Tico Medina
Última actualización 29/04/2011@12:36:12 GMT+1
Como siempre, he jugado a las palabras en el titular. Es que me gusta mucho, créanme, y además, es verdad: en las cacerías, en la mañanísima, la niebla es una bufanda que se pone el paisaje para el frío, perdonen la metáfora. Y el viejo refrán “mañanita de niebla, tarde de paseo” siempre lleva la razón. De ahí, que el titular de este artículo diga la verdad, aún sonando distinto. Es la tarde para disfrutar, hablando o viéndolo, del trofeo conseguido. Y yo lo hago con mis trofeos, que son sólo palabras escritas, reunidas a veces en mi memoria.
Recuerdo que vi la película, Valor de Ley, donde se cuenta la historia de unos cazadores de hombres, en el viejo Oeste, muy bien contada y filosofada por los hermanos Cohen. La estrella en el pecho, la del sheriff, y el ranger, a modo de Don Quijote y Sancho, cazadores de molinos, trofeos de sangre y de aquello que se llamaba justicia, a tiro limpio. Son los viejos cazadores del Oeste americano.
Y nosotros también en lo nuestro, que el nombre de un animal, volador y de buen tiro, pero de carne discutible, es hoy noticia en nuestro país, hablando eso sí de la caza de la alimaña y del cazador dispuesto. El faisán. Yo lo he comido alguna vez y el cocinero me decía:
– Señor Medina, hay que cocerlo mucho, es carne durísima, y además con vinagre y muchas especias, porque el sabor es fuerte y la carne correosa.
Sé que hay cocineros que consiguen una delicia, pero es por lo que les acompaña, por la guarnición, claro. Pero se sigue cazando y se sigue consiguiendo, a ver si cunde el ejemplo.
Cazador cazado. Para sentarse, sentarse, lo que se dice sentarse o para lucir el sillón en que uno se sienta, el del señor Cavalli, un hombre llamado Cavalli, capitán de la moda y la decoración, que aparece sentado en un trono, de piel de cebra, coronada, escoltada de cuernos de Ñu. Oigan, es una pasada. Mas aún si en el sillón se acomoda alguna de las bellezas que le acompañan.
Adriá, con acento en la a, el cocinero mundial, aconseja, de entre sus platos preferidos el consomé de liebre... Nuestras abuelas ya hacían los tallarines de la liebre, eso sí, alcanzada en los llanos, a mano o a caballo, como a veces en los campos góticos de Zamora conseguía el torero Andrés Vázquez. Como el trofeo de ese enorme reno que muestra orgullosamente en su casa de campo, donde tiene sus recuerdos y sus caballos, Bo Derek.
– Lo cazamos juntos, mi marido Jhon y yo.
Como quiso cazarme en su día, en Madrid, que vino a “partirme la cara” al periódico Pueblo, en la calle Narváez, de Madrid, aquel Jhon Derek, guapo y duro, porque había escrito algo que le hizo daño a su esposa, entonces la mujer más bella del mundo. Igual se me fue la mano y estropeé el tiro, cosa que la pasa a los que cazan mucho. En fin, que me disparó un puñetazo, pero yo soy un viejo furtivo, asi que terminamos tomándonos unas cañas y unas gambas en el bar Rafa... Pero aquel día fui pieza.
Cazadores de cazadores.
Encuentro en el tren, en el ave, lleno de cazadores estos días, que van y que vienen, que se nota cuando van y cuando vienen, a un joven oscuro, todo de luto, que lleva al cuello de la camisa de seda negra un diente raro, que no termino de reconocer del todo, que a estas edades uno ha perdido la vergüenza en algunas cosas:
– ¿Leopardo?
Y me responde, tan serio.
– No, vampiro.
Y se queda, nunca mejor dicho, tan fresco. Aunque ahora recuerdo, no es un chiste, que la pieza, el colgante, llevaba un punto de sangre en el diente...
Se me puso la piel de gallina y me fui corriendo. A ver si se lo vuelvo a encontrar, que viajo mucho, el próximo día De todas formas, les aviso, que hay cazadores de cazadores, o así les llaman a unos robots que han hecho los japoneses para detectar dónde hay gente que no es grata. Muñecos que se mueven y retratan con gran precisión a los que están donde no deben estar.
Lo que hago publico, como se dice en las actas judiciales, para general conocimiento. O sea, el trofeo del trofeo.