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Hemeroteca :: Edición del 01/07/2011 | Salir de la hemeroteca
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Eduardo Coca Vita

Última actualización 01/07/2011@11:33:09 GMT+1
Después de enviar a la redacción de la revista mi página de mayo, me surgieron nuevas ideas sobre el distanciamiento entre la motivación de las ferias y la razón de la caza, salvo que tomemos a nuestra afición por una manifestación cualquiera de la mundana sociedad moderna. En otras palabras, que a esto de las ferias comerciales no le encuentro el valor formativo, educador y sensibilizador que reclama el aficionado auténtico para su afición llanamente entendida. No digamos mirando a la otra parte de la sociedad, la de los indiferentes a la caza –los opuestos son caso perdido–, a quienes los organizadores de ferias dicen querer aproximar a nuestro mundo sin saber bien en qué se fundan.
En definitiva, que el arte de cazar tiene poca parte en sus propias ferias. Y poca representación hay en ellas de las cálidas relaciones, acciones y reacciones del cazador humano con su irracional oponente o la magia de capturar a la bestia silvestre en un marco primitivo. En nuestras ferias prima la ciencia, sobresale la técnica e impera la modernidad. Las preside una incitación permanente al derroche en algo más de lo que tengamos o en todo lo nuevo que no imaginábamos estuviera disponible tan sólo al cabo de un año del anterior evento. A las ferias las dominan más las artes prosaicas que los cultos hermosos y finos de la buena caza y el buen cazador.

Y en ello va la causa de no ser yo visitante de ferias. Hace tiempo que solamente me verán por ellas si me hallo ocasionalmente en sus recintos para otro fin o asumo compromisos en actos que alberguen. Soy cazador y escritor, no mercader ni derrochador. Reniego de feriante. Hasta la misma noción de la caza terminará feneciendo con la instauración de un comercio fenicio masivo también en este sector. Hay en un año más muestras, bolsines y mercadillos a visitar en las ciudades y pueblos de media patria urbana que días para cazar en sus campos. Quizá puedan las ferias, éstas y otras, arreglar en algo y parcialmente alguna economía sectorial, pero no a la caza como tal. Y que se quede como está, sin desmerecer más en el concepto público por culpa de las ferias al uso. Convencer a la sociedad hostil de las bondades de la caza por como se exhiben en sus lonjas y zocos lo considero un error social. Porque me refiero a la caza, con su escenario campestre y su decorado medioambiental incluidos, no a la actividad cinegético-comercial o cinegético-administrativa, con réditos socio-económicos suficientes para comprometer en su mantenimiento a políticos que se venden por un plato de votos. Esas ficticias versiones modernas de la caza tienen el futuro asegurado con la industria auxiliar que generan y el resto de negocios sectoriales por ella inducidos (mercantiles o burocráticos, dependientes o satélites, directos o indirectos). A sus titulares y empleados les conviene el mercadeo más que a quienes van al campo y cazan sin intermediarios, comisionistas, gestores, corredores o subarrendadores de “orgánicos”, “organizativistas” y organismos imaginativos, diseñadores y permisivos de artificios, repoblaciones y cercos.
¿Queda algo venal, vendible o venable que aún no esté en los escaparates de las grandes muestras, convenciones y shows para utensilio, trasto, cacharro, adorno o estorbo de las personas y animales que en la caza participan? A mí se me ocurre pensar que faltan tiendas de autenticidad y vergüenza con el arma al hombro, la mochila a cuestas y el pecho henchido. Así que ya saben los emprendedores –cuyo mérito no me alcanza–: a poner agencias para venta o alquiler de estímulo cazador, honra montera y honor venador. Doy por hecho que la caseta menos visitada de cada feria de caza sería la que albergara el negocio que propongo. Tendría poca demanda el género en oferta. Ni por rebajado que en sus mostradores figurase. Prueben, si no. Comprobarán el acierto cuando predigo el fracaso de mi invento surrealista. Las armas del cazador moderno apuntan para otro lado, sus tiros van en otra dirección. Justamente a donde relumbran las estanterías repletas de facilidad y artificialidad. ¿En qué, si no, pone énfasis hoy el mediador o apoderado de un coto, hacienda o rancho para colocar su “cosecha”? ¿En la rusticidad del paraje, agresividad de la pieza, naturalidad del método y dificultad del lance? No. El acento se coloca sobre el confort del alojamiento, la comodidad de los desplazamientos, la celeridad de la captura, incluso la seguridad del resultado basado en datos precedentes que permiten al vendedor obligarse jurídicamente a compensar fallos estadísticos. La tentación se convertirá casi seguro en pecado si el destino cinegético reúne posibilidades de diversión festiva y ocio consumista.
“Cosas veredes, Sancho, que harán temblar las paredes”. Tan verdaderas como que así tampoco la caza venderá una escoba entre la oposición social a los cazadores: Ni el político cazador se comerá una rosca frente al contrario que no cace. Pero, en fin –y como decimos de la Santa Madre Iglesia–, doctores habrá y ellos sabrán, porque a mí, lego y zote, no me sale más jugo del cerebro por bien que lo estruje.
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