Opinión (Editorial)
Desde mi postura
Última actualización 01/03/2007@00:00:00 GMT+1
“Que nos dejen de historias los apologistas que predican aquello que no hacen... Mucho llamar nobles al cazador y a su afición, mucha gallardía y deportividad, pero de boquilla. Reducen la caza al tinglado económico de quien gasta fortunas en lo que no tiene más valor que el precio”
En nuestro entorno es habitual atribuir “nobleza” a la caza practicada. También adjetivarla “noble” tras su consideración como deporte. Yo, sin embargo, no uso esa calificación, ni para defender la caza ni al definir su enraizamiento en la gente llana. De siempre me incliné por llamar “popular” a mi afición.
Aparte de lo que el término “noble” aporte o deje de aportar, me pregunto dónde está la nobleza que obliga en algunas formas modernas de entender la caza. Porque si para la RAE nobleza es la cualidad de noble y noble evoca todo lo bueno –hasta excelente y excelso– con que el Diccionario nutre al vocablo, ¿qué título podrán merecer cazadores que hacen esto?:
– Cómodo viaje/vuelo, recogida en estación/aeropuerto y traslado a confortable hotel (cada vez más en las fincas del tiroteo).
– Opípara cena y larga velada con buenos güisquis y cubalibres.
– Alcoba climatizada, TV, jacuzzi y bar.
– Suculento desayuno, ya bien amanecido y aseados como Dios manda.
– Impecable indumentaria al son de la temperie y contra alergias, pólenes y moscas.
– Subida a todoterreno acondicionado, de suave tapicería y balanceo.
– Séquito portador del arsenal actualizado de armas, útiles y artilugios.
– Desembarco a pie de puesto con catrecillo, paraguas/parasol, cojín y manta. (Nada que hacer allí que no sea esperar a que se acerque lo traído días u horas antes. O lo acorralado de por meses, años o lustros, madurando la mansedumbre y dándole a sus cuernos y colmillos sazón para merecer puntos y medallas. A todo esto, sin saber el rumbo de las piezas por venir, ni adónde mirar para verlas).
– Tiros y tiros, con suma de aciertos en los blancos, que caen sin saber el lugar.
– Recogida del botín de despojos por secretarios (y perros de la empresa, que el cazador ni los había visto antes).
– Taco regenerador (con descanso para el aperitivo si la modalidad lo admite).
– Regreso a la casa sin dar un paso, almuerzo sustancioso, sobremesa, siesta y repetición de programa al día siguiente (y los que la chequera respalde).
Esas películas –y otras que no es ahora momento de repasar agotando el repertorio– son testimonios que se ocultan cuando se habla con el estamento ecologista y los grupos anticaza, sin que a los actores les haga gracia exhibírselas al observador indiferente (que no se las imagina, y mejor las ignore).
Reconoceremos que lo dicho no es sólo una hipérbole del exagerado firmante, ni una excepción rebuscada por el articulista resentido que suscribe, de mala pluma y peor uva. Lo dicho es bien frecuente, aunque esté mostrado con los aumentos precisos para ver los grandes males por chico que sea el causante. Parecidos casos (y muchas imitaciones de quienes a tanto no llegan por más que lo deseen) son igualmente ilustrativos, y los hay a montones. Algo que desacredita a los cazadores. Y los desautoriza en el diálogo con los “anti”. ¿Quién no se avergüenza de una colección tal de finuras y finezas envolventes de un género sin calidad? Creo que eso ruborizaría hasta a quien lo “disfrute”, de verse actuando así ante quienes ni lo sospechan (de lo que se cuida bien el organizador).
Que nos dejen de historias los apologistas que predican aquello que no hacen, tantos pregoneros de lo que no practican. Mucho llamar nobles al cazador y a su afición, mucha gallardía y deportividad, pero de boquilla. Reducen la caza al tinglado económico de quien gasta fortunas en lo que no tiene más valor que el precio; y de quien las amasa a cambio de desvirtuar la caza, clamando sin embargo por su reconocimiento social y apoyo político.
¿Cómo pretender que los de fuera se nos unan si lo que se caza –y cómo y cuándo se caza– es eso y más que sabemos? Y lo peor está en que tan “nobles compañeros” de viaje hacen la pascua a los que tienen razones para convencer a los recelosos. Se impone la discriminación legislativa, mil veces clamada, para arredilar por separado a churras y merinas, que es otra forma de decir lo de separar el polvo y la paja, deslindar caza de consumo y deportiva, limpiar de ganga al mineral, apartar el oro y la quincalla. Con un producto de marca se nos abrirían puertas en la sociedad y en las administraciones. Pero vendiendo burdas réplicas nos saldrán pocos clientes. En el bando de enfrente, quiero decir, pues en el propio –y por desgracia– los enganchados a esta moda no dejan de crecer, a causa del progreso económico y el derrumbe moral. Y no digo que ello esté mal ni que quien lo hace no tenga derecho a hacerlo, pero no con el nombre de cazador, menos aún con el título de deportista (y encima “noble”).
Sufridos, valerosos, aguerridos, arriscados, arrojados… Bellos adjetivos para los ejercientes de la actividad cinegética. Pero, ¿cuántos hay?, ¿dónde están?, ¿quiénes lo son? Yo no, desde luego. Y lo peor, que tampoco sé dónde encontrarlos entre los vivos de Occidente para ponerlos de modelo. ¿Qué resta hoy del elogioso canto cervantino a la caza entre hambre y fatiga, frío y calor, sudor y esfuerzo, que a nadie hace daño y tanto bien reporta para la ciudadanía y la milicia? Y si algún testigo queda, me pregunto lo que durará el raro congénere que aguanta estoicamente frente a un remolino de trámites y un ejarbe de gastos, en un desierto de caza natural, huérfano el cazador de estima pública y sin sostén de nadie, por culpa en gran parte de los pésimos ejemplos que hoy combato frente a indiferentes y complacientes, que, en vez de unírseme, me criticarán, si ahí se queda. No me importa. El cazador, como los árboles, debe morir en pie.