes los del asfalto. Y en la política, una plaga…
Lo que hago público para general conocimiento.